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2da Edición

martes, 30 de septiembre de 2014

La Gran López Murphy



Aunque mantenga el perfil bajo, la sombra de Eduardo Duhalde sigue merodeando entre bambalinas. Como la sociedad argentina es muchas cosas pero, esencialmente, impredecible, nadie sabe por qué echó sobre el pesificador asimétrico un manto de impunidad que lo mantuvo con vida política más allá del desastre que provocó. Casi nadie lo responsabiliza de la estafa más grande que la historia moderna registra, por la que grandes empresas endeudadas localmente en dólares hicieron el increíble negocio de esfumar sus obligaciones en esa moneda, mecanismo por el cual y simultáneamente el grueso de la sociedad argentina descendió abruptamente un par de escalones en su nivel de vida y unos cuantos millones pasaron a la pobreza extrema de un plumazo.

Ese Eduardo Duhalde, que le pegó en los talones a De la Rúa hasta voltearlo, el que renunció a sus planes presidenciales tras la revuelta de Puente Pueyrredon, es el “elegidor” de los Kirchner. Es el que anduvo por el interior del país ofreciendo la primera magistratura como si le perteneciera y pocos se preguntaron sobre su legitimidad para semejante tarea. Después, el público se espanta de los extremos a los que llegamos. Estas cosas son parte del trayecto; no se va de Alberdi a Cristina Kirchner de un solo paso.

Es muy posible que estemos frente a un escenario electoralmente similar al del 2002, en el que se pueda repetir la bien urdida trampa del duhaldismo. 

El gran titiritero, que digitó el precipicio de De la Rúa y alentó la derrota de Carlos Menem aún más que el triunfo de Néstor Kirchner, utilizó la euforia por Ricardo López Murphy para la concreción de su plan. 

Había, como en la actualidad, una sociedad que después de exprimir hasta la indecencia los beneficios que la administración política vigente ofrecía, pidió un cambio, por lo menos, de caras. Ahí el peronismo ideó aquello de ofrecerse al electorado servido en envoltorios diferentes, una modalidad que instaló entonces y que llegó, por supuesto, para quedarse. 

Así empezó la ciudadanía entera, en una suerte de ignorancia compulsiva, a participar de la interna pejotista. Si bien las propuestas peronistas entonces eran tres, la pelea de fondo se planteaba claramente entre Kirchner y Menem. Atrás, desde otro palo y con el ánimo templado por la emoción de estrenarse en las grandes ligas, venía Ricardo López Murphy. Era "el" candidato. Un candidatazo: formado, probo, moderado y de convicciones firmes. Ideal para darle aire. Y mientras importantes segmentos de la población lo elegían genuinamente, el duhaldismo-kirchnerismo, también, aunque por motivos menos santos. 

Su tercer puesto cómodo empezó, por obra de esas encuestas carísimas que su propio sector no podía pagar por la modestia de sus recursos de campaña, a transformarse en segundo. Y a veces sonaba hasta cabeza a cabeza con el primero. Y la euforia los ganó a los lopezmurphistas. Y a López Murphy. La misma euforia que hoy se apoderó del macrismo. Y de Macri, que iba tercero cómodo, y que de repente empieza, sin haber hecho nada distinto salvo más propaganda, a adelantarse y que en las últimas horas un encuestador -que hace dos semanas lo medía en tercer lugar- hoy lo ve liderando la intención de voto. 

En 2003, la realidad contradijo a las encuestas pero el objetivo de embarrar el ballotage estaba logrado. ¡Grande Duhalde! Si el voto no oficialista no se hubiera dispersado, otra hubiera sido la historia.

El idiotismo útil que apoyó a López Murphy en 2002 hoy está a full con Mauricio Macri. No ven la trampa ni el peligro. No cambian ni aprenden. No quieren porque después de una década no pueden aducir ingenuidad. Mi abuela, con esa inteligencia llana que suele superar en pragmatismo a la erudición de tubo de ensayo, se preguntaría: "¿son o se hacen?" Y la mezcla de erudición y experiencia (o sea saber más conocerlos) le respondería: "Son, abuela. Son. Le están haciendo el juego, como hace doce años, al mismo eje. No satisfechos con haberlos autorizado a desperdiciar una década, vuelven a permitir hoy que Duhalde y Kirchner los usen para seguir digitando y arruinando nuestras vidas".

"Pero ya está, abuela. No hay peor sordo que el que no quiere oír. Es tan grave la situación y tan poco el tiempo que hay que dedicar los esfuerzos en razonar con los millones de personas de buena voluntad que quieren, en serio, sacarse de encima a Duhalde y a Kirchner. Sobre ellos hay que concentrarse mientras los PROperonistas votan con el kirchnerismo elevar el pañuelo de Bonafini a la categoría de símbolo "patreo" o el traslado del monumento a Cristóbal Colón para no herir los ojos de la Presidente. O mientras se juntan con el oficialismo garantista a formular modificaciones al Código Penal para alegría de la delincuencia".

