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2da Edición

jueves, 7 de agosto de 2014

Las alianzas sólo favorecieron a la izquierda



El intento de moderación al menos “estética” sobre los elementos de izquierda recalcitrante en orden a hacer posible su incorporación a una alianza de partidos no es una idea original de Elisa Carrió. Por lo tanto, hay mucho de “acting” en aquellos que se espantaron del socio con el que conformó UNEN. El antecedente inmediato del comunismo-castrismo sumado a partidos menos extremos es el FREPASO y antes, el Frente Grande y en ambos casos tuvo a Pino Solanas como protagonista.

El Frente País Solidario (FREPASO) nació en 1994 con la suma de varios partidos y se disolvió hacia fines de 2001 cuando el máximo exponente de esa fuerza, Carlos “Chacho” Alvarez renunció a la vicepresidencia de la Nación.

Su raíz fue el Frente Grande, formalmente presentado en sociedad por Alvarez en el Café Tortoni en abril de 1993 luego de que un grupo de dirigentes peronistas abandonara el PJ con serios cuestionamientos ideológicos hacia la conducción del entonces Presidente Carlos Menem. Fueron los diputados que se separaron del bloque y formaron el Grupo de los Ocho.

En 1991 habían conformado el Frente para la Democracia y la Justicia Social (FREDEJUSO) con otras fuerzas como el Partido Intransigente (PI), la Democracia Popular, el Partido Humanista y el Partido Comunista. Dos años después, sumaron a la izquierda democristiana (Humanismo y Liberación), a Carlos Auyero y a Pino Solanas con su Frente del Sur. Así llegaron al Congreso “Chacho” Alvarez y Graciela Fernández Meijide por Capital y el propio Solanas representando a la provincia de Buenos Aires.

El Frente Grande se definía a sí mismo como la “izquierda democrática”. Esa auto descripción es interesante y valiosa porque, implícitamente, reconoce la existencia de una izquierda no democrática y, aunque se trate de una verdad de Perogrullo, en boca de los protagonistas adquiere relevancia histórica.

Esa pátina de moralidad que de manera sistemática se arroga la izquierda le deparó al Frente Grande muchas satisfacciones, como un impensado caudal de votos en las elecciones para la Convención Constituyente convocada por el presidente Menem en 1993. Ello determinó que esa flamante fuerza política tuviera particular injerencia en el adefesio de reforma que vio la luz tras el toqueteo al que fue sometida la Constitución de 1853 y del que participaron, justo es reconocerlo, todos.

 Mientras tanto, el reacomodamiento del PJ continuaba. José Octavio Bordón abandonó el peronismo en 1995 y formó su propia fuerza (PAIS) que luego incorporó al Frente Grande. De esa sociedad de partidos nació el FrePaSo (Frente País Solidario).

Dos años después, el FrePaSo selló alianza electoral con la UCR con el objetivo de derrotar al peronismo, medianamente homogeneizado tras la figura de Carlos Menem. Ese mismo año, 1997, se impuso en la elección de mitad de término y se quedó con la mayoría de los cargos legislativos en juego.
Todos aportaban dirigentes. Nilda Garré, por ejemplo, llegó a ese espacio de la mano de Bordón. Eugenio Raúl Zaffaroni fue diputado del FrePaSo en la Ciudad de Buenos Aires desde 1997 al 2000 y Presidente del bloque desde 1997 a 1999. 

“Chacho” Álvarez encabezó la lista triunfante en la Capital Federal y Fernández Meijide en la provincia de Buenos Aires, donde venció a la candidata del Partido Justicialista, Chiche Duhalde. A comienzos de 2000 el también frepasista Aníbal Ibarra resultó elegido en primera vuelta Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por la Alianza con el 49% de los votos frente al 30% de Domingo Cavallo. El FrePaSo integró, también, el gobierno de la Alianza (1999-2001) con los resultados tristemente conocidos.
El reemplazo de Alvarez por Ibarra al frente del partido produjo una crisis interna que se resolvió con dispersión: algunos se mudaron al ARI y otros volvieron al peronismo, para entonces ya trasvestido en kirchnerismo.
Pasados los años y con la perspectiva que eso otorga, el Pacto de Olivos (1993/4) también puede considerarse una alianza, aunque más o menos encubierta. En ese caso, el peronismo liderado por Carlos Menem y con la anuencia de los encolumnados tras él, como los Kirchner por ejemplo, celebró con el radicalismo en la persona de Raúl Alfonsín, un intercambio de “favores” políticos, una repartija que implicó la posibilidad de la reelección presidencial para uno y la elección del intendente porteño más la invención del tercer senador en ese mismo distrito, para el otro. En el momento pareció un arreglo win-win. El tiempo demostró que es difícil negociar con el peronismo y llevarse un beneficio permanente. Pareciera que la trampa inexorablemente viene dentro del paquete. O de la genética peronista.

