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2da Edición

miércoles, 19 de agosto de 2015

Ecuación electoral argentina

Nota publicada el Jueves 13 de agosto de 2015 en "El País" de Madrid



De 70 años, entre 1945, fecha en que Juan Domingo Perón asumió la primera magistratura de la República Argentina y el presente, el peronismo gobernó 37, esto es más de la mitad del tramo. Su responsabilidad, entonces, sobre la decadencia actual no requiere de mayores precisiones.

A las puertas de una elección presidencial y en su rol de principal rival del oficialismo, la necesidad de diferenciarse de quienes han sumergido a la Argentina en los niveles actuales alentó a Mauricio Macri a intentar en los últimos meses un discurso de fuerte contenido antiperonista. Ese atrevimiento fidelizó a un impreciso número de simpatizantes que coinciden con su explicación histórica de la postración argentina. Pero resulta ser que la vida no es una foto y lo que fue, hoy puede no ser. Peronistas versus antiperonistas es la foto del siglo XX.

Si bien el peronismo es exclusivo responsable de haber Introducido conductas tan reprochables como inadmisibles en la vida política nacional, cierto es también que las mismas fueron notablemente contagiosas, al punto de que, en la actualidad, la corrupción no reconoce color partidario, salvo escasísimas excepciones. El hacer y dejar hacer se ha transformado en una modalidad de las clases dirigentes argentinas que, entre guiños y acuerdos, se entienden a las mil maravillas, por lo general, en desmedro del conjunto. En la Argentina, los beneficios de ejercer el poder en cualquiera de sus estamentos son tales que los que llegan conforman un formato muy parecido a la omertá. O tal vez al revés, no suele llegar quien no está dispuesto a hacer o a permitir que se haga.

Ese modelo de captación salvaje del estado para beneficio de unos pocos (lo que en el derecho penal  configura el delito de asociación ilícita) está agotado y hay quienes lo reconocen, aún entre los privilegiados miembros de las dirigencias política y empresarial. Ahora falta comprobar quién está dispuesto a cambiarlo. Porque no se trata de un mero reemplazo de autoridades sino de un cambio de paradigma. 

Así las cosas, si la confrontación peronismo-antiperonismo fue válida en el siglo pasado, en éste ha dejado de serlo. Primero porque el antiperonismo no es garantía de nada especial ni tiene patente de superioridad moral y luego porque el peronismo ha traspasado el tejido social de manera transversal y hoy sobrevive en todos partidos políticos sin excepción.

Plantear la próxima opción presidencial a partir de este antagonismo es poner a la población ante una disyuntiva sin salida pero, además, falaz. Porque hay peronistas en el Frente para la Victoria, pero también los hay en las filas de la coalición de Mauricio Macri con los radicales. Sin profundizar siquiera, el jefe de gobierno electo para el próximo mandato (quien fuera mano derecha de Macri) y uno de los dos senadores del PRO por la capital federal son de extracción peronista. 

La ley electoral argentina prevé un sistema original que se aparta del mundialmente consagrado 50% más uno. Pícaramente cincelada a medida del peronismo, la nuestra dice que el candidato que obtenga el 40% de los votos y una diferencia mayor a diez puntos porcentuales sobre la fórmula que le sigue en número de votos, resulta electo. Scioli está a menos de dos puntos de ese porcentaje: lo votó el 38,4% de los argentinos. El que le sigue es Mauricio Macri, con el 24,3.

El candidato presidencial  Mauricio Macri parece dispuesto a ignorar las ventajas que implica el dicho popular que aconseja “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” y especula con que va a ganar la carrera en el “ballotage”. El miedo de los precavidos es que el Frente para la Victoria consiga evitar esa segunda vuelta y cierre la disputa el próximo 25 de octubre, en la elección general.

La apuesta de Daniel Scioli, su competidor y garante de la continuidad de las políticas y las personas fieles a Cristina Kirchner, es audaz pero no imposible. En las recientes elecciones primarias fue el candidato más votado. Ambos deben salir a buscar más votos de los obtenidos el pasado domingo: Scioli, para llegar por lo menos al 40%. Esa posibilidad que pone al Frente para la Victoria ganando en primera vuelta le exige a Macri hacer todos los esfuerzos posibles para impedirlo.
 
