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viernes, 18 de marzo de 2011

Hay que "bancar" a Moyano


Antes de borrarme de su pantalla termine de leer esta nota. Y reflexionemos juntos.

Los argentinos, siempre tan afectos al espejo retrovisor, quieren encontrar en el presente enfrentamiento entre popes del actual gobierno, semejanzas con lo sucedido a comienzos de los ´70. Puede haberlas aunque lo más significativo de todo es que los peronistas en particular y los argentinos en general, no hayamos aprendido nada de tan lamentable porción de nuestra historia reciente.

Cuando el general Perón quiso disciplinar a los terroristas que cálidamente había prohijado en el seno de su movimiento y ellos se rehusaron por considerar, legítimamente, que habían colaborado de manera decidida y explícita con su vuelta al país, la pelea de fondo fue el poder. Tal vez acá haya una semejanza. Hoy también dos ramas del mismo árbol tironean por lo mismo. Vuelve a haber dos bandos peleándose por el poder absoluto.

Sin embargo, lo que sigue es la gran diferencia que anuncia, por ahora, final abierto para la disputa. En una esquina, el sindicalismo, que fue siempre “la columna vertebral” del movimiento; en el otro, la izquierda radicalizada, que supo crecer y reproducirse compartiendo techo con los gremialistas aunque sin guardarse la más mínima simpatía mutua.

En el ‘ 73 los terroristas se plantaron exigiendo más espacio y el reconocimiento público de su existencia, mientras que el sindicalismo estaba “adentro”, era parte de la administración del estado y su legitimidad no era puesta en duda. Hoy, los tantos están al revés: los terroristas de entonces más sus simpatizantes son el gobierno y desde ese lugar de privilegio intentan “marcarle la cancha” al “movimiento obrero”. ¿Podrán? ¿Se dejarán los involucrados?

La disolución, aplastamiento y desguace de las fuerzas armadas y de seguridad contó con la anuencia de sus miembros. La pregunta es si el sindicalismo permitirá que sus huestes corran la misma suerte que los uniformados en manos de quienes tienen en mente para ellos igual destino.

Otra diferencia salta a la vista: se dieron vuelta los tantos; los que antes pugnaban por entrar ahora son el gobierno y los que estaban adentro, quieren ser echados a empujones después de la innumerable cantidad de servicios que prestaron a la corona.

Entre los contendientes que velan sus armas, estamos el resto de los habitantes que inexorablemente padeceremos las consecuencias del enfrentamiento. Es muy probable que la mayoría rechace a ambos porque unos importaron una violencia inaudita e innecesaria y porque los otros han tejido un adiposo poder arbitrario y antipático para beneficio de unos pocos. Pero la vida nos pone frente a ciertas alternativas y la libertad no está en elegirlas sino elegir entre ellas.

Es de esperar que el público espectador no consuma el magnífico envoltorio que trae este conflicto. Ya se ha escuchado decir a furiosos anti-kirchneristas “En ésta estoy con Cristina” como si la pelea de fondo fuera ella contra Moyano. No señores; la pelea de fondo es el terrorismo contra el sindicalismo. Y porque son dos opciones espantosas es que se hace tan difícil decidirse por una. Tal vez sirva recordar la historia e imaginar la terrible disyuntiva que enfrentaron los aliados cuando el enemigo era Hitler y el mal menor, Rusia. La historia y la vida están llena de ejemplos en los que no hay una solución perfecta y se necesita optar por el mal menor.

Hoy, la alternativa “ninguno de los dos” no está. Hay que elegir entre unos o los otros y para eso es preciso ser memoriosos y recordar la conducta de unos y de los otros. Y optar por el mal menor. Al menos eso sería una forma estratégica de decidir, en lo que cada uno le toca, el rumbo futuro. De otro modo es como votar en blanco. Habría que pensar en los males y los daños que ambos aportaron.

El sindicalismo ha sido, por esencia, corporativo; negocian hasta la extorsión mientras usan a sus representados para “apretar” al gobierno de turno. Hacen negocios, limpios y de los otros tantos como el poder político y el empresariado les permita. Esencialmente, corromper es el mayor aporte que han hecho en su larga existencia. Corrompen todo lo que pueden. Como Perón, nunca demostraron rechazo visceral por las instituciones ni detestaron a las fuerzas armadas; las pisotearon cuando se cruzaban con sus negocios pero no por mandato filosófico. Su ideología, como la de Perón, es el dinero.

