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lunes, 25 de febrero de 2013

La ametralladora K

Que los K no tienen paz es una realidad. Las usinas oficialistas tiran iniciativas como una ametralladora de repetición. En los últimos meses nos revolearon con el voto a los 16 años; el control de precios por 60 días/tiempo indeterminado; un misterioso acuerdo judicial-extrajudicial con Irán; la expropiación de la Rural; una inquietante reforma del Código Civil y campañas varias, la mayoría contra peronistas como ellos más una especial, constante y recurrente apuntada al enemigo histórico que Néstor eligiera tempranamente: Mauricio Macri. 
Como si esto no fuera suficiente, voceros reptantes del Ejecutivo, y no cualquiera sino nada menos que la dupla Kunkel-Conti, volvieron a poner sobre la mesa dos intenciones espeluznantemente kirchneristas: la reelección indefinida para la jefa espiritual del movimiento (versión Siglo XXI) y el pago de ganancias para los miembros del Poder Judicial.  
En la Argentina, ingenuos más equivocados suman una gruesa mayoría; eso y la actitud implacable del kirchnerismo que no deja en proyecto un objetivo son las principales razones que harán posible, pronto y rápido, la reforma de las normas para que ambas iniciativas se conviertan en realidad. 
El tercer mandato de Cristina Kirchner no es un capricho. Es el eje de un modelo político autoritario que hace agua sin la figura de un dictador. La historia puede dar cuenta de eso y, aunque gracias a la evolución van siendo cada vez más aislados, América Latina concentra todavía varios ejemplos. No será una batalla sencilla para el oficialismo pero ya están lanzados y no hay registro de que hayan abandonado un proyecto sólo por el desgaste que les produjera. 
Zamparle el pago del impuesto a las ganancias a los jueces será una victoria aún menos complicada de conseguir para el oficialismo. Tienen a favor dos factores: la ignorancia del público respecto del verdadero espíritu que los inspira y la espontánea simpatía que provoca en gran parte de los argentinos la noticia  de que van a sacarle a algún sector; al que no se pertenece, claro. En una sociedad que ha entronizado el valor de la igualdad, siempre resulta grato al oído popular aquello que suene a terminar con un supuesto privilegio.  
Hablando de Roma, oh casualidad, la procuradora general de la Nación, la kirchnerista Alejandra Gils Carbó quien fuera elegida con el apoyo de la llamada "oposición", ha salido a "bancar" el proyecto k para gravar a los magistrados con ganancias y, además, se mostró a favor de que tengan un plazo en sus funciones. Al grito de "ya que estamos..." dijo textualmente: "Sería uno de los primeros pasos para que el magistrado se perciba como un ciudadano más y comparta sus intereses. Los jueces se perciben como miembros de un sector privilegiado y es algo contrario a la democratización"..."No puede ser que en un futuro se tengan jueces de cien años". 
Después de casi una década de peronismo K resulta casi un lugar común reprochar a los miles de funcionarios beneficiados por el regimen esa alineación absoluta de la que hacen gala, pero bien podrían agudizar el ingenio para evitar repetirse en las palabras aunque más no fuera. Lucirían menos obvios. Sería imposible, aún hasta para el explicador por antonomasia del kirchnerismo, Artemio López, despegar las declaraciones de Gils Carbó del concepto presidencial de "democratizar la justicia". La falta de independencia entre los poderes del estado ha dejado de ser un papelón para pasar a ser un escándalo.
Aunque el discurso populista adore pontificar sobre la igualdad, hay una mentira machacada hasta el hartazgo: el juez no es "un ciudadano más" ni debe serlo. Eso no implica privilegios sino, tal vez, hasta mayores responsabilidades que un ciudadano cualquiera pero para ejercerlas con plenitud y para que la sociedad pueda reclamarle por su probidad, es imperiosa su independencia política y económica. Acá estriba la gran diferencia que aleja al peronismo de la república: ellos quieren que los jueces sean uno más de ellos.
El autor del proyecto no es precisamente el abuelo de Heidi y la intención no es otra que la de disciplinar al escaso lote de jueces aún líberos. Como ya han probado todos los mecanismos posibles y algunos siguen esquivos a las presiones oficiales, saben que el pago de ganancias implicaría una drástica reducción de sus ingresos y provocaría el alejamiento de la mayoría. Con la bandera de la igualdad, además, neutralizan a la mal llamada "oposición" que, sin prestigio suficiente para pelearle al oficialismo una medida populista, van a callar e, inclusive, acompañar. 

