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viernes, 23 de diciembre de 2011

Pobre Santa!



Esto sí que se pone complejo. Y oscuro. Prácticamente ya no quedan caretas puestas. Se han caído todas.  Cristina Kirchner picó en punta cuando, entre los festejos por su triunfo en las elecciones de octubre de 2011, nos revoleó la quita de los subsidios con los que consiguió su reelección. La lista de pendientes que acumulaba en su Vuitton obtuvo trámite rápido y las medidas salieron una tras otra como trompada.

Su careta y la de su flamante vicepresidente que, con sonrisa indeleble dejó el camino arado al sucesor, se apilan con las de los empresarios que, uno a uno, formaron fila para succionarles las medias y apretarles la mano, en ese orden.

Del Congreso cuesta hablar. El mero hecho de describir la conducta o inconducta de los esbirros rentados que mantenemos allí adentro por centenas carcome la dignidad. Es un espectáculo vergonzoso, una galería y rejunte de farsantes, oportunistas, arrastrados e ignorantes salvo honrosas excepciones que, por aisladas, no modifican la estadística sino que confirman la regla. El Congreso Nacional es un espejo que nos devuelve el exacto contorno de nuestra sociedad. Que nadie se haga el distraído y balbucee con cara de sorprendido: “¿Yo, señor?”. Pues Sí, señor: ese amontonamiento de diputados, senadores, asesores, secretarias, beneficiados y ñoquis que aceptan conformar una suerte de asociación ilícita para despilfarrar anualmente casi tres millones de pesos por legislador, no son más que una muestra en escala de aquello en lo que nos hemos convertido. Ellos, elegidos por nosotros, no son peores que nosotros en conjunto. Parvas de caretas legislativas se hicieron trizas contra la realidad en los últimos años y eso los ha dejado expuestos con su hipocresía y sus miserias a la intemperie. La de Carlos Menem al caer fue una de las más ruidosas. Durante su primer mandato, el “Turco querido” de muchos antiperonistas se encargó, entre otras cosas, de convertir los medios de comunicación en un bruto oligopolio privado repulsivo para cualquier individuo que respete la libertad. Pero con su voto a favor del reciente proyecto oficial de controlar el insumo básico de los medios escritos, perdió algo más que la careta.
Justo es reconocer que el “rush” legislativo del último día no es invento K; lo practicaron todos las cámaras adictas porque no son adictas a una administración sino a sus privilegios de casta, de modo que votar lo que le viene bien al gobierno de turno es afianzar el sistema en el que todos ellos se benefician. Hoy es otra vez la emergencia económica, paradójica necesidad para el país de ensueño que describe la presidente, pero de esa delegación gozaron casi todos los anteriores, cada uno con su excusa.

La maratón de las leyes, una de las pocas tradiciones que conserva la Argentina, se corre los últimos días de diciembre y la canasta navideña de este año viene completita: una ley de tierras antidiluviana, delegación inconstitucional de funciones al Ejecutivo, zarpazo a la caja de peones rurales, nacionalización/expropiación del insumo papel para diarios, un “pito catalán” masivo a la Constitución Nacional y a los tratados internacionales a los que adherimos y alguna que otra nadería. 

Es lógico que mientras esas cosas pasaban la gente estuviera por millones viendo llorar a los empleados de Tinelli. Aquella manga de crápulas que durante el año se rascaron a cuatro manos y prácticamente no sesionaron, son los mismos que votaron una ley de primarias que sella este círculo vicioso y viciado. Esa norma le pone un candado a la política y asegura que ningún independiente sueñe siquiera con llegar a ocupar espacios desde los cuales sea posible cambiar el sistema. Bravo por ellos, porque entre todos y haciendo la parodia de que se pelean, si con la lista sábana nos tenían empaquetados, ahora con la ley de primarias nos pusieron el moño. Ya tenemos garantizada la reelección indefinida de los mismos de siempre y/o sus secuaces.
También tenemos garantizada la monocromía de ideas. No se entiende la devoción del gobierno por controlarlo todo pues estos años quedó demostrado que ni la oposición se juega por sus convicciones, si las tuviere, ni el público se lo reclama. No logro decidir quién fue más apático de los dos.

Lo cierto es que, ante la eventualidad de que alguien se despertase y pusiera reparos al autoritarismo reinante, se sancionaron leyes de enorme riesgo institucional que garantizan problemas a quien se atreva a expresar disidencias. No es que los argentinos tuviéramos en la prensa nacional un semillero de cuestionadores implacables pero ahora no va a haberlos por imperio de la ley. Acallar el pensamiento crítico es un mandato genético de todas las dictaduras y ésta no quiso escapar a la tradición.

Cuando Perón atropelló a “La Prensa” la batalla fue campal. En el país, medio siglo después de consumir peronismo, todo es más berreta, más tibio y más parcial. Por eso hoy, el kirchnerismo y sus aliados (recordemos siempre que no lo hicieron solos) tienen enfrente sólo un puñado de camaleones.

Cada vez que el titular lo requería, el "gran diario argentino" no hesitó en tergiversar, omitir y reinterpretar la historia. Debe ser por eso que ahora, que la arbitrariedad les toca de cerca, hay tantos espectadores satisfechos con el mal momento que atraviesan.

No es q esté bien que los persigan pero es humano no lamentar los conflictos de quienes no pocas veces se apartaron de su misión primaria. Fueron muchos los q padecieron arbitrariedades varias y que no lograron conmover a Clarín ni a La Nación. Fueron muchos los silencios y las posturas capciosas. En lo personal, qué suerte haber sido coherente! Qué suerte haber seguido la tradición familiar y tener un pasado periodístico orgullosamente ligado a “La Prensa”, el referente indiscutido de la defensa de la libertad. Qué suerte no haber sucumbido a la tentación en la que cayeron Clarín y La Nación de pactar con el poder de turno para obtener privilegios. Qué suerte no haber pertenecido a medios involucrados con pactos espurios, sea por insumos como el papel para diario o de dinero en efectivo por publicidad oficial. Qué suerte!

Es probable que el vendaval autoritario se lleve puestos a antiguos socios. La tradición política está plagada de esos ejemplos. "Donde la justicia no existe, es peligroso tener razón ya que los imbéciles son mayoría" dijo Quevedo y huelgan agregados.

¿Quién podrá defenderlos ahora que nos hemos transformado en una sociedad  en la que no importa tener razón sino tener amigos con poder y donde el poder vigente es esencialmente maniqueo y crematísticamente corrupto?

La justicia es un capitulito aparte. ¡Qué poco duró la alegría de los cambios que creímos haber introducido en los ámbitos de control! Alejandro Fargosi hizo campaña denunciando los atropellos K al deber ser y en la primera oportunidad, votó con ellos  para ampliar la planta permanente de jueces adictos. Eso sí, contó con el inestimable apoyo de Federico Pinedo que, como su antiguo compañero de colegio, sabía bien a quién estaba defendiendo.

Tras este somero raconto se hace difícil desearles una Navidad feliz y casi peor, un 2012 con expectativas. No me salió un saludo navideño clásico pero, qué quiere que le diga, para lavarle el cerebro, están las autoridades. 

viernes, 16 de diciembre de 2011

Dada la vigencia del análisis que hice hace 9 meses, reproduzco la nota en la que vislumbraba el enfrentamineto que hoy es ostensible

marzo 18, 2011


Hay que "bancar" a Moyano


Antes de borrarme de su pantalla termine de leer esta nota. Y reflexionemos juntos.

