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sábado, 24 de octubre de 2020

Liberalismo latinoamericano que no fue


Latinoamérica se ha puesto la democracia de sombrero. Queda poco y nada de los procesos políticos virtuosos que vieron la luz hacia finales del siglo XX y que hacían predecir un alejamiento definitivo de la región del autoritarismo y los movimientos de masas.

Sumado a este retroceso, el feminismo, la nueva cara de la izquierda en la lucha ideológica, representa el poderoso enemigo del siglo XXI.

Porque la pretensión del marxismo siempre ha sido suprimir la libertad individual de nuestro estilo de vida. En los años 70, el terrorismo transnacional azotó varios países de América y produjo a su paso muerte, destrucción, inestabilidad política y cuantiosos daños materiales. Ese plan fracasó porque los países atacados hicieron una decidida defensa de sus administraciones y estilos de vida, repeliendo el ataque guerrillero. Perdida esa batalla, la izquierda no abandonó el objetivo. Sin embargo, y comprobado que la vía violenta no era la forma para alcanzar el éxito, optaron por la penetración cultural.

La izquierda, entonces, se disfrazó de ecologista, de defensora de las especies en extinción, de los bosques y de los derechos humanos. Cambiaba de sombrero, pero no de intenciones. Sus causas tuvieron buena prensa, obtuvieron cuantiosos fondos y gran difusión en los medios de comunicación de todo el planeta. Nacieron cientos de organizaciones no gubernamentales que agitaron sus banderas y las sociedades se fueron haciendo permeables a su influencia.

La caída del muro de Berlín alteró, parcialmente, sus planes. Sin el financiamiento que recibían hasta entonces, hubo que pensar rápidamente otras alternativas. Así fue que nació el Foro de São Paulo que, con la receta del gradualismo, persiguió lo mismo: una izquierda unida y activa en América Latina que luchara contra el liberalismo.

Fue entonces de este modo que la izquierda llegó a gobernar prácticamente el 50 % de la región y a reunir a sus principales líderes políticos. Lugo en Paraguay, Chávez y Maduro en Venezuela; Ortega en Nicaragua, Santos en Colombia, Tabaré Vazquez y Mujica en Uruguay; los Kirchner en Argentina, Correa en Ecuador, Leonel Fernández en República Dominicana, los Castro en Cuba, Dilma Rousseff y Lula en Brasil, Evo Morales en Bolivia, Bachelet en Chile y López Obrador en México significan un rotundo triunfo del Foro de São Paulo.

Chile merece un párrafo aparte. Ese país, que durante décadas fue bastión de las políticas correctas y ejemplo de eficiencia para quienes luchamos por la libertad, se dejó secuestrar por movimientos radicalizados que están aniquilando los cambios estructurales llevados a cabo durante las últimas tres décadas. El comunismo internacional lo ha tomado de estandarte para mostrar las falencias de la libertad y hoy se encuentra transitando un peligroso camino de deterioro y retroceso. Alumno dilecto del Foro de São Paulo, su receta indica que es preciso generar crisis internas disfrazadas de reclamos populares para avanzar en la transformación que pretenden. Y en eso están.

La histórica derrota del PRI en México, una reacción superadora en varios países del continente, Colombia y su exitosa lucha contra el narcoterrorismo de la mano del presidente Uribe, así como Argentina votando contra el peronismo o Perú alejándose de sus errores reiterados, en perspectiva, demuestran que se trató solo de hechos aislados que no alcanzaron a torcer el rumbo ni pusieron en peligro los planes de la izquierda.

Ya en proceso los pasos que indicaba la agenda de Lula y sus compañeros de ruta, en el nuevo siglo, la izquierda se calzó el sombrero del feminismo y el aborto, con el agregado, nada menor, de que impulsan cambios radicales e intentan imponerlos desde el Estado. Para todas sus exigencias reclaman una ley, es decir, la intención es legalizar sus aspiraciones.