Ahora bien. Un rápido recorrido de los demás candidatos donde deberán abrevar los dos principales contendientes arroja el siguiente escenario: el peronismo no kirchnerrista con distintas etiquetas obtuvo el  22,7% del total de votos en las personas de Sergio Massa (14,2), José Manuel de la Sota (6,4) y Adolfo Rodríguez Saa (2,1). El radicalismo, aliado de Macri, el 5,8.


Esta cuenta básica desmorona el ideal purista del PRO. Despreciar el aporte de ese casi 23% es suicida. Si Mauricio Macri pretende representar al 61,6% de los argentinos que no votó a Daniel Scioli y sueña con el final del kirchnerismo, la coalición electoral amplia se impone. 

lunes, 3 de agosto de 2015

Miedo para todos y todas

Finalmente, el gobierno K y el gobierno PRO acordaron la remoción de Colón de la Plaza Colón
Las mediciones y los pronósticos parecen indicar que hay dos candidatos cabeza a cabeza y dado que las propuestas no han sido, al menos hasta acá, el eje para marcar diferencias, es un ejercicio intelectual descubrir qué herramienta política va a esgrimir cada uno para diferenciarse en el tramo final de la carrera.
Ya no es el dinero el principal problema de las campañas de los candidatos presidenciales. No al menos en el caso de Daniel Scioli y Mauricio Macri. La amplia disponibilidad sobre los recursos públicos ejercida, como se ha visto a través de sendos aparatos de publicidad en sus respectivos distritos, les facilita la viralización de imágenes y consignas. Fotos, colores, globos, carteles, sombrillas y remeras son la cuota inocente de seducción sobre los eventuales votantes, pero es poco probable que con eso solo determinen la decisión de los que faltan.
Se desconoce la estrategia que encararía el PRO para transitar estos meses claves hasta octubre, pero el Frente para la Victoria, sin duda, construye su fortaleza alrededor del miedo.
Trabaja sin descanso sobre el miedo de los de abajo a perder los planes que reparte en su calidad de Estado con la discrecionalidad que caracteriza a los populismos. Acciona sobre sus rehenes, mientras les dice que solo ellos son garantes de la continuidad de la limosna. Lamentablemente para los sectores postergados tampoco eso es cierto, porque, si bien el sistema de dádivas debería abandonarse por perverso, todos los candidatos prometen más o menos lo mismo y solo alguno que otro explica cómo haría para liberarlos del yugo humillante de dar y quitar al compás de las conveniencias electorales.
Pero también el Frente para la Victoria trabaja sobre los sectores más acomodados de la pirámide, que reciben a manos llenas las ventajas de estar del lado del Estado gordo y, como consecuencia inevitable, corrupto. A pesar de su discurso demagógico y falsamente revolucionario, el oficialismo favoreció muchas industrias con proteccionismos varios. Cada uno de sus capitostes sabe perfectamente cuán aceitado tiene los contactos con el poder y, por si flaqueara su determinación a seguir protegidos al calor estatal, el kirchnerismo les mete miedo. Les recuerda que sus funcionarios controlan a la perfección la maquinaria de tarifas subsidiadas, fronteras poco amigables con el comercio internacional, impuestos demenciales a las importaciones para garantizar el “compre nacional”, la falta de competencia que les asegura demanda, “acuerdos” de precios y toda la batería de herramientas discrecionales.
También tienen miedo los empleados públicos que llegaron de a miles de la mano del camporismo, gente sin preparación académica ni técnica para ocupar espacios en ministerios, empresas y reparticiones varias, embajadas, medios de comunicación adictos y demás eslabones del engrosado engranaje de la burocracia estatal. Miedo de ellos y de sus familias, beneficiarias de sueldos con varios ceros que derraman en propiedades, viajes y estándares de vida inusualmente acomodados.
El kirchnerismo reparte miedo para todos como mecanismo para asegurar un piso de votos interesante procedentes de ambos extremos de la pirámide. Es una forma poco convencional de fidelizar clientes.
Los del medio, a su vez, también tienen miedo, aunque es un miedo distinto.
No por nada el mayor rechazo al régimen actual y el lote más numeroso de indecisos se concentra en los sectores medios. Esos sectores medios son el gran motor del crecimiento en las economías sanas. Porque la capa superior de la sociedad suele mirar las crisis de costado debido a los márgenes de estabilidad que provee la capacidad económica. Esos sectores medios tampoco son el otro extremo, esto es, los desenganchados del sistema a quienes el Estado, tarde o temprano, asiste. Son los que, librados a su suerte en materia económica, sin subsidios ni protecciones especiales, viven de sus ingresos mensuales. Pero, además, son el producto cultural de una lógica que el populismo ha masacrado a pura demagogia. Son los que responden a ese sistema de valores que inculca en el individuo la necesidad de asumir responsabilidades, para quienes es mejor estudiar que no hacerlo, porque capacitarse representaba, en esa forma de encarar la vida, la vía del progreso personal. La clase media no come de la mano del Estado ni pretende hacerlo, pero es la más vulnerable a sus excesos. Sin red, se esfuerza por alcanzar sus objetivos y mantenerlos en el tiempo; y en ambas batallas sabe que está sola, en el mejor de los casos, cuando no arrastra la mochila del Estado glotón que le mordisquea parte de sus logros.