Los argentinos, siempre tan afectos al espejo retrovisor, quieren encontrar en el presente enfrentamiento entre popes del actual gobierno, semejanzas con lo sucedido a comienzos de los ´70. Puede haberlas aunque lo más significativo de todo es que los peronistas en particular y los argentinos en general, no hayamos aprendido nada de tan lamentable porción de nuestra historia reciente.
Cuando el general Perón quiso disciplinar a los terroristas que cálidamente había prohijado en el seno de su movimiento y ellos se rehusaron por considerar, legítimamente, que habían colaborado de manera decidida y explícita con su vuelta al país, la pelea de fondo fue el poder. Tal vez acá haya una semejanza. Hoy también dos ramas del mismo árbol tironean por lo mismo. Vuelve a haber dos bandos peleándose por el poder absoluto.
Sin embargo, lo que sigue es la gran diferencia que anuncia, por ahora, final abierto para la disputa. En una esquina, el sindicalismo, que fue siempre “la columna vertebral” del movimiento; en el otro, la izquierda radicalizada, que supo crecer y reproducirse compartiendo techo con los gremialistas aunque sin guardarse la más mínima simpatía mutua.
En el ‘73 los terroristas se plantaron exigiendo más espacio y el reconocimiento público de su existencia, mientras que el sindicalismo estaba “adentro”, era parte de la administración del estado y su legitimidad no era puesta en duda. Hoy, los tantos están al revés: los terroristas de entonces más sus simpatizantes son el gobierno y desde ese lugar de privilegio intentan “marcarle la cancha” al “movimiento obrero”. ¿Podrán? ¿Se dejarán los involucrados?
La disolución, aplastamiento y desguace de las fuerzas armadas y de seguridad contó con la anuencia de sus miembros. La pregunta es si el sindicalismo permitirá que sus huestes corran la misma suerte que los uniformados en manos de quienes tienen en mente para ellos igual destino.
Otra diferencia salta a la vista: se dieron vuelta los tantos; los que antes pugnaban por entrar ahora son el gobierno y los que estaban adentro, quieren ser echados a empujones después de la innumerable cantidad de servicios que prestaron a la corona.
Entre los contendientes que velan sus armas, estamos el resto de los habitantes que inexorablemente padeceremos las consecuencias del enfrentamiento. Es muy probable que la mayoría rechace a ambos porque unos importaron una violencia inaudita e innecesaria y porque los otros han tejido un adiposo poder arbitrario y antipático para beneficio de unos pocos. Pero la vida nos pone frente a ciertas alternativas y la libertad no está en elegirlas sino elegir entre ellas.
Es de esperar que el público espectador no consuma el magnífico envoltorio que trae este conflicto. Ya se ha escuchado decir a furiosos anti-kirchneristas “En ésta estoy con Cristina” como si la pelea de fondo fuera ella contra Moyano. No señores; la pelea de fondo es el terrorismo contra el sindicalismo. Y porque son dos opciones espantosas es que se hace tan difícil decidirse por una. Tal vez sirva recordar la historia e imaginar la terrible disyuntiva que enfrentaron los aliados cuando el enemigo era Hitler y el mal menor, Rusia. La historia y la vida están llenas de ejemplos en los que no hay una solución perfecta y se necesita optar por el mal menor.
Hoy, la alternativa “ninguno de los dos” no está. Hay que elegir entre unos o los otros y para eso es preciso ser memoriosos y recordar la conducta de unos y de los otros. Y optar por el mal menor. Al menos eso sería una forma estratégica de decidir, en lo que cada uno le toca, el rumbo futuro. De otro modo es como votar en blanco. Habría que pensar en los males y los daños que ambos aportaron.
El sindicalismo ha sido, por esencia, corporativo; negocian hasta la extorsión mientras usan a sus representados para “apretar” al gobierno de turno. Hacen negocios, limpios y de los otros tantos como el poder político y el empresariado les permita. Esencialmente, corromper es el mayor aporte que han hecho en su larga existencia. Corrompen todo lo que pueden. Como Perón, nunca demostraron rechazo visceral por las instituciones ni detestaron a fuerzas armadas; las pisotearon cuando se cruzaban con sus negocios pero no por mandato filosófico. Su ideología, como la de Perón, es el dinero.
El terrorismo nacional se crió a la sombra del modelo cubano; admira los autoritarismos de izquierda y “banca” a los dictadores que lo defienden. No les tembló el pulso en empuñar armas para imponerse y, tratándose hoy de los mismos personajes que en los ´70, es muy posible que aún siga sin temblarles el pulso a la hora de armarse contra otros argentinos. Como su admirado “Che” Guevara, mataron para imponerse y, tratándose hoy de los mismos personajes que en los ´70, es muy posible que aún piensen en matar para imponerse. Sintieron rechazo por la organización social vigente en el país desde 1853 al punto de intentar, a los tiros, modificarla y, tratándose hoy de los mismos personajes que en los ´70, es muy posible que aún sigan abrigando idéntica esperanza. Odiaron, persiguieron y asesinaron y, tratándose hoy de los mismos personajes que en los ´70, es muy posible que aún sean capaces de la misma conducta. Detestan la libertad, el pensamiento independiente y el disenso. Su ideología es marxista.
Llegado este punto, mi historia personal y mi militancia antiperonista me avalan para decir, sin temor a los rótulos que suele encajar el público con cierto apuro, que me quedo con Moyano.

domingo, 23 de octubre de 2011

La elección anunciada



Un liderazgo ejercido bajo el signo de la arbitrariedad acaba de caer de manera sangrienta frente a los ojos del mundo. Era un final previsible para un sistema que había alimentado el enfrentamiento interno y externo o sea el conflicto permanente, la pobreza, el rencor y la ignorancia durante cuatro décadas. Las imágenes que llegan de Libia no difieren mucho de las que, en esencia, nos devolvió la caída de Hussein hace unos años o la de Mussolini hace unos cuantos más. Se cosecha lo que se siembra dice la Biblia y parece ser que a los vientos les siguen, inevitablemente, las tempestades.

Que la violencia engendra violencia no es una novedad de la historia política. Lo que resulta una verdad menos anunciada es la repetición voluntaria de fallidos. Por eso, probablemente, sea más penoso para quienes están conscientes de que en la Argentina el peronismo engendró la violencia salvaje del siglo XX vuelva, y muy acompañado, por más con absoluta impunidad.

Algún día el caso argentino será motivo de estudio en las escuelas de política. Porque hay varios ejemplos de dictadores que se instalaron con piel de cordero y luego mostraron quiénes eran realmente. Pero la Argentina del siglo XXI elige la dictadura y como tal, como un capítulo de suicidio colectivo, merece una investigación aparte.

El general Perón fue un emergente de su época, confeso admirador del Duce (“Yo a Mussolini le copiaría todo menos los errores” supo decir con ese desparpajo sádico que lo acompañó hasta la tumba). Los sindicatos emergían en el espectro político a los codazos cambiando todo y acá, entre los conservadores que nunca vieron nada y los radicales que siempre vieron mal, Perón encontró una avenida por la cual avanzar sin dificultad hasta apoderarse de todo, empezando por el poder.

Es cierto que la Argentina ilustrada comenzó a esfumarse a la par de la aparición del peronismo advenedizo y la admiración que causábamos iba perdiendo sentido.

Hoy, sin embargo, hemos recuperado la admiración mundial. Nadie se explica cómo un país que fue una potencia económica y cultural anda por el mundo incumpliendo palabra y compromisos, es sancionada por sus vinculaciones con delitos transnacionales aberrantes, ampara terroristas locales y extranjeros y a algunos los hace funcionarios y hasta jueces. El mundo se admira ante una dirigencia corrupta y poco preparada que nunca está a la altura de los ámbitos que gusta frecuentar, pero también se admira del pueblo que los vota y los vuelve a votar.

Porque ese pueblo ya no puede aducir ignorancia, o sí, pero no del tipo político. El pueblo argentino sabe perfectamente que está votando corruptos y ladrones, terroristas, inescrupulosos y bandidos; y los vota, a conciencia. La ignorancia del pueblo argentino pasa por otro lado. Esa población que vota en masa al peronismo, en cualquiera de sus ofertas, ignora el valor de los valores, de la honestidad, de los principios y de la ley y vota con el bolsillo. Vota con el bolsillo que, con plata ajena, le llena Cristina Kirchner. Pero también vota con el corazón. El pueblo argentino vota con el corazón lleno de los resentimientos que alimentó el peronismo desde los tiempos de Evita y sus descamisados.        

Una mezcla explosiva de dinero fácil y rencores difíciles ha sembrado en la gente el movimiento político más nefasto que ha visto la nación.


Hoy, cuando la elección de autoridades sella un acuerdo tácito de consentimiento mutuo de delito y vagancia entre electores y elegidos, es muy difícil encontrar motivos para festejar. 

lunes, 10 de octubre de 2011

El Peronismo que viene



Entre los que no ven y los que no quieren ver hemos conformado una sociedad negadora y estúpida que reparte su tiempo entre la indiferencia y el shopping.