Así se idea la lucha por estos días: en el aborto no punible pagado por el Estado; la educación de nuestros niños a expensas del burócrata de turno (delegada en la currícula oficial relegando la participación de los padres, principales agentes de educación); al papel de mero espectador; las leyes de cupo que implican la incorporación compulsiva de minorías en el Congreso; las oficinas públicas; los directorios de empresas (que se traduce en un claro avance del Estado sobre la propiedad privada); la toma de tierras y el abandono de la función de garantizar la seguridad pública.

El liberalismo debe plantearse de una vez, con mucha seriedad y sin excusas, qué le ha pasado. Las ideas de la libertad son las que han sacado a millones de seres humanos de la pobreza extrema, ha reconocido la dignidad humana como ningún otro régimen, hace posible el florecimiento de la creatividad, del esfuerzo personal y la creación de riqueza. Sin embargo, la región hoy está sumida en un embate feroz del autoritarismo populista.

Es imperioso impulsar nuevas estrategias que seduzcan a los electorados latinoamericanos para que abracen el proyecto liberal, para que cada individuo reconozca en esas políticas la salida a la postración económica y a la dependencia política. Tenemos que trabajar para convencer a nuestros pueblos de que la opción superadora es la libertad.


sábado, 9 de mayo de 2020

Los manotazos oficiales


La foto de la Argentina actual es el comprobante del fracaso del estado. Al contrario del insistente relato oficial que pretende instalar las bondades de un estado grande y fuerte, lo cierto es que este obeso sector público falló antes, durante y muy probablemente, falle también después de la pandemia. 

Antes, empezó con un diagnóstico equivocado: el virus no llegaría al país o llegaría mucho más tarde. “Estoy más preocupado por el dengue que por el coronavirus” dijo el máximo responsable de la salud, el ministro del área. No es que no haya motivos para preocuparse por el dengue; de hecho sigue matando más personas que el covid19 pero la moda internacional ha invisibilizado al mosquito. Cifras no oficiales, siempre más creíbles que las otras, dan cuenta de nuestra propia pandemia local de muertos por dengue.  

En el durante, nos pidieron primero y exigieron después el confinamiento por tiempo indeterminado; ¿por qué? Porque el estado no está en condiciones de atajar el embate de la infección. El sistema de salud público representa apenas el 30% del total de la capacidad nacional; esto significa que el 70% lo provee la ideológicamente vapuleada “medicina privada” que no es otra cosa que ese mecanismo que mantienen vivo millones de personas que pagan, en su mayoría, dos veces por estar cubiertos en materia sanitaria. Esos individuos que contratan medicina prepaga o mutuales hacen, además, un aporte a través de sus impuestos que, se supone, debería estar destinado en parte a sostener el sistema público de salud. 

En el durante el estado está destrozando ese mecanismo acordado entre particulares. Los establecimientos privados atraviesan una situación económica desesperante con camas vacías y una capacidad instalada ociosa (principalmente en mano de obra calificada) a la espera del famoso pico del que el ministro de salud descreía hace cuarenta días; pagando insumos con una carga tributaria leonina y sueldos de personal calificado que se mira la cara mientras espera. 

En el durante arde la máquina de emitir billetes mientras descansan los planeros y los empleados públicos, ñoquis y no ñoquis aunque el trabajador independiente, el pequeño comerciante, el monotributista, el asalariado del sector privado y el jubilado están frente al abismo viendo cómo, al compás de la suma del gobierno de científicos más los científicos incorporados para asesorar al presidente en este tramo, se evaporan las raquíticas posibilidades que quedaban en el país de sobrevivir económicamente. 

