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2da Edición

martes, 29 de marzo de 2016

La guerra empezó antes de 1976


Nota publicada en Infobae el 24/3/16

Mientras la sociedad se apresta a recordar un nuevo aniversario del golpe de Estado de 1976, los hechos ocurridos antes y después siguen enfrentándonos. La guerra librada en el país para contrarrestar el ataque subversivo nunca fue debidamente esclarecida. Desde el retorno al sistema democrático de gobierno, mucho se ha intentado por echar luz sobre esos años, por buscar justicia y por contar lo sucedido. Sin embargo, que cuarenta años después el tema nos mantenga divididos indica que la revisión no se hizo del todo bien.
Tras el reciente cambio de gobierno, hubo alguna esperanza en que se caminara hacia una auténtica reconciliación, que no significa entregar banderas, ni siquiera dejar de sufrir. Pero para seguir adelante es imprescindible asumir nuestra historia completa y es lo que no se hizo durante las últimas décadas.
Cuando las Fuerzas Armadas fueron convocadas por el Gobierno constitucional para “aniquilar el accionar subversivo”, el país estaba sumido en el terror, iniciado por el accionar de grupos armados paramilitares extremadamente violentos, entrenados en Cuba para matar. El tiempo transcurrido sirve para mirar con perspectiva los acontecimientos. Hoy se hace evidente que nunca se alcanzó un tratamiento pleno de los hechos.
Los movimientos de derechos humanos, que se multiplicaron en las últimas décadas, se enfocaron en demandas parciales. Desde entonces, sólo los grupos violentos que se armaron contra el Estado y el orden institucional del país tuvieron voz. Se escucharon con exclusividad sus reclamos, sus historias y su versión de nuestro pasado reciente. Sin entrar en la discusión respecto de esos contenidos, la narrativa de los hechos los erigió en víctimas. Y, casi por defecto, a quienes los reprimieron, en victimarios.
Pero la realidad suele ser más compleja que la explicación binaria que se quiso dar a aquella década trágica. Nos hemos cansado de escuchar: “justicia lenta no es justicia”. Pues verdad a medias tampoco es verdad. Que los terroristas se hayan reivindicado subiéndose al colectivo de las víctimas de la represión es una lectura sesgada y caprichosa de los hechos.
Una de las preocupaciones iniciales del presidente Mauricio Macri fue la de diferenciarse de Fernando de la Rúa, quien pasó a la historia como un hombre débil de carácter. En el apremio por generar hechos, Macri se equivoca y, a veces, rectifica. Tras sus primeros meses de gobierno y habiendo aventado aquella sombra al encarar rápidamente varios temas pendientes, corre otro riesgo: parecer improvisado. Hacer y, luego de las críticas, deshacer, puede interpretarse como el producto de decisiones tomadas sin la suficiente elaboración. Sus simpatizantes exaltan la virtud de rectificarse; sus detractores, la carencia de convicción suficiente para defender sus propuestas.
Mientras sus votantes festejan, aún eufóricos, el alejamiento del kirchnerismo y con él el clima de discordia, las cadenas nacionales y la arenga permanente, algunos observadores empiezan a reclamar la existencia de un plan maestro, una proyección más allá de la coyuntura, un catalizador que oficie de marco a las políticas implementadas.
Sin ello, los indicios en materia de derechos humanos no son auspiciosos. Más allá de la firmeza y a propósito del mensaje que pretende enviar, no suma que en el tema de derechos humanos el primer mandatario haya sucumbido al lobby de Abuelas de Plaza de Mayo y del presidente de los Estados Unidos, ya que ambos responden a intereses particulares que en nada coinciden con los de la sociedad argentina. Unas quieren mantener el peso político obtenido en la década anterior; el otro, construir un líder latinoamericano con epicentro en la temática de los derechos humanos, mientras que todos nosotros necesitamos trabajar sobre esa herida aún abierta.
Los actos previstos por la administración de Mauricio Macri alrededor del 24 de marzo, haciendo lugar a los reclamos de los organismos de derechos humanos para que no se escuche a las víctimas del terrorismo y tomando el año 1976 como fecha de inicio de la tragedia, hacen pensar en que tampoco ha llegado la hora de la verdad completa.
Del kirchnerismo no puede esperarse sino mala fe, pues fue una gestión signada por la mala fe, la trampa y el doble discurso. Pero en Cambiemos había depositada una expectativa distinta. No podremos superar nuestras diferencias mientras se siga consumiendo una versión falaz de nuestra historia reciente.
¿Qué tiene de memoria, de verdadero y de justo un acto que invisibiliza a gremialistas, empresarios, militares y civiles que el terrorismo asesinó? ¿Hay muertos de primera y muertos “kelpers”? A Augusto Timoteo Vandor lo mataron en 1969. ¿Qué les decimos como sociedad a sus familiares y a los de los sindicalistas José Ignacio Rucci (asesinado en 1973) y José Alonso (asesinado en 1970)? ¿A los del empresario italiano Oberdan Sallustro (asesinado en 1972)? ¿A los de los militares Jorge Ibarzábal (secuestrado en enero de 1974 y asesinado diez meses después) y de Argentino del Valle Larrabure (secuestrado en 1974 y asesinado en 1975)? ¿A los del juez Jorge Quiroga (asesinado en 1974) o a los del profesor Carlos Sacheri (asesinado en 1974)? ¿Son menos condenables los asesinatos de Paula Lambruschini, Francisco Soldati y los de miles de víctimas de ese terrorismo que sin piedad sembró de sangre y muerte la historia del siglo XX?
¿Cómo se puede adherir a la mentira de una historia mal contada? ¿Cómo se construye concordia sobre la falsedad? Un llamado a la unidad a partir de una injusticia está vaciado de contenido; es sólo un eslogan de campaña. Es puro marketing.
La ausencia de justicia ha sido tal durante estos años que, agotada esa vía, algunos presos se han dirigido directamente al presidente Macri para ponerlo en antecedentes de las irregularidades a las que están sometidos. Tal es caso de un suboficial principal que en 1973, con 17 años, ingresaba a la Escuela de la Fuerza Aérea, hoy detenido en Mendoza y cuyo proceso engrosa la lista de los que esperan, presos, que alguien resuelva sus situaciones. La respetuosa carta que Julio Escudero le envió a Mauricio Macri en diciembre pasado es la expresión afónica y desesperada de una situación insostenible para una sociedad que votó un cambio porque parece decidida a abandonar la anarquía y la adolescencia. Ahora falta que la dirigencia política también se anime.