Menem efectivamente consiguió la reelección, según los planes. El mecanismo de elección popular del cargo que pasó a llamarse “jefe de gobierno” recayó, también según las previsiones, en un radical.  Y el tercer senador “por la minoría” para la minoría duró una elección,  hasta 2003 cuando el peronismo hizo la gran avivada de desdoblarse en varias líneas internas y colonizar todas las bancas, por la mayoría y por la minoría salvo aisladas excepciones, de allí en adelante y no sén el distrito capital.

De nacer en la Argentina, Francis Fukuyama no hubiese escrito “El fin de la historia y el último hombre” pues hubiera comprobado que por estos pagos no está aceptado que la única opción viable para el progreso de los países es el liberalismo democrático. Su error es considerar que esa premisa se acepta de manera universal como verdad incuestionable y desconoce que lo que él califica de “fracaso del comunismo” aquí goza de buena salud.

Desembarcado el peronismo kirchnerista siguieron las alianzas. De hecho la integración del denominado Frente para la Victoria varió según el distrito electoral. Como un antibiótico, cubre un amplio espectro: peronismo, centro-izquierda y algunos dirigentes de la Unión Cívica Radical (UCR), conocidos como Radicales K: el gobernador de Santiago del EsteroGerardo Zamora, o el misionero Maurice Closs para dar algunos ejemplos. Además, sumó dirigencia disidente de partidos formales que integran el FPV, como el socialismo, la democracia cristiana y el comunismo. En síntesis, el FPV está integrado por el Partido Humanista, el Frente Grande, el Partido Comunista, el Partido Intransigente, el Partido de la Victoria, Proyecto Popular, el Partido VerdeConvergencia K, entre otros.

Algunos, por el contrario, se alejaron: PAIS formó parte del FPV hasta el 2007 y desde entonces integra la Coalición CívicaLibres del Sur, actualmente forma parte del FAP (Frente Amplio Progresista).
Otra alianza: el FAP que, a su vez, se conforma del mencionado Libres del Sur, el GEN, el Partido Socialista y el Partido Nuevo de Córdoba.

La elección de 2013 impulsó otra alianza de partidos un tanto disímiles: convocados por Elisa Carrió, nació UNEN, un rejunte de socialismo, socialdemocracia, radicalismo, progresismo, ecologistas y comunistas y/o ex comunistas que contiene de Alfonso Prat Gay a Pino Solanas y de Victoria Donda a Rodolfo Terragno. Como si esto no alcanzara, en 2014 esos mismos integrantes más algunos dirigentes históricos de la calesita política nacional presentaron en sociedad a FAU (Frente Amplio UNEN), un mix entre el Frente Amplio Progresista (FAP), la UCR y UNEN.

A grandes rasgos, las mencionadas son las alianzas más relevantes de los últimos treinta años.

Si el lector ha logrado llegar hasta esta instancia de lectura merece, para empezar, un explícito agradecimiento a tamaño esfuerzo y un reconocimiento a su impecable estado digestivo. El punto es que, si cansa leer semejante secuencia, cuánto más abruma haberla vivido. Y peor, concluir la poca utilidad que han brindado a la ciudadanía.

Este paneo permite visualizar las mismas caras deambulando por los distintos engendros eleccionistas. Y quedan claras varias moralejas: que se juntan cuando perciben debilidad; que arman alianzas sin contenido filosófico definido y a veces hasta contradictorio y la más seria: que la totalidad de las experiencias aliancistas de las últimas tres décadas giran alrededor del socialismo y las izquierdas. Esas alianzas han potenciado propuestas ideológicas históricamente minoritarias dentro de la escena política argentina. Y han conducido al electorado a votarlas.

Por eso carece de rigurosidad y hasta resulta algo “careta” que el público se rasgue las vestiduras hoy cuando ve a Carrió y a Solanas compartiendo escenario, si acompañó con su voto la vigencia de los elementos de extrema izquierda colados en los distintas propuestas de las últimas décadas.