Agudos analistas políticos que desde hace años vienen anunciando en libros de llamativos títulos  la muerte del kirchnerismo no son menos patéticos que quienes se alquilan al peronismo de turno para vivir del asistencialismo oficial. En verdad, ambos mienten. Banal el público que escucha con atención a esos oráculos móviles que se han cansado de errar el diagnóstico pero que capitalizan el encono de ciertos sectores con el peronismo actual, al que le venden ejemplares confirmando pronósticos falsos pero acondicionados al gusto del consumidor; opinólogos de redes sociales que afirman desde el 2007 que “Kirchner ya perdió”, para encantamiento de mucho pavote que quiso creerlo a pesar de la realidad misma.

Si algo bueno hizo el kirchnerismo en esta vida fue desnudar la genética peronista porque a través de ella demostró científicamente que no importa si la perversidad destructiva es propia o no de las personas sino el sistema de organización social que apliquemos, que la alienta o controla. Los Kirchner le cerraron la boca a los defensores del menemismo y al largo listado de peronistas vergonzantes que durante años han querido encontrar cualidades en las políticas implementadas durante los ´90, quizá para justificar la colaboración con las salvajadas que asestó Carlos Menem a las instituciones. La bonanza económica del uno a uno que, en el siglo XX le hizo de paraguas a la fiesta menemista, es un espejo en el que en el presente siglo se pueden mirar con idéntica sonrisa los consumidores beneficiados por la madre soja.

¿Pueden acaso indignarse hoy con el oficialista Carlos Menem los que acompañaron con su acción o su silencio el desmantelamiento de las fuerzas armadas argentinas que él llevó adelante a cambio de ser recibido con honores en Francia y Suecia? ¿Es para indignarse el manejo de las causas judiciales que hacen en la actualidad los jueces que Menem nombró y protegió? ¿Sorprenden las medidas que adoptan conspicuos terroristas de los ´70, hoy en su carácter de  funcionarios públicos a cargo de medios de comunicación, defensorías del pueblo o procuraciones? ¿No fue el general Balza, hoy representante diplomático del gobierno argentino, un preferido de la banda menemista? ¿No estamos hablando de herencias del peronismo menemista que el peronismo kirchnerista cobijó en su administración sin un gramo de rencor, culpa o prurito?



La disolución social que provocó la influencia del peronismo no se detiene; en todo caso, verlos a todos ellos juntos y revueltos no es más que el cosmos en orden. Lo alarmante es el “despiplume” que imprimieron en el resto de las fuerzas políticas. Alfonsín padre pactando con Menem; Alfonsín hijo cambiando figuritas con el kirchnerismo primero y con De Narváez después; los liberales enamorados de los Rodríguez Saa, caudillos provincianos que hacen del estatismo peronista su mayor virtud; las distintas variedades de socialismos saltando cual bailarina de una a otra alianza circunstancial para ganar tiempo y juntando con el mediomundo desde K decepcionados a radicales radicalizados; el socialismo de Binner es una suerte de compota: un postre que le sienta bien a cualquiera.

Pero no están solos en esto de sorprender y dar lástima. El ultra conservador Partido Demócrata prestando la cara para la foto con el que sea en orden a arañar alguna silla de la burocracia nacional, provincial o municipal para uno o más dinosaurios. Hubiese sido más digno para su historia que el proceso inexorable en el que están hubiese desembocado en la extinción definitiva que esta prostitución de sus principios porque aunque no sabemos cuánto van a recibir por apoyar al peronismo pero lo que sea, es demasiado poco.

El peronismo traga o destruye. Con Carrió no pudo y, como reza una de las leyes de Murphy, los K dijeron: “Si no puedes contra ellos, confúndelos”. Y es lo que hicieron; armaron una feroz campaña de descalificación contra Elisa Carrió que pegó y muy bien en una población absolutamente permeable y predispuesta a criticar sobre todo, lo que no es capaz de emprender. “Carrió no tiene los patitos alineados” fue lo más elegante que disparó el gobierno nacional contra la única fuerza que, con errores y excesos, representó, dentro del sistema político, la opción menos “sistema”.

Ahora el peronismo con Cristina Kirchner a la cabeza se encamina a la monocromía política donde se sienten, como su mentor, cual pato en el agua. Las instituciones son un vago recuerdo; la independencia de los poderes, otro. La igualdad ante la ley, impracticable porque no hay ley ante la cual ser iguales. El periodismo, por lo general el último reducto de resistencia que conservan las sociedades, cartelizado en tiempos de Carlos Menem, a fuerza de dinero había que esperar que  el paso del tiempo, hiciera el resto. La espera ya está dando los frutos.

Hasta ahora, nada indica que una fuerza revolucionaria emerga de las entrañas con fuerza y con intención de modificar el rumbo. Mientras tanto y no sabemos por cuánto tiempo, hay que celebrar que, para quienes lo que ofrece esta Argentina repugna, siga habiendo dos salidas: Ezeiza y Puerto Nuevo sin contar, claro, esos aeroclubs en los que suelen encontrarse los mismos de siempre.


domingo, 4 de septiembre de 2011

Los embates a la prensa


La conferencia de prensa que ofreció el ministro Florencio Randazzo para informar los resultados de la interna abierta del domingo 14 de agosto que derivó en una catarata de acusaciones a algunos medios de comunicación y a periodistas con nombre y apellido es lo que el oficialismo entiende por “profundizar el modelo”.

Si algo hay para reconocer a las actuales autoridades es que nunca ocultaron sus intenciones. La presidente Kirchner no se cansó de repetir en cada aparición pública que busca su reelección para continuar con las formas y el fondo de administración que inaugurara su marido, allá por 2003. Conocer el rumbo que llevamos debe ser la explicación de por qué el agresivo intercambio no alteró la parsimonia suicida de nuestra sociedad.

En otras latitudes, los ministros no utilizan el estrado para señalar con el dedo a un periodista cuyas notas disgustan achacándole espurias intenciones anti-republicanas pero de atreverse, se harían acreedores a la repulsa general. En la Argentina estos nuevos pero reiterados ataques a la prensa independiente son tolerados con indiferencia y pasan sin costo alguno para los funcionarios. Ese tratamiento por parte del público alienta los excesos del poder y más aún contando con un “modelo” fortalecido después del rotundo apoyo recibido por Cristina Kirchner y sus socios en las urnas.

A diferencia de lo que puede deducirse de los dichos oficiales, el “modelo” no es solamente Guillermo Moreno y la asfixia a las exportaciones y a las importaciones; los precios manipulados; los servicios públicos subsidiados; las retenciones y los impuestos abusivos sobre cualquier actividad rentable. El “modelo” es una forma de vida, un estilo de conducta.

El “modelo” es también el embate contra la prensa libre, es la impunidad de los amigos del poder, es el desmesurado enriquecimiento de los funcionarios, es la dependencia de la justicia y el desprecio por la verdad, por la ley y las instituciones; es el clientelismo, la dádiva y el subsidio; el “modelo” es la manipulación del Congreso y del quórum, el sistema a las órdenes del poder y no al revés; en definitiva, el “modelo” es el autoritarismo.

Pero cuando más de la mitad de los argentinos refrenda el autoritarismo como estilo de vida es útil virar el foco de análisis, dejar por un momento la interpelación crítica del poder político que suele hacerse y concentrarse en la sociedad.

¿Acaso la libertad es un valor divisible? ¿Puede apreciar la libertad de opinión una comunidad que desconoce la importancia de la propiedad privada? ¿Es capaz de reconocer el derecho de informarse e informar una sociedad acostumbrada a la dádiva?

La respuesta a esos los planteos es no. La sociedad argentina tendrá que recuperar el apego a la ley para volver a defender los principios constitucionales de los que se apartó hace décadas. Mientras eso no suceda, el poder político destratará al ciudadano desde el púlpito o desde los despachos oficiales cercenando sus libertades y horadando su dignidad en el intercambio de favores por votos.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Uno de cada dos


Parece que quienes venían anunciando la muerte del kirchnerismo estaban equivocados. El domingo quedó demostrado que está más fuerte que nunca y que no importa qué o quién tenga enfrente; son elegidos igual.

No es cierto que la gente los votó porque la oposición lucía desordenada y poco atractiva. Esa explicación de la realidad es tan caprichosa como aquella que los consideraba en extinción. El público votó a Cristina Kirchner porque prefiere a Cristina Kirchner antes que a cualquiera de las demás opciones.