Esa clase media, productiva y tal vez la menos contaminada de la sociedad, tiene miedo al kirchnerismo, porque sabe que, frente a ese poder omnímodo, no cuenta con la capacidad de lobby que tienen los sindicatos, los bancos, las cámaras empresarias, los políticos y hasta los pobres. La clase media no tiene vocero, no la defiende nadie, no tiene representación ni en la mesa de negociaciones ni en los medios de comunicación. Está diseminada. Y sabe que, por productiva, el populismo solo repara en su existencia cuando necesita dinero fresco. La clase media es consciente de que Daniel Scioli es más de lo mismo; que tal vez con menos aullidos que Cristina, también le va a meter la mano en el bolsillo y que el despropósito fiscal de esta década lo va a pagar con su trabajo.
La clase media reconoce la degradación reinante. Padece la inseguridad a diario; no usa, porque es deficiente, pero sostiene la salud pública; paga por un servicio que no le prestan, como paga por una educación estatal que tampoco utiliza.
La clase media le teme al peronismo kirchnerista y vive como una amenaza a su calidad de vida y a sus planes de progreso un eventual triunfo K.
Así como el oficialismo capitaliza con gran destreza el miedo que despierta, la fuerza opositora no parece advertir que, tras tantas décadas de discurso populista donde solo hay espacio para los pobres, es hora de levantar la bandera de la clase media.
La prédica populista ha calado tanto que el PRO no se anima a desmarcarse de ese mandato. Con otra estética que impacta solo en las formas, el macrismo insiste con los conceptos de redistribución, gratuidad y asistencialismo, que no son otra cosa que recetas de administración de la pobreza. Trabaja para repartir materiales de construcción en las cada vez más populosas villas de la ciudad a las que, en lugar de erradicar, tiene en mente “urbanizar”, como si fuese posible hacer habitable lo que es indigno de origen. Hasta no hace mucho tiempo, tal era la noción de transitorio que tenían esos lugares para sus habitantes, que “construían” con chapa y cartón. Macri provee materiales y Cristina Kirchner se maravilla de lo que han crecido esos asentamientos. Esa gente no sale nunca más de ahí y es consciente. Tal vez alguna generación anterior también llegó de paso y no logró salir, pero existía la ilusión de progresar. Hoy, no importa el color político de los administradores, la villa no es un escalón, sino un destino.
El PRO dedica muchos recursos a multiplicar las prestaciones “gratuitas” como cualquier administración socialista, sin explicarle a los eventuales beneficiarios que, ante todo, nada es gratuito; que ese no es el ideal; que no se trata de mecanismos virtuosos, sino todo lo contrario; que son producto de la extrema necesidad, que no son una solución, sino un mero paliativo y que es menester crear, ahí sí desde el Estado, las condiciones para que cada padre, cada jefe de familia y cada trabajador cubra de manera personal sus necesidades. Nadie le explica a la sociedad que estas son herramientas de excepción y que el objetivo de los gobiernos no debería ser ampliarlas, sino abandonarlas lo antes posible.
Como el PRO tampoco quiere debatir, no se sabe cuáles serían los ejes del crecimiento en una futura administración macrista. Si la presión tributaria seguiría a toda máquina para mantener el gasto social actual o si habría un cambio en la concepción del Estado. Es tal el silencio que es imposible intuir no solo qué piensa el partido al respecto, sino también, si siquiera lo ha pensado.
El peronismo volcó sobre la sociedad un cúmulo de dádivas que los gobiernos militares y también los radicales mantuvieron intactas. Pero el “cambio” que propone el macrismo, lejos de sugerir recortes a ese modelo populista probadamente fracasado, le agrega innovaciones europeas que aplica con idéntica impronta: gratis, y así el ciudadano que no anda en bicicleta, no manda a sus hijos a la escuela pública ni se toma la presión en la calle paga bicicletas, transporte escolar y estaciones de control de salud. O sea, son servicios gratis para quienes los consumen y pagos para los que no. Es un ejemplo básico de la “justicia distributiva” del populismo que nadie parece dispuesto a erradicar.
La clase media sabe que gran parte del Estado “dador” sale de su bolsillo y que, al no ser ni marginal ni poderoso, en el reparto solo le toca el ABL. La lógica de la clase media se lee con claridad en el voto del electorado de la capital: mientras la opción era PRO contra Frente para la Victoria, no dudó y el oficialismo porteño superaba el 60 % de las preferencias. En cuanto apareció una opción no K, se produjo una severa merma de ese porcentaje. Tampoco sabe a ciencia cierta si va por el buen camino, simplemente esa población está buscando; rechaza la corrupción, la venalidad y la manipulación del poder central, pero tampoco se encuentra del todo interpretado por el PRO.
El macrismo ha sobrevivido una década sin definirse ideológicamente. Tal vez sea hora de atreverse a hacerlo y decirles a los pobres que no está en sus planes abandonarlos a su suerte, pero también dirigirse a ese lote castigado de anónimos que luchan cada día por no retroceder, y prometer representarlos. Sería una novedad revolucionaria y, probablemente, el comienzo de un proceso de auténtica sanación social.

