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2da Edición

lunes, 7 de abril de 2014

Queremos Garantismo y Seguridad



Una sociedad adolescente como la argentina que, como característica central no admite críticas, es capaz de incurrir en flagrantes incoherencias para justificarse. En aras de salir indemne de responsabilidades, puede votar a los garantes del abolicionismo del derecho y reclamar seguridad de manera simultánea.  
 Esa sociedad adolescente insiste en navegar a dos aguas e insiste con el limbo ideológico que no tolera ni la comisión del delito ni su represión. Incoherente, histérica, inmadura. La sociedad argentina no está dispuesta a pagar el costo de nada y en el “mientras tanto”, se desintegra. Va dejando hilachas de su marco jurídico y de su escala de valores, lo que complica el entendimiento social y hace imposible la convivencia pacífica.
 La argentina es una sociedad cada día menos civilizada. Hace diez años que el gobierno nacional permite y alienta en muchos casos el corte de las calles por parte de gente anónima que, con sus caras tapadas y armadas con palos impide la circulación de autos y personas por la vía pública. Al compás de esa anarquía, el delito crece en variedad y cantidad ante la mirada complaciente del estado mientras la población, mansa, tampoco exige que sus impuestos sean destinados a cubrir con eficiencia las funciones específicas que la autoridad política debe garantizar: seguridad, educación, salud y justicia.
 No reclama por sus derechos y repite errores. Los mismos porteños que celebraron la remoción de Aníbal Ibarra de su cargo tras el desastre de Cromagnon luego lo hicieron legislador. Tras airosas y multitudinarias protestas contra los impulsores de aplicar retenciones confiscatorias al campo que arrastraron a gran parte de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires a la calle, el entonces ministro de Economía Martín Lousteau fue votado para representarlos en el Congreso. Es una sociedad que mira fijo y luego declina cualquier acercamiento. “Histeriqueo” puro. Adolescencia pura.
 Los argentinos protestan por la ola delictiva que tiene amenazados a los “buenos”, protestan por la falta de independencia de la justicia y con la misma contundencia protestan cuando alguien decide defenderse y ejerce la justicia por mano propia. La violencia, mientras tanto y como pasa con cualquier enfermedad que no se combate, sigue en aumento. Los linchamientos de los últimos días ejecutados por los “buenos” contra los “malos” empiezan a equipararlos. Ahora los dos “bandos” son violentos.
 La falsa progresía nacional sostiene que los delincuentes son producto de un contexto social que los abandona y margina, argumento con el que intentan eximirlos de la responsabilidad jurídica que les cabe por los ilícitos que cometen contra las personas y la propiedad.
Así, por imperio de una explicación sociológica un tanto rebuscada y de dudosa veracidad por incomprobable, el victimario automáticamente deja de serlo y con el sólo enunciado de la hipótesis, se busca esfumar sus deudas con la sociedad agredida.
 En el otro extremo, alguna voz aislada (que la izquierda vernácula pretende asociar con la derecha recalcitrante) se ocupa de la víctima y recorre el camino inverso: la releva de toda responsabilidad bajo el argumento del hartazgo. La gente, según estos teóricos del agotamiento social, hace lo que puede y entre “lo que puede” está moler a palos y hasta matar a una persona.
 La brutalidad ejercida contra los ladrones pone al descubierto la violencia que anida en las personas, su tendencia a la masificación y la cobardía que implica actuar en patota. Los vecinos que lincharon a delincuentes no son peores que los barra-bravas que se enfrentan en los partidos de futbol. Coinciden en la ferocidad de la golpiza, la desigualdad numérica y el anonimato con que actúan.
 ¿La solución estará por ponerse a la altura del delincuente? ¿No sería nivelar para abajo? Porque de eso los argentinos sabemos un montón y no pareciera que haya significado un “up grade”. Por supuesto que falta, esencialmente, educación. Ningún país erradicó la delincuencia pero ninguno civilizado tolera la justicia de los particulares como mecanismo de resolución de conflictos. Y las poblaciones son similares porque todos somos seres humanos. La explicación de que nuestra sangre española/italiana nos hace distintos es una falacia instalada. Lo que nos hace distintos de los países que prosperan es el sistema que ordena la vida en sociedad, que saca lo mejor o lo peor de las personas.
Nuestro sistema alienta la delincuencia entre otras cosas, con el bajísimo índice de represión de las conductas antisociales. La alienta desde la cúspide de la pirámide de poder dando el ejemplo con funcionarios corruptos e impunes. Y la alienta a través de una justicia lenta e injusta. Son poblaciones educadas las que exigen un estado presente y eficiente, no un estado gordo y bobo. El estado inútil que, como el argentino, dilapida recursos.   
 La educación contiene los instintos. La educación privilegia lo que se debe sobre lo que se quiere. Falta educación para acompañar la toma de decisiones adecuadas Mientras tanto el estado gordo y bobo del populismo se mata de risa de unos y de otros y mira, como un espectador indecente, cómo se pelean sus súbditos.

