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viernes, 28 de abril de 2017

La villa - barrio




Una de las áreas que le quita el sueño al PRO es la comunicación. Tal vez movidos por eso, los vecinos de la ciudad de Buenos Aires somos ametrallados con mails, encuestas y llamados. “Conocé tu policía”, “Decinos qué opinas de esto”, “Vení a ver aquello”. Respondí afirmativamente a “Queremos saber qué pensás del Proyecto de urbanización de los barrios 31 y 31 bis”. 

Me recibió “Sole”. “Sole ¿qué?” pregunté descubriendo mi pertenencia a una generación en la que las personas teníamos apellido. Tan joven como amable, Sole me comunicó que “Agustín” estaba por llegar. No por nada son muchachos 3.0; “Sole” sabía porque, efectivamente, a los pocos minutos apareció un simpático “Agustín” quien, me vine a enterar, reemplaza a “Facu” al frente de la Comuna 2. 

Pasadas las presentaciones, Agustín nos dijo que la verdadera responsable de explicar el proyecto, Belén, estaba en camino. Y así fue. Sole y otros tres jóvenes observaban el desenvolvimiento de la reunión desde una mesa vecina. Uno sacaba fotos, otro tipeaba en una computadora y los cuatro lucían pendientes de sus respectivos teléfonos celulares. Hasta ahí, todo muy PRO. 

Mi planteo inicial fue “cambiar”, no simplemente las palabras ni maquillar la realidad; les dije algo así como “desde que tengo memoria en Retiro hay una villa de emergencia; hoy, una tremenda villa que me acabo de enterar de que son dos. Si me convocan para hablar de los barrios 31 y 31 bis me predisponen a creer que vamos a ser engañados por la política otra vez. Votamos cambiar y entre los cambios que debemos encarar los argentinos está aceptar la realidad por dura que sea. Si el plan es “Hagamos de la villa un barrio”, cuenten conmigo; mientras arranquen con la demagogia de cambiarle la denominación, empezamos torcido”.

Durante el transcurso de la reunión mencionaron muchas veces a Diego (primero creí que se referían a Santilli pero después descubrí que se trataba del jefe de Belén, Diego Fernández, subsecretario de Integración Social y Urbana de la Ciudad) a quien, veinticuatro horas después, escuché por radio repitiendo el mismo libreto que desarrolló Belén, con los mismos ejemplos y las mismas palabras, haciendo énfasis y callando en los mismos ítems.

A lo largo de las dos horas y media que estuve allí, noté lo “coacheados” que estaban Agustín y Belén: no se engancharon nunca en las críticas y objeciones que se plantearon y jamás perdieron el hilo de lo que fueron a decir. Esperaban con educación que terminaran las interrupciones y retomaban su discurso exactamente donde había quedado. 

Nos contaron del terreno que la ciudad le compró a YPF donde está en marcha la construcción de 1200 viviendas para la gente que en la actualidad se aloja debajo de la autopista que se suma al plan de mejoramiento de las casillas ya construidas; nos contaron que el cambio de la traza de la Autopista Illia viene con la construcción de un edificio que albergará al ministerio de educación de la ciudad más la construcción de centros de salud, escuelas y hasta un polo de generación de trabajo y nos contaron también que la finalización de las obras, cuyo costo ronda los 450 millones de dólares, está calculada para dentro de seis años por lo menos. Por si lo descripto fuera poco, nos contaron que está previsto un parque lineal de 800 metros en el tramo de la actual autopista que deje de servir cuando se construya la nueva. Buenos Aires tendrá su “high line” al mejor estilo de Manhattan con la única diferencia de que, allá, uno baja y se encuentra con el icónico Chelsea Market y acá nuestro “high line” telúrico desembocará en una villa de cada lado. 