Hay quienes consideran que tal impuesto es inconstitucional. El artículo 110 de la Constitución Nacional dice textualmente:  "Los jueces de la Corte Suprema y de los tribunales inferiores de la Nación conservarán sus empleos mientras dure su buena conducta, y recibirán por sus servicios una compensación que determinará la ley, y que no podrá ser disminuida en manera alguna, mientras permaneciesen en sus funciones". ¿Será que el kirchnerismo tiene una interpretación particular de la expresión "...en manera alguna"? ¿Les costará entender también la noción de estabilidad de los jueces, expresada en el mismo artículo?  
Lo cierto es que, si quisieran hacer efectiva la poda al ingreso de los jueces y evitar a los centenarios (casi una alusión directa para el ministro Fayt) deberían arrancar reformando la Constitución. Ojo, no es que no sean capaces ni que les falten ganas.  
Este blog no dialoga con las "corpo" y siente la obligación de alertar sobre la mala fe de la política. Este proyecto es un caso típico: tan "justo" suena el planteo que hasta el PRO y los radicales se anotaron para salir en la foto. Los peronistas los vienen dejando afuera de tantos "logros" igualitarios que éste no se lo quieren perder. Pero la verdad es que los únicos perjudicados, casualmente, van a ser los magistrados que no integran la "corpo" judicial. Como es inverosímil que la "oposición" desconozca esta obviedad, se hace muy difícil entender su alineación con el gobierno en esta nueva trampa, que implicará aún menos independencia judicial.  Serían más útiles defendiendo estas causas que apuntan directo al corazón de la libertad individual en lugar de tanta recorrida por los estudios de televisión, mostrándose indignados con un régimen con el cual terminan pactando.   



viernes, 8 de febrero de 2013

El que siembra vientos...


