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2da Edición

martes, 15 de julio de 2014

Boudou es nuestro


El único sentido que se le puede otorgar a los sucesos negativos de la vida es capitalizarlos como experiencia. El procesamiento del vicepresidente de la Nación es, sin lugar a dudas y más allá de cómo termine, un hecho tan histórico como lamentable. La Argentina, una vez más como en las últimas décadas, vuelve a ganar la tapa de los diarios del mundo por un escándalo. Venimos siendo noticia porque nos negamos a pagar nuestras deudas y lo festejan los legisladores en el recinto; porque incumplimos los acuerdos comerciales celebrados con otros países; porque tenemos uno de los mayores índices de inflación del mundo; porque el vandalismo se apodera de nuestras calles ante la mirada impasible de las fuerzas de seguridad; y ahora, porque el presidente del Senado es acusado de corrupción y cohecho.
Metabolizadas la bronca del oficialismo y la satisfacción del resto, es hora de hacerse cargo, no de la culpa que no sirve para nada sino de las responsabilidades que nos caben. El 54% de nosotros eligió a Amado Boudou, le dio mandato, lo hizo vicepresidente. Seguramente una proporción no menor de ese lote puebla hoy las marchas contra la política oficial. Entonces, que no empiecen las excusas porque aún en 2011 cualquiera que quisiera podía ver en Boudou el impresentable que es.
En el reparto social de roles, el periodismo se ocupa de describir la realidad y, como una suerte de foco, intenta iluminar los desvíos para que, quienes tienen la posibilidad y el mandato de operar sobre los hechos, modifiquen el rumbo. Ellos son, concretamente, la política y la justicia.
Hace años que me dí por vencida con el kirchnerismo y, por extensión, con el peronismo puro. No tienen arreglo, en esencia, porque no quieren tenerlo; porque se aferran a sus errores y a una retórica falaz que declama su amor por los pobres pero que no ha hecho otra cosa más que multiplicarlos para usarlos. Un día decidí no invertir más tiempo en describir sus inconductas y dedicarlo a la porción de la sociedad que, equivocada pero de buena fe, lo consume.
El peronismo alentó la inmadurez social; ante cada fracaso colectivo liberó a la gente de la responsabilidad y le señaló un culpable. Así, los argentinos nos acostumbramos a ir por la vida sin mochilas. La deuda es producto de los malos de afuera que nos prestan plata; la pobreza, de los ricos que no reparten; la delincuencia deviene de la desigualdad y así sucesivamente. Carlos Menem nos engañó y Fernando De la Rúa también. A Boudou no le conocíamos el "pedigree" y hasta que apareció Jorge Lanata nadie sabía que la gente se muere de hambre en varias provincias.
Es una receta cómoda pero no parece haber resuelto los problemas. Lejos de eso, nuestras instituciones están heridas de muerte; el público, y con razón, no cree en su dirigencia; es difícil imaginar un poder político más desacreditado que el actual; los empresarios gozan de una bien ganada desconfianza pues se les achaca haber colaborado con el sistema de corrupción instalado; la justicia no escapó a la debacle y se toma como habitual que las causas complicadas no se resuelvan nunca o demoren décadas. Nadie cree en nada en la Argentina, tanto que la sociedad ha depositado en el periodismo la función de controlar a los poderes del Estado.
Es hora de que nos hagamos cargo del rumbo que lleva la Argentina, que nos hagamos cargo de Amado Boudou; Boudou es producto nuestro. Las cosas no pasan porque sí. Este escalar de la corrupción no es súbito, es un proceso lento que implica la complicidad de millones de personas que, por acción u omisión, han acompañado y que hoy desemboca en un vicepresidente con semiplena prueba de ser un delincuente.
Los menemistas se conforman diciendo que el kirchnerismo robó mucho más; los radicales aducen “yo no fui”; el PRO suele silbar y mirar para el costado cuando de definiciones categóricas se trata. Pero ninguno está en condiciones de arrojar la primera piedra. Si no acompañaron estatizaciones aberrantes o proyectos invotables, protagonizaron ausencias estratégicas a sesiones clave.
Es altamente improbable que de cualquiera de ellos salga quien nos diga y nos haga decir la verdad porque la buena costumbre debería empezar por casa y ningún dirigente político está dispuesto a abandonar sus privilegios de casta. Por eso, otra vez, el periodismo deberá tomar la posta. Como dijo George Orwell, “periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa; el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar”.
Desde esta columna esa es la propuesta. Molestar al ciudadano de bien diciéndole que no se pasa de Juan Bautista Alberdi a Boudou en una sola movida. Hay estaciones intermedias en las que muchos de los indignados de hoy, se bajaron. Cada uno que baraja una prebenda, cada uno que aprovecha la laxitud del sistema para “hacer la suya”, remó hacia estas costas, sin querer probablemente, inconscientemente, sin identificar que la acción aislada también suma.
Hoy, que no queda margen para hacerse el distraído, deberíamos probar aplicando la receta de la responsabilidad individual.

