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domingo, 29 de agosto de 2010

El 25 % que los vota


Se hace difícil explicar la popularidad del kirchnerismo a siete años de su desembarco porque tiene una conducta celular, endogámica y desconfiada. Nadie como Néstor Kirchner ha dominado el tablero de la escena nacional con la colaboración de tan pocos peones y menos alfiles. Es autoritario, desleal, cínico, arbitrario maltratador y así todo consigue altísimos niveles de fidelidad y acatamiento. O tal vez por eso los obtiene. La sociología más que la ciencia política debería interesarse en semejante fenómeno.

La propuesta política que esgrime no difiere de cualquiera de los adefesios ofrecidos por los peronismos anteriores y sucesivos aunque sus modos están notablemente devaluados porque, hasta ahora, ellos habían reservado el destrato para los opositores pero Kirchner lo aplica aún a los propios.

Si no colectan por las formas ni por el fondo ¿Qué los hace tan populares que han ganado dos elecciones y ya se tema no lograr vencerlos en la próxima? Debe haber algo que ellos y sólo ellos están ofreciendo al electorado. La gente está viendo algo que los analistas pasamos por alto. Hay que descubrir qué ingrediente consigue la convergencia de sindicalistas y empresarios a su alrededor; de juventud, ex guerrilleros y nueva militancia, clases bajas y acomodadas, ocupados y piqueteros, instruidos y analfabetos.

Porque el reparto de miles de planes de vagancia no explica por sí sólo los millones de voluntades que constituyen el piso de votos kirchneristas. Cierto es que el ojo con el que eligen a sus beneficiados es de una precisión comparable a la pinza con la que extirpan las complicaciones pero aún así no alcanza. Soborno cantante y sonante para los que no quieren trabajar; privilegios para el empresariado adicto y sumiso; prebendas para los popes sindicales; viajes y otras vituayas para los legisladores complacientes; impunidad, negocios, nombramientos y cargos para los amigos; cobertura para los jueces comprensivos sazonada con una suerte de escozor es una buena fórmula de acatamiento pero sigue sin alcanzar. Veinticinco por ciento del electorado es mucho. Hay que identificar el otro componente, el que macera y funde los ingredientes pero-kirchneristas descriptos que siempre han dado tan buen resultado para quebrar las dignidades humanas y las miltancias políticas. El otro ingrediente que atraviesa a todos los grupos mencionados y a esa porción de la sociedad que, aún no incluida en la variedad beneficiados que el regimen volantea, simpatiza con él.

Desde esta columna habremos de proponer una hipotesis. Hay una pasión nacional, inmanejable como toda pasión, que nos hace los más antinorteamericanos de América Latina: el resentimiento. El resentimiento nos impide disfrutar del éxito de los demás y nos impulsa a festejar los problemas ajenos con más bríos que sus logros: nos alegran los contratiempos en los que está envuelta la gestión de Mauricio Macri, los conflictos que atraviesa el Grupo Clarín, la crisis del Acuerdo Cívico y Social, la bronca de los periodistas frente a la nueva ley de medios, el manotazo a las cajas de jubilaciones privadas o los papelones del canciller "Twiterman". El resentimiento. Los que festejan los reveses de los banqueros por ricos, la embestida a Clarín por poderosos, el enfrentamiento de Carrió con sus socios por complicada, el revés del periodismo por petulante, el despido de Redrado por rubio, la persecución a los militares por autoritarios o el despojo a las administradoras de los fondos de pensión por envidia, etcétera, etcétera han encontrado en el kirchnerismo un aliado. El les permite como nadie exponer sin prurito una variada paleta de sentimientos bajos tan humanos como deplorables, esos que la civilización intenta moderar con educación en pos de mejorar la calidad de vida del conjunto.

La exhaltación de la mezquindad hace juego con el estilo presidencial, potencia sus peores instintos, lo energiza y acompaña un proceso de deterioro social que cala, a veces sin vuelta.

viernes, 20 de agosto de 2010

Cuenten con nosotros


Los liberales tenemos eso; tanto es lo que creemos en que las instituciones y sólo las instituciones pueden poner freno a la voracidad del poder que no medimos costo-beneficio; las defendemos y listo porque sabemos que siempre es mal negocio permitir el atropello. Por eso y porque también sabemos que los valores de la república son de germinación lenta, que las raíces se hacen profundas sólo con el tiempo por lo que apostar a ganador aquí y ahora es una ilusión de éxito que inexorablemente termina explotando en la cara.