jueves, 27 de marzo de 2014

El Papa peronista




Los católicos argentinos tenemos la amarga sensación de que el Santo Padre es, antes que Papa, peronista. En su juventud, Jorge Bergoglio engrosó las filas de la mítica organización “Guardia de Hierro” inspirada, aunque se intente negar, en “Garda de Fier”, un movimiento fascista y ultranacionalista rumano de principios del Siglo XX que sobrevivió hasta la Segunda Guerra Mundial. La militancia política crea vínculos que el tiempo no desata y eso nos pasa a todos los que algún día nos reunimos alrededor de una causa.

Claro que, tratándose del peronismo, la evolución es compleja y sinuosa. Para el general Perón “Primero está la patria, luego el movimiento y por último los hombres”. Francisco desde el papado no estaría sino siendo fiel a esa doctrina política.

“La patria” es una entelequia que el peronismo utilizó y utiliza de escudo para descolocar a sus adversarios. En su nombre se ha permitido avasallar al individuo imponiendo un modelo de sociedad colectivista y demagógica a la que le hizo creer que el todo es más que la suma de las partes. Así, se instaló que el bien de la comunidad no se construye con el bienestar individual sino vaya a saber con qué otro misterioso ingrediente que provee, obviamente, “el movimiento”, ese otro ente no corpóreo con vida propia que sabe mejor que cada uno de nosotros lo que nos conviene.  

Así razonada la realidad, suena casi lógico que “la patria” y “el movimiento” estén antes que “el hombre” a secas. Se trata de un planteo filosóficamente perverso y políticamente peligroso, que se transforma en la puerta de acceso al autoritarismo puro y duro.

En esa frase quizá esté condensado el espíritu corporativo del peronismo, sin eufemismos; el fascismo genético que implica desprecio por el individuo con la consecuente indiferencia por los derechos individuales y el rechazo consciente por las instituciones como garantía de una organización social sólida. El peronismo cree tanto en el Estado protector que rechaza cualquier construcción que modere el poder del estado y, por tanto, es adversario explícito de las instituciones creadas para limitarlo.

El peronismo es la versión moderna de “El Estado soy yo”. Aggiornado al siglo XX y con el latiguillo de “la patria” viene arrasando con las libertades y los derechos individuales en connivencia con otras corporaciones históricamente poderosas. La pata militar y el sindicalismo significaron piezas claves a la hora de edificar el poder omnímodo al que apuntó Perón desde su participación en los golpes del ´30 y del ’43. Ambos elementos, altamente corporativos, fueron valiosas plataformas que Perón supo poner a disposición de su propia causa.  

Vaya un párrafo aparte para la actuación de la Iglesia Católica por aquellos años y, si queremos dejar de engañarnos también con la historia, es necesario reconocer que Perón, aún con su simpatía por los nazis o hasta por ella, fue respaldado inicialmente por el nacionalismo católico que engrosaba las filas de nuestro ejército. La fuerza de los acontecimientos posteriores enfrentó a Perón con la jerarquía eclesiástica y la buena convivencia entre ellos ardió junto con las iglesias que la militancia peronista profanó.

El punto de coincidencia entre el peronismo y la iglesia son los pobres. Para ambos la población sin recursos, en crecimiento gracias a las políticas populistas implementadas desde mitad del siglo pasado a la fecha, se ha transformado en destinataria de sus desvelos. La diferencia entre ambos es que la iglesia católica no inventa pobres ni los multiplica.

La repentina devoción por Francisco excede a Cristina Kirchner. En el mundo se ha despertado una ola de simpatías comparable con la que produjo en su momento Barak Obama. Es interesante el ejercicio intelectual de averiguar el por qué.