viernes, 2 de octubre de 2015

Batir al Kirchnerismo



Nota publicada en INFOBAE el miércoles 30 de septiembre de 2015

Los argentinos no aprendemos más. Cuando Néstor Kirchner resultó el elegido de Eduardo Duhalde y Carlos Menem se alzaba como su principal amenaza, el oficialismo fogoneó al tercero, Ricardo López Murphy, y lo arrastró a confrontar de lleno con Menem. La estrategia era neutralizar a su auténtico adversario y obligarlo a un desgaste innecesario. En ese momento, López Murphy entró en el juego que solo le convenía a Kirchner. Trece años después, el kirchnerismo repite la receta y la oposición vuelve a caer en la misma trampa. El Gobierno entero le mete fichas a Cambiemos y, mientras los seguidores de Mauricio Macri se entretienen descalificando a Sergio Massa acusándolo de todo tipo de componendas, el kirchnerismo consolida la continuidad.
Alguien debería decirles que el adversario a batir no es él, sino el modelo encarnado en las figuras de los elegidos Daniel Scioli y Carlos Zannini. En esa dirección tendrían que estar concentrados los esfuerzos de Cambiemos y, como complemento, reconociendo la responsabilidad de ser la segunda fuerza, encabezar un acercamiento a todos los sectores que compartan el objetivo de no tener más kirchnerismo, al menos, al frente del Ejecutivo nacional.
Sin embargo, los últimos días de campaña no parecen llevar esa dirección. No tanto los voceros oficiales del macrismo, pero sí los contratados, y mucho más los oficiosos, repiten, con y sin convicción, que el affaire Niembro y el amesetamiento de Cambiemos son operaciones políticas en su contra, mientras políticos allegados, de profesión funcionarios y de tan largo como sinuoso recorrido, siembran dudas sobre la existencia de un acuerdo entre Massa y el kirchnerismo.
Este episodio, por absurdo, se parece al pacto militar-sindical denunciado por Raúl Alfonsín meses antes de la elección de 1983. Burdo aquello y burdo esto, sin embargo, no faltaron adeptos para ambos rumores. La Argentina manifiesta cierta inclinación, algo patológica, por las teorías conspirativas. Pareciera más afecta a los relatos que a la realidad: Compraron el de Alfonsín (“Con la democracia se come, se cura y se educa”), compraron el de Menem (“La revolución productiva”) y compraron el de Kirchner&Kirchner (“Minga con el Fondo”).
Lo cierto es que, mientras tanto, el kirchnerismo sigue adelante con su plan de continuar en el ejercicio del poder. Y está cerca de conseguirlo. Ellos saben que los recientes escándalos denunciados en ocasión de las elecciones provinciales en Tucumán, por ejemplo, no les restan votos: Quienes los señalan por tamañas salvajadas no son sus votantes, son, por el contrario, los mismos que se indignan por la corrupción, ya ni siquiera encubierta, que envuelve a la mayoría de los funcionarios, y son también los que denuncian hace años la distorsión de los números de la economía. Tampoco son votantes K los que objetan la familiaridad, por no decir la simpatía o la connivencia, del oficialismo con el narcotráfico y el lavado de dinero.
Ninguno de ellos vota el Frente para la Victoria, que, cabe recordar, se levantó con 40 puntos en las PASO de la provincia de Buenos Aires aún en medio de la inundación. La gente que “arreglan” con un bolsón o una bolsita de provisiones, con un par de billetes o con un subsidio no está preocupada por quién va a reemplazar al doctor Carlos Fayt en la Corte Suprema. Muchos de ellos ni siquiera saben que existe la Corte Suprema y menos aún su significado institucional. Esos millones están preocupados por comer y por reponer el colchón que se llevó la tormenta esa noche en que Daniel Scioli viajaba a Italia en compañía de Karina y un grupo de amigos.