La centro derecha, en cambio, ha desaparecido como oferta electoral pero no necesariamente por falta de simpatizantes sino por ausencia de dirigentes que levanten la bandera de la libertad. Los partidos y grupos de partidos que hoy son opción prefieren hablar de igualdad, de redistribución y de equidad. Algunos porque creen que la libertad no es una conquista cotidiana y entienden que está garantizada; otros, porque no la consideran el principio que rige la vida en sociedades evolucionadas.


Lo cierto es que el discurso populista ha cooptado la política argentina. Mientras eso pasa, nos aprestamos a jugar (nunca tan literal el término para describir la acción) otras primarias y otra elección nacional donde elegiremos más estado, más demagogia y más calesita.

martes, 15 de julio de 2014

Boudou es nuestro


El único sentido que se le puede otorgar a los sucesos negativos de la vida es capitalizarlos como experiencia. El procesamiento del vicepresidente de la Nación es, sin lugar a dudas y más allá de cómo termine, un hecho tan histórico como lamentable. La Argentina, una vez más como en las últimas décadas, vuelve a ganar la tapa de los diarios del mundo por un escándalo. Venimos siendo noticia porque nos negamos a pagar nuestras deudas y lo festejan los legisladores en el recinto; porque incumplimos los acuerdos comerciales celebrados con otros países; porque tenemos uno de los mayores índices de inflación del mundo; porque el vandalismo se apodera de nuestras calles ante la mirada impasible de las fuerzas de seguridad; y ahora, porque el presidente del Senado es acusado de corrupción y cohecho.
Metabolizadas la bronca del oficialismo y la satisfacción del resto, es hora de hacerse cargo, no de la culpa que no sirve para nada sino de las responsabilidades que nos caben. El 54% de nosotros eligió a Amado Boudou, le dio mandato, lo hizo vicepresidente. Seguramente una proporción no menor de ese lote puebla hoy las marchas contra la política oficial. Entonces, que no empiecen las excusas porque aún en 2011 cualquiera que quisiera podía ver en Boudou el impresentable que es.
En el reparto social de roles, el periodismo se ocupa de describir la realidad y, como una suerte de foco, intenta iluminar los desvíos para que, quienes tienen la posibilidad y el mandato de operar sobre los hechos, modifiquen el rumbo. Ellos son, concretamente, la política y la justicia.
Hace años que me dí por vencida con el kirchnerismo y, por extensión, con el peronismo puro. No tienen arreglo, en esencia, porque no quieren tenerlo; porque se aferran a sus errores y a una retórica falaz que declama su amor por los pobres pero que no ha hecho otra cosa más que multiplicarlos para usarlos. Un día decidí no invertir más tiempo en describir sus inconductas y dedicarlo a la porción de la sociedad que, equivocada pero de buena fe, lo consume.
El peronismo alentó la inmadurez social; ante cada fracaso colectivo liberó a la gente de la responsabilidad y le señaló un culpable. Así, los argentinos nos acostumbramos a ir por la vida sin mochilas. La deuda es producto de los malos de afuera que nos prestan plata; la pobreza, de los ricos que no reparten; la delincuencia deviene de la desigualdad y así sucesivamente. Carlos Menem nos engañó y Fernando De la Rúa también. A Boudou no le conocíamos el "pedigree" y hasta que apareció Jorge Lanata nadie sabía que la gente se muere de hambre en varias provincias.
Es una receta cómoda pero no parece haber resuelto los problemas. Lejos de eso, nuestras instituciones están heridas de muerte; el público, y con razón, no cree en su dirigencia; es difícil imaginar un poder político más desacreditado que el actual; los empresarios gozan de una bien ganada desconfianza pues se les achaca haber colaborado con el sistema de corrupción instalado; la justicia no escapó a la debacle y se toma como habitual que las causas complicadas no se resuelvan nunca o demoren décadas. Nadie cree en nada en la Argentina, tanto que la sociedad ha depositado en el periodismo la función de controlar a los poderes del Estado.
Es hora de que nos hagamos cargo del rumbo que lleva la Argentina, que nos hagamos cargo de Amado Boudou; Boudou es producto nuestro. Las cosas no pasan porque sí. Este escalar de la corrupción no es súbito, es un proceso lento que implica la complicidad de millones de personas que, por acción u omisión, han acompañado y que hoy desemboca en un vicepresidente con semiplena prueba de ser un delincuente.
Los menemistas se conforman diciendo que el kirchnerismo robó mucho más; los radicales aducen “yo no fui”; el PRO suele silbar y mirar para el costado cuando de definiciones categóricas se trata. Pero ninguno está en condiciones de arrojar la primera piedra. Si no acompañaron estatizaciones aberrantes o proyectos invotables, protagonizaron ausencias estratégicas a sesiones clave.
Es altamente improbable que de cualquiera de ellos salga quien nos diga y nos haga decir la verdad porque la buena costumbre debería empezar por casa y ningún dirigente político está dispuesto a abandonar sus privilegios de casta. Por eso, otra vez, el periodismo deberá tomar la posta. Como dijo George Orwell, “periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa; el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar”.
Desde esta columna esa es la propuesta. Molestar al ciudadano de bien diciéndole que no se pasa de Juan Bautista Alberdi a Boudou en una sola movida. Hay estaciones intermedias en las que muchos de los indignados de hoy, se bajaron. Cada uno que baraja una prebenda, cada uno que aprovecha la laxitud del sistema para “hacer la suya”, remó hacia estas costas, sin querer probablemente, inconscientemente, sin identificar que la acción aislada también suma.
Hoy, que no queda margen para hacerse el distraído, deberíamos probar aplicando la receta de la responsabilidad individual.