sábado, 20 de junio de 2015

No hable que nadie escucha


“Después de Mao, nunca había llegado tan lejos un maoísta” reflexionaba un colega, cuya ocurrencia nos hizo sonreír aún frente a un panorama desolador: el desembarco de Carlos Zanini en la fórmula de Daniel Scioli ratificaba las especulaciones; Cristina Fernández, La Cámpora y el kirchnerismo entornarán al imbatible e incombustible gobernador de la provincia de Buenos Aires.

Justo es reconocer el titánico esfuerzo que hizo el oficialismo duro para torcerle el brazo; intentó por todos los medios construir un candidato alternativo, más digerible a su selectivo estómago. Querían un K puro. Pero también hay que reconocerle al “cristinismo” la habilidad de saber cuándo negociar. Y eso que es una actividad infrecuente para el oficialismo. Sin embargo y sobre el filo, hizo un par de movidas estratégicas con la mirada puesta en el objetivo peronista por antonomasia: conservar el poder. 

El kirchnerismo tiene características propias. Es, en su base, peronismo clásico: populista, discrecionalidad, con rasgos autoritarios, y una cierta debilidad por el poder sin límites. Por eso descree de la labor de la justicia que no es “militante, de los medios que no son adictos y de las personas independientes. Para el peronismo y su desprendimiento, el kirchnerismo, la libertad no es un valor absoluto y, por ende, tampoco los derechos individuales. El peronismo es la reivindicación del estado corporativo que admiró Perón y cuyo formato copió del mussolinismo. Sobre ese piso, el kirchnerismo absorbió los elementos terroristas de los ´70 de primera y segunda generación y en la actualidad se mezclan entre sus filas los Kunkel con los Wado de Pedro. Los extremistas que acogió a lo largo de su historia habían sido, hasta Kicillof, elementos escasos y marginales de la construcción política, por lo general resistidos desde adentro y nunca del todo incorporados.  En este estadío peronista, los trotskistas, leninistas, maoístas y marxistas de todo pelaje dejaron atrás la marginalidad de la militancia inicial, dejaron atrás la clandestinidad de la subversión posterior hoy ocupan el centro de la escena. “Cosas vedere, Sancho, que non credere”.