El terrorismo nacional se crió a la sombra del modelo cubano; admira los autoritarismos de izquierda y “banca” a los dictadores que lo defienden. No les tembló el pulso en empuñar armas para imponerse y, tratándose hoy de los mismos personajes que en los ´70, es muy posible que aún siga sin temblarles el pulso a la hora de armarse contra otros argentinos. Como su admirado “Che” Guevara, mataron para imponerse y, tratándose hoy de los mismos personajes que en los ´70, es muy posible que aún piensen en matar para imponerse. Sintieron rechazo por la organización social vigente en el país desde 1853 al punto de intentar, a los tiros, modificarla y, tratándose hoy de los mismos personajes que en los ´70, es muy posible que aún sigan abrigando idéntica esperanza. Odiaron, persiguieron y asesinaron y, tratándose hoy de los mismos personajes que en los ´70, es muy posible que aún sean capaces de la misma conducta. Detestan la libertad, el pensamiento independiente y el disenso. Su ideología es marxista.

Llegado este punto, mi historia personal y mi militancia antiperonista me avalan para decir, sin temor a los rótulos que suele encajar el público con cierto apuro, que me quedo con Moyano.

viernes, 11 de marzo de 2011

Peronismo porfiado


Que las catástrofes nos hayan sucedido parece no resultar suficiente para el peronismo. Muchas de ellas no sólo las provocaron sino que encima las festejan. Vaya a saber qué lectura hacen de los cuarenta y nueve días de la presidencia de Héctor Cámpora, su renuncia, el retorno del último Perón (viejo y enfermo aunque idéntico a sí mismo), la violencia desatada y la bochornosa sucesión de su tercera esposa al frente de un país en llamas como para juntarse a recordar la fecha.

Es como si los alemanes rememoraran con emoción el triunfo de Hitler en las elecciones. Que el hecho histórico arranque lágrimas es entendible pero exclusivamente por el daño inmenso y el dolor que desparramó en los años posteriores. Recordar a Hitler y lo que trajo consigo en otro contexto sería de una perversidad impensable.

El kirchnerismo, que es peronismo del puro aunque algunos intenten negarlo para despegar su desastrosa gestión del mito, sólo agregó a modo de sello personal esa suerte de actitud porfiada, que te hace empantanar cuando el auto circula por una zona anegada. En lugar de poner primera y con suavidad sacar la rueda en problemas, los kirchneristas fuerzan la quinta sin escalas y entierran las cuatro.

Lo hizo el canciller, un torpe con mayúscula, que se hizo fotografiar revolviendo pertenencias ajenas mientras creaba otra desinteligencia innecesaria con Estados Unidos; lo hizo la presidente cuando se declaró “desilusionada” de la gestión del presidente Obama, sin reparar en que su opinión no era relevante ni oportuna. Lo hizo Néstor Kirchner al zamparle un “Minga con el Fondo” a un acreedor memorioso y poco domesticable al que los países pobres y mal administrados como el nuestro siempre recurren mal que les pese.

Esta manía de redoblar la apuesta llevó a una banda de furiosos K a reunirse alrededor de uno de los peores recuerdos de la era peronista y sostener desde la falacia que hay un episodio histórico en el desembarco de Héctor Cámpora cuando lo único que significó es violencia y descontrol encaramados en el estado.

El acto organizado por la agrupación política La Cámpora, que incluye la presencia de Cristina Kirchner y recuerda la llegada al poder de la fórmula peronista en 1973 es, en esencia, peronismo; es festejar la tragedia, perseverar en el error y en el horror, no hacerse cargo de la responsabilidad que le cabe sobre una porción de la historia argentina reciente, es porfiar inventando un “relato” distorsionado de los hechos a la medida de lo que les gustaría haber sido y es aprovecharse de la incultura que sembraron construyendo sobre ella la imagen de lo que no son a costa de la verdad. Y es además, una falta de respeto a los argentinos, gesto al que los peronistas nos tienen acostumbrados desde hace décadas y que venimos tolerándoles con una paciencia que raya en la inmoralidad.