Frente a ese escenario, agotar la expectativa propia en que se caiga el voto oficialista es jugar con fuego. Ya se vio en Tucumán y en Chaco de lo que son capaces los K cuando de ganar y retener se trata. En el deporte, los mejores directores técnicos señalan que la victoria se persigue perfeccionando el equipo, achicando las debilidades y fortaleciéndose para adentro más que especulando con los errores del contrincante.
El problema de los proyectos sin demasiado contenido es que hay que comprarlos a libro cerrado. Por la cara. Eso fue Cambiemos: un eslogan y la suma de muchas almas con más buena voluntad que definiciones. Hoy hasta se duda de su íntima decisión de batir al kirchnerismo. El PRO puede aducir falta de experiencia política, pero ¿cómo se le perdona tamaño error al radicalismo? Es imposible olvidar que se trata de personajes repetidos del escenario político nacional que necesitaban del partido joven para sobrevivir y que lo empujaron a decidir cerrarse en un mundo que da muestras permanentes de que el progreso viene de la mano de la diversidad, el diálogo y la complementación.
No se le pase, entonces, la factura entera de la probable derrota del 61,6 % de la población a la trilogía Macri, Marcos Peña y Durán Barba, aunque en un principio, bajo la obsesión de un purismo más deseado que real, el PRO pretendió ser cabeza de ratón y también cola de león del acuerdo sellado con el radicalismo tras la convención partidaria de Gualeguaychú. Cada uno de los que se opusieron a una interna amplia con participación todos los sectores opuestos al kirchnerismo tiene que hacerse cargo hoy de su cuota-parte de responsabilidad en las consecuencias.
Distintos dirigentes del PRO se han cansado de comparar el proceso político argentino con el de Venezuela y viajan desde hace varios años de manera sistemática a apoyar a Henrique Capriles, el emergente de la gran coalición que intenta horadar el poder omnímodo del chavismo, acompañan sus reclamos y participan de sus marchas a pesar de las diferencias conceptuales que mantienen los aliados entre sí, pero reconociendo que el objetivo primordial es terminar con un régimen que de democrático tiene poco y de republicano menos. Sin embargo, no replican esa conducta en la Argentina. Hay que concluir, entonces, que el objetivo primordial del macrismo y del radicalismo no es remover al kirchnerismo del poder. Es válido, pero tal vez sea hora de meditar cuáles son las prioridades políticas de Cambiemos.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Scioli y la Violencia

Nota publicada por "El País", de Madrid - 8 / 9 / 2015



Los argentinos tenemos mucho más afecto por mirar hacia atrás que por proyectar nuestro propio futuro. No estaría del todo mal si esa nostalgia por el pasado nos ayudara a no repetir errores; eso, en política al menos, no es el caso.

Así como hemos permitido que la demagogia, el intervencionismo estatal y el populismo se transformaran en práctica habitual de cualquier administración, no estamos prestando merecida atención al feroz y latente enfrentamiento en la fórmula presidencial que, hasta hoy, tiene más intención de voto: Scioli-Zannini. Las diferencias que ambos encarnan, por conocidas, no debieran parecernos menos peligrosas.

En 1972, la violencia que anidaba en la sociedad argentina se hizo explícita cuando el general Perón decidió volver al país tras su largo exilio. En un hecho de vandalismo inusitado, el aeropuerto de Ezeiza se convirtió en un campo de batalla y marcó el inicio de una época a la que el adjetivo de “sangrienta” le queda chico. Dos vertientes del peronismo se enfrentaron entonces y ese episodio marcó el destino nacional del siglo.

