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domingo, 23 de mayo de 2010

La Argentina es una fiesta


Todo fue armonía.

Seis años antes de cumplirse los doscientos de nuestra independencia los argentinos largamos con los festejos. Ansiosa por exponer al mundo los logros nacionales, en especial los de estos últimos seis años, y honrada porque el destino le haya reservado tamaño orgullo, Cristina Kirchner dio, literalmente, la patada inicial a los eventos en el anochecer del 21 de mayo intentando un poquito de football en el stand de Brasil.

Bailes, comidas típicas, proyecciones, comunidades varias, exposiciones artísticas, de todo estuvo dispuesto para el consumo masivo entre esa noche y el 25. Dios quiso que la filípica de la Corte Suprema sobre el uso indiscriminado de los DNU llegara después de utilizar uno para establecer feriado el lunes 24 y hacer de la fiesta patria un “fin de semana largo” según palabras de la propia Cristina. En realidad, es más coherente con el rumbo en el que nos encuentra el siglo, celebrar los 200 años de la Revolución de Mayo panza arriba que trabajando.

En términos generales, la música atrasó tres o cuatro décadas como para no desentonar con la política. Entre trova cubano-castrista y rock nacional recordamos los argentinos los albores del siglo XIX aunque ambos ritmos no registran ni cincuenta años de historia. ¿Qué más da? La cuestión era cantar, bailar, celebrar, agitar banderitas, festejar y, de tanto en tanto, colgarse del pasado reciente para avivar rencores y conseguir la adhesión del público que, como intérpretes, les es esquiva.

La epidemia equina (no nos faltó nada en el bicentenario trucho) no intimidó a la tropa montada que desfiló frente a la multitud pero se sospecha que debió contagiar a los aviones porque esos nunca aparecieron. No faltaron tres o cuatro destituyentes que lo atribuyeron al pésimo estado de las aeronaves y el temor de que alguna cerrara abruptamente los festejos con una tragedia. Más vale prevenir que curar.

Pero nadie se dio cuenta de la ausencia de los aviones ni de la comandante en jefe de las fuerzas armadas; tanto era el entusiasmo. Cristina había estado el día anterior ordenando por “handy” encender las luces del paseo del Bicentenario ¿Qué pretendían? ¿que se instalara los cinco días al pie del Obelisco? Ganas no le habrán faltado; ella adora el contacto con la gente pero algún rato para ver a Maxi y a Flopi se tiene que dar, no? además de presidente es mujer y a ella todo le ha costado el doble.

Por supuesto que el faltazo fue criticado por los mismos de siempre. ¡Lo que no dijeron! desde grosería a falta de respeto, estuvo íntegra la catarata de agravios (esa frase me suena…). El único registro de ausencia del presidente en el desfile del 25 de mayo data de 1918, cuando Yrigoyen no asistió por estar enfermo. En esta oportunidad, los miserables cuestionaron que Cristina Kirchner haya presenciado junto al amigo Hugo Chávez el desfile militar por los 200 años de Venezuela y se haya comido el nuestro. No la entienden. Cristina es sumamente sensible y tiene la lágrima fácil. Estar en el desfile de las tropas bolivarianas fue meramente protocolar, detalles que ella cuida hasta la exageración, pero ver a su ejército la hubiese conmovido. Un afecto de larga data la une a las instituciones castrenses argentinas y no habrá querido exponer su extrema fragilidad frente a tanto público.

El 25 de mayo la presidente evitó el histórico Tedeum en la Catedral metropolitana y al cardenal Bergoglio. Ya la habían chiflado cuando un funcionario la nombró desde un estrado y prefirió no volver a medir su índice de popularidad en la calle. Artemio insiste con que las simpatías que despierta están en permanente aumento y ella no pone en duda la rigurosidad del chequeo. Suficiente. Lo único que lamentó fue no ser original porque sabe que no suele pasar a la historia la segunda vez de nada y por eso entiende que se va a seguir recordando como lamentable antecedente histórico la ausencia de Perón en la Catedral el 25 de mayo de 1955.