En el durante hubo: congelamiento de alquileres; prohibición de despidos de personal; abandono de los argentinos que están fuera del país, pagando el sustento con un impuesto del 30% sobre sus gastos con tarjeta de crédito (una desigualdad ante la ley escandalosa); congelamiento de tarifas; cero reducción de impuestos a la importación de insumos básicos para salud; cero baja de impuestos a una población asfixiada de cargas nacionales, provinciales
y municipales; cero racionalización de personal en el estado; cero reducción de dietas y sueldos de la maraña burocrática; poder Legislativo hibernado; poder Judicial ídem; patrullaje ideológico; compras estatales con sobreprecios; revoleo diario de DNU; algún que otro “palito” e insulto al periodismo; detención para quienes hubiesen interpretado que no hay decreto presidencial que esté por encima del derecho constitucional de transitar libremente y liberación indiscriminada de condenados (o discriminada para algunos escépticos que sugieren que, tras violadores y asesinos, salieron aquellos delincuentes que el actual gobierno necesita libres).

Tras este pantallazo del “durante”, cabe proyectarse y evaluar el posible “después”. Hasta ahora, lo confirmado por los hechos y los dichos: no hay plan económico pensado para atajar la tormenta que está gestando la desorbitada emisión monetaria, que se agrega al no plan respecto de la deuda externa que arrastrábamos pre-pandemia, bomba condimentada con el aumento de pobres y la destrucción de empleo y de riqueza, por supuesto toda concentrada en el sector privado. 

Después de esta breve descripción del desempeño de los burócratas, el uso que hicieron del miedo, el castigo y el monopolio de la fuerza no a favor sino contra el individuo (esta vez sin distinción de distrito ni ideología política) urge reflexionar sobre el papel del estado en la sociedad porque ha quedado demostrado que su utilidad es inversamente proporcional a su tamaño y su tamaño es directamente proporcional a lo que nos cuesta mantenerlo. 