Porque para el autoritarismo la ley modifica la realidad. Y si no es posible modificarla por ley, se las ignora; a ambas. Y listo. Colón deja de ser Colón en cuanto no lo vemos. El pañuelo de Bonafini incorpora lustre no bien la ley que lo dispone entra en vigencia. Y si así no fuera, si algún individuo osara no emocionarse con el pañuelo de Bonafini como cuando ve flamear la bandera de Belgrano, siempre habrá un funcionario dispuesto a amenazarnos con el cumplimiento de la ley. Porque la ley cambia de objeto en los regímenes totalitarios; en lugar de ser el marco que limita el poder del estado es el arma del burócrata para el disciplinamiento del individuo.

"El que no lo ve, abuela, y no lucha contra ello, colabora con la instalación del poder absoluto y discrecional. Fijate la contradicción boba del macrismo: va a Venezuela a apoyar cuanta manifestación se realiza contra el regimen agobiante de Chávez y sus herederos, y en la Argentina acompaña al kirchnerismo en su intención de judicializar la toma de las calles por parte de la ciudadanía. A ver, abuela ¿vos te acordás quién fogoneó los piquetes? ¿Quién inventó los tipos con palos en la mano y la cara tapada apoderándose de nuestra libertad de transitar, que emergieron como pulgas en los primeros años del kirchnerismo? ¿Y no supusiste que, al no reprimir tamaña conducta antisocial, el gobierno la alentaban? ¿Y no te preguntás por qué ahora, súbitamente cambian de opinión y buscan una herramienta legal para aplacar las manifestaciones callejeras?"

Ahí la abuela me recordaría que desde hace un par de años somos otros los que salimos a la calle, y que al ser tantos, las cortamos. Y seguramente me diría: "Ahhhhhhhh! Pero claro, m'hija! Nos quieren dejar en off side! Si fuera delito manifestarse, cuando salimos contra la 125 hubiéramos terminado presos. O cuando defendíamos la independencia de la justicia o reclamamos seguridad. Esas marchas multitudinarias no hubieran podido hacerse".

Hasta la abuela se daría cuenta de que ésta es la pelea de fondo, que el "Dialogar nos une" de Federico Pinedo no estaría dando frutos y que está en los planes del kirchnerismo acallar, por no decir aplastar, las manifestaciones adversas. Como hace el chavismo en su país. Y la abuela agregaría: "¡Mirá si fuera delito en Venezuela salir por las calles a mostrar disconformidad a la dictadura ornitológica!". Bueno, eso. El PRO apoya en Venezuela lo que pide castigar en la Argentina. Y aplaudió de pie a la Presidente cuando lo propuso en la apertura de las sesiones. 


Hay que entender que hoy necesitamos toda la flexibilidad para armar una oposición responsable y firme que los desarticule y los aleje del poder. Pero también que hay que entender que al kirchnerismo no hay que acompañarlo más que a la puerta y, exclusivamente, para asegurarse de que en verdad se vaya. 


Aunque mantenga el perfil bajo, la sombra de Eduardo Duhalde sigue merodeando entre bambalinas. Como la sociedad argentina es muchas cosas pero, esencialmente, impredecible, nadie sabe por qué echó sobre el pesificador asimétrico un manto de impunidad que lo mantuvo con vida política más allá del desastre que provocó. Casi nadie lo responsabiliza de la estafa más grande que la historia moderna registra, por la que grandes empresas endeudadas localmente en dólares hicieron el increíble negocio de esfumar sus obligaciones en esa moneda, mecanismo por el cual y simultáneamente el grueso de la sociedad argentina descendió abruptamente un par de escalones en su nivel de vida y unos cuantos millones pasaron a la pobreza extrema de un plumazo.


Ese Eduardo Duhalde, que le pegó en los talones a De la Rúa hasta voltearlo, el que renunció a sus planes presidenciales tras la revuelta de Puente Pueyrredon, es el “elegidor” de los Kirchner. Es el que anduvo por el interior del país ofreciendo la primera magistratura como si le perteneciera y pocos se preguntaron sobre su legitimidad para semejante tarea. Después, el público se espanta de los extremos a los que llegamos. Estas cosas son parte del trayecto; no se va de Alberdi a Cristina Kirchner de un solo paso.

Es muy posible que estemos frente a un escenario electoralmente similar al del 2002, en el que se pueda repetir la bien urdida trampa del duhaldismo. 

El gran titiritero, que digitó el precipicio de De la Rúa y alentó la derrota de Carlos Menem aún más que el triunfo de Néstor Kirchner, utilizó la euforia por Ricardo López Murphy para la concreción de su plan. 

Había, como en la actualidad, una sociedad que después de exprimir hasta la indecencia los beneficios que la administración política vigente ofrecía, pidió un cambio, por lo menos, de caras. Ahí el peronismo ideó aquello de ofrecerse al electorado servido en envoltorios diferentes, una modalidad que instaló entonces y que llegó, por supuesto, para quedarse. 

