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sábado, 7 de junio de 2008

Un Recuerdo por Bernardo


“No basta ser valiente
para aprender el arte del olvido”
(Jorge L. Borges)


Porque el liberalismo reconoce la gravitación que los intereses personales tienen a la hora de la acción y aún en épocas como la actual, en las que se pretende apelar a una estereotipada solidaridad ajena a la naturaleza humana, inicio mi homenaje a Bernardo Neustadt con una frase de mi escritor argentino preferido y dirigida al sentimiento que la noticia me provoca.

A pesar de su feminismo, fui una lectora apasionada de Simone de Beauvoir. Con ella maduré en el pensamiento y disentí mil veces; por ejemplo cuando decía que el amor desinteresado estaba en llorar la muerte de alguien por ese alguien y no por la pérdida que significaba para uno. No creo que sean conceptos contrapuestos. No se excluyen. No es menos válido lamentar una ausencia por lo que nos resta pues habla del valor que le otorgamos a ese vínculo.

Tengo muchos recuerdos de Bernardo; de las veces que me recibió en su casa; de sus llamados a tempranísima hora de la mañana; de la charla que dio a los chicos del Newman apenas lo invité o la vez que le mostró a mis hijos y sus amigos, la huerta que él mismo cuidaba en su casa de Punta del Este. Ese era Bernardo; un escéptico que vivió diciendo siempre que sí.

Repaso su último mail, que tiene fecha de ayer en que se despide con un “Hasta el lunes” y me duele saber que el lunes su correo va a faltar en la carpeta de entrada de mi computadora; y el martes, y el miércoles, y siempre. Me quedará repasar el primer programa de televisión que conduje sola y que lo tuvo a Bernardo como único invitado. Porque siempre decía que sí, como prueba de su inagotable esperanza.

Lamento su desazón más aún que su muerte; su profundo dolor por el país; su lucha y su necesidad de una sociedad mejor que se resiste a ser mejor. Lamento su tristeza y la mía porque ella dice que siento muy hondo su desaparición; dice que lo conocí y lo interpreté´. Y dice que lo valoré.

Y porque Borges seguirá inspirando respuestas a mis vacíos más profundos, a las preguntas retóricas y los enigmas que la existencia nos plantea, apelo a él nuevamente imaginando que, quizá algún dolor profundo parecido al mío de hoy, alentó su pluma el día que escribió “Sólo me queda el goce de estar triste”.

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