jueves, 3 de julio de 2014

La votación del bochorno



Antes de empezar esta nota le sugiero que abra el attach: (http://www1.hcdn.gov.ar/dependencias/dselectronicos/actas/2014/132OT06_12_R11.pdf)   y   lea   con detenimiento el nombre de los diputados, cada voto afirmativo y le sugiero, además, que se detenga en las ausencias, que también hablan por sí solas.

Siete sobre doscientos cincuenta y siete diputados se animaron de decir que el pañuelo blanco de las madres de plaza de mayo no representa un símbolo patrio. Patricia Bullrich y Silvia Majdalani (PRO); Elia Lagoria (Trabajo y Dignidad de Chubut, el partido de Das Neves) y Mirta Tundis, Laura Esper, Azucena Echosor y Liliana Schwindt (Frente Renovador). Sesenta y nueve de nuestros representantes estuvieron ausentes y el resto votó de manera afirmativa. Vaya el reconocimiento expreso a esas siete mujeres que se animaron.

El proyecto, idea del oficialismo, fue acompañado por representantes de la izquierda, el socialismo, el GEN, el radicalismo, el partido Demócrata de Mendoza, Trabajo y Dignidad de Chubut y el PRO.

A modo de nota de color, vayan algunos de los ausentes: Lousteau, Carrió, De Narváez, Laura Alonso, Stolbizer, Massa, Triaca, Facundo Moyano, Donda, de Mendiguren, Cobos, Graciela Caamaño, Aguad, Insaurralde y Alfonsín. Paradójicamente, son caras que tienen asistencia perfecta en la televisión; casi que les cabría el mote popular de “caretas”.

Justo los más televisivos son los que no estuvieron donde ayer debían estar. ¿Cómo escucharlos de ahora en más sabiendo que pueden volver a ausentarse si el tema a tratar los incomoda? ¿Cómo no suponer que evitaron definirse y prefirieron pegar el faltazo? ¿Cómo votar en el futuro una lista que los vuelva a llevar a la Cámara? ¿Cómo confiar en ellos? ¿Para qué queremos representantes que no están para las batallas difíciles?

No resulta una sorpresa que las diversas izquierdas hayan acompañado y con alegría, el proyecto K. Son los mismos que estatizaron cuanta cosa les propuso el gobierno kirchnerista y estuvieron siempre con ese denominado movimiento de derechos humanos que empezó agitando la bandera de la vida y la justicia y terminó envuelto en estafas reiteradas sobre fondos públicos apañado por los funcionarios. La izquierda y el oficialismo vienen avalando la denegación de justicia sobre cientos de detenidos que arrumban de manera inhumana en cárceles sobrepobladas, esperando el final de procesos judiciales viciados, en amplia violación de todos los pactos internacionales a los que el país adhiere.

De ellos sólo se puede esperar más arbitrariedad y más sed de venganza. Muchos son asesinos confesos. Vaya si les pueden importar los símbolos patrios. El tema es el resto, la ¿reserva moral?