Así empezó la ciudadanía entera, en una suerte de ignorancia compulsiva, a participar de la interna pejotista. Si bien las propuestas peronistas entonces eran tres, la pelea de fondo se planteaba claramente entre Kirchner y Menem. Atrás, desde otro palo y con el ánimo templado por la emoción de estrenarse en las grandes ligas, venía Ricardo López Murphy. Era "el" candidato. Un candidatazo: formado, probo, moderado y de convicciones firmes. Ideal para darle aire. Y mientras importantes segmentos de la población lo elegían genuinamente, el duhaldismo-kirchnerismo, también, aunque por motivos menos santos. 

Su tercer puesto cómodo empezó, por obra de esas encuestas carísimas que su propio sector no podía pagar por la modestia de sus recursos de campaña, a transformarse en segundo. Y a veces sonaba hasta cabeza a cabeza con el primero. Y la euforia los ganó a los lopezmurphistas. Y a López Murphy. La misma euforia que hoy se apoderó del macrismo. Y de Macri, que iba tercero cómodo, y que de repente empieza, sin haber hecho nada distinto salvo más propaganda, a adelantarse y que en las últimas horas un encuestador -que hace dos semanas lo medía en tercer lugar- hoy lo ve liderando la intención de voto. 

En 2003, la realidad contradijo a las encuestas pero el objetivo de embarrar el ballotage estaba logrado. ¡Grande Duhalde! Si el voto no oficialista no se hubiera dispersado, otra hubiera sido la historia.

El idiotismo útil que apoyó a López Murphy en 2002 hoy está a full con Mauricio Macri. No ven la trampa ni el peligro. No cambian ni aprenden. No quieren porque después de una década no pueden aducir ingenuidad. Mi abuela, con esa inteligencia llana que suele superar en pragmatismo a la erudición de tubo de ensayo, se preguntaría: "¿son o se hacen?" Y la mezcla de erudición y experiencia (o sea saber más conocerlos) le respondería: "Son, abuela. Son. Le están haciendo el juego, como hace doce años, al mismo eje. No satisfechos con haberlos autorizado a desperdiciar una década, vuelven a permitir hoy que Duhalde y Kirchner los usen para seguir digitando y arruinando nuestras vidas".

"Pero ya está, abuela. No hay peor sordo que el que no quiere oír. Es tan grave la situación y tan poco el tiempo que hay que dedicar los esfuerzos en razonar con los millones de personas de buena voluntad que quieren, en serio, sacarse de encima a Duhalde y a Kirchner. Sobre ellos hay que concentrarse mientras los PROperonistas votan con el kirchnerismo elevar el pañuelo de Bonafini a la categoría de símbolo "patreo" o el traslado del monumento a Cristóbal Colón para no herir los ojos de la Presidente. O mientras se juntan con el oficialismo garantista a formular modificaciones al Código Penal para alegría de la delincuencia".

Porque para el autoritarismo la ley modifica la realidad. Y si no es posible modificarla por ley, se las ignora; a ambas. Y listo. Colón deja de ser Colón en cuanto no lo vemos. El pañuelo de Bonafini incorpora lustre no bien la ley que lo dispone entra en vigencia. Y si así no fuera, si algún individuo osara no emocionarse con el pañuelo de Bonafini como cuando ve flamear la bandera de Belgrano, siempre habrá un funcionario dispuesto a amenazarnos con el cumplimiento de la ley. Porque la ley cambia de objeto en los regímenes totalitarios; en lugar de ser el marco que limita el poder del estado es el arma del burócrata para el disciplinamiento del individuo.

"El que no lo ve, abuela, y no lucha contra ello, colabora con la instalación del poder absoluto y discrecional. Fijate la contradicción boba del macrismo: va a Venezuela a apoyar cuanta manifestación se realiza contra el regimen agobiante de Chávez y sus herederos, y en la Argentina acompaña al kirchnerismo en su intención de judicializar la toma de las calles por parte de la ciudadanía. A ver, abuela ¿vos te acordás quién fogoneó los piquetes? ¿Quién inventó los tipos con palos en la mano y la cara tapada apoderándose de nuestra libertad de transitar, que emergieron como pulgas en los primeros años del kirchnerismo? ¿Y no supusiste que, al no reprimir tamaña conducta antisocial, el gobierno la alentaban? ¿Y no te preguntás por qué ahora, súbitamente cambian de opinión y buscan una herramienta legal para aplacar las manifestaciones callejeras?"

Ahí la abuela me recordaría que desde hace un par de años somos otros los que salimos a la calle, y que al ser tantos, las cortamos. Y seguramente me diría: "Ahhhhhhhh! Pero claro, m'hija! Nos quieren dejar en off side! Si fuera delito manifestarse, cuando salimos contra la 125 hubiéramos terminado presos. O cuando defendíamos la independencia de la justicia o reclamamos seguridad. Esas marchas multitudinarias no hubieran podido hacerse".