¿Qué los hace tan populares? Nos quedaríamos con una explicación muy pobre de  atribuirlo a que uno es negro y el otro sudamericano. El mundo les sonríe a dos populistas porque el mundo se ha vuelto populista.
Cuando personajes encolumnados con el terrorismo de los ´70, en su mayoría agnósticos, se emocionan con los dichos del Papa Francisco no lo hacen porque comparten su nacionalidad sino por la carga ideológica de sus dichos. No escuchan al Papa argentino; los conmueve el Papa peronista.

El Papa peronista, mientras tanto, se involucra en la interna de su partido. Sus allegados repiten que colabora para que el fin del mandato llegue sin tropiezos. ¿Sabe acaso el Papa algo que nosotros desconocemos? ¿Hay peligros latentes que debieran preocuparnos? Quienes dicen interpretarlo sostienen que no se volvió repentinamente “K” sino que en aras de la armonía recibió a Cristina Fernández en tres oportunidades, sabiendo el significado político de tamaña deferencia y aunque le consta que sus opiniones nunca fueron valoradas por ella ni su marido, a juzgar por los reiterados desprecios que recibió del matrimonio durante una década. Y por esa misma razón recibe también a popes y menos popes del partido peronista, su partido. Y por la paz social está en vísperas de encarar una reunión con el ministro Tomada (que será recibido en calidad de tal) junto a algunos sindicalistas. Ante esa suerte de conciliación se hace difícil suponer que se trate de un encuentro de corte religioso. De Scioli a Ishii, los que quisieron posaron junto a Su Santidad. Hasta acá, todo se enmarcaría en su búsqueda del consenso y el traspaso no traumático. Sin embargo, en esa tarea casi ecuménica evita, con premeditación, a Sergio Massa y según se puede colegir del entorno papal, todas las señales indicarían que el candidato a presidente por el Frente Renovador deberá hacer su campaña sin esa foto ni ese respaldo político.


A esta altura de la evidencia recabada podría decirse sin exagerar que Francisco, entonces, está operando la interna del PJ. A full. Si bien nadie está en condiciones de cuestionar al Papa, cualquiera puede opinar del militante peronista. Y a los católicos argentinos nos está empezando a doler tanto compromiso terrenal en inclinar la balanza en favor de una porción de nuestra realidad nacional, deslegitimada por la enorme mayoría de los argentinos. Aunque la opinión de esos millones esté, para el peronismo, detrás de “la patria” y “el movimiento”.

viernes, 7 de marzo de 2014

Leer lejos de las comidas

Dres. Zaffaroni, Arslanián, Pinedo y Gil Lavedra entregando a CFK el proyecto de Código Penal. De pie, Dr Zannini

Alguien tiene que cargar con la ingrata tarea de decir lo que la gente no quiere escuchar. Y, si se trata de una sociedad adolescente y malcriada a fuerza de gobiernos populistas que durante décadas le endulzaron el oído con falacias, tanto peor. Los políticos en la Argentina saben muy poco; de hecho vienen cada vez más iletrados pero aterrizan en la lucha por el poder con un experto en marketing político bajo el brazo que les susurra cómo ganar elecciones.

Eso lo copiaron del primer mundo. Como suele ocurrir, toman la receta incompleta. La preparación personal previa y los equipos de consulta que se necesitan para el después, quedan en el tintero. Así, como Dios los trajo al mundo en materia de proyecto, encaran gestiones para una sociedad que viene escuchando desde hace setenta años del peronismo y sucedáneos “Vos no tenés la culpa de nada. El país se hizo pelota solo. El responsable de la decadencia es otro”.

Contenta y satisfecha la ciudadanía, exultante cada domingo de votación creyendo que la magia de la urna resuelve por sí misma los problemas, se volvió experta en silbar cuando aquellos a los que elige resultan torpes, indecentes, ladrones, corruptos y/o incapaces. No conformes con su propia performance en materia electiva, cuando los mismos que fracasaron y/o los defraudaron cambian de partido, los siguen para volverlos a votar en la hipócrita creencia de que el envase modifica el contenido.

En este sentido, hay casos emblemáticos que ilustran la conducta esquizoide del votante medio. Allá por 2008, miles de personas marcharon indignadas por la avenida del Libertador de la capital para manifestar su rechazo a la famosa “Resolución 125”, entendida como un avance desmedido del estado sobre el sector agropecuario. En 2013, quien fuera el inspirador de aquella salvajada, el entonces ministro de Economía Martín Lousteau, fue masivamente votado por millones de porteños para representarlos en el Congreso Nacional.  