Sostener que se la votó porque los demás son peores es como suponer que uno va a volverse homosexual porque no encuentra una buena pareja del sexo opuesto. ¿Es lógico pensar que un señor, cansado de buscar a la mujer de su vida y no hallarla, va a conformarse con Agustín? ¿Alguien le creería a una amiga si le dijera que se casó con Laurita porque no hay hombres que valgan la pena? Suena tan a excusa como lo otro y tan absurdo como aquello. La gente votó kirchnerismo porque lo prefirió al abanico de posibilidades que había, y punto.

Porque, además de falaz, el argumento transfiere la responsabilidad de la elección a la llamada oposición y no es justo. Los votantes que pusieron en el sobre la boleta azul con la cara de una Cristina sonriente son los exclusivos responsables del triunfo K. Y es bueno decirlo desde ahora por si acaso en el futuro hubiera que lamentarse del resultado de las internas abiertas del pasado domingo 14 de agosto.

Y hay otro argumento que invalida la moda instalada de cargar contra la oposición como si fuera tanto más mediocre que el oficialismo, dando a entender como que el sufrido votante se hubiese visto obligado a elegir el mal menor. Esto es falso aún cuando nadie hervía de emoción por los nombres que acompañaban a los demás candidatos. ¿Habrá gente de peor calaña entre los derrotados del domingo que Guillermo Moreno? ¿O es que ya nos acostumbramos a las groserías de Aníbal Fernández? ¿No alcanza para escandalizar que sea responsabilidad de uno de los ministros predilectos la fuga de cuantiosos fondos sin control, enmarcado el hecho en la modalidad “amiguismo”, que es política de estado? ¿Había algo peor que un gobierno complaciente con el narcotráfico, el lavado de dinero y el juego en gran escala? ¿Alguien podía imaginar más dependencia entre los tres poderes del estado que la planteada a lo largo de los últimos ocho años? ¿Se puede suponer mayor decadencia institucional del brazo de otra administración?

Cristina y su “troupe” estarán un período más, para empezar, porque uno de cada dos de nosotros así lo decidió.

miércoles, 20 de julio de 2011

La basura nacional


Ahora sí. ¿Querían caos? Acá lo tienen. El sistema de partidos hecho añicos por sus propios usuarios. Tanto que se habla de apropiadores por estos días, los políticos sí que lo son. Tomaron por asalto el sistema, lo exprimieron como un limón en beneficio personal y ahora que no dejaron ni la cáscara, los mismos depredadores se postulan para la reconstrucción.

Hay cierto circuito nacional, emparentado con la cosa pública, que se dedica casi exclusivamente al reciclado de basura. Y lo hace bárbaro. La proliferación de cartoneros y la industrialización del oficio que cuenta con paradas y terminales para acopio en pequeña y gran escala demuestra que los argentinos hacemos mucha basura, la coleccionamos, la trasladamos y por sobre todas las cosas, evidencia que producir y traficar basura es un deporte nacional sumamente lucrativo para quienes se dedican a él.

Por algo los que empiezan a “cartonear” no abandonan por nada del mundo; como los políticos; ¿o alguien conoce un funcionario que deje de serlo o un diputado que no renueve la banca hasta su entierro? Notable paralelo entre los cartoneros y la clase política. Unos juntan basura previamente elegida, ojo que no se llevan cualquier cosa, y los otros también y tampoco. Luego, ambos lucran con lo que obtuvieron de los demás porque se adueñan de la basura ajena.

Unos comercializan diarios viejos y los otros, votos. Ambos para beneficio personal. Ambos reciclan y viven de la basura por eso, cuanta más basura produzca el país, a ambos mejor les va y se aseguran su subsistencia. Por lo tanto ninguno va a poner empeño en cambiar nada. Encima están amparados por la Constitución Nacional que ambos suelen desconocer: nadie está obligado a declarar contra sí mismo.

No será hora de encontrarles trabajo real a todos ellos?

martes, 5 de julio de 2011

Ni república ni democracia: farsa

A pesar del cimbronazo que causó, la repentina muerte de Néstor Kirchner no será en la historia argentina más que un hecho aislado y menor. El impulso que imprimió su influencia al curso de descomposición que la vida política nacional venía llevando ya estaba consumado y el enorme daño había dado sus frutos.

Las especulaciones acerca de si su desaparición potenció o perjudicó las chances de un segundo mandato de Cristina Fernández son anecdóticas por incomprobables. ¿Quién puede asegurar qué hubiese pasado con ambas carreras políticas en octubre de 2011 de seguir él con vida? Sin embargo, es uno de los debates estériles que tanto fascinan a los argentinos y que consumió tinta y televisión en detrimento del tiempo que hubiese sido bien empleado en enderezar el derrotero de colisión que llevaba para entonces la república.

A comienzos de 2011, mientras Cristina Kirchner deshojaba la margarita entre si se presentaba a un segundo mandato o no, la oposición fue descascarándose sin ayuda alguna. Un lote de candidatos de cuarta categoría compitiendo por ser la peor opción le allanaba el camino a un oficialismo traspasado de corrupción. De los seiscientos millones de dólares pertenecientes a la provincia de Santa Cruz que Néstor Kirchner sacó del país con rumbo desconocido y nunca restituyó; el zarpazo sobre los ahorros de los aportantes a la jubilación privada; los resonados casos de funcionarios súbitamente millonarios que duermen la siesta judicial; la valija llena de dólares procedente de Venezuela que quisieron entrar al país en forma ilegal, según su portador, para colaborar con la campaña de Cristina Kirchner y como frutilla de una torta que mezcla inmoralidades y delitos, el escándalo que envuelve las dos patas más sólidas de la construcción K: la obra pública y la causa de los derechos humanos.

La voluminosa estafa descubierta en la transferencia millonaria y descontrolada de fondos desde la órbita del Ministerio de Planificación (a cargo de Julio De Vido, el hombre de máxima confianza de Néstor Kirchner) a la Fundación Madres de Plaza de Mayo grafica cómo fue escalando la impunidad oficial y la connivencia en la que necesariamente entraban quienes se iban beneficiando con la discrecionalidad en los repartos de obras, contratos, nombramientos, prebendas y efectivo.

Indudablemente la ausencia de Néstor Kirchner se nota, aunque no por los actos en sí sino en la consecuencia: el desmadre. En esencia, con él pasaban las mismas cosas pero no trascendían. Su férrea conducción los mantuvo a raya: el canciller no se iba de boca o probablemente, Néstor nunca hubiera nombrado en ese cargo a semejante torpe de palabra fácil y pensamiento esporádico; habría evitado pulverizar, a puro grito como se hizo, el Instituto contra la Discriminación, un invento que él mismo motorizó con tanta energía como su repentina devoción por los derechos humanos lo que en el fondo habla de su idéntico desinterés por la suerte de terroristas y homosexuales.

Néstor Kirchner alzó tardíamente la causa de los derechos humanos, cuando descubrió la utilidad que podía aportar a la gobernabilidad de su período tras arribar a la presidencia con una debilidad política sin precedentes. Los militantes de las organizaciones que defienden guerrilleros no son numerosos pero sí extremadamente visibles por lo ruidosos. Frente a ellos la sociedad tiende a dividirse entre indiferentes y temerosos; la mayoría no cultiva simpatías espontáneas por los combatientes de los ´70 pero este gobierno se encargó de instalar que quien no babea de emoción por los terroristas de entonces (hoy llamados “jóvenes idealistas”) es un energúmeno de peor calaña que el mismísimo Hitler y, en consecuencia, merecedor del escarnio universal. Ante semejante dicotomía la sociedad argentina, particularmente tibia, cómoda y cobarde, incapaz de pararse y rechazar la falacia prefirió la resignación de dejarse manipular ante sola posibilidad de ser tildado de “genocida”, una acusación que también instaló el mismo sector.

La historia da cuenta de que la persecución del que piensa distinto fue una técnica peronista. Lo hizo Perón en los años ´50 y lo hacen los kirchneristas hoy con ciertas variantes pero en esencia el hostigamiento existe. El mecanismo del temor funcionó siempre muy bien en la gestión Kirchner y cuando el presidente descubrió que producía y bastante alrededor de la cuestión de los derechos humanos empezó a explotar la veta. Fundirse de repente con quienes estaban desde hacía años envueltos en aquella bandera fue una estrategia a la que se plegaron sus principales representantes con sorprendente docilidad y así fue como se multiplicó la frecuencia de los encuentros, las fotos y los abrazos con Estela Carlotto y Hebe de Bonafini quienes, de un brinco, pasaron de ser ácidas críticas de la política partidaria a privilegiadas y voceras del "modelo K".

