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2da Edición

martes, 10 de marzo de 2015

¿Que se vayan todos?




"Que se vayan todos! Que se vayan todos! Pero, al final, el único nuevo soy yo” solía repetir Mauricio Macri recién desembarcado en la contienda partidaria. Y un poco de razón tenía. En verdad, allá en el comienzo del siglo algunos nuevos más se sumaron pero cierto es que los “viejos” volvieron todos.

La fuerza que lideró el millonario fue una esperanza concreta que emergió con una energía directamente proporcional a la expectativa que generó. Para mejor, su idea-fuerza era “Somos jóvenes y nunca militamos” con lo que venía a distinguirse de los no tan jóvenes y profesionales de la rosca política. Con esas dos banderas obtuvo la adhesión de un par de generaciones que, con él, se inauguraron en esto de la participación en la cosa pública.

Luego, cerca de alcanzar el ejercicio del poder real, Macri incorporó otro slogan: “Lo importante es la gestión”. Esa mirada de la tarea que le esperaba y una debilidad expresa por el marketing político marcaron sus administraciones. Emprender actividades de alta visibilidad y comunicarlas con el sello de su gurú estrella vinieron de la mano y cruzaron toda la era amarilla.

Pero el estallido del 2001 no responde a “la gestión”. El país no voló por el aire por una mala gestión, ni siquiera por la acumulación de varias gestiones defectuosas. La historia del mundo está plagada de ejemplos de malas gestiones y en ningún caso implicó quedar al borde de la disolución nacional. Nuestro punto débil fue la ausencia de un marco institucional, de los pilares que garantizan la sobrevida del sistema. Nada evitó el derrumbe porque las instituciones no tenian la solidez suficiente para contener y encauzar la crisis.

Ni Mauricio ni sus colaboradores percibieron esta diferencia esencial y desde entonces construyen a partir de ese enorme error de análisis que los llevó a sobreestimar las formas sobre el fondo, la bicisenda sobre el impulso a la democratización interna de los partidos, los festivales callejeros gratuitos (para los que los consumen) sobre la transparencia en la administración de los recursos públicos o las playas y sombrillas en las plazas porteñas sobre la promoción de un orden político distinto.

Una década despúes de haber ingresado en la contienda política, el macrismo está flojo de slogans. Ya no son tan jóvenes, adquirieron experiencia de militancia y se ha comprobado que, en ciertos momentos de un país, hay temas más importantes que la gestión. El que les tocó a ellos fue uno de esos momentos. Tal vez un politico experimentado lo hubiese reconocido de inmediato. Aquella debacle reclamaba reconstrucción social y, fundamentalmente, moral; además, era oportuno porque la sociedad estaba permeable para acompañar y un producto político nuevo tenía altísimas posibilidades de tener éxito.

Sin embargo, el macrismo, en lugar de ofrecer un modelo distinto, optó por subierse a la calesita que viene girando hace décadas. Eligió a sus dirigentes a dedo, a dedo armó las listas y los amigos jugaron un papel decisivo a la hora de las decisiones. La consecuencia directa de esas prácticas es el alejamiento de quienes no están dispuestos a engrosar las filas de una fuerza política que desalienta la competencia interna. No hubo formación de cuadros, el “cursus honorum” no se puso en funcionamiento y las pruebas están a la vista: más de una década después de aparecer en el horizonte político, el macrismo, aún circunscripto a su distrito de origen, no busca los candidatos entre su propio semillero de militancia sino en las canchas de futbol y los estudios de televisión.

Ese mecanismo, que se hubiese podido disculpar en sus inicios, años después marca una falencia grave: no se trata de una forma excepcional de resolver la necesidad puntual de un partido nuevo en expansión sino que es una forma de hacer política. No es una excepción sino una elección. Eso, una conducta errática a nivel legislativo y la fascinación por permanecer en la función pública los pone en un plano de igualdad con la clase política que nos llevó al incendio del 2001.

Casi una década administrando una ciudad emblemática como Buenos Aires sumado a un grupo interesante de diputados nacionales, el PRO no logró marcar diferencias institucionales profundas ni provocar efectos beneficiosos en el sistema político argentino.

En términos institucionales ¿estamos mejor que antes del macrismo? ¿Sirvió a la república su aparición? ¿Evitó desvíos? ¿Ejerció una influencia virtuosa? ¿La nación es mejor con ellos? La respuesta queda para la reflexión personal.

Es más, la inexperiencia en términos partidarios de Mauricio Macri y la de sus máximas figuras los hacen incurrir en errores políticos con consecuencias impredecibles para ellos, su espacio y el país. Tan de Mauricio es el partido que a nadie sorprendió los titulares que anunciaban “Macri habilitó a Michetti a competir en Capital”. Hasta donde sabemos, quien la habilita es la ley. Alguno dirá que el jefe de gobierno tiene merecido este tropezón por haber malacostumbrado a Michetti a alcanzar, a dedo, la postulación a los cargos que pretendía. Es la vieja historia del invento que complica al inventor.