No es el único caso. Para hacer honor a la verdad, los inventores del salto en garrocha en términos políticos fueron los peronistas. Allá por los ´90 hizo punta Patricia Bullrich. Si bien obtuvo una ininterrumpida beca dentro de la estructura del estado, su trascendencia política ha sido siempre escasa; por suerte. La catarata vino después. Pero el punto digno de reflexión no son los caraduras que buscan sobrevivir en el mar de chantas en que se ha transformado la política toda, sino la reacción del público.

Es asombroso constatar los halagos que arrancan una sarta de individuos que hemos visto recorrer el espinel del peronismo en todas sus variedades, con lo que eso implica: menemistas con Menem, duhaldistas con Duhalde, sciolistas con Scioli y kirchneristas con los Kirchner; son figuras que han desfilado por los permeables medios de comunicación locales explicando cómo se sale de las crisis que ellos mismos provocan.

La izquierda argentina, cuya representación crece por falta de opciones válidas más que por una legítima coincidencia ideológica del electorado, ha sido históricamente estatista y autoritaria y, por ende, simpatizante de las dictaduras de izquierda. No engañan a nadie hoy cuando se identifican con Maduro porque lo hicieron aún antes de las elecciones. Ni cabe tampoco indignarse con su apoyo a cualquier estatización. Son izquierdas con banderas de izquierda. No usan careta para promover políticas aberrantes y perimidas.

Para una mente razonablemente crítica, tampoco es opinable el papel demoledor que ha jugado el peronismo desde que alumbró en la escena nacional. Porque es una fuerza que sabe y mucho de persecución política y de arbitrariedad, de desprecio por la ley y de corrupción y ni siquiera se ha tomado la molestia de disimular. La ostentación del delito es un tic netamente peronista.

Entonces, aplaudir a quien critica a Aníbal Fernández es tan útil como vibrar de emoción con los juicios anti kirchneristas de Julio Bárbaro o de Jorge Yoma. O de Marcos Aguinis, que con una mano empuña la pluma con la que fustiga al sistema por inmoral y con la otra cobra una jubilación de privilegio, precisamente una de las baratijas más vergonzosas de ese sistema y reflejo de la connivencia transversal de la clase dirigente argentina.

Pero cuando Federico Pinedo dice que Guillermo Moreno “se hace el malo pero es un tipo simpático”, se abstiene de denunciar el empujón a la justicia que promovía el ministro Alak por ser “su amigo personal” o colabora con el oficialismo en el intento de destrozar el Código Penal vigente ¿en qué se diferencia de Luis D´Elía destilando veneno contra la “puta oligarquía”? ¿No espera el pueblo que esa oposición que se vende como distinta sea un dique de contención frente al “puto populismo”?

¿Sirve de algo que Sanz y Stolbizer compitan a ver quién dice más calificativos agraviantes contra los K en público y luego voten la “profundización del modelo” acompañando los adefesios kirchneristas en el Congreso? ¿Suma el civilista-penalista Ricardo Gil Lavedra hablando mal del gobierno frente a las cámaras y trenzando con sus esbirros en las comisiones demoledoras de nuestros códigos?

¿Vale un cospel que cualquiera de ellos acompañe a la ciudadanía en las marchas de protesta callejeras cuando son brazos incondicionales de esa corporación política que apila privilegios? En el fondo ¿no se siente uno un poco tonto defendiéndolos?  

No me mate, amable lector. No mate al mensajero por el mensaje. Yo no los inventé. Ni siquiera colaboré en sentarlos en las bancas que ocupan. Como mucho puede acusarme de mal gusto por describirlos.

miércoles, 22 de enero de 2014

Cuanto peor, peor



Como la vida no es una foto, nada como tomar un poco de distancia para mirar en simultáneo los distintos escenarios que suceden. Sigue habiendo optimistas, o necios, que se empeñan con ver en el deterioro general del proceso político la oportunidad de recobrar algún grado de cordura y se niegan a considerar la opción “siempre se puede estar peor”. 

Por estos días, Sergio Massa se reunió con la mesa de enlace del campo, uno de los principales motores que aún quedan con vida en la ahogada economía nacional. A medir por las sonrisas, sus popes parecen satisfechos de sentarse con los cerebros económicos del candidato presidenciable y olvidar o perdonarles: a Lavagna, que mientras fue ministro haya aumentado las retenciones a la producción de carne, pulverizado las posibilidades de desarrollo del Mercosur aplicando aranceles aún contra la letra misma del documento constitutivo del organismo y dejar abierta la renegociación de la deuda, cuyas consecuencias aún hoy padecemos; a Alberto Fernández, empujar la 125 con todo el cuerpo cuando era jefe de gabinete de la era K y al propio Massa, reemplazar a Fernández como espada del kirchnerismo contra el sector; a Felipe Solá, el recordado "saqueador de la merluza", el festival de permisos de pesca que se volantearon durante su gestión al frente de la secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca del no menos ilustre y nefasto Carlos Menem y a Martín Redrado, ser, de todos ellos, el funcionario que más tiempo pasó fielmente al lado de los K.