Probablemente ese insólito casamiento entre hasta entonces inclaudicables líderes de la protesta social y el más puro establishment político restó credibilidad en ambos sentidos y cuando las denuncias de estafa, malversación y bochornos arreciaron, nadie se inmutó. Las organizaciones de derechos humanos en la paradigmática figura de Madres de Plaza de Mayo probaban, desnudas ante el mundo, que las miserias humanas no les eran ajenas, que las apetencias crematísticamente terrenales les caben a cualquiera y que no son privativas de los “malos”, que la honorabilidad no se declama sino que se vive cotidianamente, y que la decencia es una forma de la conducta que se construye día tras día.

Distintas fueron las reacciones de la sociedad cuando la justicia recibió las denuncias sobre el desvío de millones de dólares que la administración Kirchner giraba a la Fundación Madres de Plaza de Mayo para la construcción de viviendas pero que, en lugar de techo para los más humildes, se convirtieron en barcos, propiedades, viajes, autos lujosos y modernos aviones para unos pocos.

Con el tiempo, el dinero será un detalle menor del episodio y lo que quedará en la historia son los verdaderos sentimientos que inspiraron a Hebe de Bonafini y a sus socios, como su mano derecha el parricida Sergio Schoklender. Sed de venganza y un inocultable odio por el orden institucional la llevaron a militar junto al terrorismo argentino de los ´70, las FARC colombianas, el castrismo, la ETA y festejar la muerte de miles de inocentes ocurridas tras el atentado sobre las torres gemelas en Nueva York. El kirchnerismo tiró tanto de la cuerda que dejó al descubierto la insolvencia de la causa; en lugar de seres compasivos que bregaban por derechos colculcados, ese progresismo aglutinaba feroces militantes del pensamiento único y de la violencia para quienes el que no piensa como ellos es un enemigo al que hay que aniquilar, acción que llevaban a la práctica mientras delinquían como cualquier terrícola.

Así lo hicieron mientras estuvieron fuera de la ley. Formaron ejércitos guerrilleros que actuaron en la clandestinidad atacando a la sociedad civil con el objetivo de alterar el orden constitucional y establecer un gobierno filo-castrista. Fueron vencidos en la lucha armada que plantearon. Décadas después, llegaron a la administración política del país; muchos de ellos obtuvieron cargos y se diseminaron por los tres poderes del estado y otros se integraron al cuerpo social en tareas periodísticas, académicas o a través de organizaciones no gubernamentales.

El prestigio que lograron por esas vías les facilitó la concreción de aquel plan que dejaron trunco en los ´70. Contar con una población desprevenida, poco instruida y muy adoctrinada hizo el resto y por eso hoy no escandaliza que el gobierno quede involucrado en el desvío de muchísimo dinero público hacia una organización creada para la búsqueda de personas pero que en realidad se dedicaba a la construcción de viviendas que ni siquiera realizaba.

Se comprueba la teoría del contagio: el peronismo universalizó la corrupción y la desvergüenza y hoy en la Argentina ya no es privativo de ellos robar, mentir y estafar. Esto agrava la situación general porque estrecha las opciones.

Cristina Fernández de Kirchner, cuyo período de gobierno muestra una declinación global en casi todos los índices económicos, vuelve a ser candidata e, increíblemente, tiene chances; como si no fuera suficiente, será acompañada por su ministro de economía, el padre de una inflación que ronda el 30% anual. Las encuestadoras, una presa particularmente dócil a las tentaciones materiales, le otorgan posibilidades que oscilan entre 35 y 50% de intención de voto. Sea uno u otro extremo lo mismo es una enormidad después de tan paupérrima gestión.

Hay quienes objetan a la oposición y le adjudican la responsabilidad de los índices inmerecidamente favorables del kirchnerismo. Es cierto que el desbande y la mediocridad reinan en ambas orillas pero el análisis no es ese. La falta de mejores candidatos no es el problema sino la consecuencia. Como hace décadas que la sociedad argentina viene delegando la conducción de la cosa pública en una manada de roedores, ellos se fueron eligiendo entre sí y como se trata de un proceso dinámico pero lento, recién ahora se vuelve insoslayable: la falta de idoneidad, de los valores de la honradez y la preparación académica hacen gala en todos los ámbitos. No es peor el Ejecutivo que el Congreso ni el empresariado que el poder judicial.

Ni uno de los diez candidatos a presidente en carrera para octubre de 2011 es resultado de elecciones internas. Todos los partidos aplicaron el dedo para decidir la repartija de puestos, cargos y bancas porque cada uno de esos espacios tiene un “dueño”. Ese es otro enorme retroceso institucional que la ciudadanía tolera sin inmutarse; ese es el inicio espúreo de un proceso que se pretende democrático. No compite el que quiere para los cargos electivos sino los admitidos por las cúpulas partidarias. Esto hace hueco y falaz el discurso de dirigentes y “opinólogos” que atribuyen la escasa calidad dirigencial a la falta de participación general.

La trampa está bien urdida y por eso, salvo con alguna excepción, las caras se repiten a través del tiempo y sólo la muerte altera la tendencia. Prácticamente no existen casos de políticos que se retiren en la Argentina mientras hay miles de ejemplos de los que una vez entraron en la “rosca” y no se fueron más. Pasan de un cargo a otro, renuevan sus mandatos y hasta cambian de alianzas pero siguen prendidos a los privilegios. No es lógico pensar que esos burócratas tengan algún interés en renovar el espacio que les da cobijo y poner en riesgo el sistema con la incorporación de gente nueva.

Así planteada la democracia argentina, es un excelente mecanismo manejado por los peores para beneficio de ellos y de quienes ellos deciden, y por eso siempre consiguen el aval empresario y sindical. Las aparentes rencillas no son más que eso: apariencia de enfrentamientos que son simplemente “tires y aflojes” de cada sector por obtener más privilegios. No hay debate en serio, ni propuestas ni ideología en juego. Sólo ventajas.

La interna del peronismo, abierta de “prepo” a la ciudadanía, es un escándalo que nadie denuncia. En octubre de 2011, cuatro candidatos a presidente afiliados al PJ y un montón de peronistas plantados en otros partidos competirán en una suerte de carrera que corren siempre los mismos y que son, además, los que imponen las condiciones. En ese escenario, cualquier cambio no es más que una ilusión.

La Argentina ha dejado de ser una república y está cerca de apartarse de la democracia.

domingo, 26 de junio de 2011

Boudou, River y el calefón


La espada de Damocles que nos ha puesto el equipo de nuestros amores a los millonarios me deparaba un fin de semana decididamente amargo, por lo que decidí, a pesar del frío, salir a almorzar a un lugar agradable, de esos donde se come bien y se ve gente linda. Transcurría un rato tal cual lo planeado hasta que hizo su entrada el vice-ministro de economía. Rápidamente, como una reacción involuntaria vinieron a mi memoria sus recientes declaraciones sobre la necesidad de profundizar el populismo.

¡Esta es mi oportunidad de saber estrictamente qué quiso decir! me dije mientras lo veía acomodarse en una paquetísima mesa del paquetísimo restó ubicado en pleno corazón del paquetísimo barrio de Recoleta, donde nací, valga la aclaración como para aventar suspicacias.
Así fue que como la curiosidad periodística condujo mis pasos hasta su mesa y, antes de retirarme, solicité unos minutos de su tiempo y le pregunté: “Dígame, Feletti, comer en Recoleta es lo que Ud entiende por “profundizar el modelo”?. Balbuceó un par de banalidades que seguramente ni él mismo cree, le agradecí su deferencia de atender mi inquietud y salí, descompuesta.

Mi primer intento por gratificarme había naufragado en manos de la hipocresía kirchnerista. Con las tripas revueltas y el risotto en la nariz caminé hasta el Patio Bullrich donde un ramillete de menemistas cafeteaba a la vista de hordas de transeúntes que circulaban con aspecto de padecer algo parecido al síndrome de abstinencia mientras aprovechaban el 20% de descuento ofertado para este fin de semana en el shopping y se dedicaban al deporte nacional que el kirchnerismo impuso: comprar baratijas. Apenas reparaban en ese grupejo de ex funcionarios responsables también de la decadencia de hoy; por peronistas y por haber acompañado un proceso que limó las instituciones hasta el punto que defenderlas lo hace a uno parecer un estúpido.