Ahora la pelota la tienen sus simpatizantes que, hasta el presente, nunca reprocharon al PRO que calcara el comportamiento de sus pares en cuanto al personalismo interno y tampoco castigaron a Gabriela Michetti por abandonar los cargos después de pedirle a Macri competir por ellos y a la población, el voto para obtenerlos. En 2009 renunció a la vicejefatura de gobierno para ser diputada y ahora está dispuesta a dejar la banca de senadora para ser jefe de gobierno. Estas prácticas, habituales entre los históricos, no debería haberlas copiado un partido nuevo con gente nueva. Esa película ya la habíamos visto.

A las puertas de una interna que va a desgastarlos innecesariamente, el PRO vuelve a equivocar el foco. Hace una década no era la gestión el peor de nuestros males y hoy tampoco es momento de personalismos; parecen transitar la enfermedad de los partidos viejos: mirarse el ombligo. A menos que las diferencias que enfrentan a Michetti y Rodríguez Larreta sean más profundas que cuestiones estrictamente personales y le den sentido a esa pelea. Si es así, sería hora de saberlo.

Mientras tanto, nadie parece advertir allí que la Argentina enfrenta el grave peligro de continuar en este proceso, estéticamente legal, de ahorcamiento de las libertades individuales a partir del avasallamiento de la división de poderes y que el PRO, como parte importante de la oposición, debe hacer todos los esfuerzos posibles para evitarlo. Por ahora, la interna es el todo y eso, para la ciudadanía, es más de lo mismo.

jueves, 12 de febrero de 2015

Mi intervención en el Senado


Texto de lo que dije en la Audiencia Pública convocada por el Consenso Parlamentario el jueves 12 de febrero (conformado por todos los bloques no K de ambas cámaras legislativas)

Dos comentarios sintéticos antes de ir al tema que nos reúne: primero, que voy a ser breve y luego, quiero agradecer esta invitación a compartir con ustedes mis reflexiones. No lo tomen como un cumplido porque no lo es; lo valoro sinceramente; y tal sea ésta la única frase amable que tenga para con los dueños de casa.

Ayer hablaba con mi hijo sobre esta reunión. Mi hijo que vive muy lejos gracias a este país ingrato que expulsa a nuestros jóvenes profesionales a buscar afuera mejores condiciones laborales, desafíos profesionales y mayor calidad de vida. Y él me dijo: “Traten de ver que se trata de un punto de inflexión, que el episodio Nisman es un antes y un después en la vida de nuestro país”. Y tomé su sugerencia. Pensé que, por su edad y por la perspectiva sobre los temas que le otorga la distancia, nos devolvía una mirada que nosotros podemos no tener.

Y reconocí que en verdad lo sucedido es un punto de inflexión. Pero quiero plantear en este debate “que sea” un punto de inflexión, no vaya a ser cosa que en poco tiempo también esta atrocidad termine cubierta por la siguiente atrocidad.

La luz de esperanza es esta convocatoria. Que los diputados y senadores hayan convocado a la sociedad civil es el reconocimiento explícito del fracaso del sistema de representación formal. Porque de otro modo, ninguno de nosotros estaría acá. No es tiempo de reclamos pero si vamos a empezar a hacer las cosas de otra manera, es importante reconocer las responsabilidades.

Pero como acabo de decir, no es momento de planteos. No pueden solos y han pedido el respaldo de la sociedad civil. Pues acá estamos. Como estaremos, en similares circunstancias, el miércoles próximo respaldando al Poder Judicial, que también ha pedido la presencia ciudadana. No será el momento de preguntarle a los hombres de la justicia qué hicieron hasta el día anterior a la muerte de Alberto Nisman, ni con cuánta firmeza defendieron la independencia de la justicia ante el 
avance del poder político. Vamos a estar. 

El periodismo juega un rol curioso en esta familia disfuncional en que se ha transformado la sociedad argentina.  Cuando fallan los canales de representación, el público nos utiliza como tales. Y aún cuando no fuimos elegidos para representar, representamos. Aceptamos esa mochila adicional y pagamos el costo, porque nos cuesta caro. Y nosotros no tenemos fueros pero igual lo hacemos. Y hoy levantamos la apuesta y nos comprometemos a eso y a no dejar caer esta causa en el olvido, ni a 
permitir que nos la tapen con otras cuestiones.

