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martes, 31 de mayo de 2011

UTE: Kirchner - Bonafini - Schoklender


Tempranamente aprendí que la burbuja es un lugar cómodo para vivir pero malo para hacer pronósticos. Uno tiende a proyectar el microclima que allí se respira al universo entero y el margen de error suele ser monumental. En la burbuja siempre se convive entre similares; si uno tiene zapatos con cordones, todos tienen zapatos acordonados. Si uno lee, todos son lectores. Si uno mira con indulgencia, son todos indulgentes y cuando uno es cándido, todos lo son.

La euforia de que “todos” votaban al ingeniero Alsogaray me hizo festejar por anticipado el triunfo del liberalismo para la Argentina y a pesar del tropezón, celebro que haya sido en mis tempranos años de vida y de militancia porque aquel error significó un valioso antídoto contra la burbuja.

Aprendí que la frase era parecida pero que se había salteado la sutileza de los tintes y que no todos votaban al ingeniero sino todos los que estábamos en la misma burbuja; y así fue como descubrí vida más allá del propio ombligo. Y descubrí también la variedad de matices que ofrece la realidad política aunque debo confesar que me sigo sorprendiendo con los que se suman a diario. Alguien intentó explicarme que esto de ahora no son matices sino cromosomas fallidos, engendros monstruosos que la biología rechazaría como malformaciones malsanas y la política nacional abraza. Tiendo a encontrar lógico el razonamiento aunque la explicación en sí no alcanza para suavizar el impacto pernicioso de la subclase dirigencial que nos ahoga.

Liberada del síndrome de la burbuja hoy reconozco con claridad que quienes festejan que los detalles aberrantes de la entente Bonafini-Schoklender hayan salido a la luz, no son más que condóminos de una misma burbuja. Al gran público ni le rozan las porquerías que ese dúo dinámico viene haciendo desde que Néstor Kirchner los alquiló para su personal beneficio.

Los millones de individuos que de una u otra manera comen de la misma corrupción kirchnerista no se espantan con la indecencia ni con el delito ajeno porque, en el fondo, sobre facturar una obra pública o cobrar por ella y no realizarla no difiere de la inconducta de recibir un dinero por no hacer nada. Ambas acciones son una estafa y el cuánto no morigera la acción. El peronismo, en un acuerdo tácito con la sociedad, ha instalado el mecanismo perverso de “hoy por mí, mañana por mí” o lo que he dado en llamar permiso para robar.

Respecto de los que andan por ahí escandalizados con la información también conforman un sub grupo de cuidado. Son, en gran parte, los mismos que descalifican a Elisa Carrió por agorera, inflexible y creyente. Nada dicen de la propia arbitrariedad y de su inmadurez cuando toman, como los chicos, sólo lo que quieren del plato. Abren la galletita, le raspan la crema y tiran las tapas. Carrió es un todo y la madurez se aplica para entender que las personas son enteras, con lo que nos gusta y lo que nos gusta menos; y también nos indica que en la evaluación del combo se encuentra el valor de las personas, públicas y privadas, sin rasparles la crema y sin tirar las tapas porque la galletita es la crema y las tapas y porque la crema sola no es la galletita.

Elisa Carrió es la que decide con el dedo quién será diputado, y la que se adelanta a los acontecimientos como hace un líder. Muchos argentinos le computan como defecto esa cualidad excepcional que el mundo exalta y la rechazan simplemente porque esta sociedad adolescente se niega a escuchar la verdad. A pesar de todo, Carrió persiste y hoy tiene el coraje de denunciar las repugnancias de que son capaces los asesinos camuflados de defensores de la vida. Es la única capaz de desnudar el contrasentido del tortuoso acuerdo que subyace entre quien engendró asesinos y quien asesinó a los que lo engendraron. La Coalición Cívica, una construcción que lleva la impronta de Carrió mal que le pese a varios, señala contra todo el marketing “progre” los negociados de una madre que adoptó a quien es huérfano por decisión propia.

Es bueno recordar episodios que la memoria frágil y sesgada de nuestra sociedad tiende a olvidar con miserable desparpajo: Elisa Carrió fue echada de la Comisión Permanente por los Derechos Humanos, organismo tuerto si los hay que sí integra el rabino fashion devenido político, por haber opinado sobre la persecución judicial que padecen los hijos adoptivos de Ernestina Noble. La izquierda radicalizada que ayer mataba y hoy administra el estado la detesta porque es su auténtica enemiga. Y por eso, sólo por eso quienes aborrecen la actual dictadura debieran reconocer su perseverancia y defender su permanencia. A menos que alguien considere que su existencia no le hace bien al sistema y que la política se enriquecería con su ausencia.