lunes, 24 de febrero de 2020

Errores de diagnóstico

* Nota publicada en Infobae 
A un diagnóstico equivocado le sucede, indefectiblemente, una solución incorrecta. La Argentina padece el síndrome de los diagnósticos errados.
Cuando se produjo la histórica derrota peronista en 2015, Mauricio Macri atribuyó los problemas a que el país no estaba en buenas manos. La solución a su diagnóstico fue “el mejor equipo de los últimos 50 años”. Así fue como sus expectativas de éxito estuvieron siempre depositadas en las personas; enderezábamos las cosas cambiando a Timerman por Malcorra, a Garré por Bullrich y a Kicillof por Prat Gay. El tiempo demostró que no era ese el fondo de la cuestión.
Es importante que el ciudadano sepa que, desde hace varias décadas, los tres poderes del Estado vienen siendo una carga inmerecida para el escaso rédito que proveen a la calidad institucional (adjetivando el beneficio aportado como “escaso” por ser magnánimos). Frente a esa verdad casi de Perogrullo, hay que entender que cada día que pasa, cada problema, tragedia o fracaso que sumamos es un día más en el que no se hizo nada para cambiar el rumbo de desastre que lleva nuestro país.
El socialismo que transpira la sociedad argentina es el mayor escollo para la transformación. Cuando el individuo cree que el Estado le va a solucionar algo de todo lo que está mal o cuando supone que una ley, por el mero hecho de su promulgación y vigencia, va a modificar la realidad está alimentando el sistema perverso que a su vez mantiene y que es, paradójicamente, la fuente de sus principales conflictos.
Porque del Congreso también salen diagnósticos errados y, en consecuencia, soluciones deficientes.
La sociedad argentina muestra una violencia progresiva y salvaje. Los entredichos se resuelven con insultos, piñas, palos y balas. No hay proporción entre el episodio y sus consecuencias. No existen límites para la respuesta. Pegan el alumno, el conductor, el patovica, el piquetero y el ladrón. El destrato es un modo de convivencia. Destrata el empleado público, el usuario, el diputado, la empresa de servicios públicos, el funcionario y el chofer de colectivo. Porque la sociedad ha perdido los parámetros de urbanidad elementales. Y la autoridad es mala palabra.
El padre, el policía, el juez, la maestra dejaron de ser una guía, una referencia y, eventualmente, un límite. La maestra reprende al alumno. El alumno es defendido por sus padres. La directora reprende a la maestra por reprender al revoltoso. Moraleja: ese ejemplo se instala en el sistema educativo, se propaga y da sus “frutos”. La maestra no vuelve a castigar el exceso y sirve de correctivo para que las demás maestras que tampoco lo HAGAN
¿Quién dice “basta”? ¿Cómo se educa a una sociedad sin límites? ¿Por qué habría que respetar la vida o la propiedad del prójimo si el otro no merece respeto? ¿Cómo se crece sin la noción del bien y del mal? ¿Qué monstruo sale de allí?
Volviendo a los diagnósticos, el Congreso (monumento moderno al desprecio por la excelencia) se apura a sacar leyes, como si faltaran. Entre 1853 y el orden y limpieza realizado en 2014 había 22.234 normas sancionadas. El Digesto Jurídico las redujo a 3353; eso sin contar las leyes provinciales, las ordenanzas municipales ni otras de menor rango pero que también se aplican con carácter obligatorio (decretos, resoluciones, disposiciones, circulares). La ley de Emergencia sancionada en diciembre pasado lleva el número 27541. A todo ese festival de legislación hay que sumarle la base de nuestra construcción jurídica: la Constitución Nacional que debería alcanzar de marco.
Sin embargo, esa gente que se va apelotonando en el Congreso no encuentra suficiente el bagaje normativo vigente y arremete con leyes nuevas, innecesarias y, además, producto de malos diagnósticos. Adefesios que quedan escritos y que responden a adefesios que pasan. En la explicación de las cuestiones , ningún atisbo de “mea culpa”. Como adolescentes, los dirigentes nos alivian; la culpa siempre es de otro. Y en la “solución” van escogiendo “otros” de manera alternada.
El reciente caso del joven muerto a golpes por una banda de asesinos, movilizó a los diputados que se esmeran por demostrar que las fortunas que cobran están bien pagas. Y a las 25.000 leyes existentes quieren agregar una más: la ley Fernando.
El Congreso, una oda al diagnóstico errado, se puso en marcha. Porque para el radical K Leandro Santoro el problema es la superioridad física de quienes entrenan para deportes de alto rendimiento, para Victoria Donda el problema es el patriarcado y para Fernando Iglesias “es el peronismo, estúpido”.
Se habló de los jugadores de rugby, de los clubes, de las clases sociales, de la policía pero nunca del estado de la sociedad, de la responsabilidad de la clase dirigente como conductora.
Ninguna mención a la formación que cada chico debería recibir de su hogar, la función indelegable de los padres, la violencia permitida, los planes de estudios, la educación formal, el aflojamiento de la disciplina y la falta de autoridad promovida por el propio estado.
Mientras nos entretienen con debates vacuos, ¿inventarán un registro de rugbiers? ¿Les prohibirán salir a bailar? ¿Estará permitido ir de a dos, máximo tres? ¿Se les cobrará un impuesto al músculo?
Entre ignorantes, improvisados y perversos en ese antro son legión. Fernando no está más y eso no lo pueden subsanar. Pero si los legisladores realmente se tomaran la situación en serio, si reconocieran la gravedad a la que han escalado las cosas y la necesidad de salir de esta anomia, la tragedia de ese jovencito que apenas asomaba a la vida podría ser la bisagra hacia una sociedad civilizada.
No es el machismo, no es el músculo, no es la clase social, no es el peronismo, no son los boliches, la noche, la capacidad económica o el alcohol. Es la falta de valores, la falta de familia, de maestra, de autoridad, de orden y de respeto.
Hace décadas que la economía es la menor de nuestras pobrezas. Ese perfil falsamente rupturista-progre que tiene muy poco de virtuoso y mucho de falta de escrúpulos, nos ha transformado lentamente en una sociedad sin principios ni fines, miserable, por momentos repugnante.

martes, 23 de octubre de 2018

2019: Peronismo o peronismo

     (Nota publicada el Lunes 22/10/2018 en Infobae)

La administración Macri pasará a la historia como la imagen de la esperanza y la desilusión. El marketing político, lo más político que tuvo su armado, fundió en el nombre de la alianza una promesa de campaña con el deseo colectivo de salir de la pesadilla kirchnerista. Pero el tiempo, implacable, lo vació de contenido. 