La sociedad comprometida, el periodismo comprometido; faltan ustedes. Queremos saber si esta vez va a ser en serio, sin van a ir a fondo, sin contemplaciones con este poder politico arbitrario que se ha cansado de erosionar las libertades individuales y las instituciones republicanas.

Queremos la respuesta por mi hijo que está lejos, por los padres de muchos otros jóvenes que tambien se fueron y muy en especial por los miles de padres que, en virtud de la inseguridad sumada a la falta de justicia, no pueden esperar la vuelta de sus hijos.

Por todos ellos necesitamos el compromiso de ustedes. 

Aunque hagamos todo bien de ahora en más no podremos devolverle la vida a Alberto Nisman. Pero al menos estamos a tiempo de devolverle la vida plena a nuestra república, que hoy languidece frente a nuestros ojos.

martes, 10 de febrero de 2015

Que la muerte de Nisman no sea en vano





María Zaldívar
Es muy difícil retomar la rutina después de la muerte de Alberto Nisman. Los análisis y las especulaciones electorales suenan inoportunas o intrascendentes. O quizá ambas. En lo personal, se sienten casi como una falta de respeto para quien perdió la vida buscando la verdad. Pero hay que seguir, hasta por él mismo. Esta columna rinde un sentido homenaje a su coraje y compromiso, y hace votos para que la justicia divina compense el bache que está dejando la de los hombres.
Primero que nada, sugiero no dar crédito a ningún trascendido respecto de su muerte porque el aparato de propaganda oficial está trabajando sin descanso para instalar decenas de versiones y trascendidos con el objetivo central, histórico y genético del kirchnerismo: confundir para ocultar.
Con el dolor por la desaparición de un hombre valiente y la desazón de sentir que lo que hacemos a diario no sirve o no alcanza, tratemos de darle sentido a esta muerte injusta. Que Nisman nos arranque del sopor que nos tuvo inmóviles o indiferentes. Hagamos algo útil: decidamos en este instante poner fin al kirchnerismo. Decidámoslo en nuestro corazón primero para que, una vez digerida la idea, la llevemos al plano de la acción. Y la acción puede ir desde elegir ya el candidato que apoyaremos en las próximas elecciones hasta participar en política de manera activa. Entre ambos extremos, todas las opciones intermedias de colaboración valen. Pero es preciso hacer foco en el objetivo y el objetivo es lograr que el FPV abandone el poder, si es que aún estamos a tiempo.
La decadencia a la que hemos llegado debiera alarmarnos: en el Poder Ejecutivo, una mujer acusada de usurpar títulos, acumular una fortuna mal habida y encubrir un atentado terrorista mayúsculo; una persona que nos avergüenza por sus desplantes y sus modales, incapaz de conmoverse con el dolor ajeno.El legislativo, dividido en dos grupos: una tropa de levanta manos sin dignidad, vergüenza ni límite versus un lote de mediocres que, sin querer o queriendo, les hace seguidismo. Y un Poder Judicial infectado de “zafaronianos” dedicados a defender a los delincuentes y, consecuentemente, abandonar a las victimas, celebrando la erosión del principio de justicia.
En esencia, esa es la foto del día.
Esta columna adhiere a la marcha del silencio convocada por los fiscales de todo el país para el próximo 18 de febrero porque es en homenaje al Doctor Nisman y es de buena gente estar en las malas. Hay que recordar al hombre probo que murió buscando la verdad  y hay que acompañar a sus pares. No es tiempo de preguntarle a los hombres de la Justicia qué hicieron antes de la muerte del fiscal, con cuánta decisión resistieron los atropellos de la política o si alguna vez pudieron defender con más firmeza la independencia judicial y no lo hicieron. Hoy hay que estar. La causa de los fiscales es la causa de cualquier argentino y frente al reclamo de que alguien haga algo, parece que uno de los poderes del estado se ha puesto de pie.
Asi lo entendió el foro Usina de Justicia que, a través de un comunicado, adhirió a la movilizacion del 18. “No podriamos estar en ningún otro lugar mientras se honra la memoria de Aberto Nisman” dijeron sus integrantes. Interesante reflexión para quienes dudan entre asistir o no. Pero además, sugieren la instancia internacional como garantía de imparcialidad.
Tras el fracaso rotundo del Poder Legislativo que a lo largo de treinta años no ha representado a nadie más que a sus propios intereses de cuerpo, las circunstancias hacen que la representación provenga de quienes no son elegidos por la gente, y cuya función tampoco es la de representarnos. Pero lo están haciendo en estos dias trágicos de la Argentina y bienvenidos ellos.
Sin embargo, es importante señalar la diferencia entre las marchas y esta marcha. Si la resistencia general a tanto desmadre se percibiera contundente, no habría que descartar que el Gobierno apelara a la “conmoción interna” como excusa constitucional para pegar un tirón a la cuerda. Próximo a las elecciones, el desorden urbano sería un escenario casi deseable para el kirchnerismo. Si la gente todavía no ha entendido que salir a la calle no le sirve políticamente más que al poder instalado, tiene el espejo de Venezuela donde mirarse. Hace años que sus habitantes salen por millares y, aún más bravíos que los argentinos pues se enfrentan al chavismo con un coraje que los lleva presos, no consiguieron limar a la dictadura. 
Entonces, es imprescindible no darle motivos al kirchnerismo para ninguna reacción porque son realmente hábiles levantando la apuesta. Que no tengan de qué quejarse; que deban inventarlo pero no le hagamos el juego porque, a pesar de los optimistas que los ven de salida, siguen teniendo la sartén por el mango. Si el desorden ganara la calle estarían encantados de declarar estado de sitio. Hay que acompañarlos a la puerta pero, ahora sí, con la inmerecida paciencia que supimos tenerles todos estos años.
En este momento crítico del país, en el que se necesita con desesperación estrechar filas y curar las heridas que nos hemos hecho unos a otros, una fuerza emerge tras la consigna de representar el antiperonismo. Con ese planteo ¿hacia dónde está empujando al voto peronista?  ¿Quién necesita otra expresión sectaria en la sociedad? ¿Qué suma de novedoso al sectarismo K? La Argentina no necesita un sectarismo de distinto signo al presente sino una convocatoria amplia, con grandeza para aceptar a todos los que estén dispuestos a volver al estricto cumplimiento de la ley. 
Que la perplejidad, por completo razonable frente a la atrocidad, se transforme en convicción profunda y nos despierte. Necesitamos argentinos avergonzados por lo que nos pasa, lúcidos para ver las trampas del kirchnerismo y sus aliados, maduros para elegir lo que nos conviene a todos más que lo que preferimos en casa y decididos a abandonar el pozo.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Ganarles en primera vuelta