Mientras tanto y como no fue de la partida, otro hombre del equipo, el ex ministro de economía de Kirchner Miguel Peirano, se detuvo a hacer enjundiosas declaraciones: "Las perspectivas de cambio político generan expectativas favorables" para agregar que sería bueno aflojar con la inflación, dejando de lado que asumió como ministro de Néstor Kirchner elogiando la gestión de su predecesora, Felisa Miceli (la ministra de la bolsa de dólares en el baño) y minimizando los problemas energéticos y la suba de precios
(http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-88514-2007-07-22.html).
Si a todos ellos agregamos los aportes que tempranamente hiciera al espacio el “Vasco” de Mendiguren, hombre heterodoxo si los hay, y que le valieran una banca de diputado, no resulta exagerado decir que para cerrar el círculo de los principales prohombres de los últimos diez años, a ese “dream-team” sólo le falta Martín Lousteau, el auténtico cerebro de la 125. 

Tal vez sea por eso que el massismo anda con tantas ganas de sumarlo y suene como la carta fuerte de Sergio Massa para la capital federal. Por ahora el ex ministro arma, sin prisa y sin pausa, los equipos de trabajo con miras a una eventual candidatura a jefe de gobierno y, simultáneamente, expone su sonrisa en cuanto programa de televisión lo requiera. Levantar el perfil hasta transformarse en una cara popular, tomar distancia de UNEN tanto como para ser considerado un líbero y construir su propia red de asesores puede ser un paquete más que valioso para ofrecer a cualquier estructura política que deba desembarcar en el distrito donde, hasta ahora, sólo Carrió y Macri pisan fuerte.  

Los hombres del campo deben estar valorando lo ecuménico del espacio massista. Sin embargo, la actitud de los máximos representantes de las asociaciones rurales es, en escala, comparable con la de la sociedad toda: esperan soluciones de quienes fueron parte del problema sin siquiera reclamar, de ninguno de ellos, arrepentimiento por lo actuado. ¿Qué seguridad se puede tener de que no repitan recetas? Y si repiten ¿cómo se pueden esperar resultados diferentes? 

Al desastre económico, ya imposible de maquillar, el galope de la inflación, la falta de energía, los niveles de inseguridad alarmantes, el deterioro progresivo de los servicios públicos con los transportes a la cabeza, la obediencia indebida de los poderes legislativo y judicial para con el poder político, el ahorcamiento a libertades elementales, la mordaza a las palabras con la que se amenaza para evitar que el público y sobre todo el periodismo mencione “blue”, inflación o cepo, una evasión impositiva para algunos sólo comparable con la asfixiante presión tributaria para otros, el festival de subsidios que es sinónimo de irregularidades, la corrupción generalizada, el saqueo como modelo de acumulación para los dos extremos de la pirámide socioeconómica, el intolerable y ridículo intento de controlar el uso de internet, el estrangulamiento sostenido de las libertades cotidianas y la rebelión de las fuerzas de seguridad se suma un hecho nuevo al que no se le está dando la trascendencia política que tiene: el ascenso del general Milani. 

Por primera vez en diez años el gobierno kirchnerista tiene un jefe militar que declara abiertamente, casi como una amenaza, venir a sostener el “modelo nacional y popular”. La gravedad de esta declaración está en la impunidad que implica: el jefe máximo del Ejército puede decir que apoya un proyecto político sabiendo que semejante actitud, impensable en las Fuerzas Armadas, no va a tener consecuencias. En un país sumido en un absoluto desorden, los dichos de Milani adquieren una envergadura preocupante.  

Porque en Venezuela también hay cepo, también se controla el mercado de cambios, se restringen las libertades más elementales, se persigue a los opositores, se controla la justicia, se corta la luz, también hay desabastecimiento de productos básicos y presión tributaria confiscatoria, se castiga a la prensa no alineada con el chavismo, la inflación es tan escandalosa como la corrupción, la oposición venezolana también sigue soñando con el fin del proceso, en los hechos agotado por su completo fracaso, pero aún en pie porque el ejército también “sostiene el modelo”. 