Hubo terrorismo y represión; hubo muertos, sangre y dolor por décadas. Luego la política intentó componer los estragos en una sociedad que no supo aceptar que de ciertas catástrofes nadie sale indemne y que el concepto de “justicia” nunca es absoluto porque la pacificación implica resignación y perdón de ambos lados.

Y vino el kirchnerismo a azuzar rencores. Y a aprovecharse de ellos. Y alimentaron viejos y nuevos enfrentamientos; los que ahora conviven en el oficialismo que, cuando reconoció su incapacidad para mantenerse en el poder tras la salida de Cristina Fernández, no dudó en apelar a la popularidad de quien nunca fue considerado uno de los suyos: Daniel Scioli.

Por eso en este punto de la historia sería útil identificar semejanzas y reconocer que el kirchnerismo puro conserva muchos de los violentos del ’70 entre sus huestes. Justo los que no responden a Scioli, sino a Zannini. Porque quienes acompañaron hasta acá al actual Gobernador de la Provincia de Buenos Aires son, en su gran mayoría, peronistas equivocados pero calmos y, vaya coincidencia, no cuentan con la simpatía de “los otros”. Dos bandos, dos estilos, dos objetivos y un solo espacio: el poder.

Los jóvenes y no tan jóvenes de “La Cámpora”, agrupación nacida alrededor del hijo de la actual presidente y futuro diputado nacional, se han hecho fuertes en la cancillería, los juzgados nacionales, el Congreso y organismos claves como el registro de armas o la Inspección de Justicia, organismo que controla la totalidad de las sociedades que se forman en el país.

De triunfar en las elecciones del próximo 25 de octubre, las huestes del gobernador Scioli, a quien dieron escasísima participación en el armado de las listas de legisladores de modo que tendrá pocos aliados en ambas cámaras, estarán atrincheradas en el Ejecutivo Nacional. Se comenta que también le dejarían el manejo el ministerio de Economía lo cual, ante el legado kirchnerista traducido en déficit, cepo, inflación, pobreza y desempleo, no se sabe si es una concesión o una trampa.

Esta es la foto de lo que puede ser un futuro gobierno de Daniel Scioli. Con final abierto, por supuesto, pero con una certeza: el kirchnerismo no negocia ni retrocede. Aprovecharon la figura del gobernador, simplemente; se juntaron exclusivamente por el objetivo: quedarse. De ellos debiera aprender la oposición si está dispuesta a honrar esa mayoría popular que no quiere la continuidad K.


Tal vez no sea función del ciudadano común reparar en lo que puede venir pero sin duda es exigencia de la oposición que, misteriosamente, omite cualquier referencia a este peligro. No se trata simplemente de la recurrente mención del “país que nos merecemos” y de la necesidad o la voluntad de “un cambio” que no terminan de definir en qué consistiría. Es mucho peor que eso si continúa el kirchnerismo. Nos espera no solamente el atraso económico que ya es endémico; no solamente el maltrato a quien disiente, que también es endémico. Nos espera el atropello institucional de Venezuela más la violencia narco de México. Y nos espera el enfrentamiento interno con los violentos detentando los resortes del poder y la justicia. 

miércoles, 19 de agosto de 2015

Ecuación electoral argentina

Nota publicada el Jueves 13 de agosto de 2015 en "El País" de Madrid



De 70 años, entre 1945, fecha en que Juan Domingo Perón asumió la primera magistratura de la República Argentina y el presente, el peronismo gobernó 37, esto es más de la mitad del tramo. Su responsabilidad, entonces, sobre la decadencia actual no requiere de mayores precisiones.

A las puertas de una elección presidencial y en su rol de principal rival del oficialismo, la necesidad de diferenciarse de quienes han sumergido a la Argentina en los niveles actuales alentó a Mauricio Macri a intentar en los últimos meses un discurso de fuerte contenido antiperonista. Ese atrevimiento fidelizó a un impreciso número de simpatizantes que coinciden con su explicación histórica de la postración argentina. Pero resulta ser que la vida no es una foto y lo que fue, hoy puede no ser. Peronistas versus antiperonistas es la foto del siglo XX.

Si bien el peronismo es exclusivo responsable de haber Introducido conductas tan reprochables como inadmisibles en la vida política nacional, cierto es también que las mismas fueron notablemente contagiosas, al punto de que, en la actualidad, la corrupción no reconoce color partidario, salvo escasísimas excepciones. El hacer y dejar hacer se ha transformado en una modalidad de las clases dirigentes argentinas que, entre guiños y acuerdos, se entienden a las mil maravillas, por lo general, en desmedro del conjunto. En la Argentina, los beneficios de ejercer el poder en cualquiera de sus estamentos son tales que los que llegan conforman un formato muy parecido a la omertá. O tal vez al revés, no suele llegar quien no está dispuesto a hacer o a permitir que se haga.