jueves, 3 de julio de 2014

La votación del bochorno



Antes de empezar esta nota le sugiero que abra el attach: (http://www1.hcdn.gov.ar/dependencias/dselectronicos/actas/2014/132OT06_12_R11.pdf)   y   lea   con detenimiento el nombre de los diputados, cada voto afirmativo y le sugiero, además, que se detenga en las ausencias, que también hablan por sí solas.

Siete sobre doscientos cincuenta y siete diputados se animaron de decir que el pañuelo blanco de las madres de plaza de mayo no representa un símbolo patrio. Patricia Bullrich y Silvia Majdalani (PRO); Elia Lagoria (Trabajo y Dignidad de Chubut, el partido de Das Neves) y Mirta Tundis, Laura Esper, Azucena Echosor y Liliana Schwindt (Frente Renovador). Sesenta y nueve de nuestros representantes estuvieron ausentes y el resto votó de manera afirmativa. Vaya el reconocimiento expreso a esas siete mujeres que se animaron.

El proyecto, idea del oficialismo, fue acompañado por representantes de la izquierda, el socialismo, el GEN, el radicalismo, el partido Demócrata de Mendoza, Trabajo y Dignidad de Chubut y el PRO.

A modo de nota de color, vayan algunos de los ausentes: Lousteau, Carrió, De Narváez, Laura Alonso, Stolbizer, Massa, Triaca, Facundo Moyano, Donda, de Mendiguren, Cobos, Graciela Caamaño, Aguad, Insaurralde y Alfonsín. Paradójicamente, son caras que tienen asistencia perfecta en la televisión; casi que les cabría el mote popular de “caretas”.

Justo los más televisivos son los que no estuvieron donde ayer debían estar. ¿Cómo escucharlos de ahora en más sabiendo que pueden volver a ausentarse si el tema a tratar los incomoda? ¿Cómo no suponer que evitaron definirse y prefirieron pegar el faltazo? ¿Cómo votar en el futuro una lista que los vuelva a llevar a la Cámara? ¿Cómo confiar en ellos? ¿Para qué queremos representantes que no están para las batallas difíciles?

No resulta una sorpresa que las diversas izquierdas hayan acompañado y con alegría, el proyecto K. Son los mismos que estatizaron cuanta cosa les propuso el gobierno kirchnerista y estuvieron siempre con ese denominado movimiento de derechos humanos que empezó agitando la bandera de la vida y la justicia y terminó envuelto en estafas reiteradas sobre fondos públicos apañado por los funcionarios. La izquierda y el oficialismo vienen avalando la denegación de justicia sobre cientos de detenidos que arrumban de manera inhumana en cárceles sobrepobladas, esperando el final de procesos judiciales viciados, en amplia violación de todos los pactos internacionales a los que el país adhiere.

De ellos sólo se puede esperar más arbitrariedad y más sed de venganza. Muchos son asesinos confesos. Vaya si les pueden importar los símbolos patrios. El tema es el resto, la ¿reserva moral?