Hay cientos, tal vez miles de facturas para pasarle al kirchnerismo acumuladas tras una década de ejercicio discrecional y abusivo del poder. Desde la destrucción del sector agropecuario a las devaluaciones seriales de las que son responsables porque no han depreciado sólo la moneda sino también la justicia, el patrimonio histórico, los valores compartidos o sea el pasado y con ello, el futuro. Pero hay que reconocer que, con independencia de esta circunstancia, la incompetencia de los opositores es exclusiva responsabilidad de cada uno de ellos, que no hacen sino colaborar con el éxito de la carrera kirchnerista hacia el abismo. Porque en materia de decisión y de acción, los K corren solos. Al resto, nos arrastran o nos empujan, depende dónde estemos parados.

Los devaneos de los opositores al gobierno no les hacen ni cosquillas. Hasta tal punto no temen a nadie que tienen la deferencia de advertirnos, con un año de anticipación, que las próximas elecciones las ganarán en primera vuelta. Y como que el resto siga “papanateando”, no es loco pensar que estén en lo cierto.

Dicho esto y advertido que quienes hablan del "fin de ciclo K" no pueden más de necios, de miopes, de tontos o de cómplices, urge encontrar una salida a tamaña catástrofe. A menos que estemos dispuestos a más La Cámpora, más cepo, más inseguridad, más miseria, más Boudou, más narcotráfico, más Gils Carbó y más impunidad. Si tenemos claro que esa no es nuestra opción y dicen ser muchos los que no podrían tolerar otro período kirchnerista, es el tiempo de razonar y tomar decisiones correctas. Las necesarias sobre las preferidas. Porque la Argentina está acostumbrada a hacer lo que quiere más que lo que debe, un tic que se nos incorporó como consecuencia de la laxitud de las normas. Cuando comprobamos que ignorar la ley en muchísimos casos no trae consecuencias, optamos por ese camino. Y también cebados por la propia clase dirigente que viene dando el ejemplo de lo bien que le va aún hasta coqueteando con el delito.

Nos hemos dejado estar tanto como sociedad que ahora deberemos saltear muchos debates. El enfermo atraviesa un estado crítico. No es momento de practicarle un lifting porque la estética pasó a segundo plano.. Hay que combatir la enfermedad terminal que lo aqueja. Ahora o nunca. Hay poco tiempo y menos opciones así que no cabe errar ni el diagnóstico ni la cirugía. Hay que elegir el cirujano y, aunque los familiares suspiran por Favaloro, Favaloro no está.