Ese modelo de captación salvaje del estado para beneficio de unos pocos (lo que en el derecho penal  configura el delito de asociación ilícita) está agotado y hay quienes lo reconocen, aún entre los privilegiados miembros de las dirigencias política y empresarial. Ahora falta comprobar quién está dispuesto a cambiarlo. Porque no se trata de un mero reemplazo de autoridades sino de un cambio de paradigma. 

Así las cosas, si la confrontación peronismo-antiperonismo fue válida en el siglo pasado, en éste ha dejado de serlo. Primero porque el antiperonismo no es garantía de nada especial ni tiene patente de superioridad moral y luego porque el peronismo ha traspasado el tejido social de manera transversal y hoy sobrevive en todos partidos políticos sin excepción.

Plantear la próxima opción presidencial a partir de este antagonismo es poner a la población ante una disyuntiva sin salida pero, además, falaz. Porque hay peronistas en el Frente para la Victoria, pero también los hay en las filas de la coalición de Mauricio Macri con los radicales. Sin profundizar siquiera, el jefe de gobierno electo para el próximo mandato (quien fuera mano derecha de Macri) y uno de los dos senadores del PRO por la capital federal son de extracción peronista. 

La ley electoral argentina prevé un sistema original que se aparta del mundialmente consagrado 50% más uno. Pícaramente cincelada a medida del peronismo, la nuestra dice que el candidato que obtenga el 40% de los votos y una diferencia mayor a diez puntos porcentuales sobre la fórmula que le sigue en número de votos, resulta electo. Scioli está a menos de dos puntos de ese porcentaje: lo votó el 38,4% de los argentinos. El que le sigue es Mauricio Macri, con el 24,3.

El candidato presidencial  Mauricio Macri parece dispuesto a ignorar las ventajas que implica el dicho popular que aconseja “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” y especula con que va a ganar la carrera en el “ballotage”. El miedo de los precavidos es que el Frente para la Victoria consiga evitar esa segunda vuelta y cierre la disputa el próximo 25 de octubre, en la elección general.

La apuesta de Daniel Scioli, su competidor y garante de la continuidad de las políticas y las personas fieles a Cristina Kirchner, es audaz pero no imposible. En las recientes elecciones primarias fue el candidato más votado. Ambos deben salir a buscar más votos de los obtenidos el pasado domingo: Scioli, para llegar por lo menos al 40%. Esa posibilidad que pone al Frente para la Victoria ganando en primera vuelta le exige a Macri hacer todos los esfuerzos posibles para impedirlo.
 
Ahora bien. Un rápido recorrido de los demás candidatos donde deberán abrevar los dos principales contendientes arroja el siguiente escenario: el peronismo no kirchnerrista con distintas etiquetas obtuvo el  22,7% del total de votos en las personas de Sergio Massa (14,2), José Manuel de la Sota (6,4) y Adolfo Rodríguez Saa (2,1). El radicalismo, aliado de Macri, el 5,8.


Esta cuenta básica desmorona el ideal purista del PRO. Despreciar el aporte de ese casi 23% es suicida. Si Mauricio Macri pretende representar al 61,6% de los argentinos que no votó a Daniel Scioli y sueña con el final del kirchnerismo, la coalición electoral amplia se impone. 