Del macrismo levantaron la mano por las Madres de Plaza de Mayo Pinedo, Sturzenegger, Miguel del Sel, los PRO-futbolistas Baldassi y Mac Allister, el PRO-rabino Sergio Bergman, Tonelli, Gribaudo y las desconocidas Cornelia Schmidt, Soledad Martinez y Gisela Scaglia. El radicalismo también aportó sus laureles en las personas del ruralista Buryaile, el ex fiscal Manuel Garrido, Eduardo Costa, Cano y Barletta entre muchos otros.

El debate que se planteó entre el público casi sin interrupción desde que esa aberración fue convertida en ley, fue si estos diputados lo han hecho por convicción o por lucir “políticamente correctos”. Ojalá fuese la segunda opción. Gente sin principios sería menos compleja de remover. Sin embargo, es de temer que se trate de su íntima convicción ideológica, que tengan la cabeza quemada por la prédica falaz y la ignorancia y no sepan diferenciar entre una causa justa y las trampas que el marxismo nos tiende.

Hemos retrocedido otro paso en el trayecto hacia la república. La duda y ya a esta altura el miedo, es saber cuántos tenemos como objetivo esa estación.  

lunes, 16 de junio de 2014

Los buitres favorecieron a Boudou


De lo que va del año, estos son los mejores días para Boudou. Las noticias le dieron respiro. Lo sustituyeron por los buitres.

Doce horas nos duró la euforia futbolera. Nos fuimos a dormir con una sonrisa y nos estaban esperando para amargarnos la fiesta. El lunes siguiente al debut del equipo argentino en la copa del mundo, la Corte Suprema norteamericana nos sacudió feo al rechazar la apelación presentada por nuestro país en el larguísimo litigio que tenemos con acreedores de la deuda impaga.

Hasta el timing esta vez nos jugó en contra, porque de conocerse el fallo el viernes anterior, la mala noticia se hubiese licuado entre el fin de semana y el partido de futbol de la selección argentina. Pero no. Estos tipos son tan perversos que lo dieron a conocer el lunes. Chau alegría. Ahora, salvo Canal 7 que sigue transmitiendo tonterías desde Brasil, los medios están abocados a analizar probables consecuencias de tamaño tropezón judicial.

Seis horas después de conocerse la noticia la única reacción del gobierno argentino fue anunciar una cadena nacional para las nueve de la noche. Eso estaría indicando la estrategia a seguir: enojarse con la justicia americana y de ahí, “linkear” con el proyecto nacional, la victimización y el revoleo de culpas. Más de lo mismo.

Lo cierto es que estamos en una encrucijada grave. O pagamos o se nos cae la estantería completa, lo que es decir mucho. Esto viene a desmentir a quienes sostienen que ya lo habíamos visto todo. No señores; esto todavía puede empeorar. Como bien acotó Roberto Cachanosky en Twitter, el gobierno tenía la intención de “patear” el problema al próximo y no le salió.  

Hasta acá, kirchnerismo puro; desastroso pero previsible. Ahora es tiempo de analizar a la oposición. Porque no eran sólo K los que fueron a Washington a dar vergüenza. Había gente del radicalismo, de Massa y de Macri. ¡Qué momento! Si para implorar estuvieron alineados con el oficialismo, no estaría bien que ahora saltaran de vereda y lo dejaran solo. Cabe suponer, entonces, que efectivamente lo van a acompañar en las malas como lo hicieron en este tour de política y compras a los Estados Unidos. Vendrían a configurar un Congreso esquizo, que aplaudió el default, luego aplaudió pagar en dos oportunidades (con Néstor Kirchner primero y recientemente con Cristina Fernández) y ahora de nuevo se resiste a devolver plata prestada. A esto hay que agregar el ingrediente de ignorar el fallo judicial americano. Porque en la Argentina nos parece cotidiano que el Poder Ejecutivo ignore lo que disponen los jueces pero no es así en el mundo civilizado.

Dada la independencia de poderes que rige en otras latitudes, era esperable un fallo adverso, como es esperable el “yo no fui” kirchnerista. Casi nadie alienta esperanzas de que algo bueno venga del kirchnerismo. ¿Qué se puede esperar del burro sino una patada, no? Lo peor de los últimos tiempos es la inacción o la acción deficiente del resto. Hoy hay otro escenario en el que, seguramente, tampoco habrán de estar a la altura de la necesidad. Es muy probable que se abroquelen en la corporación que los contiene.