Hasta la abuela se daría cuenta de que ésta es la pelea de fondo, que el "Dialogar nos une" de Federico Pinedo no estaría dando frutos y que está en los planes del kirchnerismo acallar, por no decir aplastar, las manifestaciones adversas. Como hace el chavismo en su país. Y la abuela agregaría: "¡Mirá si fuera delito en Venezuela salir por las calles a mostrar disconformidad a la dictadura ornitológica!". Bueno, eso. El PRO apoya en Venezuela lo que pide castigar en la Argentina. Y aplaudió de pie a la Presidente cuando lo propuso en la apertura de las sesiones. 


Hay que entender que hoy necesitamos toda la flexibilidad para armar una oposición responsable y firme que los desarticule y los aleje del poder. Pero también que hay que entender que al kirchnerismo no hay que acompañarlo más que a la puerta y, exclusivamente, para asegurarse de que en verdad se vaya. 

http://opinion.infobae.com/maria-zaldivar/2014/09/29/la-gran-lopez-murphy/

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El peor gobierno de la historia


El kirchnerismo ha sido el peor gobierno de la historia. Hay una comprobación sencilla que lo demuestra y es que logró sacar de la sociedad su costado más mezquino. Porque, ¿cuál es la función de las instituciones políticas sino todo lo contrario? ¿No elegimos autoridades para que ordenen la convivencia de modo tal que cada uno se desenvuelva lo mejor posible? ¿Qué mayor obligación tienen los funcionarios que la de proveer el marco dentro del cual cada individuo alcance sus objetivos de vida? Si no, ¿para qué otra cosa sirve el Estado?
En este sentido, el kirchnerismo tiene bien ganado un aplazo con el cero de épocas pasadas, el uno de nuestra generación o el cuatro de Daniel Scioli. El eufemismo es lo de menos. Su fracaso es rotundo y absoluto. No fue el ordenador de nada sino el motor del caos, del enfrentamiento, de los malos modales y las peores conductas. El kirchnerismo es el ejemplo más acabado de lo que no hay que ser ni hacer. Nunca y bajo ninguna circunstancia.
Porque la Argentina ha tenido administraciones espantosas. Cada siglo produjo personajes nefastos: el XIX, a Juan Manuel de Rosas; el XX, a Juan Domingo Perón y el XXI, a los Kirchner. Pero en los dos primeros casos hubo una consecuencia positiva y fue la reacción de importantes sectores de la sociedad que respondieron con coraje a la arbitrariedad estatal. Y de esas posturas inquebrantables a favor de la república y la libertad surgieron las persecuciones políticas.
Rosas como Perón hostigaron personas, cerraron diarios, pisotearon instituciones y leyes pero debieron recurrir a los peores instrumentos para acallar a los opositores porque la reacción ante el atropello y el abuso de poder fue inmediata y contundente. De sus salvajadas guarda la historia debido registro en los muertos, los presos políticos y los exiliados.
El kirchnerismo no necesitó perseguir a nadie. Un leve empujón alcanza para torcer voluntades o alquilarlas. No hay un diario “La Prensa” en este siglo. Ni Sarmiento, Alberdi o Echeverría. No hay exiliados porque no hay adversarios sino apenas tibios "opinónologos" y "diagnosticólogos" que describen femeninamente la realidad como si fueran espectadores. Faltan figuras que le disputen el protagonismo a los K. Faltan agallas y convicciones en la dirigencia argentina; en los políticos, faltan a raudales, pero también en la justicia y en los empresarios.
El capital es cobarde en el mundo entero pero en nuestro país, además es inmoral. Juega a seguro, busca el calor del Estado para hacer negocios. Por una prebenda aplaude cien desaciertos. La justicia es justa muy cada tanto; en los entretiempos es una vergüenza. Y en la cultura, ni hablar. No hay artistas, estudiantes ni intelectuales comprometidos con la defensa de la república que denuncien a viva voz el cercenamiento paulatino de nuestras libertades.
Y en la sociedad falta dignidad; la suele canjear por un subsidio o un nombramiento dentro de la burocracia estatal. Todo lo vuelve relativo, opinable y arbitrario para que la realidad se acomode a la inconducta o la agachada. A Sergio Massa no se le perdona su paso por la administración de Cristina Kirchner mientras se justifica el de Patricia Bullrich por las de Carlos Menem, Eduardo Duhalde, Gustavo Beliz, Elisa Carrió, Fernando De la Rúa y Mauricio Macri. La gente no reconoce que la verdad, la decencia, el bien y el mal son principios absolutos. Saca conclusiones por comparación: "Robando, al lado de estos los menemistas fueron Heidi"; y se conforman.
Para cada problema, el kirchnerismo tiene una solución kirchnerista; hace lo que dijo la Presidente que pasaba con los goles: si las estadísticas no acompañan el relato oficial, desaparecemos los números; si los alumnos cada día son más burros, desaparecemos el aplazo; si los casos de corrupción involucran más y más funcionarios K, desaparecemos los procesos judiciales; si la delincuencia y el narco ganaron las calles y esto ya se parece al "far west", desaparecemos la política de seguridad; si la inflación no da respiro y se niega a aflojar, desaparecemos la libertad de comercio.
El kirchnerismo tiene tan la sartén por el mango que dice lo que se le ocurre porque sabe que no hay reacción. Es más, inclusive nos advirtió que “vienen por todo”. Por eso Máximo Kirchner se atreve a sugerir llevarse puesta la Constitución Nacional otra vez para que su madre se eternice en el poder; por eso ya ni se disimula el enjuague entre la política y las "barras bravas" del fútbol. El kirchnerismo controla tanto la situación que hasta elige su propia oposición.