Bueno. Eso.
 
 

jueves, 5 de diciembre de 2013

Es la libertad, estúpido!



Sostener que el país está partido en dos no luce como una novedad. Cierto es que los K han explotado esa veta pero la circunstancia no es nueva en la Argentina. Del rosismo para acá siempre hubo en la política nacional dos grupos enfrentados. La originalidad la aporta el peronismo, que logra subdividir la división.  

Históricamente siempre fuimos dos bandos; rosistas o republicanos, unitarios o federales, azules o colorados, peronistas o antiperonistas. Ellos vinieron a profundizar los enfrentamientos y lo lograron: ahora entre ellos mismos hay sub-especies. Está el kirchnerismo, el cristinismo, el menemismo, el sciolismo, el massismo, el delasotismo, el denarvaísmo y el duhaldismo entre las variedades principales. La cepa que enferma a la sociedad desde hace 70 años es la misma pero el virus se renueva y muta. Uno tiene más montoneros, el otro una pizca menos de estatismo, otro alguna dosis más de libertad y otro, más autoritarismo y arbitraiedad. Pero populismo, corrupción y escaso respeto por las instituciones le son comunes a toda la paleta.  

Porque lo estamos padeciendo, el kirchnerismo pareciera ser el peor de la clase. Pero eso sí que es una sensación, porque en verdad es el más parecido al régimen que le dio origen. Las medidas de controles y “persecutas” fueron moneda corriente en la administración de Juan Domingo Perón.  

El peronismo sigue por estos días fracturando la sociedad mientras la entretiene con debates menores. Es una máquina de producir humo porque, frente a los graves problemas de falta de energía, inflación, caída galopante de reservas, inseguridad, lavado de dinero y anomia general, inventa distracciones para seguir marcando el ritmo y la dirección del debate. Es fácil manipular a la opinión pública porque el kirchnerismo, etapa inferior del peronismo (“inferior” por berreta, no por menos mala), recibe una sociedad inculta y escasamente reflexiva. Es que a pensar también se aprende y cuando la enseñanza viene empobreciéndose durante décadas, el resultado es el actual. 

En las pruebas PISA la Argentina ocupa el puesto 61 entre 67 países en comprensión de textos. Esto quiere decir que el que lee no entiende lo que lee. En ese estado de cosas, ¿alguien puede creer que los millones de “ni – ni” más los millones que no entienden lo que leen más los millones que ni siquiera leen pueden estar desvelados por el adefesio de reforma al Código Civil? En verdad, ¿alguien supone que cualquiera de esos segmentos sabe de la mera existencia del Código? Quien no puede captar la esencia de un texto sencillo ¿estará capacitado para entender que la libertad está en juego en cada medida gubernamental? Porque más allá de los cortes de luz por escasez de energía; la suba de precios por efectos de mecanismos monetarios aberrantes o la proliferación de la delincuencia de todo calibre, lo que está en juego hoy es la libertad.  

Cuando la Corte Suprema de Justicia determinó que la pauta oficial debía repartirse entre los medios de comunicación de manera “equitativa”, hasta el diario “La Nación” editorializó loas sobre ese fallo y no hubo ni una tímida voz ya no para oponerse, sino tan luego para preguntarse sobre la legitimidad de la existencia de pauta oficial. 

Es lógico que la dirigencia no “levante la perdiz” sobre tamaño presupuesto. Los políticos saben que los ciclos, ciclos son y que si bien hoy le toca disponer y repartir al kirchnerismo, mañana le tocará a otro. Con el mismo criterio los medios y comunicadores callan. Pero el público, el que paga impuestos que luego van a engrosar los bolsillos de medios y periodistas, también festejó tamaña arbitrariedad.  

Nadie se paró y dijo: “lo único que hay que legislar sobre la pauta oficial es que desaparezca”. Y lo preocupante no es que la gente calló sino que ni siquiera se le ocurrió pensar que no es competencia del estado utilizar su dinero para “sponsorear” programas de radio y tv. Este es un claro ejemplo del lavado de cerebro que padecemos los argentinos
¿Cuál sería el principio a aplicar para ser ecuánimes en la distribución de esos dineros? ¿El rating? ¿El valor periodístico? ¿La trayectoria? Y la otra cuestión es la legitimidad del gasto. ¿Es legítimo que el estado disponga de parte de nuestros impuestos para “avisar” en los medios de prensa? ¿Con qué objeto? Porque es lógico que lo hagan las marcas comerciales para aumentar las ventas de un detergente pero ¿un estado y con dinero de los contribuyentes? 