En la práctica cotidiana de su característica más saliente, la superficialidad, los argentinos impiden que el cambalache del que hablaba Discépolo pierda vigencia. Eso, sumado a la adolescente costumbre de buscar en otros la responsabilidad por lo que nos pasa, hacen un “combo” lamentable que deja a la intemperie lo peor de nosotros. Es que si algo ha hecho bien el kirchnerismo es, precisamente, exponer lo peor de cada uno.
Comparar el griterío que se produjo de manera espontánea alrededor de Kicillof con el episodio que vivió el periodista Nelson Castro en un bar de la calle Santa Fe es como sumar peras y jirafas, y llamar “escrache” a cualquiera de estos incidentes es una burrada. Los pasajeros de Buquebus lo único que hicieron fue aprovechar la rarísima circunstancia de tener acceso a un funcionario de este gobierno, para decirle en la cara la opinión que tienen de él. No fue organizado, nadie convocó a nadie; simplemente se inspiraron cuando vieron volviendo del extranjero al señor que por televisión les revolea el dedito frente a sus narices y pontifica sobre la argentinidad y el patriotismo de gastar en el país; ese señor que, además de sermonearlos, los destrata cada vez que les prohíbe disponer de su dinero. Ese día hubo una coincidencia de gente que piensa igual y que se manifestó libre y espontáneamente. Quienes coreaban “ca-ra-dura” acompañando el descriptivo epíteto con un rítmico agitar de palmas, nada tienen que ver con un “escrache”, mecanismo perverso que el nazismo usó con frecuencia contra los judíos, y que la izquierda radicalizada copió en la Argentina para consumo interno. No son lo mismo primero que nada, porque los escraches fueron, entonces en la Alemania nazi como ahora en la Argentina K, alentados desde la cima del poder político contra ciudadanos indefensos. En todo caso, si se quieren buscar paralelos con dichos o hechos de la historia, los rasgos de intolerancia y hartazgo que presenciamos a diario contra miembros del poder tienen más que ver con “El que siembra vientos, recoge tempestades”.
Las voces que se levantaron para solidarizarse con la variante Kicillof “papá” tampoco califican pues están aplicando la lógica adolescente de invertir la carga de las responsabilidades. Un padre “como la gente”, un padre maduro y digno, un padre que valora la libertad y se hace cargo de sus acciones se plantea “¿qué estaré haciendo para generar determinadas reacciones en los otros?” y se preocupa por evitar que su conducta resulte una mochila para sus familiares. Un padre populista/peronista o malcriadito se pregunta indignado: “¿cómo es posible que la gente me diga su opinión si estoy con “el nene” a upa y, además, ni siquiera me interesa lo que piensan los demás?” Se vuelve a aplicar la noción del disparador. La “reacción” es posterior a  la “acción” y lo que pasó en el barco fue una reacción.
El suceso Nelson Castro se enmarca en el ejercicio pleno de la libertad. El dueño de un local se reservó el derecho de admisión y se lo comunicó. Punto. Pasan dos cosas igualmente graves: primero que, como la noción de propiedad privada viene desdibujándose hace décadas a fuerza de impuestos, leyes, ordenanzas y controles, el público no la tiene demasiado presente y le cuesta reconocer a golpe de vista que, dentro de las normas,  “con mi negocio hago lo que quiero” y dentro del “lo que quiero” está elegir a mis clientes. La segunda cuestión es la arbitrariedad impuesta con ferocidad por esta administración, que vocifera improperios o aplaude en privado y calla en público según de quien se trate; porque si lo mismo le hubieran hecho a “uno de los de ellos” estaría el coro de voceros a sueldo aullando “¡discriminación!” “¡discriminación!”. Desde Florencia Peña a Carlos Kunkel y de Filmus a Pablo Echarri estarían con la ropa desgarrada frente al Inadi denunciando al dueño del boliche. Pero como le pasó a un personero de Magnetto, jeje… que se arregle. Arbitrariedad y bajezas, el gran logro del kirchnerismo; peronismo puro y duro del mejor para los que dicen que esto no es peronismo. Los K pueden decir, como Eva Duarte: “Esta es nuestra obra” y en este caso puntual, no estarían mintiendo.  
Mientras se cocina ese estado de beligerancia en la sociedad, el gobierno largó la carrera electoral y, para variar, picó en punta.
 Al congelar los precios, el partido gobernante se asegura días de paz para avanzar en la captación de más votos mientras convencen a la “gilada” (entiéndase por tal a los millones de personas a los cuales el populismo se encargó de marginar de la instrucción mínima como para aprender que el único que genera inflación es el estado) los convencen, decía, de que los malos de la película son los “formadores de precios” y los buenos son ellos, que se baten a duelo con el empresariado para defenderles el bolsillo.
Entre eso y los planes de vagancia que volantean entre pobres y militantes consolidan un piso de votos imbatible. Los voceros indirectos del kirchnerismo ya empezaron a trabajar para instalar la idea de que ganarán las legislativas por el 42% de los votos. Tomá mate. Si a eso se le suma una reciente medición donde el número más alto se lo lleva el porcentaje de desaprobación del público a la oposición, sería prudente empezar a aterrarse.
En otro orden de cosas pero no menos inquietante están los empujones al poder judicial que hacen Hebe Bonafini y otros K con su particular estilo, o sea a lo bestia. “Los jueces deben ser interpelados” acaba de decir como si tal cosa Agustín Rossi, avalando la monstruosidad que Cristina Kirchner da en llamar “la democratización de la justicia”.  Eso y estar deslizándonos por la bicisenda hacia una dictadura de derecho es lo mismo.
En el ámbito internacional no estamos mejor. Así como Uruguay le debe gran parte del crecimiento exponencial de sus exportaciones a Néstor y Cristina Kirchner que ahogaron a los productores locales impidiendo la venta al exterior de sus cosechas, los habitantes de las islas  Malvinas (de segunda categoría para el Reino Unido desde siempre) le deben al dúo Timerman-Cristina su súbito descubrimiento por parte de Gran Bretaña; recién ahora fueron registrados x el amperímetro inglés, a partir de los berrinches argentinos. Semejante gestión en pro de los intereses de los isleños que de kelpers han pasado a ser tan británicos como David Cameron, exige, como mínimo y para empezar, una escultura tamaño natural del matrimonio K en las inmediaciones de las islas, una suerte de Estatua de la Libertad de Sudamérica, fácilmente visualizable desde lejos a modo de agradecimiento. Aunque todo indica que eso no va a ocurrir. Lejos de ello, a las expresiones del canciller argentino sobre que en veinte años las Malvinas estarían recuperadas, desde las islas le respondieron que es más fácil que en ese lapso ponga una bandera en la luna. No se le burla la Reina de Inglaterra, no se le burla Cameron, ni siquiera su canciller. Se le burlan los kelpers. Como diría la presidente, es “too much”.
Sin embargo y a pesar del bochorno que nos causan estos burdos tropezones, todo esto es nada al lado del acuerdo que impulsa Cristina Kirchner con Irán, un país peligroso, terrorista, que despierta la desconfianza del mundo civilizado y con razón. Avenirse a sus condiciones para compartir una parodia que nada tiene que ver con la búsqueda de justicia es de las facturas más abultadas que deberá pagar esta administración tarde o temprano. Si no es la Patria, se lo demandará Dios algún día.
Lo cierto es que están desaforados. El kirchnerismo ha entrado en la etapa mística. Sólo nos queda rezar.