Para aventar definitivamente la sombra del kirchnerismo hay que ganarle en primera vuelta. Antes de eso, la ciudadanía tiene las PASO y ahí podrá elegir a su preferido. Pero tiene que saber que el resultado de ese primer testeo será crucial y tras ese experimento todo individuo responsable debería votar al que resultare primero de la gama no kirchnerista. Sin dudarlo. Si todos los que no votaron al candidato oficial empujan en la misma dirección, se podrá despejar el horizonte y la última década se convertirá en un mal recuerdo aunque, por supuesto, con muchas consecuencias que padeceremos por años.

Esa convergencia, sin embargo y a pesar del riesgo latente que debería impulsarla, no va a ser fácil porque los dirigentes están tan empacados como los votantes. Tampoco se entiende muy bien por qué dado que en las actuales opciones nadie se siente del todo cómodo y representado, y siempre existe una pata que disgusta. Los que votan (o votaban) UNEN por Carrió, detestan a Pino. Muchos radicales no simpatizan con Macri y los del PRO miran con recelo el ala izquierdista del espacio FA-UNEN. El socialismo no parece entusiasmado con ningún acercamiento nuevo y los más aliancistas ven con horror que, cuando incorporan por un lado, pierden por el otro, lo que les termina dando una cuenta de suma cero, encrucijada que sólo se resuelve entendiendo que cualquier candidato será menos malo que la continuidad.

La letanía que se ha puesto de moda entre la oposición es la de “basta de peronismo”. Ese numéricamente importante lote de ciudadanos suele inclinarse por el PRO, como si Mauricio Macri no hubiese desembarcado en la ciudad de Buenos Aires con el apoyo y la estructura de un amplio sector del PJ Capital. Desde Carlos Grosso, pasando por el ex funcionario K Juan Pablo Schiavi a Miguel Angel Toma y muchos otros peronistas pusieron su granito de arena en aquel armado. Diego Santilli nunca dejó de reivindicar que su corazón late al compás de la marcha peronista y hasta no hace mucho tiempo, Cristian Ritondo seguía afiliado al partido de sus amores. Tanto es su reconocimiento al fundador del movimiento que nuestra ciudad capital tendrá la primera estatua del General Perón gracias a sus gestiones.

La gran ganadora de estas rencillas es sin dudas, la izquierda más radicalizada que, colgada de la alianza opositora de turno, viene acopiando escaños que sola no hubiese ni soñado con ocupar. Aún así, ejerce su poder de veto a acuerdos y, sin querer o queriendo, le hace el juego al oficialismo.
Otros rechazan el espacio de Sergio Massa por las huestes ex kirchneristas que lo pueblan; algunos lo hacen de buena fe y otros con algo de pose, porque parecen molestarles más los ex K del Frente Renovador que los que recalan en el PRO, como la ex ministra Graciela Ocaña o el abogado Pablo Lanusse.


En conclusión, es necio pretender, a esta altura de la historia, ignorar la transversalidad que ha logrado el peronismo. Hay que tener claro lo que dice un peronista histórico: “Ojo, que el kirchnerismo es uno solo”. Entonces, en lugar de mirar de dónde viene cada uno tal vez haya llegado el tiempo de fijarse a dónde apuntan. Y jugarse. Porque, de un lado, ya sabemos lo que hay.

martes, 30 de septiembre de 2014

La Gran López Murphy



Aunque mantenga el perfil bajo, la sombra de Eduardo Duhalde sigue merodeando entre bambalinas. Como la sociedad argentina es muchas cosas pero, esencialmente, impredecible, nadie sabe por qué echó sobre el pesificador asimétrico un manto de impunidad que lo mantuvo con vida política más allá del desastre que provocó. Casi nadie lo responsabiliza de la estafa más grande que la historia moderna registra, por la que grandes empresas endeudadas localmente en dólares hicieron el increíble negocio de esfumar sus obligaciones en esa moneda, mecanismo por el cual y simultáneamente el grueso de la sociedad argentina descendió abruptamente un par de escalones en su nivel de vida y unos cuantos millones pasaron a la pobreza extrema de un plumazo.

Ese Eduardo Duhalde, que le pegó en los talones a De la Rúa hasta voltearlo, el que renunció a sus planes presidenciales tras la revuelta de Puente Pueyrredon, es el “elegidor” de los Kirchner. Es el que anduvo por el interior del país ofreciendo la primera magistratura como si le perteneciera y pocos se preguntaron sobre su legitimidad para semejante tarea. Después, el público se espanta de los extremos a los que llegamos. Estas cosas son parte del trayecto; no se va de Alberdi a Cristina Kirchner de un solo paso.

Es muy posible que estemos frente a un escenario electoralmente similar al del 2002, en el que se pueda repetir la bien urdida trampa del duhaldismo. 

El gran titiritero, que digitó el precipicio de De la Rúa y alentó la derrota de Carlos Menem aún más que el triunfo de Néstor Kirchner, utilizó la euforia por Ricardo López Murphy para la concreción de su plan. 