Cuando se planteó el debate alrededor de la exención al impuesto a las ganancias de la que disfrutan los magistrados judiciales, casi todos los opinólogos sostuvieron airosos que era “justo que pagaran como todo el mundo”. Y de vuelta, a nadie se le ocurrió cuestionar por qué diablos tenemos que cargar con ese impuesto que se inventó hace poco menos de un siglo y, como es usual, con carácter de extraordinario para resolver una urgencia pasajera.  

La gente se indigna con el nuevo impuesto al turismo pero por el motivo equivocado. Lamentan el encarecimiento de sus viajes porque el shopping en el exterior ya no será tan ventajoso pero no reconocen en la medida el avance del estado sobre su capacidad de elegir, del mismo modo que pasa con el recargo sobre los autos. Distinguen con claridad la mano sobre sus bolsillos pero no sobre sus derechos individuales.    

Y con esa misma dificultad tropiezan para advertir que debajo del sombrero peronista hay siempre lo mismo. Llegados hasta acá, confiar en sus matices se pasa de ingenuidad. Sepamos que Sergio Massa aventó la sombra de la “re-re”, que no es poca cosa, pero que sus diferencias son más de forma que de fondo.  

La barbarie de Córdoba se mudó a la puerta del Rectorado de la UBA ante una sociedad impávida que sólo atina a repetir “qué horror, qué horror!”. Es violencia versus ley. Mientras seguimos retrocediendo se impone la primera, una manera muy peronista de dirimir su interna.   

domingo, 17 de noviembre de 2013

Vuelve Cristina. ¿Vuelve Cristina?


Desojando la margarita desde hace algunas semanas respecto de a dónde nos llevan y quiénes, los argentinos presenciamos atónitos la bestialidad kirchnerista. Ellos no avanzan, atropellan. No toman, agarran. Devastan y nos tienen de rehenes. Hace más de un mes que la presidente desapareció del mapa y desde entonces nada serio nos informan sobre su estado de salud y sus planes futuros. 

 Entre mansos y cobardes pasamos los días especulando sobre el retorno del fantasma más famoso de la actualidad. Si hasta ahora nada se hacía sin el estricto control y decisión de "la señora presidenta" que participaba de cada detalle, ¿cómo hizo un equipo desacostumbrado a repartirse tareas, responsabilidades y decisiones para enganchar tan rápido semejante cambio de vida? 

Si, efectivamente lo logró ¿podrá volver una Cristina "todóloga" o ha quedado demostrado que podemos funcionar sin aquel modo de liderazgo? Una vez que sus esbirros se asomaron a la ventana y miraron ¿se avendrán a cerrarla y volver a jugar a oscuras como antes?

 Hoy la pregunta del millón pareciera ser qué tanta Cristina vuelve y tal vez resolver ese acertijo no sea la clave de los tiempos que vienen porque sea cual sea su estado de salud, políticamente hablando vuelve el pato rengo, el mismo que se ausentó antes de la segura derrota de octubre. Vuelve una mandataria sin poder de apriete, desgastada y en retirada.

 Porque a la gente común sus inconvenientes de salud podrán generarle empatía y, con ella, algunos puntos más de adhesión a su persona, pero los muchachos de los que depende su supervivencia política son bastante menos sensibles que el público.

Históricamente aquellos "barones del conurbano" que supo denostar Néstor al principio de su gestión pero que a la hora de los votos terminaron siendo el sostén del matrimonio, tienen una "performance" de considerable éxito: ninguno apuesta a perdedor. Entonces la pregunta del desvelo no debería pasar por cómo y cuánta Cristina vuelve; ni siquiera si efectivamente vuelve porque esos detalles devienen irrelevantes a la vista de los últimos 40 días.

Lo que importa ahora es quién y a dónde nos están llevando. La interna K parece estar ganándola, un destino nacional inexorable, los peores. En este punto el lector podrá balbucear que entre los kirchneristas no hay mejores y puede que tenga razón, pero sin duda hay peores y son los que vienen imponiendo el rumbo. ¿Cuál es el rumbo?