Del macrismo levantaron la mano por las Madres de Plaza de Mayo Pinedo, Sturzenegger, Miguel del Sel, los PRO-futbolistas Baldassi y Mac Allister, el PRO-rabino Sergio Bergman, Tonelli, Gribaudo y las desconocidas Cornelia Schmidt, Soledad Martinez y Gisela Scaglia. El radicalismo también aportó sus laureles en las personas del ruralista Buryaile, el ex fiscal Manuel Garrido, Eduardo Costa, Cano y Barletta entre muchos otros.

El debate que se planteó entre el público casi sin interrupción desde que esa aberración fue convertida en ley, fue si estos diputados lo han hecho por convicción o por lucir “políticamente correctos”. Ojalá fuese la segunda opción. Gente sin principios sería menos compleja de remover. Sin embargo, es de temer que se trate de su íntima convicción ideológica, que tengan la cabeza quemada por la prédica falaz y la ignorancia y no sepan diferenciar entre una causa justa y las trampas que el marxismo nos tiende.

Hemos retrocedido otro paso en el trayecto hacia la república. La duda y ya a esta altura el miedo, es saber cuántos tenemos como objetivo esa estación.  

lunes, 16 de junio de 2014

Los buitres favorecieron a Boudou


De lo que va del año, estos son los mejores días para Boudou. Las noticias le dieron respiro. Lo sustituyeron por los buitres.

Doce horas nos duró la euforia futbolera. Nos fuimos a dormir con una sonrisa y nos estaban esperando para amargarnos la fiesta. El lunes siguiente al debut del equipo argentino en la copa del mundo, la Corte Suprema norteamericana nos sacudió feo al rechazar la apelación presentada por nuestro país en el larguísimo litigio que tenemos con acreedores de la deuda impaga.

Hasta el timing esta vez nos jugó en contra, porque de conocerse el fallo el viernes anterior, la mala noticia se hubiese licuado entre el fin de semana y el partido de futbol de la selección argentina. Pero no. Estos tipos son tan perversos que lo dieron a conocer el lunes. Chau alegría. Ahora, salvo Canal 7 que sigue transmitiendo tonterías desde Brasil, los medios están abocados a analizar probables consecuencias de tamaño tropezón judicial.

Seis horas después de conocerse la noticia la única reacción del gobierno argentino fue anunciar una cadena nacional para las nueve de la noche. Eso estaría indicando la estrategia a seguir: enojarse con la justicia americana y de ahí, “linkear” con el proyecto nacional, la victimización y el revoleo de culpas. Más de lo mismo.

Lo cierto es que estamos en una encrucijada grave. O pagamos o se nos cae la estantería completa, lo que es decir mucho. Esto viene a desmentir a quienes sostienen que ya lo habíamos visto todo. No señores; esto todavía puede empeorar. Como bien acotó Roberto Cachanosky en Twitter, el gobierno tenía la intención de “patear” el problema al próximo y no le salió.  

Hasta acá, kirchnerismo puro; desastroso pero previsible. Ahora es tiempo de analizar a la oposición. Porque no eran sólo K los que fueron a Washington a dar vergüenza. Había gente del radicalismo, de Massa y de Macri. ¡Qué momento! Si para implorar estuvieron alineados con el oficialismo, no estaría bien que ahora saltaran de vereda y lo dejaran solo. Cabe suponer, entonces, que efectivamente lo van a acompañar en las malas como lo hicieron en este tour de política y compras a los Estados Unidos. Vendrían a configurar un Congreso esquizo, que aplaudió el default, luego aplaudió pagar en dos oportunidades (con Néstor Kirchner primero y recientemente con Cristina Fernández) y ahora de nuevo se resiste a devolver plata prestada. A esto hay que agregar el ingrediente de ignorar el fallo judicial americano. Porque en la Argentina nos parece cotidiano que el Poder Ejecutivo ignore lo que disponen los jueces pero no es así en el mundo civilizado.