“En la otra mano” como dicen los americanos, llenas están las crónicas de detalles sobre el avión de Schoklender cuya existencia muchos conocíamos, entre otras cosas porque dormía en el hangar vecino al de Francisco de Narváez. ¿Se habrán encontrado alguna vez próximos a despegar en el Aeropuerto de San Fernando? ¿Podrá hacerse hoy el sorprendido el candidato a gobernador o la decena de importantes empresarios que frecuentan esa aeroestación por los mismos motivos y que nunca dijeron nada del curioso vecino?

La sociedad tiene que entender que la proximidad de las elecciones desvela a los políticos y a sus entornos pero no por cuánto de sus proyectos podrán plasmarse sino por cuántos espacios de privilegio ganarán o perderán en el reparto. Hipocresías a granel hacen fila para llenarnos de naderías mientras una disyuntiva de fierro se debate frente a nosotros: la república de derecho o la dictadura de hecho donde no hay margen para “los menos malos” que, además, nunca fueron tales. Todos sabemos quiénes se encolumnan tras una u otra opción.

martes, 10 de mayo de 2011

Rotos por dentro







Una larga lista de frases hechas le cabe a la realidad política argentina, huérfana de figuras convocantes: “con todos juntos no hacemos uno”; “en el país de los ciegos el tuerto es rey” o “hazte la fama y échate a dormir” describen a la perfección la pobreza franciscana de nuestra clase dirigente.


Un rápido paneo sobre los personajes de la actualidad que taponan las pantallas de nuestros televisores provoca, en el mejor de los casos, desolación.


Eduardo Duhalde, el padre de la pesificación asimétrica y de Néstor Kirchner se ha transformado, por imperio de las comparaciones, en nuestro Winston Churchill. Primero avaló la mayor estafa que registra la historia económica moderna, movida que empujó a la pobreza extrema a millones de personas al tiempo que provocó una importante transferencia de riqueza de los pobres hacia las arcas de los grandes deudores. No satisfecho con su contribución a esa página memorable de la Argentina reciente, apadrinó la llegada a la presidencia de un agrisado caudillo provinciano que contaba con nula trascendencia nacional y pésimo concepto local. Entonces, el promotor de las dos grandes tragedias de fin de siglo y que cualquier país del mundo descartaría por siniestro, hoy luce para la sociedad argentina como la esperanza blanca. Es que suena moderado y hasta prudente; escribe libros aconsejando lo que hay que hacer como si supiera y viaja por el mundo para aprender lo que debería haber sabido cuando se encaprichó con ser presidente.


De la misma microesfera emerge Gabriela Micchetti, un subproducto de la transversalidad “proísta” cuyo pasado político no existe, su futuro es incierto y su presente, difuso. Vino con las huestes de Mauricio Macri, ambos embanderados en la muletilla de “somos jóvenes y nunca militamos” cosa de disfrazar de virtud la carencia de experiencia y hasta de pericia. Tras dejar de lado su admiración x el frepasista Carlos Auyero y por Elisa Carrió, Michetti se volvió el “jocker” del macrismo. En cada elección la prueban donde necesitan una figura colectora de votos. En ese contexto arrancó en 2007 pidiendo a los porteños el voto para hacer realidad, en cuatro años de mandato, los sueños que abrigaba para Buenos Aires. Una vez que se le dio, debía encargarse de acompañar la gestión ejecutiva y presidir la Legislatura local, pero a los dos años (luego de uno plagado de licencias) volvió a sonreír a los porteños para explicarles que era imperiosa su mudanza al Congreso Nacional. Los vecinos creyeron, tal como el partido lo planteaba, que la Cámara de Diputados no sería lo mismo sin ella, que la legislación nacional bramaba por su influencia y le volvieron a dar el gusto. Allá fue entonces Michetti abandonando el mandato antes de lo previsto y dejando la ciudad en manos de un jefe de gobierno part time y la Legislatura en manos de un demócrata progresista con quien comparte el raquitismo en experiencia de gobierno y administración.


Hoy ya está dispuesta a una nueva candidatura, la que sea porque ella es como la “compota”, buena para todo. Falló su desembarco en la Jefatura de Gobierno pero podría ser vicepresidente. Dos años fueron suficientes para descollar en la labor legislativa y se apresta a encarar nuevos desafíos. Siempre con una sonrisa.