Cambiemos pasó de estandarte de futuro a la nada misma porque, en la gestión, los argentinos se percataron de que no estábamos cambiando; el engranaje político colectivista de estado obeso, paternalista y repartidor seguía intacto y la intención de modificarlo no asomó ni en los dichos ni en los hechos.

El pecado original del PRO fue su error de diagnóstico y resultó letal: Mauricio Macri creía en las virtudes de las personas más que en las del sistema. Por eso se empeñó en reunir “el mejor equipo de los últimos 50 años”.  Independientemente de no lograrlo, apostó a que reemplazando malos funcionarios por otros, supuestamente idóneos, el cambio se produciría por impronta.

El tiempo le demostró que las virtudes personales no echaban raíces en tierra infértil, ni daban frutos. Y a una herencia espantosa se sumó la medicina equivocada. 

Era el sistema lo perimido, obsoleto y probadamente fracasado. El peronismo, en su momento, arrancó a la Argentina del ranking de países líderes y el radicalismo se quedó a mitad de camino entre su discurso republicano y el contagio de las nuevos formatos de gestión pública. El PRO condensó ambos males y de esa alquimia nació un ente sin perfil ideológico constituido por peronistas, radicales y gente sin pertenencia política ni preferencia filosófica. ¿Qué podría fallar? 

Durante los años dulces, el macrismo optó por enfocarse en la subsecretaría de Movilidad Sustentable y Segura, los cursos de paseo de perros y el uso de la correa, el operativo “te prestamos el termo y el mate”, las bici-sendas; el día de la comunidad: venezolana, cubana, asiática o italiana; las charlas, convenciones, coloquios y jornadas dedicadas al lenguaje inclusivo o el empoderamiento femenino; la inauguración de la primera estatua de Perón en la capital de la república y la reducción del presupuesto militar. Y cuando se sintió en problemas arrojó sobre la mesa la discusión sobre la legalización del aborto. Pavada de distractivo. 

Ahora, a pocos meses de empezar la campaña por su reelección, el Presidente está pensando en empujar cambios imprescindibles que se resistió a encarar cuando las condiciones económicas y políticas le sonreían. 
Intenta las reformas laboral y tributaria, recortar del déficit y achicar gastos con tres años de atraso y en medio de la tormenta, sin convicción ni demasiados aliados, con escaso apoyo interno, mar de fondo en sus filas y su propia herencia de haber evadido hacer lo que había que hacer mientras transitaba sin sobresaltos el plan Perdurar. Un crimen casi imperdonable porque las oportunidades perdidas se miden en fracasos colectivos, en familias divididas con hijos que emigran, en profesionales frustrados y en poblaciones escépticas que van perdiendo las fuerzas y las ganas. Un crimen. Un triste crimen porque es seguro que tamaño fracaso no era lo que Mauricio Macri tenía en mente para el país. Tal vez no tuviese del todo claro el plan (de ahí las marchas y contramarchas) pero sin duda no era éste.

Porque no reparó la ruina económica heredada del infierno K pero en el maltrecho tejido social tampoco logró restituir lo que Thomas Wolfe describe como “el fuerte sabor del estilo de vida... la madurez de la vida en común”. Seguimos siendo un montón de gente enojada entre sí que comparte un territorio. 

Cambiemos alcanzó el récord absoluto en gasto social de la historia argentina con la consiguiente multiplicación de planes de reparto de dinero; obsequio de tierras públicas a los usurpadores; el dúo inseparable de aumento sostenido del gasto y nombramientos oficiales, sinónimo de engrosamiento del estado; vigencia de la ley “los amigos primero”; apertura de la primera casa “trans” en el país y tantos otros “emprendimientos” impulsados por la elefantiásica burocracia estatal, todos solventados con fondos públicos obtenidos del ahogo al sector productivo, único contribuyente exprimido con voracidad. 