Dada la independencia de poderes que rige en otras latitudes, era esperable un fallo adverso, como es esperable el “yo no fui” kirchnerista. Casi nadie alienta esperanzas de que algo bueno venga del kirchnerismo. ¿Qué se puede esperar del burro sino una patada, no? Lo peor de los últimos tiempos es la inacción o la acción deficiente del resto. Hoy hay otro escenario en el que, seguramente, tampoco habrán de estar a la altura de la necesidad. Es muy probable que se abroquelen en la corporación que los contiene.


Y en ésta ni siquiera cabe gritar un “Yankees, go home” porque hace tiempo nos hicieron caso y prácticamente no quedan inversiones americanas significativas en la Argentina. Como un scketch, somos nosotros los que fuimos a Washington. A varios miembros del Honorable Congreso se los vio abasteciéndose de productos de difícil acceso para los que vivimos en el país. El lote de diputados que viajó a hacer lobby por el gobierno más incumplidor de la historia trae de vuelta una monumental derrota y los electrónicos que se compraron.  Los electrónicos, para ellos; la derrota para todos y todas.

jueves, 15 de mayo de 2014

Argentina sólo censura la libertad


La sociedad argentina, cuando atraviesa uno de esos ataques espasmódicos de defensa de la libertad que suele padecer de tanto en tanto, reclama por un ícono: el derecho a decir. Y confunde, exagera, se equivoca y hasta ensucia un poco las legítimas luchas que sostienen otros pueblos auténticamente censurados y silenciados que llegan a dar sus vidas por pronunciar en voz alta la palabra “Libertad”.

Lo nuestro no es censura. La Argentina no sufre censura oficial desde épocas del primer peronismo. De censura y persecución puede dar una clase magistral “La Prensa”, el diario más antiguo del país, que sintió el rigor del autoritarismo peronista por decir la verdad. Eso es censura. Y también es censura lo que vive hoy el pueblo venezolano; el cierre de medios de comunicación por orden del régimen con el objetivo de negar a los ciudadanos su derecho a informarse. Eso es censura.

No es censura que una emisora o un canal decidan elegir sus caras y sus voces y decidan descartar empleados como el dueño de cualquier otro negocio. Eso es libertad de empresa. ¿La sociedad reclama, acaso, por el despido o la no contratación de un ingeniero o de un pintor? ¿Cuál sería la diferencia? El propietario tiene el derecho de disponer de lo que le pertenece. Pero claro, como la libertad es un principio indivisible, se comprende o no.

Llevamos acumuladas décadas de una instrucción escolar deficiente, agregadas a una importante brecha entre los chicos que acceden a colegios privados, de mayor calidad educativa, y los millones que deben conformarse con la escuela pública en las que se vuelven rehenes de la contienda política entre el gobierno y los gremios. Por diferentes circunstancias, ambos grupos alcanzan la mayoría de edad con una pobre noción de lo que significan los derechos individuales; unos porque viven un contexto en el que no se plantea riesgo a sus vidas protegidas y previsibles, y los otros porque no les enseñan que el primer derecho humano es la vida y unida de ella, la libertad.

La educación pública se llenó del populismo que abunda y abruma.  Entre las carencias educativas argentinas encabeza el desprecio por la libertad, eje de un sistema de valores que privilegia la división de poderes como garantía de su limitación y garantiza la única igualdad válida en una república: la que hace a los hombres valer lo mismo ante la ley. El resto es populismo.

La Argentina no padece censura. El gobierno no persigue a los periodistas opositores, no cierra canales de televisión ni emisoras de radio, no le saca el trabajo a nadie. Por supuesto que desprecia la opinión ajena y manipula la obesa pauta publicitaria oficial que controla gracias a un Congreso complaciente que sabe que los gobiernos pasan y ese jugoso mecanismo de amansamiento queda a disposición del siguiente.