Como no estaba dispuesta a pagar el precio de contemplar la cara de esos impunes, ahora “habitués” del Patio, por degustar un expreso y sin necesidad de comprar nada para llenar ningún vacío pues no hay pilcha que pueda paliar la angustia que padezco porque es de otra entidad, decidí volver a casa. Y casi como reflejo condicionado, prendí el televisor. ¡¿Para qué?! La parafernalia peronista me esperaba para el mazazo final: el despliegue tecnológico no permitía que se escapara detalle alguno. Me morfé desde la estirada de Garré a los ojazos de la Giorgi de Ordóñez; los insistentes pañuelos de las madres, sin la compañía del parricida en esta oportunidad; D´Elía; Depetris, Carlotto, el infaltable e inefable Hugo Moyano y hasta Flopi recién llegada del imperio.

Identifiqué en primera fila, el personaje más cascoteado de la política nacional quien, contra todos los análisis, yo considero un estratega. Después de Cobos, Scioli debe ser el tipo más detestado por el kirchnerismo y ahí sigue gracias a lo que todos le achacan: su capacidad para comerse sapo tras sapo. ¡Pero si esa es su exclusiva virtud! Si no fuera por eso, el “shot” que le hubiesen pegado hace años aún lo tendría en órbita. Scioli sobrevive porque no ofrece resistencia y, dicho sea de paso, dicen que ese estilo colaborador es la forma menos dolorosa de dejarse violentar.

Gobernadores, diputados y ministros se besuqueaban como marca el protocolo kitsch. Eso y los trajes negros son clave en la estética de esta nueva sub raza bisoña. Había demasiada gente entusiasmada que se apretujaba por estar por lo que me perdí de ubicar a Rachid y Morgado. O probablemente seguían demorados en alguna comisaría acusándose mutuamente de corrupciones en las que todos los funcionarios incurren y que ellos, con incomprensible torpeza, hicieron públicas. Hablando de bisoños.

Por ahí finalmente hizo su entrada triunfal la viuda y unos minutos más tarde, Él abriendo una puerta para no pasar desapercibido. Si hubiese habido uniformados en el cuadro habría creído estar viendo en “Volver” un capítulo del sketch de Olmedo “Costa Pobre” pues todo lucía igual de ridículo y desesperantemente berreta: los funcionarios amontonados, los tarados que se reían de los chistes de la presidente, los otros tarados que hacían flamear banderas y los millones de tarados que tolerábamos desde el otro lado de la pantalla tanta basura. Pero faltaba Olmedo y sin él, aquello no era gracioso sino patético.

El dedo de Cristina, el mismo con que se auto-ungió candidata a presidenta, se posó sobre el canchero ministro de economía, el de la Harley Davison, el rockero que vino de Mar del Plata. Y así, por obra de la arbitrariedad discrecional del peronismo Amado Boudou se alzó con la candidatura a vicepresidente. Pavada de cargo!

Para entonces ya anochecía. Modesta como me han vuelto dos mandatos K más la perspectiva de un tercero, elevé los ojos al cielo y supliqué que, por el día, terminaran allí mis contactos con la realidad política. Con que no nos tuviesen reservadas más sorpresas ni nombramientos me contentaba.

Eso se me dio pero no fue suficiente. El futuro posible se negó a darme un respiro y así como Feletti malogró mi almuerzo, Cristina me aguó la comida. Una sensación de profunda tristeza confirmó el peor pronóstico: estamos en el horno.

martes, 31 de mayo de 2011

UTE: Kirchner - Bonafini - Schoklender


Tempranamente aprendí que la burbuja es un lugar cómodo para vivir pero malo para hacer pronósticos. Uno tiende a proyectar el microclima que allí se respira al universo entero y el margen de error suele ser monumental. En la burbuja siempre se convive entre similares; si uno tiene zapatos con cordones, todos tienen zapatos acordonados. Si uno lee, todos son lectores. Si uno mira con indulgencia, son todos indulgentes y cuando uno es cándido, todos lo son.

La euforia de que “todos” votaban al ingeniero Alsogaray me hizo festejar por anticipado el triunfo del liberalismo para la Argentina y a pesar del tropezón, celebro que haya sido en mis tempranos años de vida y de militancia porque aquel error significó un valioso antídoto contra la burbuja.

Aprendí que la frase era parecida pero que se había salteado la sutileza de los tintes y que no todos votaban al ingeniero sino todos los que estábamos en la misma burbuja; y así fue como descubrí vida más allá del propio ombligo. Y descubrí también la variedad de matices que ofrece la realidad política aunque debo confesar que me sigo sorprendiendo con los que se suman a diario. Alguien intentó explicarme que esto de ahora no son matices sino cromosomas fallidos, engendros monstruosos que la biología rechazaría como malformaciones malsanas y la política nacional abraza. Tiendo a encontrar lógico el razonamiento aunque la explicación en sí no alcanza para suavizar el impacto pernicioso de la subclase dirigencial que nos ahoga.

Liberada del síndrome de la burbuja hoy reconozco con claridad que quienes festejan que los detalles aberrantes de la entente Bonafini-Schoklender hayan salido a la luz, no son más que condóminos de una misma burbuja. Al gran público ni le rozan las porquerías que ese dúo dinámico viene haciendo desde que Néstor Kirchner los alquiló para su personal beneficio.

Los millones de individuos que de una u otra manera comen de la misma corrupción kirchnerista no se espantan con la indecencia ni con el delito ajeno porque, en el fondo, sobre facturar una obra pública o cobrar por ella y no realizarla no difiere de la inconducta de recibir un dinero por no hacer nada. Ambas acciones son una estafa y el cuánto no morigera la acción. El peronismo, en un acuerdo tácito con la sociedad, ha instalado el mecanismo perverso de “hoy por mí, mañana por mí” o lo que he dado en llamar permiso para robar.

Respecto de los que andan por ahí escandalizados con la información también conforman un sub grupo de cuidado. Son, en gran parte, los mismos que descalifican a Elisa Carrió por agorera, inflexible y creyente. Nada dicen de la propia arbitrariedad y de su inmadurez cuando toman, como los chicos, sólo lo que quieren del plato. Abren la galletita, le raspan la crema y tiran las tapas. Carrió es un todo y la madurez se aplica para entender que las personas son enteras, con lo que nos gusta y lo que nos gusta menos; y también nos indica que en la evaluación del combo se encuentra el valor de las personas, públicas y privadas, sin rasparles la crema y sin tirar las tapas porque la galletita es la crema y las tapas y porque la crema sola no es la galletita.

Elisa Carrió es la que decide con el dedo quién será diputado, y la que se adelanta a los acontecimientos como hace un líder. Muchos argentinos le computan como defecto esa cualidad excepcional que el mundo exalta y la rechazan simplemente porque esta sociedad adolescente se niega a escuchar la verdad. A pesar de todo, Carrió persiste y hoy tiene el coraje de denunciar las repugnancias de que son capaces los asesinos camuflados de defensores de la vida. Es la única capaz de desnudar el contrasentido del tortuoso acuerdo que subyace entre quien engendró asesinos y quien asesinó a los que lo engendraron. La Coalición Cívica, una construcción que lleva la impronta de Carrió mal que le pese a varios, señala contra todo el marketing “progre” los negociados de una madre que adoptó a quien es huérfano por decisión propia.

Es bueno recordar episodios que la memoria frágil y sesgada de nuestra sociedad tiende a olvidar con miserable desparpajo: Elisa Carrió fue echada de la Comisión Permanente por los Derechos Humanos, organismo tuerto si los hay que sí integra el rabino fashion devenido político, por haber opinado sobre la persecución judicial que padecen los hijos adoptivos de Ernestina Noble. La izquierda radicalizada que ayer mataba y hoy administra el estado la detesta porque es su auténtica enemiga. Y por eso, sólo por eso quienes aborrecen la actual dictadura debieran reconocer su perseverancia y defender su permanencia. A menos que alguien considere que su existencia no le hace bien al sistema y que la política se enriquecería con su ausencia.

“En la otra mano” como dicen los americanos, llenas están las crónicas de detalles sobre el avión de Schoklender cuya existencia muchos conocíamos, entre otras cosas porque dormía en el hangar vecino al de Francisco de Narváez. ¿Se habrán encontrado alguna vez próximos a despegar en el Aeropuerto de San Fernando? ¿Podrá hacerse hoy el sorprendido el candidato a gobernador o la decena de importantes empresarios que frecuentan esa aeroestación por los mismos motivos y que nunca dijeron nada del curioso vecino?