Buscando en el fondo del placard una mirada optimista a lo que nos pasa, se podría esgrimir que las cosas están a la vista. Inmodificables pero explícitas porque quien hayaseguido la política de la última década habrá comprobado la rigidez K y el caso omiso que hizo siempre a sugerencias y/o críticas hasta de los propios que suelen advertir: “A Cristina no se le habla. Se la escucha”. Su rumbo es su rumbo y no es lo más importante; es lo único que importa.

Ahora bien, dado que otro legado K es la división del país en “ellos y nosotros” y según la reciente descripción, con “ellos” no hay nada que hacer, la zozobra es lo que hay enfrente de ese peronismo sin sorpresas en el fondo pero con preocupantes y novedosas señales de radicalización.

Y enfrente de eso emerge una fuerza política con elementos nuevos y viejos, con una apariencia inofensiva y cordial pero cuya receta también es la polarización, una réplica del “ellos o nosotros” menos extrema o, tal vez, menos explícita. Una de las principales banderas del PRO fue el caudal de gente sin militancia que aportaba a la política. Si eso significa que vienen sin mañas, es bueno. Si significa que carecen de experiencia, es malo. Porque la historia está plagada de ejemplos que demuestran las ventajas del entendimiento. Acuerdo no siempre es sinónimo de componenda.

El PRO, liderando una coalición, aparece como la única posibilidad para evitar más kirchnerismo y se resiste a asumir esa responsabilidad. Aislado entre propios, le dice que no a intentar por todos los medios la derrota del oficialismo. Su estratega ecuatoriano los convenció de que es mejor perder solos que ganar con otros pero no se trata de una simple elección. Estamos asomados a un precipicio de autoritarismo que nos alejará definitivamente del mundo y quedaremos a merced del kirchnerismo y su puñado dealiados: Rusia, Irán, China y Venezuela. 

El PRO se niega a abandonar su discutible “purismo” y su actitud inflexible a pesar de la inminencia del peligro. Esa intransigencia ¿a qué remite? Cuando Mauricio Macri califica de “presiones” la opinión de quienes sugieren como superadora la opción de alcanzar una coalición opositora amplia ¿insinúa que los sectores que así lo manifiestan no debieranhacerlo? ¿No habría que decirle a los políticos que nos conducen lo que pensamos si disgusta? ¿Habría que solamente escuchar? Eso ¿a qué remite?

Fuerzas encerradas en sí mismas, fuerzas que consideran un agravio las opiniones adversas y fuerzas incapaces de acordar por encima de sus intereses de parte son fuerzas sectarias. Y son fuerzas dañinas para la república.

El desafío argentino está planteado. Habrá que elegir entre ukirchnerismo que “va por todo” y un macrismo empacado en “solos 
nada”. Será elegir entre dos sectarismos porque todo indica que uno de ellos va a ganar. Muy posiblemente sea peor la continuidad oficialista pero es bueno advertir desde ahora que ninguno, en la práctica, está dispuesto a abonar el camino de las instituciones.    