La actual administración, un auténtico engendro ideológico con cara de “gente bien” y corazón populista, ha hecho un daño superior al sistema político argentino.  Algunos de sus personeros surgieron en 2001 durante la última crisis (tal vez ya deberíamos empezar a llamarla la penúltima) al grito de “que se vayan todos” y cuando tuvieron la oportunidad histórica de torcer el rumbo de decadencia, lo profundizaron. 

Mientras tanto el liberalismo, históricamente en minoría, se debate en rencillas menores y no consigue ofrecer alternativa alguna. El radicalismo hace décadas que no lo es. La izquierda sigue su tarea incendiaria, irresponsable y destructiva. Así las cosas, para 2019 el peronismo será la única alternativa al macrismo. 


El pueblo argentino, entonces, deberá optar entre peronismo con radicales e independientes o peronismo sin mezcla. Alternativa pobre si las hay. La novedad es que, esta vez, la culpa no será del peronismo. 

domingo, 29 de julio de 2018

Cansancio moral


Quedaron atrás los tiempos en que la dirigencia era digna. Muy lejos están los días en los que Alfredo Orgaz renunció a su cargo de ministro de la Corte Suprema de Justicia en desacuerdo con las intromisiones del poder político en el mundo judicial que desembocaron en el aumento, a su criterio injustificado, de los miembros del alto tribunal, y adujo “cansancio moral”.  Pasado un siglo de aquellos ejemplos, el cansancio moral se apoderó de los ciudadanos mientras los políticos, cada vez menos preparados y menos educados, ocupan espacios de poder y deciden sobre la vida, la libertad y el patrimonio de todos nosotros. 

Un siglo de desatinos hizo añicos la Argentina próspera que supo asombrar al mundo. Fue un largo e ininterrumpido proceso de deterioro que desembocó en el  populismo que se apoderó de las vísceras del estado y destruyó el sistema de partidos políticos, semillero natural de futuros dirigentes. En esa orfandad, que continúa, nuestra sociedad camina ciega hacia ningún lado, apilando fallidos y malas elecciones. Porque el Congreso Nacional no pasa sin escalas de Lisandro  de la Torre a Fernando Iglesias, un entrenador de vóley que, sin inmutarse, dicta clases de ciencia política en la universidad. El deterioro fue paulatino, constante y agudo. Sandra Mendoza sólo se explica con la acumulación de errores y la anuencia por omisión de distintos sectores con peso y gravitación. 

La pauperización de la política no es la única maldición nacional; es un pecado que comparte con el resto de la clase dirigente en pleno. Los empresarios, los dueños del dinero son responsables de haber colaborado en la caída; mercenarios que se empujaban unos a otros para subirse a la propuesta de país corporativo que administración tras administración se les ofrecía en bandeja. Y que ellos aceptaron del peronismo, del radicalismo, de los militares y de este último enjuague político que condensa a todos los anteriores. El poder económico le puso combustible a un modelo de país repugnante. De esa yunta de poderosos se valieron las otras corporaciones que se han dedicado a dañar, empobrecer y embrutecer este país: el sindicalismo y la iglesia. 

Hacia mediados del siglo pasado, cuando el nacionalismo católico le ganó la pulseada al liberalismo republicano que construyó esta nación, terminó de delinearse nuestro destino. Se desató desde entonces una pelea sin cuartel por el mismo público, los pobres. A favor de la iglesia hay que reconocer que ella no los crea pero tampoco colabora con su extinción. El populismo imperante se atrinchera tras ellos para sustentar su poder y es así como los viene multiplicando década tras década. 