Francisco de Narváez es también un personaje curioso de la nueva horneada de políticos “cool” que deambulan por estos días. Tras una entrada tardía en esto de la cosa pública ha contribuido con la felicidad de los Kirchner que no han recibido de él más que beneficios. Lleva seis años ocupando una banca de diputado que no ha servido para frenar el avance autoritario ni ha sido usina de grandes ni de pequeños proyectos. Aglutinó a la oposición para ganarles en 2009 y, a dos años de aquel batacazo, un escéptico concluye que fue infinitamente más útil al “modelo” que a sus adversarios, hoy deshilachados en gran medida, por los buenos y destructores oficios del “colorado”. Si se descarta la posibilidad de componenda con el oficialismo no se entiende qué cosa lo enfrenta hoy con sus aliados de ayer tanto como para dinamitar el polo anti-kirchnerista que había conformado alrededor suyo con algunos peronismos y amigos del barrio. Si no es adrede, igual merece un agradecimiento desde la más alta jerarquía K por dedicarse a embarrar la cancha desde que desembarcó, un día cualquiera sin demostrar con claridad hasta ahora, para qué.


Ricardito es un personaje de difícil análisis. Sus merecimientos son contradictorios. Merece atención a partir de la gravitación que adquirió tras la muerte de su doble, o sea su padre y merece que se lo ignore por sus escaseces personales. Alfonsín es la exaltación del “emberretamiento” de la política: la elección del peor entre los malos; tanto que no se entiende por qué mira con recelo a los Macri boys; él también hace gala de una página en blanco en materia de experiencia política aunque sea tal vez, la página más prolija que pueda mostrar de sí y de su conducta pública.


Podemos seguir barajando y destapando cartas o caras y serán siempre repetidas y sombrías: Das Neves, que todavía está tratando de explicar cuánto esfuerzo hay que hacer para ser dueño del mazo, hacer trampa y que te descubran. O Felipe Solá, ex duhaldista, ex menemista, ex kirchnerista y ex aliado de Macri y de Narváez. O Rodríguez Saa, el liberal del peronismo, fiel únicamente a sí mismo, a los extraterrestres con los que asegura tener contacto y a su hermano, el ex novio de la turca Sasin; dos impresentables que hicieron de la provincia en la que reinan un feudo donde todo les pertenece en la complicidad de los tentáculos de un estado benefactor-proveedor-depredador que toma y reparte “a piacere”.

Del oficialismo no queda demasiado novedoso por decir y casi es preferible obviarlo porque siempre es ingrata la referencia al peor de la clase. En lo personal, me sigue impresionando la prolijidad con que exaltan las mezquindades humanas. Con ellas y su absoluta falta de escrúpulos aprovechan para denigrar el sistema de valores que compartimos alguna vez los argentinos y del que ya no quedan, en muchos casos, ni recuerdos. El kirchnerismo, etapa superior del peronismo, ha concluido de plasmar el mayor estrago social que se registre en nuestra historia, y que empezó con el advenimiento de Perón.


El peronismo contagió sus bajezas a toda la clase política pero hasta no hace mucho tiempo, aunque sea en privado, aún se solía reconocer la diferencia entre la biblia y el calefón. El kirchnerismo consiguió alterar la definición del bien y del mal y adormeció a puro consumo a una población inculta y empobrecida de principios que aceptó mansamente las nuevas acepciones. Lo peor del peronismo, hoy en el gobierno, ha creado un vínculo tácito con sus votantes con quienes intercambian permisos para la inmoralidad.


En medio de una anomia desmoralizante, la sociedad se apresta a votar a quien le prometa mantener vivos el festival de planes de vagancia y los subsidios (no sea cosa de pagar por lo que se consume) y le garantice calma frente a las docenas de cuotas que penden sobre la cabeza de la clase media, endeudada hasta el tuétano. Mientras tanto, no se inmuta por la cantidad de delincuentes que entran a través de nuestras laxas fronteras, ni por los documentos que la autoridad política volantea a destajo; no se inmuta por los miles de puestos de trabajo que le quita esa mano de obra cuasi esclava a los argentinos ni las villas urbanas que engrosan. No se inmuta por la droga ni por el paco, por la inseguridad ni por la corrupción policial, la corrupción judicial y la corrupción política. No se inmutan por el atropello a las instituciones, por los permanentes recortes a la libertad individual ni por los aprietes a la prensa.


Sólo puñados vemos con enorme preocupación el futuro cercano y con enorme tristeza y alivio que todavía sigan siendo dos las salidas al destino en que la Argentina está emperrada: Ezeiza y Puerto Nuevo.