Es una Corte Suprema "operable" y es la reforma más extrema al Código Civil. Ambas circunstancias coinciden en la lesión del último gran principio a la libertad: el derecho de propiedad. Cuando la Corte Suprema ignora los derechos adquiridos en su acordada sobre la Ley de Medios, como el Código Civil cuando introduce el gelatinoso concepto de la utilidad social de la propiedad establecen para el país otro paradigma de aquí en adelante. Y ambos logros son imputables al ala más K de los K, los furiosos, los extremos, los fanáticos.

 En los '50 el líder de todos ellos decía "al enemigo, ni justicia" y lo aplicó en la persecución de los adversarios hasta su derrocamiento; luego lo aplicaron sus seguidores en la guerra revolucionaria en la que nos embarcaron en los '70 hasta que fueron vencidos y lo aplican hoy, que volvieron.

Este proyecto autoritario sin fin debería quitarnos el sueño, mucho más que si Cristina va o no a volver al estrado a inaugurar galpones, agitar su dedo vacío de poder haciendo gala de ser presa de un modelo ajeno a sí misma que, como un tsunami, se viene anunciando desde hace rato.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Mejores que Canadá. Parecidos a USA

Una nota publicada hoy, sábado 2 de noviembre, por la redacción del diario Perfil marca el paralelo entre lo actuado por el Presidente de la Corte Suprema de Justicia argentina en el tema de la ley de medios y la de su par norteamericano respecto de la controvertida reforma al sistema de salud que impulsara Barak Obama. El argumento es endeble. Sostiene que, en ambos casos, hubo presiones de variado calibre. Como todo ese mar de líneas escritas y comentarios diseminados por radio y tv son incomprobables,lo único cierto es el burdo intento de instalar que nos pasan las mismas cosas que en ese país que el mundo envidia, admira y detesta en iguales proporciones.

No menciona la nota que los Estados Unidos estén atravesando un período de populismo inédito en su historia, de tal magnitud que provocó en la presidente Kirchner la asociación de Obama con el mismísimo Juan Perón, ni menciona tampoco la elección personal que hizo el presidente Obama de algunos de los miembros de la actual Corte Suprema americana inspirado, no en los valores que hicieron de ese país lo que es, sino en dudosas teorías sobre la representación de las minorías, como si la justicia tuviera que distinguir colores, ritos o procedencias. Estados Unidos pasa por estos años quizá el período menos parecido a sí mismo, alejado de los principios de los padres fundadores y de los millones de anónimos que los han convertido en un referente de la libertad. No se explica, entonces, el espíritu del artículo. "El juez de los Estados Unidos que sirvió como modelo a Lorenzetti" ¿Será un intento de conformar al lector, sugiriendo que estas cosas le pasan hasta a los americanos? ¿O que las presiones son una realidad de la política en todos los países del mundo?

Nadie es tan inocente como para no saberlo pero el punto para la reflexión no es ese. La preocupación en la que el periodismo argentino debería poner el acento es en la imperiosa necesidad de una justicia independiente del poder político, única garantía para el ciudadano de a pie. Señalar que "en Estados Unidos también pasa" ¿de qué nos sirve a los ciudadanos? Le sirve, y mucho, a la corporación política y al propio Lorenzetti al suavizar los motivos de una decisión aberrante. Porque, si bien el famoso "Medicare" es un engendro que deberán enderezar las administraciones venideras, en Estados Unidos no han atacado todavía el corazón de la libertad. No están en juego el derecho a decir y el derecho a saber, como en el caso argentino tras este fallo de la Corte. Así pretenda la nota compararnos con Estados Unidos para tranquilizar a algún lector distraido y exculpar quien sabe a quién, esto que nos pasa es infinitamente más serio y, a diferencia de la modificación que introdujo una ley de sistema de salud injusta y económicamente insostenible en el país del norte, en la Argentina se trata de la libertad.

Estados Unidos está siendo avanzado por valores opuestos a los que inspiraron a sus fundadores. Es irónico que reciban hordas de gente que abandonan sus países porque los sistemas que en ellos imperan los expulsan y luego presionen para replicarlos. Los modelos se copian porque son prototipos, ideales, ejemplos, paradigmas. El que, según Perfil, sirvió de "modelo" a Lorenzetti no lo es.

En todo caso y si así fuera, se trataría en ambos casos de rasgos de democracias en descomposición en las que el presidente tiene la desvergüenza de presionar a la justicia, la justicia tiene la inmoralidad de tolerarlo y la ciudadanía, la cobardía de permitirlo. Puede ser que hoy nos pasen las mismas cosas que a los Estados Unidos de Barak Obama y, si así fuera, eso no nos debería tranquilizar, ni mucho menos.