Había, como en la actualidad, una sociedad que después de exprimir hasta la indecencia los beneficios que la administración política vigente ofrecía, pidió un cambio, por lo menos, de caras. Ahí el peronismo ideó aquello de ofrecerse al electorado servido en envoltorios diferentes, una modalidad que instaló entonces y que llegó, por supuesto, para quedarse. 

Así empezó la ciudadanía entera, en una suerte de ignorancia compulsiva, a participar de la interna pejotista. Si bien las propuestas peronistas entonces eran tres, la pelea de fondo se planteaba claramente entre Kirchner y Menem. Atrás, desde otro palo y con el ánimo templado por la emoción de estrenarse en las grandes ligas, venía Ricardo López Murphy. Era "el" candidato. Un candidatazo: formado, probo, moderado y de convicciones firmes. Ideal para darle aire. Y mientras importantes segmentos de la población lo elegían genuinamente, el duhaldismo-kirchnerismo, también, aunque por motivos menos santos. 

Su tercer puesto cómodo empezó, por obra de esas encuestas carísimas que su propio sector no podía pagar por la modestia de sus recursos de campaña, a transformarse en segundo. Y a veces sonaba hasta cabeza a cabeza con el primero. Y la euforia los ganó a los lopezmurphistas. Y a López Murphy. La misma euforia que hoy se apoderó del macrismo. Y de Macri, que iba tercero cómodo, y que de repente empieza, sin haber hecho nada distinto salvo más propaganda, a adelantarse y que en las últimas horas un encuestador -que hace dos semanas lo medía en tercer lugar- hoy lo ve liderando la intención de voto. 

En 2003, la realidad contradijo a las encuestas pero el objetivo de embarrar el ballotage estaba logrado. ¡Grande Duhalde! Si el voto no oficialista no se hubiera dispersado, otra hubiera sido la historia.

El idiotismo útil que apoyó a López Murphy en 2002 hoy está a full con Mauricio Macri. No ven la trampa ni el peligro. No cambian ni aprenden. No quieren porque después de una década no pueden aducir ingenuidad. Mi abuela, con esa inteligencia llana que suele superar en pragmatismo a la erudición de tubo de ensayo, se preguntaría: "¿son o se hacen?" Y la mezcla de erudición y experiencia (o sea saber más conocerlos) le respondería: "Son, abuela. Son. Le están haciendo el juego, como hace doce años, al mismo eje. No satisfechos con haberlos autorizado a desperdiciar una década, vuelven a permitir hoy que Duhalde y Kirchner los usen para seguir digitando y arruinando nuestras vidas".

"Pero ya está, abuela. No hay peor sordo que el que no quiere oír. Es tan grave la situación y tan poco el tiempo que hay que dedicar los esfuerzos en razonar con los millones de personas de buena voluntad que quieren, en serio, sacarse de encima a Duhalde y a Kirchner. Sobre ellos hay que concentrarse mientras los PROperonistas votan con el kirchnerismo elevar el pañuelo de Bonafini a la categoría de símbolo "patreo" o el traslado del monumento a Cristóbal Colón para no herir los ojos de la Presidente. O mientras se juntan con el oficialismo garantista a formular modificaciones al Código Penal para alegría de la delincuencia".

Porque para el autoritarismo la ley modifica la realidad. Y si no es posible modificarla por ley, se las ignora; a ambas. Y listo. Colón deja de ser Colón en cuanto no lo vemos. El pañuelo de Bonafini incorpora lustre no bien la ley que lo dispone entra en vigencia. Y si así no fuera, si algún individuo osara no emocionarse con el pañuelo de Bonafini como cuando ve flamear la bandera de Belgrano, siempre habrá un funcionario dispuesto a amenazarnos con el cumplimiento de la ley. Porque la ley cambia de objeto en los regímenes totalitarios; en lugar de ser el marco que limita el poder del estado es el arma del burócrata para el disciplinamiento del individuo.

"El que no lo ve, abuela, y no lucha contra ello, colabora con la instalación del poder absoluto y discrecional. Fijate la contradicción boba del macrismo: va a Venezuela a apoyar cuanta manifestación se realiza contra el regimen agobiante de Chávez y sus herederos, y en la Argentina acompaña al kirchnerismo en su intención de judicializar la toma de las calles por parte de la ciudadanía. A ver, abuela ¿vos te acordás quién fogoneó los piquetes? ¿Quién inventó los tipos con palos en la mano y la cara tapada apoderándose de nuestra libertad de transitar, que emergieron como pulgas en los primeros años del kirchnerismo? ¿Y no supusiste que, al no reprimir tamaña conducta antisocial, el gobierno la alentaban? ¿Y no te preguntás por qué ahora, súbitamente cambian de opinión y buscan una herramienta legal para aplacar las manifestaciones callejeras?"