lunes, 3 de agosto de 2015

Miedo para todos y todas

Finalmente, el gobierno K y el gobierno PRO acordaron la remoción de Colón de la Plaza Colón
Las mediciones y los pronósticos parecen indicar que hay dos candidatos cabeza a cabeza y dado que las propuestas no han sido, al menos hasta acá, el eje para marcar diferencias, es un ejercicio intelectual descubrir qué herramienta política va a esgrimir cada uno para diferenciarse en el tramo final de la carrera.
Ya no es el dinero el principal problema de las campañas de los candidatos presidenciales. No al menos en el caso de Daniel Scioli y Mauricio Macri. La amplia disponibilidad sobre los recursos públicos ejercida, como se ha visto a través de sendos aparatos de publicidad en sus respectivos distritos, les facilita la viralización de imágenes y consignas. Fotos, colores, globos, carteles, sombrillas y remeras son la cuota inocente de seducción sobre los eventuales votantes, pero es poco probable que con eso solo determinen la decisión de los que faltan.
Se desconoce la estrategia que encararía el PRO para transitar estos meses claves hasta octubre, pero el Frente para la Victoria, sin duda, construye su fortaleza alrededor del miedo.
Trabaja sin descanso sobre el miedo de los de abajo a perder los planes que reparte en su calidad de Estado con la discrecionalidad que caracteriza a los populismos. Acciona sobre sus rehenes, mientras les dice que solo ellos son garantes de la continuidad de la limosna. Lamentablemente para los sectores postergados tampoco eso es cierto, porque, si bien el sistema de dádivas debería abandonarse por perverso, todos los candidatos prometen más o menos lo mismo y solo alguno que otro explica cómo haría para liberarlos del yugo humillante de dar y quitar al compás de las conveniencias electorales.
Pero también el Frente para la Victoria trabaja sobre los sectores más acomodados de la pirámide, que reciben a manos llenas las ventajas de estar del lado del Estado gordo y, como consecuencia inevitable, corrupto. A pesar de su discurso demagógico y falsamente revolucionario, el oficialismo favoreció muchas industrias con proteccionismos varios. Cada uno de sus capitostes sabe perfectamente cuán aceitado tiene los contactos con el poder y, por si flaqueara su determinación a seguir protegidos al calor estatal, el kirchnerismo les mete miedo. Les recuerda que sus funcionarios controlan a la perfección la maquinaria de tarifas subsidiadas, fronteras poco amigables con el comercio internacional, impuestos demenciales a las importaciones para garantizar el “compre nacional”, la falta de competencia que les asegura demanda, “acuerdos” de precios y toda la batería de herramientas discrecionales.
También tienen miedo los empleados públicos que llegaron de a miles de la mano del camporismo, gente sin preparación académica ni técnica para ocupar espacios en ministerios, empresas y reparticiones varias, embajadas, medios de comunicación adictos y demás eslabones del engrosado engranaje de la burocracia estatal. Miedo de ellos y de sus familias, beneficiarias de sueldos con varios ceros que derraman en propiedades, viajes y estándares de vida inusualmente acomodados.
El kirchnerismo reparte miedo para todos como mecanismo para asegurar un piso de votos interesante procedentes de ambos extremos de la pirámide. Es una forma poco convencional de fidelizar clientes.
Los del medio, a su vez, también tienen miedo, aunque es un miedo distinto.
No por nada el mayor rechazo al régimen actual y el lote más numeroso de indecisos se concentra en los sectores medios. Esos sectores medios son el gran motor del crecimiento en las economías sanas. Porque la capa superior de la sociedad suele mirar las crisis de costado debido a los márgenes de estabilidad que provee la capacidad económica. Esos sectores medios tampoco son el otro extremo, esto es, los desenganchados del sistema a quienes el Estado, tarde o temprano, asiste. Son los que, librados a su suerte en materia económica, sin subsidios ni protecciones especiales, viven de sus ingresos mensuales. Pero, además, son el producto cultural de una lógica que el populismo ha masacrado a pura demagogia. Son los que responden a ese sistema de valores que inculca en el individuo la necesidad de asumir responsabilidades, para quienes es mejor estudiar que no hacerlo, porque capacitarse representaba, en esa forma de encarar la vida, la vía del progreso personal. La clase media no come de la mano del Estado ni pretende hacerlo, pero es la más vulnerable a sus excesos. Sin red, se esfuerza por alcanzar sus objetivos y mantenerlos en el tiempo; y en ambas batallas sabe que está sola, en el mejor de los casos, cuando no arrastra la mochila del Estado glotón que le mordisquea parte de sus logros.
