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lunes, 7 de abril de 2014

Queremos Garantismo y Seguridad



Una sociedad adolescente como la argentina que, como característica central no admite críticas, es capaz de incurrir en flagrantes incoherencias para justificarse. En aras de salir indemne de responsabilidades, puede votar a los garantes del abolicionismo del derecho y reclamar seguridad de manera simultánea.  
 Esa sociedad adolescente insiste en navegar a dos aguas e insiste con el limbo ideológico que no tolera ni la comisión del delito ni su represión. Incoherente, histérica, inmadura. La sociedad argentina no está dispuesta a pagar el costo de nada y en el “mientras tanto”, se desintegra. Va dejando hilachas de su marco jurídico y de su escala de valores, lo que complica el entendimiento social y hace imposible la convivencia pacífica.
 La argentina es una sociedad cada día menos civilizada. Hace diez años que el gobierno nacional permite y alienta en muchos casos el corte de las calles por parte de gente anónima que, con sus caras tapadas y armadas con palos impide la circulación de autos y personas por la vía pública. Al compás de esa anarquía, el delito crece en variedad y cantidad ante la mirada complaciente del estado mientras la población, mansa, tampoco exige que sus impuestos sean destinados a cubrir con eficiencia las funciones específicas que la autoridad política debe garantizar: seguridad, educación, salud y justicia.
 No reclama por sus derechos y repite errores. Los mismos porteños que celebraron la remoción de Aníbal Ibarra de su cargo tras el desastre de Cromagnon luego lo hicieron legislador. Tras airosas y multitudinarias protestas contra los impulsores de aplicar retenciones confiscatorias al campo que arrastraron a gran parte de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires a la calle, el entonces ministro de Economía Martín Lousteau fue votado para representarlos en el Congreso. Es una sociedad que mira fijo y luego declina cualquier acercamiento. “Histeriqueo” puro. Adolescencia pura.
 Los argentinos protestan por la ola delictiva que tiene amenazados a los “buenos”, protestan por la falta de independencia de la justicia y con la misma contundencia protestan cuando alguien decide defenderse y ejerce la justicia por mano propia. La violencia, mientras tanto y como pasa con cualquier enfermedad que no se combate, sigue en aumento. Los linchamientos de los últimos días ejecutados por los “buenos” contra los “malos” empiezan a equipararlos. Ahora los dos “bandos” son violentos.
 La falsa progresía nacional sostiene que los delincuentes son producto de un contexto social que los abandona y margina, argumento con el que intentan eximirlos de la responsabilidad jurídica que les cabe por los ilícitos que cometen contra las personas y la propiedad.
Así, por imperio de una explicación sociológica un tanto rebuscada y de dudosa veracidad por incomprobable, el victimario automáticamente deja de serlo y con el sólo enunciado de la hipótesis, se busca esfumar sus deudas con la sociedad agredida.
 En el otro extremo, alguna voz aislada (que la izquierda vernácula pretende asociar con la derecha recalcitrante) se ocupa de la víctima y recorre el camino inverso: la releva de toda responsabilidad bajo el argumento del hartazgo. La gente, según estos teóricos del agotamiento social, hace lo que puede y entre “lo que puede” está moler a palos y hasta matar a una persona.
 La brutalidad ejercida contra los ladrones pone al descubierto la violencia que anida en las personas, su tendencia a la masificación y la cobardía que implica actuar en patota. Los vecinos que lincharon a delincuentes no son peores que los barra-bravas que se enfrentan en los partidos de futbol. Coinciden en la ferocidad de la golpiza, la desigualdad numérica y el anonimato con que actúan.
 ¿La solución estará por ponerse a la altura del delincuente? ¿No sería nivelar para abajo? Porque de eso los argentinos sabemos un montón y no pareciera que haya significado un “up grade”. Por supuesto que falta, esencialmente, educación. Ningún país erradicó la delincuencia pero ninguno civilizado tolera la justicia de los particulares como mecanismo de resolución de conflictos. Y las poblaciones son similares porque todos somos seres humanos. La explicación de que nuestra sangre española/italiana nos hace distintos es una falacia instalada. Lo que nos hace distintos de los países que prosperan es el sistema que ordena la vida en sociedad, que saca lo mejor o lo peor de las personas.
Nuestro sistema alienta la delincuencia entre otras cosas, con el bajísimo índice de represión de las conductas antisociales. La alienta desde la cúspide de la pirámide de poder dando el ejemplo con funcionarios corruptos e impunes. Y la alienta a través de una justicia lenta e injusta. Son poblaciones educadas las que exigen un estado presente y eficiente, no un estado gordo y bobo. El estado inútil que, como el argentino, dilapida recursos.   
 La educación contiene los instintos. La educación privilegia lo que se debe sobre lo que se quiere. Falta educación para acompañar la toma de decisiones adecuadas Mientras tanto el estado gordo y bobo del populismo se mata de risa de unos y de otros y mira, como un espectador indecente, cómo se pelean sus súbditos.

1 comentario:

  1. El Estado ausente por renuncia ideologica hace que el contrato social se rompa. Luego el derecho de defensa vuelve al ciudadano.En estos casos la defensa individual es un deber moral. Los linchamientos como regla no son buenos, pero logran que los gobernantes actuen , de otra manera no lo hacen.

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