Por eso es el peor gobierno de la historia. Porque pone en evidencia la miseria del sistema y nos deja sin margen para el elogio, que es casi como decir, sin margen para, aunque más no sea, una velada esperanza.
* Publicado en http://www.odontogroup.com.ar/implantes/?gclid=CKj1mtyq6cACFbTm7AodkQIAmg

jueves, 7 de agosto de 2014

Las alianzas sólo favorecieron a la izquierda



El intento de moderación al menos “estética” sobre los elementos de izquierda recalcitrante en orden a hacer posible su incorporación a una alianza de partidos no es una idea original de Elisa Carrió. Por lo tanto, hay mucho de “acting” en aquellos que se espantaron del socio con el que conformó UNEN. El antecedente inmediato del comunismo-castrismo sumado a partidos menos extremos es el FREPASO y antes, el Frente Grande y en ambos casos tuvo a Pino Solanas como protagonista.

El Frente País Solidario (FREPASO) nació en 1994 con la suma de varios partidos y se disolvió hacia fines de 2001 cuando el máximo exponente de esa fuerza, Carlos “Chacho” Alvarez renunció a la vicepresidencia de la Nación.

Su raíz fue el Frente Grande, formalmente presentado en sociedad por Alvarez en el Café Tortoni en abril de 1993 luego de que un grupo de dirigentes peronistas abandonara el PJ con serios cuestionamientos ideológicos hacia la conducción del entonces Presidente Carlos Menem. Fueron los diputados que se separaron del bloque y formaron el Grupo de los Ocho.

En 1991 habían conformado el Frente para la Democracia y la Justicia Social (FREDEJUSO) con otras fuerzas como el Partido Intransigente (PI), la Democracia Popular, el Partido Humanista y el Partido Comunista. Dos años después, sumaron a la izquierda democristiana (Humanismo y Liberación), a Carlos Auyero y a Pino Solanas con su Frente del Sur. Así llegaron al Congreso “Chacho” Alvarez y Graciela Fernández Meijide por Capital y el propio Solanas representando a la provincia de Buenos Aires.

El Frente Grande se definía a sí mismo como la “izquierda democrática”. Esa auto descripción es interesante y valiosa porque, implícitamente, reconoce la existencia de una izquierda no democrática y, aunque se trate de una verdad de Perogrullo, en boca de los protagonistas adquiere relevancia histórica.

Esa pátina de moralidad que de manera sistemática se arroga la izquierda le deparó al Frente Grande muchas satisfacciones, como un impensado caudal de votos en las elecciones para la Convención Constituyente convocada por el presidente Menem en 1993. Ello determinó que esa flamante fuerza política tuviera particular injerencia en el adefesio de reforma que vio la luz tras el toqueteo al que fue sometida la Constitución de 1853 y del que participaron, justo es reconocerlo, todos.

 Mientras tanto, el reacomodamiento del PJ continuaba. José Octavio Bordón abandonó el peronismo en 1995 y formó su propia fuerza (PAIS) que luego incorporó al Frente Grande. De esa sociedad de partidos nació el FrePaSo (Frente País Solidario).

Dos años después, el FrePaSo selló alianza electoral con la UCR con el objetivo de derrotar al peronismo, medianamente homogeneizado tras la figura de Carlos Menem. Ese mismo año, 1997, se impuso en la elección de mitad de término y se quedó con la mayoría de los cargos legislativos en juego.
Todos aportaban dirigentes. Nilda Garré, por ejemplo, llegó a ese espacio de la mano de Bordón. Eugenio Raúl Zaffaroni fue diputado del FrePaSo en la Ciudad de Buenos Aires desde 1997 al 2000 y Presidente del bloque desde 1997 a 1999. 