Esa clase media, productiva y tal vez la menos contaminada de la sociedad, tiene miedo al kirchnerismo, porque sabe que, frente a ese poder omnímodo, no cuenta con la capacidad de lobby que tienen los sindicatos, los bancos, las cámaras empresarias, los políticos y hasta los pobres. La clase media no tiene vocero, no la defiende nadie, no tiene representación ni en la mesa de negociaciones ni en los medios de comunicación. Está diseminada. Y sabe que, por productiva, el populismo solo repara en su existencia cuando necesita dinero fresco. La clase media es consciente de que Daniel Scioli es más de lo mismo; que tal vez con menos aullidos que Cristina, también le va a meter la mano en el bolsillo y que el despropósito fiscal de esta década lo va a pagar con su trabajo.
La clase media reconoce la degradación reinante. Padece la inseguridad a diario; no usa, porque es deficiente, pero sostiene la salud pública; paga por un servicio que no le prestan, como paga por una educación estatal que tampoco utiliza.
La clase media le teme al peronismo kirchnerista y vive como una amenaza a su calidad de vida y a sus planes de progreso un eventual triunfo K.
Así como el oficialismo capitaliza con gran destreza el miedo que despierta, la fuerza opositora no parece advertir que, tras tantas décadas de discurso populista donde solo hay espacio para los pobres, es hora de levantar la bandera de la clase media.
La prédica populista ha calado tanto que el PRO no se anima a desmarcarse de ese mandato. Con otra estética que impacta solo en las formas, el macrismo insiste con los conceptos de redistribución, gratuidad y asistencialismo, que no son otra cosa que recetas de administración de la pobreza. Trabaja para repartir materiales de construcción en las cada vez más populosas villas de la ciudad a las que, en lugar de erradicar, tiene en mente “urbanizar”, como si fuese posible hacer habitable lo que es indigno de origen. Hasta no hace mucho tiempo, tal era la noción de transitorio que tenían esos lugares para sus habitantes, que “construían” con chapa y cartón. Macri provee materiales y Cristina Kirchner se maravilla de lo que han crecido esos asentamientos. Esa gente no sale nunca más de ahí y es consciente. Tal vez alguna generación anterior también llegó de paso y no logró salir, pero existía la ilusión de progresar. Hoy, no importa el color político de los administradores, la villa no es un escalón, sino un destino.
El PRO dedica muchos recursos a multiplicar las prestaciones “gratuitas” como cualquier administración socialista, sin explicarle a los eventuales beneficiarios que, ante todo, nada es gratuito; que ese no es el ideal; que no se trata de mecanismos virtuosos, sino todo lo contrario; que son producto de la extrema necesidad, que no son una solución, sino un mero paliativo y que es menester crear, ahí sí desde el Estado, las condiciones para que cada padre, cada jefe de familia y cada trabajador cubra de manera personal sus necesidades. Nadie le explica a la sociedad que estas son herramientas de excepción y que el objetivo de los gobiernos no debería ser ampliarlas, sino abandonarlas lo antes posible.
Como el PRO tampoco quiere debatir, no se sabe cuáles serían los ejes del crecimiento en una futura administración macrista. Si la presión tributaria seguiría a toda máquina para mantener el gasto social actual o si habría un cambio en la concepción del Estado. Es tal el silencio que es imposible intuir no solo qué piensa el partido al respecto, sino también, si siquiera lo ha pensado.
El peronismo volcó sobre la sociedad un cúmulo de dádivas que los gobiernos militares y también los radicales mantuvieron intactas. Pero el “cambio” que propone el macrismo, lejos de sugerir recortes a ese modelo populista probadamente fracasado, le agrega innovaciones europeas que aplica con idéntica impronta: gratis, y así el ciudadano que no anda en bicicleta, no manda a sus hijos a la escuela pública ni se toma la presión en la calle paga bicicletas, transporte escolar y estaciones de control de salud. O sea, son servicios gratis para quienes los consumen y pagos para los que no. Es un ejemplo básico de la “justicia distributiva” del populismo que nadie parece dispuesto a erradicar.
La clase media sabe que gran parte del Estado “dador” sale de su bolsillo y que, al no ser ni marginal ni poderoso, en el reparto solo le toca el ABL. La lógica de la clase media se lee con claridad en el voto del electorado de la capital: mientras la opción era PRO contra Frente para la Victoria, no dudó y el oficialismo porteño superaba el 60 % de las preferencias. En cuanto apareció una opción no K, se produjo una severa merma de ese porcentaje. Tampoco sabe a ciencia cierta si va por el buen camino, simplemente esa población está buscando; rechaza la corrupción, la venalidad y la manipulación del poder central, pero tampoco se encuentra del todo interpretado por el PRO.
El macrismo ha sobrevivido una década sin definirse ideológicamente. Tal vez sea hora de atreverse a hacerlo y decirles a los pobres que no está en sus planes abandonarlos a su suerte, pero también dirigirse a ese lote castigado de anónimos que luchan cada día por no retroceder, y prometer representarlos. Sería una novedad revolucionaria y, probablemente, el comienzo de un proceso de auténtica sanación social.