Las consecuencias de hacer todo mal está a la vista: una población con 30% de pobres y millones de indigentes y marginales, evasión, trabajo en negro, corrupción en todos los estamentos sociales y anomia. Pero eso no es todo; aún entre los privilegiados que comen todos los días, que no cirujean y que hasta arañan la vivienda propia, son contados los que aprendieron a pensar. Porque la educación, nunca una prioridad, conserva el formato fascista que modelaron Perón y la iglesia católica y que ninguna administración posterior se animó a modificar. 

Así las cosas, tenemos apiladas tres o cuatro generaciones de individuos sin ideas propias, sin juicio crítico, sin independencia ideológica, sin capacidad de discernimiento a las que se arría hacia más populismo, más asistencialismo y más estado generador de pobres.

Tal es la situación de la sociedad actual que, como no sabe ni hacer el diagnóstico correcto de sus propias dolencias, mal podrá sanarse. Cuando la gente se mata a tiros o a golpes, se pelea en la fila del supermercado o destrata al prójimo en cualquier circunstancia no es “violencia de género”; es violencia. La argentina se ha transformado en una sociedad violenta no por machismo sino por falta de educación, porque desconoce los buenos modales y porque el individuo no es formado en el control de sus emociones. 

El individuo padece violencia a diario. La Argentina que ejerce violencia se ha convertido en sistemática: cuando el estado impide a un padre sostener a su familia; cuando la salud y la educación públicas no son una opción sino una imposición de las circunstancias porque elegir es un privilegio para pocos; cuando se hace imposible tener un proyecto personal; cuando la dignidad está hipotecada el ciudadano es maltratado por el sistema.

Hace décadas que la violencia es promovida desde el poder contra la ciudadanía. El estado es el gran maltratador y de su inconducta se desprenden las peores reacciones. El estado es disparador de conductas antisociales cuando impide la libre circulación al trabajador que no puede llegar a su trabajo permitiendo que un puñado disponga del espacio público en desmedro del conjunto; cuando ejerce violencia de género contra el varón otorgándole a la mujer la libertad de suprimir el hijo de ambos sin más trámite que el de su sola voluntad; cuando transforma el acto solidario de la donación de órganos en un ejercicio compulsivo; cuando insiste en disponer de la producción ajena para erigirse en el gran repartidor de lo que no le pertenece y cuando se niega a abandonar uno solo de los múltiples beneficios que otorga ser parte de la burocracia estatal. Mientras pertenecer al engranaje del estado siga siendo sinónimo de privilegio, sus acciones engendrarán violencia.

La clase dirigente en su conjunto es la gran responsable de nuestro estancamiento;  es cómplice y partícipe necesaria de la decadencia. Necesitamos con desesperación cambiar el paradigma; el actual está agotado. El empresariado aprovecha y el estado, por su parte, ahoga a los argentinos que, tras décadas de catequización, hasta lo defiende. La sociedad argentina padece del síndrome de Estocolmo y no se vislumbra en el horizonte nadie dispuesto a rescatarla. 

sábado, 2 de junio de 2018

El liberalismo también dice NO

“Noto que todos los militantes del aborto han nacido” dijo Ronald Reagan para sintetizar su opinión sobre quienes resuelven drásticamente el embarazo no querido. 

Muchos intentan descalificar la lucha por la vida con el falso argumento de que el rechazo del aborto tiene una raíz religiosa. Para un liberal clásico el aborto es inadmisible porque vulnera los derechos de otro ser humano y eso no tiene nada que ver con creencia religiosa alguna; por el contrario, en general, los liberales somos, por lo menos, anticlericales. No nos inspira, ni en éste ni en ningún caso, el temor al castigo divino sino al de nuestra propia conciencia que nos impide decidir quién vive y quién muere. 