“Chacho” Álvarez encabezó la lista triunfante en la Capital Federal y Fernández Meijide en la provincia de Buenos Aires, donde venció a la candidata del Partido Justicialista, Chiche Duhalde. A comienzos de 2000 el también frepasista Aníbal Ibarra resultó elegido en primera vuelta Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por la Alianza con el 49% de los votos frente al 30% de Domingo Cavallo. El FrePaSo integró, también, el gobierno de la Alianza (1999-2001) con los resultados tristemente conocidos.
El reemplazo de Alvarez por Ibarra al frente del partido produjo una crisis interna que se resolvió con dispersión: algunos se mudaron al ARI y otros volvieron al peronismo, para entonces ya trasvestido en kirchnerismo.
Pasados los años y con la perspectiva que eso otorga, el Pacto de Olivos (1993/4) también puede considerarse una alianza, aunque más o menos encubierta. En ese caso, el peronismo liderado por Carlos Menem y con la anuencia de los encolumnados tras él, como los Kirchner por ejemplo, celebró con el radicalismo en la persona de Raúl Alfonsín, un intercambio de “favores” políticos, una repartija que implicó la posibilidad de la reelección presidencial para uno y la elección del intendente porteño más la invención del tercer senador en ese mismo distrito, para el otro. En el momento pareció un arreglo win-win. El tiempo demostró que es difícil negociar con el peronismo y llevarse un beneficio permanente. Pareciera que la trampa inexorablemente viene dentro del paquete. O de la genética peronista.

Menem efectivamente consiguió la reelección, según los planes. El mecanismo de elección popular del cargo que pasó a llamarse “jefe de gobierno” recayó, también según las previsiones, en un radical.  Y el tercer senador “por la minoría” para la minoría duró una elección,  hasta 2003 cuando el peronismo hizo la gran avivada de desdoblarse en varias líneas internas y colonizar todas las bancas, por la mayoría y por la minoría salvo aisladas excepciones, de allí en adelante y no sén el distrito capital.

De nacer en la Argentina, Francis Fukuyama no hubiese escrito “El fin de la historia y el último hombre” pues hubiera comprobado que por estos pagos no está aceptado que la única opción viable para el progreso de los países es el liberalismo democrático. Su error es considerar que esa premisa se acepta de manera universal como verdad incuestionable y desconoce que lo que él califica de “fracaso del comunismo” aquí goza de buena salud.

Desembarcado el peronismo kirchnerista siguieron las alianzas. De hecho la integración del denominado Frente para la Victoria varió según el distrito electoral. Como un antibiótico, cubre un amplio espectro: peronismo, centro-izquierda y algunos dirigentes de la Unión Cívica Radical (UCR), conocidos como Radicales K: el gobernador de Santiago del EsteroGerardo Zamora, o el misionero Maurice Closs para dar algunos ejemplos. Además, sumó dirigencia disidente de partidos formales que integran el FPV, como el socialismo, la democracia cristiana y el comunismo. En síntesis, el FPV está integrado por el Partido Humanista, el Frente Grande, el Partido Comunista, el Partido Intransigente, el Partido de la Victoria, Proyecto Popular, el Partido VerdeConvergencia K, entre otros.

Algunos, por el contrario, se alejaron: PAIS formó parte del FPV hasta el 2007 y desde entonces integra la Coalición CívicaLibres del Sur, actualmente forma parte del FAP (Frente Amplio Progresista).
Otra alianza: el FAP que, a su vez, se conforma del mencionado Libres del Sur, el GEN, el Partido Socialista y el Partido Nuevo de Córdoba.

La elección de 2013 impulsó otra alianza de partidos un tanto disímiles: convocados por Elisa Carrió, nació UNEN, un rejunte de socialismo, socialdemocracia, radicalismo, progresismo, ecologistas y comunistas y/o ex comunistas que contiene de Alfonso Prat Gay a Pino Solanas y de Victoria Donda a Rodolfo Terragno. Como si esto no alcanzara, en 2014 esos mismos integrantes más algunos dirigentes históricos de la calesita política nacional presentaron en sociedad a FAU (Frente Amplio UNEN), un mix entre el Frente Amplio Progresista (FAP), la UCR y UNEN.

A grandes rasgos, las mencionadas son las alianzas más relevantes de los últimos treinta años.

Si el lector ha logrado llegar hasta esta instancia de lectura merece, para empezar, un explícito agradecimiento a tamaño esfuerzo y un reconocimiento a su impecable estado digestivo. El punto es que, si cansa leer semejante secuencia, cuánto más abruma haberla vivido. Y peor, concluir la poca utilidad que han brindado a la ciudadanía.

Este paneo permite visualizar las mismas caras deambulando por los distintos engendros eleccionistas. Y quedan claras varias moralejas: que se juntan cuando perciben debilidad; que arman alianzas sin contenido filosófico definido y a veces hasta contradictorio y la más seria: que la totalidad de las experiencias aliancistas de las últimas tres décadas giran alrededor del socialismo y las izquierdas. Esas alianzas han potenciado propuestas ideológicas históricamente minoritarias dentro de la escena política argentina. Y han conducido al electorado a votarlas.

Por eso carece de rigurosidad y hasta resulta algo “careta” que el público se rasgue las vestiduras hoy cuando ve a Carrió y a Solanas compartiendo escenario, si acompañó con su voto la vigencia de los elementos de extrema izquierda colados en los distintas propuestas de las últimas décadas.

