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martes, 15 de julio de 2014

Boudou es nuestro


El único sentido que se le puede otorgar a los sucesos negativos de la vida es capitalizarlos como experiencia. El procesamiento del vicepresidente de la Nación es, sin lugar a dudas y más allá de cómo termine, un hecho tan histórico como lamentable. La Argentina, una vez más como en las últimas décadas, vuelve a ganar la tapa de los diarios del mundo por un escándalo. Venimos siendo noticia porque nos negamos a pagar nuestras deudas y lo festejan los legisladores en el recinto; porque incumplimos los acuerdos comerciales celebrados con otros países; porque tenemos uno de los mayores índices de inflación del mundo; porque el vandalismo se apodera de nuestras calles ante la mirada impasible de las fuerzas de seguridad; y ahora, porque el presidente del Senado es acusado de corrupción y cohecho.
Metabolizadas la bronca del oficialismo y la satisfacción del resto, es hora de hacerse cargo, no de la culpa que no sirve para nada sino de las responsabilidades que nos caben. El 54% de nosotros eligió a Amado Boudou, le dio mandato, lo hizo vicepresidente. Seguramente una proporción no menor de ese lote puebla hoy las marchas contra la política oficial. Entonces, que no empiecen las excusas porque aún en 2011 cualquiera que quisiera podía ver en Boudou el impresentable que es.
En el reparto social de roles, el periodismo se ocupa de describir la realidad y, como una suerte de foco, intenta iluminar los desvíos para que, quienes tienen la posibilidad y el mandato de operar sobre los hechos, modifiquen el rumbo. Ellos son, concretamente, la política y la justicia.
Hace años que me dí por vencida con el kirchnerismo y, por extensión, con el peronismo puro. No tienen arreglo, en esencia, porque no quieren tenerlo; porque se aferran a sus errores y a una retórica falaz que declama su amor por los pobres pero que no ha hecho otra cosa más que multiplicarlos para usarlos. Un día decidí no invertir más tiempo en describir sus inconductas y dedicarlo a la porción de la sociedad que, equivocada pero de buena fe, lo consume.
El peronismo alentó la inmadurez social; ante cada fracaso colectivo liberó a la gente de la responsabilidad y le señaló un culpable. Así, los argentinos nos acostumbramos a ir por la vida sin mochilas. La deuda es producto de los malos de afuera que nos prestan plata; la pobreza, de los ricos que no reparten; la delincuencia deviene de la desigualdad y así sucesivamente. Carlos Menem nos engañó y Fernando De la Rúa también. A Boudou no le conocíamos el "pedigree" y hasta que apareció Jorge Lanata nadie sabía que la gente se muere de hambre en varias provincias.
Es una receta cómoda pero no parece haber resuelto los problemas. Lejos de eso, nuestras instituciones están heridas de muerte; el público, y con razón, no cree en su dirigencia; es difícil imaginar un poder político más desacreditado que el actual; los empresarios gozan de una bien ganada desconfianza pues se les achaca haber colaborado con el sistema de corrupción instalado; la justicia no escapó a la debacle y se toma como habitual que las causas complicadas no se resuelvan nunca o demoren décadas. Nadie cree en nada en la Argentina, tanto que la sociedad ha depositado en el periodismo la función de controlar a los poderes del Estado.
Es hora de que nos hagamos cargo del rumbo que lleva la Argentina, que nos hagamos cargo de Amado Boudou; Boudou es producto nuestro. Las cosas no pasan porque sí. Este escalar de la corrupción no es súbito, es un proceso lento que implica la complicidad de millones de personas que, por acción u omisión, han acompañado y que hoy desemboca en un vicepresidente con semiplena prueba de ser un delincuente.
Los menemistas se conforman diciendo que el kirchnerismo robó mucho más; los radicales aducen “yo no fui”; el PRO suele silbar y mirar para el costado cuando de definiciones categóricas se trata. Pero ninguno está en condiciones de arrojar la primera piedra. Si no acompañaron estatizaciones aberrantes o proyectos invotables, protagonizaron ausencias estratégicas a sesiones clave.
Es altamente improbable que de cualquiera de ellos salga quien nos diga y nos haga decir la verdad porque la buena costumbre debería empezar por casa y ningún dirigente político está dispuesto a abandonar sus privilegios de casta. Por eso, otra vez, el periodismo deberá tomar la posta. Como dijo George Orwell, “periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa; el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar”.
Desde esta columna esa es la propuesta. Molestar al ciudadano de bien diciéndole que no se pasa de Juan Bautista Alberdi a Boudou en una sola movida. Hay estaciones intermedias en las que muchos de los indignados de hoy, se bajaron. Cada uno que baraja una prebenda, cada uno que aprovecha la laxitud del sistema para “hacer la suya”, remó hacia estas costas, sin querer probablemente, inconscientemente, sin identificar que la acción aislada también suma.
Hoy, que no queda margen para hacerse el distraído, deberíamos probar aplicando la receta de la responsabilidad individual.