Ahí la abuela me recordaría que desde hace un par de años somos otros los que salimos a la calle, y que al ser tantos, las cortamos. Y seguramente me diría: "Ahhhhhhhh! Pero claro, m'hija! Nos quieren dejar en off side! Si fuera delito manifestarse, cuando salimos contra la 125 hubiéramos terminado presos. O cuando defendíamos la independencia de la justicia o reclamamos seguridad. Esas marchas multitudinarias no hubieran podido hacerse".

Hasta la abuela se daría cuenta de que ésta es la pelea de fondo, que el "Dialogar nos une" de Federico Pinedo no estaría dando frutos y que está en los planes del kirchnerismo acallar, por no decir aplastar, las manifestaciones adversas. Como hace el chavismo en su país. Y la abuela agregaría: "¡Mirá si fuera delito en Venezuela salir por las calles a mostrar disconformidad a la dictadura ornitológica!". Bueno, eso. El PRO apoya en Venezuela lo que pide castigar en la Argentina. Y aplaudió de pie a la Presidente cuando lo propuso en la apertura de las sesiones. 


Hay que entender que hoy necesitamos toda la flexibilidad para armar una oposición responsable y firme que los desarticule y los aleje del poder. Pero también que hay que entender que al kirchnerismo no hay que acompañarlo más que a la puerta y, exclusivamente, para asegurarse de que en verdad se vaya. 


Aunque mantenga el perfil bajo, la sombra de Eduardo Duhalde sigue merodeando entre bambalinas. Como la sociedad argentina es muchas cosas pero, esencialmente, impredecible, nadie sabe por qué echó sobre el pesificador asimétrico un manto de impunidad que lo mantuvo con vida política más allá del desastre que provocó. Casi nadie lo responsabiliza de la estafa más grande que la historia moderna registra, por la que grandes empresas endeudadas localmente en dólares hicieron el increíble negocio de esfumar sus obligaciones en esa moneda, mecanismo por el cual y simultáneamente el grueso de la sociedad argentina descendió abruptamente un par de escalones en su nivel de vida y unos cuantos millones pasaron a la pobreza extrema de un plumazo.


Ese Eduardo Duhalde, que le pegó en los talones a De la Rúa hasta voltearlo, el que renunció a sus planes presidenciales tras la revuelta de Puente Pueyrredon, es el “elegidor” de los Kirchner. Es el que anduvo por el interior del país ofreciendo la primera magistratura como si le perteneciera y pocos se preguntaron sobre su legitimidad para semejante tarea. Después, el público se espanta de los extremos a los que llegamos. Estas cosas son parte del trayecto; no se va de Alberdi a Cristina Kirchner de un solo paso.

Es muy posible que estemos frente a un escenario electoralmente similar al del 2002, en el que se pueda repetir la bien urdida trampa del duhaldismo. 

El gran titiritero, que digitó el precipicio de De la Rúa y alentó la derrota de Carlos Menem aún más que el triunfo de Néstor Kirchner, utilizó la euforia por Ricardo López Murphy para la concreción de su plan. 

Había, como en la actualidad, una sociedad que después de exprimir hasta la indecencia los beneficios que la administración política vigente ofrecía, pidió un cambio, por lo menos, de caras. Ahí el peronismo ideó aquello de ofrecerse al electorado servido en envoltorios diferentes, una modalidad que instaló entonces y que llegó, por supuesto, para quedarse. 

Así empezó la ciudadanía entera, en una suerte de ignorancia compulsiva, a participar de la interna pejotista. Si bien las propuestas peronistas entonces eran tres, la pelea de fondo se planteaba claramente entre Kirchner y Menem. Atrás, desde otro palo y con el ánimo templado por la emoción de estrenarse en las grandes ligas, venía Ricardo López Murphy. Era "el" candidato. Un candidatazo: formado, probo, moderado y de convicciones firmes. Ideal para darle aire. Y mientras importantes segmentos de la población lo elegían genuinamente, el duhaldismo-kirchnerismo, también, aunque por motivos menos santos. 

Su tercer puesto cómodo empezó, por obra de esas encuestas carísimas que su propio sector no podía pagar por la modestia de sus recursos de campaña, a transformarse en segundo. Y a veces sonaba hasta cabeza a cabeza con el primero. Y la euforia los ganó a los lopezmurphistas. Y a López Murphy. La misma euforia que hoy se apoderó del macrismo. Y de Macri, que iba tercero cómodo, y que de repente empieza, sin haber hecho nada distinto salvo más propaganda, a adelantarse y que en las últimas horas un encuestador -que hace dos semanas lo medía en tercer lugar- hoy lo ve liderando la intención de voto. 