La centro derecha, en cambio, ha desaparecido como oferta electoral pero no necesariamente por falta de simpatizantes sino por ausencia de dirigentes que levanten la bandera de la libertad. Los partidos y grupos de partidos que hoy son opción prefieren hablar de igualdad, de redistribución y de equidad. Algunos porque creen que la libertad no es una conquista cotidiana y entienden que está garantizada; otros, porque no la consideran el principio que rige la vida en sociedades evolucionadas.


Lo cierto es que el discurso populista ha cooptado la política argentina. Mientras eso pasa, nos aprestamos a jugar (nunca tan literal el término para describir la acción) otras primarias y otra elección nacional donde elegiremos más estado, más demagogia y más calesita.

martes, 15 de julio de 2014

Boudou es nuestro


El único sentido que se le puede otorgar a los sucesos negativos de la vida es capitalizarlos como experiencia. El procesamiento del vicepresidente de la Nación es, sin lugar a dudas y más allá de cómo termine, un hecho tan histórico como lamentable. La Argentina, una vez más como en las últimas décadas, vuelve a ganar la tapa de los diarios del mundo por un escándalo. Venimos siendo noticia porque nos negamos a pagar nuestras deudas y lo festejan los legisladores en el recinto; porque incumplimos los acuerdos comerciales celebrados con otros países; porque tenemos uno de los mayores índices de inflación del mundo; porque el vandalismo se apodera de nuestras calles ante la mirada impasible de las fuerzas de seguridad; y ahora, porque el presidente del Senado es acusado de corrupción y cohecho.
Metabolizadas la bronca del oficialismo y la satisfacción del resto, es hora de hacerse cargo, no de la culpa que no sirve para nada sino de las responsabilidades que nos caben. El 54% de nosotros eligió a Amado Boudou, le dio mandato, lo hizo vicepresidente. Seguramente una proporción no menor de ese lote puebla hoy las marchas contra la política oficial. Entonces, que no empiecen las excusas porque aún en 2011 cualquiera que quisiera podía ver en Boudou el impresentable que es.
En el reparto social de roles, el periodismo se ocupa de describir la realidad y, como una suerte de foco, intenta iluminar los desvíos para que, quienes tienen la posibilidad y el mandato de operar sobre los hechos, modifiquen el rumbo. Ellos son, concretamente, la política y la justicia.
Hace años que me dí por vencida con el kirchnerismo y, por extensión, con el peronismo puro. No tienen arreglo, en esencia, porque no quieren tenerlo; porque se aferran a sus errores y a una retórica falaz que declama su amor por los pobres pero que no ha hecho otra cosa más que multiplicarlos para usarlos. Un día decidí no invertir más tiempo en describir sus inconductas y dedicarlo a la porción de la sociedad que, equivocada pero de buena fe, lo consume.
El peronismo alentó la inmadurez social; ante cada fracaso colectivo liberó a la gente de la responsabilidad y le señaló un culpable. Así, los argentinos nos acostumbramos a ir por la vida sin mochilas. La deuda es producto de los malos de afuera que nos prestan plata; la pobreza, de los ricos que no reparten; la delincuencia deviene de la desigualdad y así sucesivamente. Carlos Menem nos engañó y Fernando De la Rúa también. A Boudou no le conocíamos el "pedigree" y hasta que apareció Jorge Lanata nadie sabía que la gente se muere de hambre en varias provincias.
Es una receta cómoda pero no parece haber resuelto los problemas. Lejos de eso, nuestras instituciones están heridas de muerte; el público, y con razón, no cree en su dirigencia; es difícil imaginar un poder político más desacreditado que el actual; los empresarios gozan de una bien ganada desconfianza pues se les achaca haber colaborado con el sistema de corrupción instalado; la justicia no escapó a la debacle y se toma como habitual que las causas complicadas no se resuelvan nunca o demoren décadas. Nadie cree en nada en la Argentina, tanto que la sociedad ha depositado en el periodismo la función de controlar a los poderes del Estado.
Es hora de que nos hagamos cargo del rumbo que lleva la Argentina, que nos hagamos cargo de Amado Boudou; Boudou es producto nuestro. Las cosas no pasan porque sí. Este escalar de la corrupción no es súbito, es un proceso lento que implica la complicidad de millones de personas que, por acción u omisión, han acompañado y que hoy desemboca en un vicepresidente con semiplena prueba de ser un delincuente.
Los menemistas se conforman diciendo que el kirchnerismo robó mucho más; los radicales aducen “yo no fui”; el PRO suele silbar y mirar para el costado cuando de definiciones categóricas se trata. Pero ninguno está en condiciones de arrojar la primera piedra. Si no acompañaron estatizaciones aberrantes o proyectos invotables, protagonizaron ausencias estratégicas a sesiones clave.
Es altamente improbable que de cualquiera de ellos salga quien nos diga y nos haga decir la verdad porque la buena costumbre debería empezar por casa y ningún dirigente político está dispuesto a abandonar sus privilegios de casta. Por eso, otra vez, el periodismo deberá tomar la posta. Como dijo George Orwell, “periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa; el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar”.
Desde esta columna esa es la propuesta. Molestar al ciudadano de bien diciéndole que no se pasa de Juan Bautista Alberdi a Boudou en una sola movida. Hay estaciones intermedias en las que muchos de los indignados de hoy, se bajaron. Cada uno que baraja una prebenda, cada uno que aprovecha la laxitud del sistema para “hacer la suya”, remó hacia estas costas, sin querer probablemente, inconscientemente, sin identificar que la acción aislada también suma.
Hoy, que no queda margen para hacerse el distraído, deberíamos probar aplicando la receta de la responsabilidad individual.