sábado, 20 de junio de 2015

No hable que nadie escucha


“Después de Mao, nunca había llegado tan lejos un maoísta” reflexionaba un colega, cuya ocurrencia nos hizo sonreír aún frente a un panorama desolador: el desembarco de Carlos Zanini en la fórmula de Daniel Scioli ratificaba las especulaciones; Cristina Fernández, La Cámpora y el kirchnerismo entornarán al imbatible e incombustible gobernador de la provincia de Buenos Aires.

Justo es reconocer el titánico esfuerzo que hizo el oficialismo duro para torcerle el brazo; intentó por todos los medios construir un candidato alternativo, más digerible a su selectivo estómago. Querían un K puro. Pero también hay que reconocerle al “cristinismo” la habilidad de saber cuándo negociar. Y eso que es una actividad infrecuente para el oficialismo. Sin embargo y sobre el filo, hizo un par de movidas estratégicas con la mirada puesta en el objetivo peronista por antonomasia: conservar el poder. 

El kirchnerismo tiene características propias. Es, en su base, peronismo clásico: populista, discrecionalidad, con rasgos autoritarios, y una cierta debilidad por el poder sin límites. Por eso descree de la labor de la justicia que no es “militante, de los medios que no son adictos y de las personas independientes. Para el peronismo y su desprendimiento, el kirchnerismo, la libertad no es un valor absoluto y, por ende, tampoco los derechos individuales. El peronismo es la reivindicación del estado corporativo que admiró Perón y cuyo formato copió del mussolinismo. Sobre ese piso, el kirchnerismo absorbió los elementos terroristas de los ´70 de primera y segunda generación y en la actualidad se mezclan entre sus filas los Kunkel con los Wado de Pedro. Los extremistas que acogió a lo largo de su historia habían sido, hasta Kicillof, elementos escasos y marginales de la construcción política, por lo general resistidos desde adentro y nunca del todo incorporados.  En este estadío peronista, los trotskistas, leninistas, maoístas y marxistas de todo pelaje dejaron atrás la marginalidad de la militancia inicial, dejaron atrás la clandestinidad de la subversión posterior hoy ocupan el centro de la escena. “Cosas vedere, Sancho, que non credere”.

Buscando en el fondo del placard una mirada optimista a lo que nos pasa, se podría esgrimir que las cosas están a la vista. Inmodificables pero explícitas porque quien hayaseguido la política de la última década habrá comprobado la rigidez K y el caso omiso que hizo siempre a sugerencias y/o críticas hasta de los propios que suelen advertir: “A Cristina no se le habla. Se la escucha”. Su rumbo es su rumbo y no es lo más importante; es lo único que importa.

Ahora bien, dado que otro legado K es la división del país en “ellos y nosotros” y según la reciente descripción, con “ellos” no hay nada que hacer, la zozobra es lo que hay enfrente de ese peronismo sin sorpresas en el fondo pero con preocupantes y novedosas señales de radicalización.

Y enfrente de eso emerge una fuerza política con elementos nuevos y viejos, con una apariencia inofensiva y cordial pero cuya receta también es la polarización, una réplica del “ellos o nosotros” menos extrema o, tal vez, menos explícita. Una de las principales banderas del PRO fue el caudal de gente sin militancia que aportaba a la política. Si eso significa que vienen sin mañas, es bueno. Si significa que carecen de experiencia, es malo. Porque la historia está plagada de ejemplos que demuestran las ventajas del entendimiento. Acuerdo no siempre es sinónimo de componenda.

El PRO, liderando una coalición, aparece como la única posibilidad para evitar más kirchnerismo y se resiste a asumir esa responsabilidad. Aislado entre propios, le dice que no a intentar por todos los medios la derrota del oficialismo. Su estratega ecuatoriano los convenció de que es mejor perder solos que ganar con otros pero no se trata de una simple elección. Estamos asomados a un precipicio de autoritarismo que nos alejará definitivamente del mundo y quedaremos a merced del kirchnerismo y su puñado dealiados: Rusia, Irán, China y Venezuela. 

El PRO se niega a abandonar su discutible “purismo” y su actitud inflexible a pesar de la inminencia del peligro. Esa intransigencia ¿a qué remite? Cuando Mauricio Macri califica de “presiones” la opinión de quienes sugieren como superadora la opción de alcanzar una coalición opositora amplia ¿insinúa que los sectores que así lo manifiestan no debieranhacerlo? ¿No habría que decirle a los políticos que nos conducen lo que pensamos si disgusta? ¿Habría que solamente escuchar? Eso ¿a qué remite?

Fuerzas encerradas en sí mismas, fuerzas que consideran un agravio las opiniones adversas y fuerzas incapaces de acordar por encima de sus intereses de parte son fuerzas sectarias. Y son fuerzas dañinas para la república.

El desafío argentino está planteado. Habrá que elegir entre ukirchnerismo que “va por todo” y un macrismo empacado en “solos 
nada”. Será elegir entre dos sectarismos porque todo indica que uno de ellos va a ganar. Muy posiblemente sea peor la continuidad oficialista pero es bueno advertir desde ahora que ninguno, en la práctica, está dispuesto a abonar el camino de las instituciones.