En 2003, la realidad contradijo a las encuestas pero el objetivo de embarrar el ballotage estaba logrado. ¡Grande Duhalde! Si el voto no oficialista no se hubiera dispersado, otra hubiera sido la historia.

El idiotismo útil que apoyó a López Murphy en 2002 hoy está a full con Mauricio Macri. No ven la trampa ni el peligro. No cambian ni aprenden. No quieren porque después de una década no pueden aducir ingenuidad. Mi abuela, con esa inteligencia llana que suele superar en pragmatismo a la erudición de tubo de ensayo, se preguntaría: "¿son o se hacen?" Y la mezcla de erudición y experiencia (o sea saber más conocerlos) le respondería: "Son, abuela. Son. Le están haciendo el juego, como hace doce años, al mismo eje. No satisfechos con haberlos autorizado a desperdiciar una década, vuelven a permitir hoy que Duhalde y Kirchner los usen para seguir digitando y arruinando nuestras vidas".

"Pero ya está, abuela. No hay peor sordo que el que no quiere oír. Es tan grave la situación y tan poco el tiempo que hay que dedicar los esfuerzos en razonar con los millones de personas de buena voluntad que quieren, en serio, sacarse de encima a Duhalde y a Kirchner. Sobre ellos hay que concentrarse mientras los PROperonistas votan con el kirchnerismo elevar el pañuelo de Bonafini a la categoría de símbolo "patreo" o el traslado del monumento a Cristóbal Colón para no herir los ojos de la Presidente. O mientras se juntan con el oficialismo garantista a formular modificaciones al Código Penal para alegría de la delincuencia".

Porque para el autoritarismo la ley modifica la realidad. Y si no es posible modificarla por ley, se las ignora; a ambas. Y listo. Colón deja de ser Colón en cuanto no lo vemos. El pañuelo de Bonafini incorpora lustre no bien la ley que lo dispone entra en vigencia. Y si así no fuera, si algún individuo osara no emocionarse con el pañuelo de Bonafini como cuando ve flamear la bandera de Belgrano, siempre habrá un funcionario dispuesto a amenazarnos con el cumplimiento de la ley. Porque la ley cambia de objeto en los regímenes totalitarios; en lugar de ser el marco que limita el poder del estado es el arma del burócrata para el disciplinamiento del individuo.

"El que no lo ve, abuela, y no lucha contra ello, colabora con la instalación del poder absoluto y discrecional. Fijate la contradicción boba del macrismo: va a Venezuela a apoyar cuanta manifestación se realiza contra el regimen agobiante de Chávez y sus herederos, y en la Argentina acompaña al kirchnerismo en su intención de judicializar la toma de las calles por parte de la ciudadanía. A ver, abuela ¿vos te acordás quién fogoneó los piquetes? ¿Quién inventó los tipos con palos en la mano y la cara tapada apoderándose de nuestra libertad de transitar, que emergieron como pulgas en los primeros años del kirchnerismo? ¿Y no supusiste que, al no reprimir tamaña conducta antisocial, el gobierno la alentaban? ¿Y no te preguntás por qué ahora, súbitamente cambian de opinión y buscan una herramienta legal para aplacar las manifestaciones callejeras?"

Ahí la abuela me recordaría que desde hace un par de años somos otros los que salimos a la calle, y que al ser tantos, las cortamos. Y seguramente me diría: "Ahhhhhhhh! Pero claro, m'hija! Nos quieren dejar en off side! Si fuera delito manifestarse, cuando salimos contra la 125 hubiéramos terminado presos. O cuando defendíamos la independencia de la justicia o reclamamos seguridad. Esas marchas multitudinarias no hubieran podido hacerse".

Hasta la abuela se daría cuenta de que ésta es la pelea de fondo, que el "Dialogar nos une" de Federico Pinedo no estaría dando frutos y que está en los planes del kirchnerismo acallar, por no decir aplastar, las manifestaciones adversas. Como hace el chavismo en su país. Y la abuela agregaría: "¡Mirá si fuera delito en Venezuela salir por las calles a mostrar disconformidad a la dictadura ornitológica!". Bueno, eso. El PRO apoya en Venezuela lo que pide castigar en la Argentina. Y aplaudió de pie a la Presidente cuando lo propuso en la apertura de las sesiones. 


Hay que entender que hoy necesitamos toda la flexibilidad para armar una oposición responsable y firme que los desarticule y los aleje del poder. Pero también que hay que entender que al kirchnerismo no hay que acompañarlo más que a la puerta y, exclusivamente, para asegurarse de que en verdad se vaya. 

http://opinion.infobae.com/maria-zaldivar/2014/09/29/la-gran-lopez-murphy/