jueves, 3 de julio de 2014

La votación del bochorno



Antes de empezar esta nota le sugiero que abra el attach: (http://www1.hcdn.gov.ar/dependencias/dselectronicos/actas/2014/132OT06_12_R11.pdf)   y   lea   con detenimiento el nombre de los diputados, cada voto afirmativo y le sugiero, además, que se detenga en las ausencias, que también hablan por sí solas.

Siete sobre doscientos cincuenta y siete diputados se animaron de decir que el pañuelo blanco de las madres de plaza de mayo no representa un símbolo patrio. Patricia Bullrich y Silvia Majdalani (PRO); Elia Lagoria (Trabajo y Dignidad de Chubut, el partido de Das Neves) y Mirta Tundis, Laura Esper, Azucena Echosor y Liliana Schwindt (Frente Renovador). Sesenta y nueve de nuestros representantes estuvieron ausentes y el resto votó de manera afirmativa. Vaya el reconocimiento expreso a esas siete mujeres que se animaron.

El proyecto, idea del oficialismo, fue acompañado por representantes de la izquierda, el socialismo, el GEN, el radicalismo, el partido Demócrata de Mendoza, Trabajo y Dignidad de Chubut y el PRO.

A modo de nota de color, vayan algunos de los ausentes: Lousteau, Carrió, De Narváez, Laura Alonso, Stolbizer, Massa, Triaca, Facundo Moyano, Donda, de Mendiguren, Cobos, Graciela Caamaño, Aguad, Insaurralde y Alfonsín. Paradójicamente, son caras que tienen asistencia perfecta en la televisión; casi que les cabría el mote popular de “caretas”.

Justo los más televisivos son los que no estuvieron donde ayer debían estar. ¿Cómo escucharlos de ahora en más sabiendo que pueden volver a ausentarse si el tema a tratar los incomoda? ¿Cómo no suponer que evitaron definirse y prefirieron pegar el faltazo? ¿Cómo votar en el futuro una lista que los vuelva a llevar a la Cámara? ¿Cómo confiar en ellos? ¿Para qué queremos representantes que no están para las batallas difíciles?

No resulta una sorpresa que las diversas izquierdas hayan acompañado y con alegría, el proyecto K. Son los mismos que estatizaron cuanta cosa les propuso el gobierno kirchnerista y estuvieron siempre con ese denominado movimiento de derechos humanos que empezó agitando la bandera de la vida y la justicia y terminó envuelto en estafas reiteradas sobre fondos públicos apañado por los funcionarios. La izquierda y el oficialismo vienen avalando la denegación de justicia sobre cientos de detenidos que arrumban de manera inhumana en cárceles sobrepobladas, esperando el final de procesos judiciales viciados, en amplia violación de todos los pactos internacionales a los que el país adhiere.

De ellos sólo se puede esperar más arbitrariedad y más sed de venganza. Muchos son asesinos confesos. Vaya si les pueden importar los símbolos patrios. El tema es el resto, la ¿reserva moral?

Del macrismo levantaron la mano por las Madres de Plaza de Mayo Pinedo, Sturzenegger, Miguel del Sel, los PRO-futbolistas Baldassi y Mac Allister, el PRO-rabino Sergio Bergman, Tonelli, Gribaudo y las desconocidas Cornelia Schmidt, Soledad Martinez y Gisela Scaglia. El radicalismo también aportó sus laureles en las personas del ruralista Buryaile, el ex fiscal Manuel Garrido, Eduardo Costa, Cano y Barletta entre muchos otros.

El debate que se planteó entre el público casi sin interrupción desde que esa aberración fue convertida en ley, fue si estos diputados lo han hecho por convicción o por lucir “políticamente correctos”. Ojalá fuese la segunda opción. Gente sin principios sería menos compleja de remover. Sin embargo, es de temer que se trate de su íntima convicción ideológica, que tengan la cabeza quemada por la prédica falaz y la ignorancia y no sepan diferenciar entre una causa justa y las trampas que el marxismo nos tiende.

Hemos retrocedido otro paso en el trayecto hacia la república. La duda y ya a esta altura el miedo, es saber cuántos tenemos como objetivo esa estación.