jueves, 3 de julio de 2014

La votación del bochorno



Antes de empezar esta nota le sugiero que abra el attach: (http://www1.hcdn.gov.ar/dependencias/dselectronicos/actas/2014/132OT06_12_R11.pdf)   y   lea   con detenimiento el nombre de los diputados, cada voto afirmativo y le sugiero, además, que se detenga en las ausencias, que también hablan por sí solas.

Siete sobre doscientos cincuenta y siete diputados se animaron de decir que el pañuelo blanco de las madres de plaza de mayo no representa un símbolo patrio. Patricia Bullrich y Silvia Majdalani (PRO); Elia Lagoria (Trabajo y Dignidad de Chubut, el partido de Das Neves) y Mirta Tundis, Laura Esper, Azucena Echosor y Liliana Schwindt (Frente Renovador). Sesenta y nueve de nuestros representantes estuvieron ausentes y el resto votó de manera afirmativa. Vaya el reconocimiento expreso a esas siete mujeres que se animaron.

El proyecto, idea del oficialismo, fue acompañado por representantes de la izquierda, el socialismo, el GEN, el radicalismo, el partido Demócrata de Mendoza, Trabajo y Dignidad de Chubut y el PRO.

A modo de nota de color, vayan algunos de los ausentes: Lousteau, Carrió, De Narváez, Laura Alonso, Stolbizer, Massa, Triaca, Facundo Moyano, Donda, de Mendiguren, Cobos, Graciela Caamaño, Aguad, Insaurralde y Alfonsín. Paradójicamente, son caras que tienen asistencia perfecta en la televisión; casi que les cabría el mote popular de “caretas”.

Justo los más televisivos son los que no estuvieron donde ayer debían estar. ¿Cómo escucharlos de ahora en más sabiendo que pueden volver a ausentarse si el tema a tratar los incomoda? ¿Cómo no suponer que evitaron definirse y prefirieron pegar el faltazo? ¿Cómo votar en el futuro una lista que los vuelva a llevar a la Cámara? ¿Cómo confiar en ellos? ¿Para qué queremos representantes que no están para las batallas difíciles?

No resulta una sorpresa que las diversas izquierdas hayan acompañado y con alegría, el proyecto K. Son los mismos que estatizaron cuanta cosa les propuso el gobierno kirchnerista y estuvieron siempre con ese denominado movimiento de derechos humanos que empezó agitando la bandera de la vida y la justicia y terminó envuelto en estafas reiteradas sobre fondos públicos apañado por los funcionarios. La izquierda y el oficialismo vienen avalando la denegación de justicia sobre cientos de detenidos que arrumban de manera inhumana en cárceles sobrepobladas, esperando el final de procesos judiciales viciados, en amplia violación de todos los pactos internacionales a los que el país adhiere.

De ellos sólo se puede esperar más arbitrariedad y más sed de venganza. Muchos son asesinos confesos. Vaya si les pueden importar los símbolos patrios. El tema es el resto, la ¿reserva moral?

Del macrismo levantaron la mano por las Madres de Plaza de Mayo Pinedo, Sturzenegger, Miguel del Sel, los PRO-futbolistas Baldassi y Mac Allister, el PRO-rabino Sergio Bergman, Tonelli, Gribaudo y las desconocidas Cornelia Schmidt, Soledad Martinez y Gisela Scaglia. El radicalismo también aportó sus laureles en las personas del ruralista Buryaile, el ex fiscal Manuel Garrido, Eduardo Costa, Cano y Barletta entre muchos otros.

El debate que se planteó entre el público casi sin interrupción desde que esa aberración fue convertida en ley, fue si estos diputados lo han hecho por convicción o por lucir “políticamente correctos”. Ojalá fuese la segunda opción. Gente sin principios sería menos compleja de remover. Sin embargo, es de temer que se trate de su íntima convicción ideológica, que tengan la cabeza quemada por la prédica falaz y la ignorancia y no sepan diferenciar entre una causa justa y las trampas que el marxismo nos tiende.

Hemos retrocedido otro paso en el trayecto hacia la república. La duda y ya a esta altura el miedo, es saber cuántos tenemos como objetivo esa estación.