La sociedad tiene que entender que la proximidad de las elecciones desvela a los políticos y a sus entornos pero no por cuánto de sus proyectos podrán plasmarse sino por cuántos espacios de privilegio ganarán o perderán en el reparto. Hipocresías a granel hacen fila para llenarnos de naderías mientras una disyuntiva de fierro se debate frente a nosotros: la república de derecho o la dictadura de hecho donde no hay margen para “los menos malos” que, además, nunca fueron tales. Todos sabemos quiénes se encolumnan tras una u otra opción.

martes, 10 de mayo de 2011

Rotos por dentro







Una larga lista de frases hechas le cabe a la realidad política argentina, huérfana de figuras convocantes: “con todos juntos no hacemos uno”; “en el país de los ciegos el tuerto es rey” o “hazte la fama y échate a dormir” describen a la perfección la pobreza franciscana de nuestra clase dirigente.


Un rápido paneo sobre los personajes de la actualidad que taponan las pantallas de nuestros televisores provoca, en el mejor de los casos, desolación.


Eduardo Duhalde, el padre de la pesificación asimétrica y de Néstor Kirchner se ha transformado, por imperio de las comparaciones, en nuestro Winston Churchill. Primero avaló la mayor estafa que registra la historia económica moderna, movida que empujó a la pobreza extrema a millones de personas al tiempo que provocó una importante transferencia de riqueza de los pobres hacia las arcas de los grandes deudores. No satisfecho con su contribución a esa página memorable de la Argentina reciente, apadrinó la llegada a la presidencia de un agrisado caudillo provinciano que contaba con nula trascendencia nacional y pésimo concepto local. Entonces, el promotor de las dos grandes tragedias de fin de siglo y que cualquier país del mundo descartaría por siniestro, hoy luce para la sociedad argentina como la esperanza blanca. Es que suena moderado y hasta prudente; escribe libros aconsejando lo que hay que hacer como si supiera y viaja por el mundo para aprender lo que debería haber sabido cuando se encaprichó con ser presidente.


De la misma microesfera emerge Gabriela Micchetti, un subproducto de la transversalidad “proísta” cuyo pasado político no existe, su futuro es incierto y su presente, difuso. Vino con las huestes de Mauricio Macri, ambos embanderados en la muletilla de “somos jóvenes y nunca militamos” cosa de disfrazar de virtud la carencia de experiencia y hasta de pericia. Tras dejar de lado su admiración x el frepasista Carlos Auyero y por Elisa Carrió, Michetti se volvió el “jocker” del macrismo. En cada elección la prueban donde necesitan una figura colectora de votos. En ese contexto arrancó en 2007 pidiendo a los porteños el voto para hacer realidad, en cuatro años de mandato, los sueños que abrigaba para Buenos Aires. Una vez que se le dio, debía encargarse de acompañar la gestión ejecutiva y presidir la Legislatura local, pero a los dos años (luego de uno plagado de licencias) volvió a sonreír a los porteños para explicarles que era imperiosa su mudanza al Congreso Nacional. Los vecinos creyeron, tal como el partido lo planteaba, que la Cámara de Diputados no sería lo mismo sin ella, que la legislación nacional bramaba por su influencia y le volvieron a dar el gusto. Allá fue entonces Michetti abandonando el mandato antes de lo previsto y dejando la ciudad en manos de un jefe de gobierno part time y la Legislatura en manos de un demócrata progresista con quien comparte el raquitismo en experiencia de gobierno y administración.


Hoy ya está dispuesta a una nueva candidatura, la que sea porque ella es como la “compota”, buena para todo. Falló su desembarco en la Jefatura de Gobierno pero podría ser vicepresidente. Dos años fueron suficientes para descollar en la labor legislativa y se apresta a encarar nuevos desafíos. Siempre con una sonrisa.


Francisco de Narváez es también un personaje curioso de la nueva horneada de políticos “cool” que deambulan por estos días. Tras una entrada tardía en esto de la cosa pública ha contribuido con la felicidad de los Kirchner que no han recibido de él más que beneficios. Lleva seis años ocupando una banca de diputado que no ha servido para frenar el avance autoritario ni ha sido usina de grandes ni de pequeños proyectos. Aglutinó a la oposición para ganarles en 2009 y, a dos años de aquel batacazo, un escéptico concluye que fue infinitamente más útil al “modelo” que a sus adversarios, hoy deshilachados en gran medida, por los buenos y destructores oficios del “colorado”. Si se descarta la posibilidad de componenda con el oficialismo no se entiende qué cosa lo enfrenta hoy con sus aliados de ayer tanto como para dinamitar el polo anti-kirchnerista que había conformado alrededor suyo con algunos peronismos y amigos del barrio. Si no es adrede, igual merece un agradecimiento desde la más alta jerarquía K por dedicarse a embarrar la cancha desde que desembarcó, un día cualquiera sin demostrar con claridad hasta ahora, para qué.


Ricardito es un personaje de difícil análisis. Sus merecimientos son contradictorios. Merece atención a partir de la gravitación que adquirió tras la muerte de su doble, o sea su padre y merece que se lo ignore por sus escaseces personales. Alfonsín es la exaltación del “emberretamiento” de la política: la elección del peor entre los malos; tanto que no se entiende por qué mira con recelo a los Macri boys; él también hace gala de una página en blanco en materia de experiencia política aunque sea tal vez, la página más prolija que pueda mostrar de sí y de su conducta pública.


Podemos seguir barajando y destapando cartas o caras y serán siempre repetidas y sombrías: Das Neves, que todavía está tratando de explicar cuánto esfuerzo hay que hacer para ser dueño del mazo, hacer trampa y que te descubran. O Felipe Solá, ex duhaldista, ex menemista, ex kirchnerista y ex aliado de Macri y de Narváez. O Rodríguez Saa, el liberal del peronismo, fiel únicamente a sí mismo, a los extraterrestres con los que asegura tener contacto y a su hermano, el ex novio de la turca Sasin; dos impresentables que hicieron de la provincia en la que reinan un feudo donde todo les pertenece en la complicidad de los tentáculos de un estado benefactor-proveedor-depredador que toma y reparte “a piacere”.

Del oficialismo no queda demasiado novedoso por decir y casi es preferible obviarlo porque siempre es ingrata la referencia al peor de la clase. En lo personal, me sigue impresionando la prolijidad con que exaltan las mezquindades humanas. Con ellas y su absoluta falta de escrúpulos aprovechan para denigrar el sistema de valores que compartimos alguna vez los argentinos y del que ya no quedan, en muchos casos, ni recuerdos. El kirchnerismo, etapa superior del peronismo, ha concluido de plasmar el mayor estrago social que se registre en nuestra historia, y que empezó con el advenimiento de Perón.


El peronismo contagió sus bajezas a toda la clase política pero hasta no hace mucho tiempo, aunque sea en privado, aún se solía reconocer la diferencia entre la biblia y el calefón. El kirchnerismo consiguió alterar la definición del bien y del mal y adormeció a puro consumo a una población inculta y empobrecida de principios que aceptó mansamente las nuevas acepciones. Lo peor del peronismo, hoy en el gobierno, ha creado un vínculo tácito con sus votantes con quienes intercambian permisos para la inmoralidad.


En medio de una anomia desmoralizante, la sociedad se apresta a votar a quien le prometa mantener vivos el festival de planes de vagancia y los subsidios (no sea cosa de pagar por lo que se consume) y le garantice calma frente a las docenas de cuotas que penden sobre la cabeza de la clase media, endeudada hasta el tuétano. Mientras tanto, no se inmuta por la cantidad de delincuentes que entran a través de nuestras laxas fronteras, ni por los documentos que la autoridad política volantea a destajo; no se inmuta por los miles de puestos de trabajo que le quita esa mano de obra cuasi esclava a los argentinos ni las villas urbanas que engrosan. No se inmuta por la droga ni por el paco, por la inseguridad ni por la corrupción policial, la corrupción judicial y la corrupción política. No se inmutan por el atropello a las instituciones, por los permanentes recortes a la libertad individual ni por los aprietes a la prensa.