La clase política no desarma el millonario negocio de la propaganda gubernamental a la espera de heredarlo. Mientras tanto, se presta al juego de poblar los canales de televisión con críticas al oficialismo que no se condicen con los alineamientos que luego se tejen en los recintos legislativos. Todos pueden decir lo que piensan y muchos dicen lo que no piensan en los oligopolios mediáticos que construyó Carlos Menem.  Aparecen todas las caras y las voces, circunstancialmente con uno u otro sombrero según caliente el sol. Los únicos excluidos son los que defienden la libertad. Después, es posible ver y escuchar a cualquiera, incluidos los dueños del desastre.

Las emisoras no se cansan de replicar las voces de los que nos trajeron hasta acá, coyunturalmente mudados a la vereda de enfrente, explicando cómo se sale de las crisis que ellos provocan. Y el dato alarmante es la velocidad con que los “malos” se reciclan. El sistema solía ponerlos en capilla por algún tiempo. Últimamente saltan de empujar impuestos confiscatorios a denunciarlos en una elección.

Es hora de reclamar la palabra “libertad” en el discurso de la clase dirigente. Una vez que se les haga costumbre, habrá que exigirles que la practiquen.   

lunes, 7 de abril de 2014

Queremos Garantismo y Seguridad



Una sociedad adolescente como la argentina que, como característica central no admite críticas, es capaz de incurrir en flagrantes incoherencias para justificarse. En aras de salir indemne de responsabilidades, puede votar a los garantes del abolicionismo del derecho y reclamar seguridad de manera simultánea.  
 Esa sociedad adolescente insiste en navegar a dos aguas e insiste con el limbo ideológico que no tolera ni la comisión del delito ni su represión. Incoherente, histérica, inmadura. La sociedad argentina no está dispuesta a pagar el costo de nada y en el “mientras tanto”, se desintegra. Va dejando hilachas de su marco jurídico y de su escala de valores, lo que complica el entendimiento social y hace imposible la convivencia pacífica.
 La argentina es una sociedad cada día menos civilizada. Hace diez años que el gobierno nacional permite y alienta en muchos casos el corte de las calles por parte de gente anónima que, con sus caras tapadas y armadas con palos impide la circulación de autos y personas por la vía pública. Al compás de esa anarquía, el delito crece en variedad y cantidad ante la mirada complaciente del estado mientras la población, mansa, tampoco exige que sus impuestos sean destinados a cubrir con eficiencia las funciones específicas que la autoridad política debe garantizar: seguridad, educación, salud y justicia.
 No reclama por sus derechos y repite errores. Los mismos porteños que celebraron la remoción de Aníbal Ibarra de su cargo tras el desastre de Cromagnon luego lo hicieron legislador. Tras airosas y multitudinarias protestas contra los impulsores de aplicar retenciones confiscatorias al campo que arrastraron a gran parte de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires a la calle, el entonces ministro de Economía Martín Lousteau fue votado para representarlos en el Congreso. Es una sociedad que mira fijo y luego declina cualquier acercamiento. “Histeriqueo” puro. Adolescencia pura.
 Los argentinos protestan por la ola delictiva que tiene amenazados a los “buenos”, protestan por la falta de independencia de la justicia y con la misma contundencia protestan cuando alguien decide defenderse y ejerce la justicia por mano propia. La violencia, mientras tanto y como pasa con cualquier enfermedad que no se combate, sigue en aumento. Los linchamientos de los últimos días ejecutados por los “buenos” contra los “malos” empiezan a equipararlos. Ahora los dos “bandos” son violentos.
 La falsa progresía nacional sostiene que los delincuentes son producto de un contexto social que los abandona y margina, argumento con el que intentan eximirlos de la responsabilidad jurídica que les cabe por los ilícitos que cometen contra las personas y la propiedad.
Así, por imperio de una explicación sociológica un tanto rebuscada y de dudosa veracidad por incomprobable, el victimario automáticamente deja de serlo y con el sólo enunciado de la hipótesis, se busca esfumar sus deudas con la sociedad agredida.
 En el otro extremo, alguna voz aislada (que la izquierda vernácula pretende asociar con la derecha recalcitrante) se ocupa de la víctima y recorre el camino inverso: la releva de toda responsabilidad bajo el argumento del hartazgo. La gente, según estos teóricos del agotamiento social, hace lo que puede y entre “lo que puede” está moler a palos y hasta matar a una persona.
 La brutalidad ejercida contra los ladrones pone al descubierto la violencia que anida en las personas, su tendencia a la masificación y la cobardía que implica actuar en patota. Los vecinos que lincharon a delincuentes no son peores que los barra-bravas que se enfrentan en los partidos de futbol. Coinciden en la ferocidad de la golpiza, la desigualdad numérica y el anonimato con que actúan.
 ¿La solución estará por ponerse a la altura del delincuente? ¿No sería nivelar para abajo? Porque de eso los argentinos sabemos un montón y no pareciera que haya significado un “up grade”. Por supuesto que falta, esencialmente, educación. Ningún país erradicó la delincuencia pero ninguno civilizado tolera la justicia de los particulares como mecanismo de resolución de conflictos. Y las poblaciones son similares porque todos somos seres humanos. La explicación de que nuestra sangre española/italiana nos hace distintos es una falacia instalada. Lo que nos hace distintos de los países que prosperan es el sistema que ordena la vida en sociedad, que saca lo mejor o lo peor de las personas.
Nuestro sistema alienta la delincuencia entre otras cosas, con el bajísimo índice de represión de las conductas antisociales. La alienta desde la cúspide de la pirámide de poder dando el ejemplo con funcionarios corruptos e impunes. Y la alienta a través de una justicia lenta e injusta. Son poblaciones educadas las que exigen un estado presente y eficiente, no un estado gordo y bobo. El estado inútil que, como el argentino, dilapida recursos.   
 La educación contiene los instintos. La educación privilegia lo que se debe sobre lo que se quiere. Falta educación para acompañar la toma de decisiones adecuadas Mientras tanto el estado gordo y bobo del populismo se mata de risa de unos y de otros y mira, como un espectador indecente, cómo se pelean sus súbditos.