domingo, 24 de mayo de 2015

El Fantasma de Scioli



María Zaldívar
Tomando los datos que arrojan las encuestas con la prevención que se han sabido ganar, todo parece indicar que hoy los preferidos para octubre serían Daniel Scioli y Mauricio Macri.
Esas mismas fuentes indican que el candidato K mide mejor solo que acompañado y que los posibles compañeros de fórmula que se barajan lo hacen perder hasta 5 de sus 36/40 puntos de intención de voto. Macri, que venía subiendo sin prisa pero sin pausa desde hace unos meses a esta parte, ha detenido la tendencia en las últimas dos semanas. Su ecuación triunfalista no se entiende demasiado si se tiene en cuenta que la provincia de Buenos Aires significa el 38% del padrón nacional y que allí el PRO está poco menos que en pañales: su candidata araña un dígito, le faltan candidatos en muchos partidos del distrito y el PRO ha perdido la personería jurídica o sea que estará impedido de presentar lista con esa “marca” y deberá apelar a un sello alternativo.
De todas maneras y así fueran cierto los 25 puntos de intención de voto del macrismo hay, como casi siempre, dos formas de mirar esa foto:
El PRO festeja el progreso y se entusiasma con el batacazo (López Murphy vivió la misma euforia en 2003 frente a sus dos contendientes). Ellos sostienen que los que no quieran más kirchnerismo se van a volcar de su lado y el número que tienen hoy se incrementará en las urnas casi sin esfuerzo
También hay otra lectura para los mismos hechos: Scioli está peligrosamente cerca de ganar en primera vuelta y es un riesgo al que no debería enfrentarnos el PRO, empeñado en no sentarse a conversar con el massismo. Como a la principal fuerza de oposición le cabe la responsabilidad de extremar los intentos de doblegar al Frente para la Victoria, un engendro que ha devastado los poderes del Estado, la economía y las instituciones. Si el PRO sigue “peleando” más con el Frente Renovador que con el kirchnerismo, logra sacarlo de la carrera y se niega a unir fuerzas, los votos que le faltan a Scioli para ganar los podrá  obtener sin demasiada dificultad de un desmembrado Frente Renovador.
Dividir el voto opositor es suicida y es lo que se está haciendo. El observador independiente se pregunta si la pelea entre Macri y Massa por obtener la preferencia del votante la fogonea Scioli, en tanto es el gran beneficiado en la contienda, o la empuja Elisa Carrió con la colaboración estratégica de algunos íntimos del jefe de gobierno a expensas de una gruesa contradicción implícita.
A pesar de sus elogios a Hitler y de su inclinación a destratar a propios y ajenos del modo que lo hizo con el diputado Federico Pinedo, Jaime Durán Barba es uno de los escuchados; sigue gozando de enorme influencia sobre su asesorado. El es quien lo convenció, entre otras cosas, de que la ciudadanía se ha despojado de rótulos partidistas y que sólo una minoría casi insignificante se autoproclama “peronista” o “radical”. Durán Barba repite desde hace años que la gran porción del electorado es “independiente” y que, para ganarse un trozo significativo de esa torta, no hay que definirse.
Es altamente probable que, de esa convicción, se desprenda la ambivalencia ideológica del PRO que ha resultado, justo es reconocerlo, exitosísima. Desde que asomó a la vida pública hasta la fecha, el PRO es una fuerza que no se expide taxativamente sobre ningún tema ríspido pero que, paralelamente, ha conseguido que el votante tampoco se lo reclame. Y eso es, por cierto, otro logro. Un logro para los fines propios del PRO, claramente, no tanto para el sistema político en su conjunto y menos aún para la madurez cívica general.
Porque cuando sus competidores detectaron que así ganaba adeptos, lo imitaron. Y desembocamos en elecciones sin debate de ideas, con personalismos concentrados y campañas basadas en imágenes, sólo en imágenes. Una auténtica pobreza. Y fue, también, la puerta de entrada para personajes de escasa o nula formación que aprovechan la poca idoneidad que se requiere  hoy para acceder a un cargo público de relevancia.
La contradicción surge cuando Carrió, también apostando a la foto y la sonrisa, mira a la cámara y sostiene que lo elige a Macri porque conforma con él y algunos históricos del colectivo radical, una opción al peronismo. Una definición que seguramente disgusta al ecuatoriano, cultor del “no sabe, no contesta”.
Lo cierto es que Mauricio Macri no sólo tiene peronistas en sus filas y los tuvo desde sus inicios, sino que hizo alianza electoral con el peronismo en dos oportunidades: en 2009 con Francisco De Narváez y en 2013 con Sergio Massa.
La apuesta a la imagen no registra estos hechos; la campaña sólo retrata gente alegre, logros materiales, mejoras edilicias, corte de cintas y reuniones de trabajo. Todo bajo el paraguas de la buena onda y el despliegue de sonrisas y globos con el candidato besando chicos y ancianos. Por suerte para los que prefieren la verdad, existe el archivo.
“El acuerdo con Sergio Massa fue sellado en persona por Mauricio Macri”, dijo hace menos de dos años Emilio Monzó, el gran armador del PRO, para anunciar que el Frente Renovador cedía tres lugares en su lista de diputados nacionales al partido del Jefe de Gobierno porteño, que no pudo armar una lista propia en la provincia de Buenos Aires. No bien desembarcados en el Congreso, los flamantes legisladores abandonaron el barco. Pero ese es otro tema y sus conductas o la de sus jefes políticos quedan a consideración del lector. Ese acuerdo es similar al que cerrara en 2009  con Francisco de Narváez y Felipe Solá en el mismo distrito.
Así las cosas, la historia reciente desmiente a  Elisa Carrió respecto de la “opción republicana” o “el cambio” (según lo llaman los proístas) que estarían intentando conformar Carrió, Macri, “Coti” Nosiglia, Federico Storani, Daniel Angelici y “Lole” Reutemann por mencionar algunos pasajeros.
Los ciudadanos  moldeamos un poco a nuestros dirigentes. Mucho más en estos, los tiempos del marketing político. Ellos nos dan lo que les pedimos. Aquello de Groucho Marx “Estos son mis principios pero si no le gusta, tengo otros” dejó de ser un buen chiste y pasó a reflejar lo que pasa en la Argentina.
Del “Macri es un delincuente” en 2003, “Macri es mi límite moral” en 2007, pasando por el  “Macri garantiza la impunidad” en 2011 al “Macri es un corrupto” del año pasado, Carrió aparece hoy, fresquísima, exultante en una foto con Mauricio Macri como apareció con Néstor Kirchner alentando a que lo votáramos y también junto a Aníbal Ibarra, para vencer, casualmente, a Macri.
Tras este nuevo hecho visual cabe preguntarse: ¿habrá algo más que la foto en ese acercamiento? A juzgar por las recientes PASO porteñas, esto es la primera contienda electoral posterior al anuncio, Carrió y Macri fueron enfrentados. ¿Alguien sabe cómo jugará Carrió el 5 de julio? Volverá a pedir el voto para su candidato, Martín Lousteau, cuando eso podría implicar la derrota de su candidato presidencial en su distrito de origen?
Elisa Carrió se metió sola en la encrucijada que no parece tener resolución satisfactoria y lo arrastró al jefe de gobierno. Lo cierto es que ese temprano acuerdo le impide hoy unir fuerzas con su ex aliado, Sergio Massa.Y hasta el observador más despistado intuye que, mientras corren separados, el oficialismo les gana a los dos juntos.
El 10 de junio se terminan las chances porque es la fecha límite para anotar alianzas y el 20 vence el plazo para las candidaturas. Ojalá el 60% que quiere un cambio no quede, como desde hace bastante tiempo, a expensas del kirchnerismo presenciando, impotente, cómo los que lo representan no lo representan.




