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lunes, 24 de febrero de 2020

Errores de diagnóstico

* Nota publicada en Infobae 
A un diagnóstico equivocado le sucede, indefectiblemente, una solución incorrecta. La Argentina padece el síndrome de los diagnósticos errados.
Cuando se produjo la histórica derrota peronista en 2015, Mauricio Macri atribuyó los problemas a que el país no estaba en buenas manos. La solución a su diagnóstico fue “el mejor equipo de los últimos 50 años”. Así fue como sus expectativas de éxito estuvieron siempre depositadas en las personas; enderezábamos las cosas cambiando a Timerman por Malcorra, a Garré por Bullrich y a Kicillof por Prat Gay. El tiempo demostró que no era ese el fondo de la cuestión.
Es importante que el ciudadano sepa que, desde hace varias décadas, los tres poderes del Estado vienen siendo una carga inmerecida para el escaso rédito que proveen a la calidad institucional (adjetivando el beneficio aportado como “escaso” por ser magnánimos). Frente a esa verdad casi de Perogrullo, hay que entender que cada día que pasa, cada problema, tragedia o fracaso que sumamos es un día más en el que no se hizo nada para cambiar el rumbo de desastre que lleva nuestro país.
El socialismo que transpira la sociedad argentina es el mayor escollo para la transformación. Cuando el individuo cree que el Estado le va a solucionar algo de todo lo que está mal o cuando supone que una ley, por el mero hecho de su promulgación y vigencia, va a modificar la realidad está alimentando el sistema perverso que a su vez mantiene y que es, paradójicamente, la fuente de sus principales conflictos.
Porque del Congreso también salen diagnósticos errados y, en consecuencia, soluciones deficientes.
La sociedad argentina muestra una violencia progresiva y salvaje. Los entredichos se resuelven con insultos, piñas, palos y balas. No hay proporción entre el episodio y sus consecuencias. No existen límites para la respuesta. Pegan el alumno, el conductor, el patovica, el piquetero y el ladrón. El destrato es un modo de convivencia. Destrata el empleado público, el usuario, el diputado, la empresa de servicios públicos, el funcionario y el chofer de colectivo. Porque la sociedad ha perdido los parámetros de urbanidad elementales. Y la autoridad es mala palabra.
El padre, el policía, el juez, la maestra dejaron de ser una guía, una referencia y, eventualmente, un límite. La maestra reprende al alumno. El alumno es defendido por sus padres. La directora reprende a la maestra por reprender al revoltoso. Moraleja: ese ejemplo se instala en el sistema educativo, se propaga y da sus “frutos”. La maestra no vuelve a castigar el exceso y sirve de correctivo para que las demás maestras que tampoco lo HAGAN
¿Quién dice “basta”? ¿Cómo se educa a una sociedad sin límites? ¿Por qué habría que respetar la vida o la propiedad del prójimo si el otro no merece respeto? ¿Cómo se crece sin la noción del bien y del mal? ¿Qué monstruo sale de allí?
Volviendo a los diagnósticos, el Congreso (monumento moderno al desprecio por la excelencia) se apura a sacar leyes, como si faltaran. Entre 1853 y el orden y limpieza realizado en 2014 había 22.234 normas sancionadas. El Digesto Jurídico las redujo a 3353; eso sin contar las leyes provinciales, las ordenanzas municipales ni otras de menor rango pero que también se aplican con carácter obligatorio (decretos, resoluciones, disposiciones, circulares). La ley de Emergencia sancionada en diciembre pasado lleva el número 27541. A todo ese festival de legislación hay que sumarle la base de nuestra construcción jurídica: la Constitución Nacional que debería alcanzar de marco.
Sin embargo, esa gente que se va apelotonando en el Congreso no encuentra suficiente el bagaje normativo vigente y arremete con leyes nuevas, innecesarias y, además, producto de malos diagnósticos. Adefesios que quedan escritos y que responden a adefesios que pasan. En la explicación de las cuestiones , ningún atisbo de “mea culpa”. Como adolescentes, los dirigentes nos alivian; la culpa siempre es de otro. Y en la “solución” van escogiendo “otros” de manera alternada.
El reciente caso del joven muerto a golpes por una banda de asesinos, movilizó a los diputados que se esmeran por demostrar que las fortunas que cobran están bien pagas. Y a las 25.000 leyes existentes quieren agregar una más: la ley Fernando.
El Congreso, una oda al diagnóstico errado, se puso en marcha. Porque para el radical K Leandro Santoro el problema es la superioridad física de quienes entrenan para deportes de alto rendimiento, para Victoria Donda el problema es el patriarcado y para Fernando Iglesias “es el peronismo, estúpido”.
Se habló de los jugadores de rugby, de los clubes, de las clases sociales, de la policía pero nunca del estado de la sociedad, de la responsabilidad de la clase dirigente como conductora.
Ninguna mención a la formación que cada chico debería recibir de su hogar, la función indelegable de los padres, la violencia permitida, los planes de estudios, la educación formal, el aflojamiento de la disciplina y la falta de autoridad promovida por el propio estado.
Mientras nos entretienen con debates vacuos, ¿inventarán un registro de rugbiers? ¿Les prohibirán salir a bailar? ¿Estará permitido ir de a dos, máximo tres? ¿Se les cobrará un impuesto al músculo?
Entre ignorantes, improvisados y perversos en ese antro son legión. Fernando no está más y eso no lo pueden subsanar. Pero si los legisladores realmente se tomaran la situación en serio, si reconocieran la gravedad a la que han escalado las cosas y la necesidad de salir de esta anomia, la tragedia de ese jovencito que apenas asomaba a la vida podría ser la bisagra hacia una sociedad civilizada.
No es el machismo, no es el músculo, no es la clase social, no es el peronismo, no son los boliches, la noche, la capacidad económica o el alcohol. Es la falta de valores, la falta de familia, de maestra, de autoridad, de orden y de respeto.
Hace décadas que la economía es la menor de nuestras pobrezas. Ese perfil falsamente rupturista-progre que tiene muy poco de virtuoso y mucho de falta de escrúpulos, nos ha transformado lentamente en una sociedad sin principios ni fines, miserable, por momentos repugnante.

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