jueves, 27 de marzo de 2014

El Papa peronista




Los católicos argentinos tenemos la amarga sensación de que el Santo Padre es, antes que Papa, peronista. En su juventud, Jorge Bergoglio engrosó las filas de la mítica organización “Guardia de Hierro” inspirada, aunque se intente negar, en “Garda de Fier”, un movimiento fascista y ultranacionalista rumano de principios del Siglo XX que sobrevivió hasta la Segunda Guerra Mundial. La militancia política crea vínculos que el tiempo no desata y eso nos pasa a todos los que algún día nos reunimos alrededor de una causa.

Claro que, tratándose del peronismo, la evolución es compleja y sinuosa. Para el general Perón “Primero está la patria, luego el movimiento y por último los hombres”. Francisco desde el papado no estaría sino siendo fiel a esa doctrina política.

“La patria” es una entelequia que el peronismo utilizó y utiliza de escudo para descolocar a sus adversarios. En su nombre se ha permitido avasallar al individuo imponiendo un modelo de sociedad colectivista y demagógica a la que le hizo creer que el todo es más que la suma de las partes. Así, se instaló que el bien de la comunidad no se construye con el bienestar individual sino vaya a saber con qué otro misterioso ingrediente que provee, obviamente, “el movimiento”, ese otro ente no corpóreo con vida propia que sabe mejor que cada uno de nosotros lo que nos conviene.  

Así razonada la realidad, suena casi lógico que “la patria” y “el movimiento” estén antes que “el hombre” a secas. Se trata de un planteo filosóficamente perverso y políticamente peligroso, que se transforma en la puerta de acceso al autoritarismo puro y duro.

En esa frase quizá esté condensado el espíritu corporativo del peronismo, sin eufemismos; el fascismo genético que implica desprecio por el individuo con la consecuente indiferencia por los derechos individuales y el rechazo consciente por las instituciones como garantía de una organización social sólida. El peronismo cree tanto en el Estado protector que rechaza cualquier construcción que modere el poder del estado y, por tanto, es adversario explícito de las instituciones creadas para limitarlo.