http://opinion.infobae.com/maria-zaldivar/2015/05/21/el-fantasma-de-scioli/

martes, 10 de marzo de 2015

¿Que se vayan todos?




"Que se vayan todos! Que se vayan todos! Pero, al final, el único nuevo soy yo” solía repetir Mauricio Macri recién desembarcado en la contienda partidaria. Y un poco de razón tenía. En verdad, allá en el comienzo del siglo algunos nuevos más se sumaron pero cierto es que los “viejos” volvieron todos.

La fuerza que lideró el millonario fue una esperanza concreta que emergió con una energía directamente proporcional a la expectativa que generó. Para mejor, su idea-fuerza era “Somos jóvenes y nunca militamos” con lo que venía a distinguirse de los no tan jóvenes y profesionales de la rosca política. Con esas dos banderas obtuvo la adhesión de un par de generaciones que, con él, se inauguraron en esto de la participación en la cosa pública.

Luego, cerca de alcanzar el ejercicio del poder real, Macri incorporó otro slogan: “Lo importante es la gestión”. Esa mirada de la tarea que le esperaba y una debilidad expresa por el marketing político marcaron sus administraciones. Emprender actividades de alta visibilidad y comunicarlas con el sello de su gurú estrella vinieron de la mano y cruzaron toda la era amarilla.

Pero el estallido del 2001 no responde a “la gestión”. El país no voló por el aire por una mala gestión, ni siquiera por la acumulación de varias gestiones defectuosas. La historia del mundo está plagada de ejemplos de malas gestiones y en ningún caso implicó quedar al borde de la disolución nacional. Nuestro punto débil fue la ausencia de un marco institucional, de los pilares que garantizan la sobrevida del sistema. Nada evitó el derrumbe porque las instituciones no tenian la solidez suficiente para contener y encauzar la crisis.