Nos contaron sobre la alta tasa de mortalidad infantil que registra la villa por, entre otros motivos, las escaleras de caracol que los padres de los pequeños construyen para alojarse en pisos superiores y también nos transmitieron la preocupación que tiene el gobierno de la ciudad por integrarnos a todos.
Respondieron preguntas, algunas con más detalle que otras; estaban decididos (aunque Agustín nos adelantó que “no queremos convencerlos de nada”) a mostrarnos una villa amable, llena de gente ansiosa por abandonar la ilegalidad en la que viven y empezar a pagar por todo aquello que reciben gratis desde hace años. Evitaron cualquier referencia a índices de criminalidad, robo de autos, secuestros express, droga, indocumentados y la ilegalidad comercial que alberga ese enorme predio, preocupación por completo legítima que transmitimos sus vecinos más próximos. Tampoco hubo mención del millón de dólares que se le pagó, vía contratación directa, a un prestigioso estudio de arquitectura de origen danés para el desarrollo de un plan que incluye el área comercial de la villa 31 y la “urbanización” integral de Retiro-Puerto.

“Los mismos prejuicios que tienen uds respecto de ellos los tienen ellos respecto de Uds” nos aclaró de entrada Belén, claramente ubicada del “bando” de “ellos”. Se le escapó al coach de la joven evitar semejante sincericidio que desnudó el concepto marco del emprendimiento: que “ellos” están ahí por falta de oportunidades, porque la población en general les dio la espalda, porque el interior los expulsó y porque la sociedad es por completo indiferente a sus problemas. Eugenio Zaffaroni no lo hubiese explicado distinto. Sin embargo, la verdad es otra, más amplia y más compleja y contiene datos históricos que resisten la descripción romántica de los jóvenes PRO. La industrialización desordenada que impulsó el peronismo atrajo a la población rural hacia los primeros cordones de la provincia y la ciudad de Buenos Aires, población que más tarde fue utilizada para modificar a su favor los resultados de los comicios, en tanto alteraron el peso histórico de las preferencias políticas de los habitantes de los centros urbanos, naturalmente antiperonistas. 

Entonces, el responsable de esos asentamientos no es la indiferencia del vecino sino el peronismo; en primer término el de los años ´50 y luego el kirchnerismo, alentando el ingreso indiscriminado de población ilegal proveniente de países vecinos, que tomó las villas como enclaves de concentración familiar. Dicho esto y asumido que las villas son otra herencia peronista, la política tiene la obligación de resolver el problema. Mientras tanto, se rechaza la mirada sesgada y errónea que le imprime esta administración. 

La noche había caído sobre Buenos Aires. Consideré que ya sabía suficiente del tema. Sabía más que cuando había llegado: para empezar, ahora sabía que el proyecto no era un proyecto sino un plan en ejecución. Sin embargo, eso no fue lo principal; ni siquiera el endeudamiento con el Banco Mundial al que se someterá por no sabemos cuántos años al vecino de la ciudad de Buenos Aires para llevar adelante la faraónica obra; lo inquietante es el enfoque, profundamente socialista, injusto, desigual y errado del proyecto. 

Por lo general la juventud es inconformista e interpela al poder. En este caso, el poder se las volvió a ingeniar para ser el “dador” de privilegios pagados por una población a la cual, veladamente, acusa de responsable de esa marginalidad; una clase política que se sabe rodear de jóvenes dóciles que acompañan su arbitrariedad, convencidos de estar enderezando una desigualdad a fuerza de más estado mientras ignoran la noción de responsabilidad personal y de esfuerzo individual que le cabe a cada individuo en la construcción de su destino. 

Jóvenes que ignoran el principio de la igualdad ante la ley cuando le otorgan una vivienda a quien usurpó terrenos públicos, casi como un premio, mientras quienes hace décadas trabajan y tampoco han accedido al techo propio son discriminados por la varita mágica del estado distribucionista. Eva Perón inventó aquello de “la necesidad crea derechos”. Esta camada de burócratas lo pone en práctica a favor de sus pobres elegidos en desmedro de otros pobres, los que no se atrevieron a violar la ley. Se sienta, otra vez, un mal precedente en una sociedad repleta de malos precedentes. 

La buena fe de sus ejecutores no compensa los errores que envuelven el emprendimiento. La idea de la sociedad culpable se suma a otra horrible falacia: la convicción de que con las leyes (a las que aludieron repetidamente) y las obras en marcha y futuras habrán de “integrar” a los pobladores de Recoleta y la villa. Así de simple. O de simplista. 

1 comentario:

  1. Muy buen análisis. Le cabe también a las otras villas de la ciudad, que extraña coincidencia fueron construidas sobre terrenos públicos.

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