Para coronar un lote de jornadas inolvidables, el 25 vino bondi gratis para todo el mundo, ¿qué le parece? Una idea joya que puso un broche inolvidable a tanto festejo. Un gracioso se subió a los de larga distancia intentando llegar “de arriba” a Mar del Plata pero mientras lo invitaban a descender le aclararon que era exclusivamente para pasajes urbanos. El que no arriesga no gana.

No hubo a mano un Rómulo Naón (ministro de Cultura del Centenario) así que, modestos como Dios nos hizo, nos conformamos con Coscia y Lombardi para ocuparse de la cuestión. Y no agite los cinco dedos en montoncito aullando “¿quiénes?” que se trata de los señores secretarios de Cultura de la Nación y la Ciudad respectivamente. Los nombres y expresiones artísticas que nuestros funcionarios eligieron para recordar la cultura nacional fueron interesantes y curiosos; Pablo Milanés más que Jorge Luis Borges; el “Che” Guevara antes que Favaloro y Puigross por Martínez Zuviría; no hubo recuerdo de los Nobel Saavedra Lamas y Houssay, Leloir o Milstein; los exponentes de la generación del ´80 ni pintaron pero, para ser justos, los olvidos fueron unos cuantos porque tampoco figuraron Horacio Verbitsky ni el malevo Ferreyra. Es difícil cumplir con todos.

Menos mal que el cisma entre gobierno nacional y local sirvió para causas nobles: Mauricio Macri intentó salvar los “pif” kirchneristas desde la modestia de los eventos organizados por la Ciudad de Buenos Aires y así Maradona, Ricky Fort, Valeria Massa, Moria Casán y Mirta Legrand fueron sus invitados a la reinauguración del teatro Colón. Con tanto ilustre, el desaire de Cristina Kirchner pasaría desapercibido y nadie iba a notar su ausencia. Dicen que los íntimos de Macri querían repartir un muñequito de chocolate con la cara de Mauricio junto al programa de la gala pero que Durán Barba y Rozitchner se negaron. En el lenguaje del marketing político no era buena señal que cualquiera se comiera al Jefe de Gobierno.

Esta vez fueron los contreras del PRO los que pusieron el grito en el cielo por privilegiar esa lista fashion y mediática que dejó con la ñata contra el vidrio a Juan José Sebrelli, Natalio Botana y Abel Posse. Es imposible quedar bien con todos. Si lo sabrá el Jefe de Gobierno quien también se perdió el desfile. Unos dicen que estaba terminando con la lista del Colón; otros, que se le pasó la hora mirando por televisión la final de la Champion League. Las dos explicaciones son posibles. Se sabe que Macri es un obsesivo del trabajo y un fana de Milito.

Como en el Centenario también hubo visitas ilustres. No vinieron los descendientes de Jean Jaures o la Infanta Isabel como en aquella oportunidad pero estuvieron Evo Morales, Hugo Chávez y Rafael Correa. Tomá mate.

El espíritu sarcástico de Tato Bores está más vigente que nunca en esta Argentina capturada por el mediopelaje que la conduce. Actual, su expresión resuena como resumen de la berretada oficial lo que demuestra que hay presencias que no necesitan invitación para estar y otras que, aún con ella, nunca serán. “Vermouth con papas fritas … y good show!”

2 comentarios:

  1. no estuve en el primer centenario, si en el sesquicentenario,muy presente en mi memoria!
    ayer llore....hoy lloro....y mañana llorare, por todo lo que no fue y pudo ser...diras, llorando no se soluciona....es cierto, pero despues de haber luchado una vida por los valores que queria para mi patria....solo me quedan lagrimas! excelente tu analisis! besos MT

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  2. hay una opera escrita sobre el MARTIN FIERRO DE jose hernandez.La podremos escuchar?

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