Sólo puñados vemos con enorme preocupación el futuro cercano y con enorme tristeza y alivio que todavía sigan siendo dos las salidas al destino en que la Argentina está emperrada: Ezeiza y Puerto Nuevo.

viernes, 18 de marzo de 2011

Hay que "bancar" a Moyano


Antes de borrarme de su pantalla termine de leer esta nota. Y reflexionemos juntos.

Los argentinos, siempre tan afectos al espejo retrovisor, quieren encontrar en el presente enfrentamiento entre popes del actual gobierno, semejanzas con lo sucedido a comienzos de los ´70. Puede haberlas aunque lo más significativo de todo es que los peronistas en particular y los argentinos en general, no hayamos aprendido nada de tan lamentable porción de nuestra historia reciente.

Cuando el general Perón quiso disciplinar a los terroristas que cálidamente había prohijado en el seno de su movimiento y ellos se rehusaron por considerar, legítimamente, que habían colaborado de manera decidida y explícita con su vuelta al país, la pelea de fondo fue el poder. Tal vez acá haya una semejanza. Hoy también dos ramas del mismo árbol tironean por lo mismo. Vuelve a haber dos bandos peleándose por el poder absoluto.

Sin embargo, lo que sigue es la gran diferencia que anuncia, por ahora, final abierto para la disputa. En una esquina, el sindicalismo, que fue siempre “la columna vertebral” del movimiento; en el otro, la izquierda radicalizada, que supo crecer y reproducirse compartiendo techo con los gremialistas aunque sin guardarse la más mínima simpatía mutua.

En el ‘ 73 los terroristas se plantaron exigiendo más espacio y el reconocimiento público de su existencia, mientras que el sindicalismo estaba “adentro”, era parte de la administración del estado y su legitimidad no era puesta en duda. Hoy, los tantos están al revés: los terroristas de entonces más sus simpatizantes son el gobierno y desde ese lugar de privilegio intentan “marcarle la cancha” al “movimiento obrero”. ¿Podrán? ¿Se dejarán los involucrados?

La disolución, aplastamiento y desguace de las fuerzas armadas y de seguridad contó con la anuencia de sus miembros. La pregunta es si el sindicalismo permitirá que sus huestes corran la misma suerte que los uniformados en manos de quienes tienen en mente para ellos igual destino.

Otra diferencia salta a la vista: se dieron vuelta los tantos; los que antes pugnaban por entrar ahora son el gobierno y los que estaban adentro, quieren ser echados a empujones después de la innumerable cantidad de servicios que prestaron a la corona.

Entre los contendientes que velan sus armas, estamos el resto de los habitantes que inexorablemente padeceremos las consecuencias del enfrentamiento. Es muy probable que la mayoría rechace a ambos porque unos importaron una violencia inaudita e innecesaria y porque los otros han tejido un adiposo poder arbitrario y antipático para beneficio de unos pocos. Pero la vida nos pone frente a ciertas alternativas y la libertad no está en elegirlas sino elegir entre ellas.

Es de esperar que el público espectador no consuma el magnífico envoltorio que trae este conflicto. Ya se ha escuchado decir a furiosos anti-kirchneristas “En ésta estoy con Cristina” como si la pelea de fondo fuera ella contra Moyano. No señores; la pelea de fondo es el terrorismo contra el sindicalismo. Y porque son dos opciones espantosas es que se hace tan difícil decidirse por una. Tal vez sirva recordar la historia e imaginar la terrible disyuntiva que enfrentaron los aliados cuando el enemigo era Hitler y el mal menor, Rusia. La historia y la vida están llena de ejemplos en los que no hay una solución perfecta y se necesita optar por el mal menor.

Hoy, la alternativa “ninguno de los dos” no está. Hay que elegir entre unos o los otros y para eso es preciso ser memoriosos y recordar la conducta de unos y de los otros. Y optar por el mal menor. Al menos eso sería una forma estratégica de decidir, en lo que cada uno le toca, el rumbo futuro. De otro modo es como votar en blanco. Habría que pensar en los males y los daños que ambos aportaron.

El sindicalismo ha sido, por esencia, corporativo; negocian hasta la extorsión mientras usan a sus representados para “apretar” al gobierno de turno. Hacen negocios, limpios y de los otros tantos como el poder político y el empresariado les permita. Esencialmente, corromper es el mayor aporte que han hecho en su larga existencia. Corrompen todo lo que pueden. Como Perón, nunca demostraron rechazo visceral por las instituciones ni detestaron a las fuerzas armadas; las pisotearon cuando se cruzaban con sus negocios pero no por mandato filosófico. Su ideología, como la de Perón, es el dinero.

El terrorismo nacional se crió a la sombra del modelo cubano; admira los autoritarismos de izquierda y “banca” a los dictadores que lo defienden. No les tembló el pulso en empuñar armas para imponerse y, tratándose hoy de los mismos personajes que en los ´70, es muy posible que aún siga sin temblarles el pulso a la hora de armarse contra otros argentinos. Como su admirado “Che” Guevara, mataron para imponerse y, tratándose hoy de los mismos personajes que en los ´70, es muy posible que aún piensen en matar para imponerse. Sintieron rechazo por la organización social vigente en el país desde 1853 al punto de intentar, a los tiros, modificarla y, tratándose hoy de los mismos personajes que en los ´70, es muy posible que aún sigan abrigando idéntica esperanza. Odiaron, persiguieron y asesinaron y, tratándose hoy de los mismos personajes que en los ´70, es muy posible que aún sean capaces de la misma conducta. Detestan la libertad, el pensamiento independiente y el disenso. Su ideología es marxista.

Llegado este punto, mi historia personal y mi militancia antiperonista me avalan para decir, sin temor a los rótulos que suele encajar el público con cierto apuro, que me quedo con Moyano.

viernes, 11 de marzo de 2011

Peronismo porfiado


Que las catástrofes nos hayan sucedido parece no resultar suficiente para el peronismo. Muchas de ellas no sólo las provocaron sino que encima las festejan. Vaya a saber qué lectura hacen de los cuarenta y nueve días de la presidencia de Héctor Cámpora, su renuncia, el retorno del último Perón (viejo y enfermo aunque idéntico a sí mismo), la violencia desatada y la bochornosa sucesión de su tercera esposa al frente de un país en llamas como para juntarse a recordar la fecha.

Es como si los alemanes rememoraran con emoción el triunfo de Hitler en las elecciones. Que el hecho histórico arranque lágrimas es entendible pero exclusivamente por el daño inmenso y el dolor que desparramó en los años posteriores. Recordar a Hitler y lo que trajo consigo en otro contexto sería de una perversidad impensable.

El kirchnerismo, que es peronismo del puro aunque algunos intenten negarlo para despegar su desastrosa gestión del mito, sólo agregó a modo de sello personal esa suerte de actitud porfiada, que te hace empantanar cuando el auto circula por una zona anegada. En lugar de poner primera y con suavidad sacar la rueda en problemas, los kirchneristas fuerzan la quinta sin escalas y entierran las cuatro.

Lo hizo el canciller, un torpe con mayúscula, que se hizo fotografiar revolviendo pertenencias ajenas mientras creaba otra desinteligencia innecesaria con Estados Unidos; lo hizo la presidente cuando se declaró “desilusionada” de la gestión del presidente Obama, sin reparar en que su opinión no era relevante ni oportuna. Lo hizo Néstor Kirchner al zamparle un “Minga con el Fondo” a un acreedor memorioso y poco domesticable al que los países pobres y mal administrados como el nuestro siempre recurren mal que les pese.

Esta manía de redoblar la apuesta llevó a una banda de furiosos K a reunirse alrededor de uno de los peores recuerdos de la era peronista y sostener desde la falacia que hay un episodio histórico en el desembarco de Héctor Cámpora cuando lo único que significó es violencia y descontrol encaramados en el estado.

El acto organizado por la agrupación política La Cámpora, que incluye la presencia de Cristina Kirchner y recuerda la llegada al poder de la fórmula peronista en 1973 es, en esencia, peronismo; es festejar la tragedia, perseverar en el error y en el horror, no hacerse cargo de la responsabilidad que le cabe sobre una porción de la historia argentina reciente, es porfiar inventando un “relato” distorsionado de los hechos a la medida de lo que les gustaría haber sido y es aprovecharse de la incultura que sembraron construyendo sobre ella la imagen de lo que no son a costa de la verdad. Y es además, una falta de respeto a los argentinos, gesto al que los peronistas nos tienen acostumbrados desde hace décadas y que venimos tolerándoles con una paciencia que raya en la inmoralidad.