Y, además, sabemos otra cosa. Sabemos que no inventamos nada porque la historia se encarga de exponer elocuentes ejemplos de sociedades que se suicidaron con la receta del corto plazo y otras que quedaron rehenes de sus miopías, cuando sus dirigencias persistieron en negar la gravedad de sus problemas.

Hoy la Argentina, encallada hace décadas entre las piedras del peronismo, naufraga en las últimas mareas de libertad. El escenario es patético: el público consume pan y circo en indignas migajas arrojadas desde la corrupción oficial que lo mantiene con vida y sin más destino que la subsistencia; los empresarios, tejiendo vergonzosos negociados al sólo efecto de obviar el riesgo y asegurarse ganancias e impunidad; los políticos calculando a qué puesto van a pasar en la siguiente elección y qué privilegios implica. Los jueces marchan tras el sillón vitalicio a cualquier costo, por lo general cuerpeando lo que se espera de ellos de manera primordial: la independencia.

En medio de esa fauna unos cuantos lobos esteparios presenciamos, impotentes, el naufragio. Y hacemos lo de siempre: sostenemos.

Ahora que el poder arbitrario arrecia, sostenemos a los periodistas que, algo tarde y algo torcido, se quejan en voz alta del autoritarismo reinante. Sostenemos aún frente a un reclamo de dudosa legitimidad porque ese periodismo calló mientras la libertad conculcada no era la propia lo que indica que el lamento no es por el estado de derecho. Chillan porque no los dejan criticar al gobierno y cobrar pauta oficial simultáneamente. No importa; chillan y es bastante. Ahora reconocen el daño que representa el cercenamiento de la libertad y en esa lucha nos tendrán de su lado.

Como el Jefe de Gobierno; también sostenemos y habremos de levantar la voz ante la patraña de la que es objeto y diremos lo que haya que decir a pesar de considerar mediocre la gestión de Mauricio Macri pero en aras de la república es impensable otra postura más que la denuncia lisa y llana frente a las bochornosas dependencias de la justicia.

El Grupo Clarín, partícipe necesario de muchos de nuestros padecimientos, también puede contar con el compromiso de los liberales en la defensa de sus derechos y en el reclamo airado por el deber ser. Clarín, tan luego, que abusó de su posición dominante como socio en Papel Prensa de los sucesivos gobiernos de las últimas décadas en desmedro del periodismo independiente (este lobo estepario padecía la discriminación desde la redacción de “La Prensa”). Clarín, que distorsionó más de una vez los hechos vaya a saber con qué propósito y desinformó o mal informó, también cuenta hoy con nosotros. Aún Clarín nos tendrá a su lado, reclamando por la libertad.

Porque los liberales creemos que sólo a través de su plena vigencia conseguiremos que los periodistas que antes no veían las perversiones del régimen lleguen un día cualquiera a amar la libre determinación y ese día estarán con nosotros defendiendo el sistema. Creemos en eso y en que las fuerzas políticas timoratas de amarillo desleído van a madurar y un día cualquiera también van a sumarse a la cruzada por la libertad. Y porque creemos que hasta Clarín va a redimirse un día cualquiera es que hoy, todos ellos y los que se sientan convocados por la causa de la libertad, pueden contar con nosotros. No somos muchos pero la convicción es absoluta. Algo es algo.

jueves, 19 de agosto de 2010

Diario de América




*Nota de Alberto Benegas Lynch (h)
para Diario de América (www.diariodeamerica.com)
Nueva York, agosto de 2010


Hoy afortunadamente aparece en escena María Zaldívar, una autora que revela una singular valentía, integridad moral y rigurosidad al escribir con una sesuda y muy bien documentada pluma que el emperador está desnudo. Explica con una notable claridad el significado del peronismmo.


Siempre las causas de la decadencia de un país son múltiples aunque todas tienen sus raíces en problemas educativos, esto es, en la incomprensión de los fundamentos de la sociedad abierta. Estos pilares constituyen los anticuerpos centrales para evitar que las sociedades se deslicen por el despeñadero. Tocqueville con mucha razón escribió que las naciones que han gozado de gran progreso moral y material tienden a dar eso por sentado, como si se tratara de procesos automáticos, pero ese abandono inexorablemente conduce a que otros -con otras ideas- ocupen los espacios para contrarrestar y demoler las bases de la libertad y la responsabilidad individual.

Lea la nota completa:
http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=6221

Sobre "Peronismo Demoliciones"

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