El liberalismo es la única filosofía basada en el respeto irrestricto de los derechos individuales, los propios y los del prójimo y de su proyecto de vida. Todas las corrientes políticas dirán lo mismo pero cada vez que subordinan lo individual a lo social arrasan con los derechos individuales, pilar indiscutido de la filosofía liberal y el derecho a la vida encabeza la lista. Es absurdo, cuando no perverso, delirar por la contaminación ambiental, la preservación de los bosques o la extinción de la ballena azul y militar por la interrupción de la vida humana. Es hipócrita marchar por “los más vulnerables” y “los que menos tienen” y negar que el ser humano no nacido es la criatura más indefensa de toda la cadena de seres vivos. Es contradictorio bregar por el cuidado integral de la mujer y, en simultáneo, reclamar para ella el derecho a suprimir una vida sin más trámite.

De la extrema debilidad del niño por nacer se aprovechan las ideologías autoritarias que se arrogan el derecho de decidir por él. En cambio el liberalismo, porque pone al individuo por encima de cualquier otro interés, lo defiende; lo reconoce como objeto de derecho aún en su extrema indefensión; defiende su derecho a vivir, a nacer, a elegir y a tener un proyecto de vida, porque decidir por los demás es una actitud fascista. 

En la actualidad, un delincuente (el que roba una gaseosa o el que mata un policía) es considerado menor hasta los 18 años. También hay que cumplir 18 años para abrir una caja de ahorro en un banco y 17 para manejar un auto. Sin embargo, los mismos legisladores que se niegan a modificar la edad de imputabilidad están dispuestos a votar que una criatura de 13 años está madurativamente apta para decidir la interrupción de un embarazo sin siquiera la intervención de un mayor e ignorando el derecho a opinar del padre de ese ser humano por nacer.

El liberalismo no se termina ahí; hace una religión de la responsabilidad sobre los actos propios y este proyecto de ley es la contratara de ese principio. El populismo se sigue colando en la vida cotidiana de la Argentina haciendo estragos. En el fondo del reclamo, lo que persiguen las abortistas es la gratuidad de la práctica. Quieren tener relaciones sexuales, no evitar embarazarse y luego exigir que la sociedad cargue con el costo del procedimiento. Y suben la apuesta. En un éxtasis de autoritarismo y como si aquello no fuera suficiente, pretenden negarle a los médicos la objeción de conciencia; están dispuestas a obligar a practicar abortos a quien estudió para salvar vidas. 

Al respecto, podrían mencionarse argumentos de la Academia Nacional de Medicina: “el niño por nacer, científica y biológicamente es un ser humano cuya existencia comienza al momento de su concepción… destruir un embrión humano significa impedir el nacimiento de un ser humano… el pensamiento médico a partir de la ética hipocrática ha defendido la vida humana como condición inalienable desde la concepción. Por lo que la Academia Nacional de Medicina hace un llamado a todos los médicos del país a mantener la fidelidad a la que un día se comprometieron bajo juramento” 

Si no bastara con el elemental principio humanitario de reconocer el derecho del más débil, también está la ley. “Esta Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires… estima oportuno recordar que el derecho a la vida desde el momento de la concepción se encuentra implícitamente protegido en el artículo 33 de la Constitución Nacional y ha sido consagrado de modo explícito en varias constituciones provinciales… Ese derecho está protegido por el artículo 4.1 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José de Costa Rica) aprobada por la Argentina por la ley 23.054, en el que se reconoce que “persona es todo ser humano a partir del momento de la concepción con derecho a la vida”

Sorprende que haya sido el Poder Ejecutivo y los principales referentes del macrismo quienes pusieran sobre la mesa esta discusión. Ellos sí, producto de la formación religiosa, no pueden desconocer que la Iglesia Católica castiga con la excomunión inmediata a quien promueva la interrupción de la vida. Hay quienes dicen que se trató de una estrategia distractiva para sumergir a la sociedad en un debate acalorado y sacar el foco de los problemas crecientes y acuciantes. Queremos creer que no fue esa la intención porque, de serlo, estaríamos frente a un gobernante para quien el fin justifica los medios. Y eso sería una tragedia de una envergadura similar a la de un aborto.