Y en ésta ni siquiera cabe gritar un “Yankees, go home” porque hace tiempo nos hicieron caso y prácticamente no quedan inversiones americanas significativas en la Argentina. Como un scketch, somos nosotros los que fuimos a Washington. A varios miembros del Honorable Congreso se los vio abasteciéndose de productos de difícil acceso para los que vivimos en el país. El lote de diputados que viajó a hacer lobby por el gobierno más incumplidor de la historia trae de vuelta una monumental derrota y los electrónicos que se compraron.  Los electrónicos, para ellos; la derrota para todos y todas.

jueves, 15 de mayo de 2014

Argentina sólo censura la libertad


La sociedad argentina, cuando atraviesa uno de esos ataques espasmódicos de defensa de la libertad que suele padecer de tanto en tanto, reclama por un ícono: el derecho a decir. Y confunde, exagera, se equivoca y hasta ensucia un poco las legítimas luchas que sostienen otros pueblos auténticamente censurados y silenciados que llegan a dar sus vidas por pronunciar en voz alta la palabra “Libertad”.

Lo nuestro no es censura. La Argentina no sufre censura oficial desde épocas del primer peronismo. De censura y persecución puede dar una clase magistral “La Prensa”, el diario más antiguo del país, que sintió el rigor del autoritarismo peronista por decir la verdad. Eso es censura. Y también es censura lo que vive hoy el pueblo venezolano; el cierre de medios de comunicación por orden del régimen con el objetivo de negar a los ciudadanos su derecho a informarse. Eso es censura.

No es censura que una emisora o un canal decidan elegir sus caras y sus voces y decidan descartar empleados como el dueño de cualquier otro negocio. Eso es libertad de empresa. ¿La sociedad reclama, acaso, por el despido o la no contratación de un ingeniero o de un pintor? ¿Cuál sería la diferencia? El propietario tiene el derecho de disponer de lo que le pertenece. Pero claro, como la libertad es un principio indivisible, se comprende o no.

Llevamos acumuladas décadas de una instrucción escolar deficiente, agregadas a una importante brecha entre los chicos que acceden a colegios privados, de mayor calidad educativa, y los millones que deben conformarse con la escuela pública en las que se vuelven rehenes de la contienda política entre el gobierno y los gremios. Por diferentes circunstancias, ambos grupos alcanzan la mayoría de edad con una pobre noción de lo que significan los derechos individuales; unos porque viven un contexto en el que no se plantea riesgo a sus vidas protegidas y previsibles, y los otros porque no les enseñan que el primer derecho humano es la vida y unida de ella, la libertad.

La educación pública se llenó del populismo que abunda y abruma.  Entre las carencias educativas argentinas encabeza el desprecio por la libertad, eje de un sistema de valores que privilegia la división de poderes como garantía de su limitación y garantiza la única igualdad válida en una república: la que hace a los hombres valer lo mismo ante la ley. El resto es populismo.

La Argentina no padece censura. El gobierno no persigue a los periodistas opositores, no cierra canales de televisión ni emisoras de radio, no le saca el trabajo a nadie. Por supuesto que desprecia la opinión ajena y manipula la obesa pauta publicitaria oficial que controla gracias a un Congreso complaciente que sabe que los gobiernos pasan y ese jugoso mecanismo de amansamiento queda a disposición del siguiente.

La clase política no desarma el millonario negocio de la propaganda gubernamental a la espera de heredarlo. Mientras tanto, se presta al juego de poblar los canales de televisión con críticas al oficialismo que no se condicen con los alineamientos que luego se tejen en los recintos legislativos. Todos pueden decir lo que piensan y muchos dicen lo que no piensan en los oligopolios mediáticos que construyó Carlos Menem.  Aparecen todas las caras y las voces, circunstancialmente con uno u otro sombrero según caliente el sol. Los únicos excluidos son los que defienden la libertad. Después, es posible ver y escuchar a cualquiera, incluidos los dueños del desastre.

Las emisoras no se cansan de replicar las voces de los que nos trajeron hasta acá, coyunturalmente mudados a la vereda de enfrente, explicando cómo se sale de las crisis que ellos provocan. Y el dato alarmante es la velocidad con que los “malos” se reciclan. El sistema solía ponerlos en capilla por algún tiempo. Últimamente saltan de empujar impuestos confiscatorios a denunciarlos en una elección.

Es hora de reclamar la palabra “libertad” en el discurso de la clase dirigente. Una vez que se les haga costumbre, habrá que exigirles que la practiquen.