El peronismo es la versión moderna de “El Estado soy yo”. Aggiornado al siglo XX y con el latiguillo de “la patria” viene arrasando con las libertades y los derechos individuales en connivencia con otras corporaciones históricamente poderosas. La pata militar y el sindicalismo significaron piezas claves a la hora de edificar el poder omnímodo al que apuntó Perón desde su participación en los golpes del ´30 y del ’43. Ambos elementos, altamente corporativos, fueron valiosas plataformas que Perón supo poner a disposición de su propia causa.  

Vaya un párrafo aparte para la actuación de la Iglesia Católica por aquellos años y, si queremos dejar de engañarnos también con la historia, es necesario reconocer que Perón, aún con su simpatía por los nazis o hasta por ella, fue respaldado inicialmente por el nacionalismo católico que engrosaba las filas de nuestro ejército. La fuerza de los acontecimientos posteriores enfrentó a Perón con la jerarquía eclesiástica y la buena convivencia entre ellos ardió junto con las iglesias que la militancia peronista profanó.

El punto de coincidencia entre el peronismo y la iglesia son los pobres. Para ambos la población sin recursos, en crecimiento gracias a las políticas populistas implementadas desde mitad del siglo pasado a la fecha, se ha transformado en destinataria de sus desvelos. La diferencia entre ambos es que la iglesia católica no inventa pobres ni los multiplica.

La repentina devoción por Francisco excede a Cristina Kirchner. En el mundo se ha despertado una ola de simpatías comparable con la que produjo en su momento Barak Obama. Es interesante el ejercicio intelectual de averiguar el por qué.

¿Qué los hace tan populares? Nos quedaríamos con una explicación muy pobre de  atribuirlo a que uno es negro y el otro sudamericano. El mundo les sonríe a dos populistas porque el mundo se ha vuelto populista.
Cuando personajes encolumnados con el terrorismo de los ´70, en su mayoría agnósticos, se emocionan con los dichos del Papa Francisco no lo hacen porque comparten su nacionalidad sino por la carga ideológica de sus dichos. No escuchan al Papa argentino; los conmueve el Papa peronista.

El Papa peronista, mientras tanto, se involucra en la interna de su partido. Sus allegados repiten que colabora para que el fin del mandato llegue sin tropiezos. ¿Sabe acaso el Papa algo que nosotros desconocemos? ¿Hay peligros latentes que debieran preocuparnos? Quienes dicen interpretarlo sostienen que no se volvió repentinamente “K” sino que en aras de la armonía recibió a Cristina Fernández en tres oportunidades, sabiendo el significado político de tamaña deferencia y aunque le consta que sus opiniones nunca fueron valoradas por ella ni su marido, a juzgar por los reiterados desprecios que recibió del matrimonio durante una década. Y por esa misma razón recibe también a popes y menos popes del partido peronista, su partido. Y por la paz social está en vísperas de encarar una reunión con el ministro Tomada (que será recibido en calidad de tal) junto a algunos sindicalistas. Ante esa suerte de conciliación se hace difícil suponer que se trate de un encuentro de corte religioso. De Scioli a Ishii, los que quisieron posaron junto a Su Santidad. Hasta acá, todo se enmarcaría en su búsqueda del consenso y el traspaso no traumático. Sin embargo, en esa tarea casi ecuménica evita, con premeditación, a Sergio Massa y según se puede colegir del entorno papal, todas las señales indicarían que el candidato a presidente por el Frente Renovador deberá hacer su campaña sin esa foto ni ese respaldo político.


A esta altura de la evidencia recabada podría decirse sin exagerar que Francisco, entonces, está operando la interna del PJ. A full. Si bien nadie está en condiciones de cuestionar al Papa, cualquiera puede opinar del militante peronista. Y a los católicos argentinos nos está empezando a doler tanto compromiso terrenal en inclinar la balanza en favor de una porción de nuestra realidad nacional, deslegitimada por la enorme mayoría de los argentinos. Aunque la opinión de esos millones esté, para el peronismo, detrás de “la patria” y “el movimiento”.