Ni Mauricio ni sus colaboradores percibieron esta diferencia esencial y desde entonces construyen a partir de ese enorme error de análisis que los llevó a sobreestimar las formas sobre el fondo, la bicisenda sobre el impulso a la democratización interna de los partidos, los festivales callejeros gratuitos (para los que los consumen) sobre la transparencia en la administración de los recursos públicos o las playas y sombrillas en las plazas porteñas sobre la promoción de un orden político distinto.

Una década despúes de haber ingresado en la contienda política, el macrismo está flojo de slogans. Ya no son tan jóvenes, adquirieron experiencia de militancia y se ha comprobado que, en ciertos momentos de un país, hay temas más importantes que la gestión. El que les tocó a ellos fue uno de esos momentos. Tal vez un politico experimentado lo hubiese reconocido de inmediato. Aquella debacle reclamaba reconstrucción social y, fundamentalmente, moral; además, era oportuno porque la sociedad estaba permeable para acompañar y un producto político nuevo tenía altísimas posibilidades de tener éxito.

Sin embargo, el macrismo, en lugar de ofrecer un modelo distinto, optó por subierse a la calesita que viene girando hace décadas. Eligió a sus dirigentes a dedo, a dedo armó las listas y los amigos jugaron un papel decisivo a la hora de las decisiones. La consecuencia directa de esas prácticas es el alejamiento de quienes no están dispuestos a engrosar las filas de una fuerza política que desalienta la competencia interna. No hubo formación de cuadros, el “cursus honorum” no se puso en funcionamiento y las pruebas están a la vista: más de una década después de aparecer en el horizonte político, el macrismo, aún circunscripto a su distrito de origen, no busca los candidatos entre su propio semillero de militancia sino en las canchas de futbol y los estudios de televisión.

Ese mecanismo, que se hubiese podido disculpar en sus inicios, años después marca una falencia grave: no se trata de una forma excepcional de resolver la necesidad puntual de un partido nuevo en expansión sino que es una forma de hacer política. No es una excepción sino una elección. Eso, una conducta errática a nivel legislativo y la fascinación por permanecer en la función pública los pone en un plano de igualdad con la clase política que nos llevó al incendio del 2001.

Casi una década administrando una ciudad emblemática como Buenos Aires sumado a un grupo interesante de diputados nacionales, el PRO no logró marcar diferencias institucionales profundas ni provocar efectos beneficiosos en el sistema político argentino.

En términos institucionales ¿estamos mejor que antes del macrismo? ¿Sirvió a la república su aparición? ¿Evitó desvíos? ¿Ejerció una influencia virtuosa? ¿La nación es mejor con ellos? La respuesta queda para la reflexión personal.

Es más, la inexperiencia en términos partidarios de Mauricio Macri y la de sus máximas figuras los hacen incurrir en errores políticos con consecuencias impredecibles para ellos, su espacio y el país. Tan de Mauricio es el partido que a nadie sorprendió los titulares que anunciaban “Macri habilitó a Michetti a competir en Capital”. Hasta donde sabemos, quien la habilita es la ley. Alguno dirá que el jefe de gobierno tiene merecido este tropezón por haber malacostumbrado a Michetti a alcanzar, a dedo, la postulación a los cargos que pretendía. Es la vieja historia del invento que complica al inventor.

Ahora la pelota la tienen sus simpatizantes que, hasta el presente, nunca reprocharon al PRO que calcara el comportamiento de sus pares en cuanto al personalismo interno y tampoco castigaron a Gabriela Michetti por abandonar los cargos después de pedirle a Macri competir por ellos y a la población, el voto para obtenerlos. En 2009 renunció a la vicejefatura de gobierno para ser diputada y ahora está dispuesta a dejar la banca de senadora para ser jefe de gobierno. Estas prácticas, habituales entre los históricos, no debería haberlas copiado un partido nuevo con gente nueva. Esa película ya la habíamos visto.

A las puertas de una interna que va a desgastarlos innecesariamente, el PRO vuelve a equivocar el foco. Hace una década no era la gestión el peor de nuestros males y hoy tampoco es momento de personalismos; parecen transitar la enfermedad de los partidos viejos: mirarse el ombligo. A menos que las diferencias que enfrentan a Michetti y Rodríguez Larreta sean más profundas que cuestiones estrictamente personales y le den sentido a esa pelea. Si es así, sería hora de saberlo.

Mientras tanto, nadie parece advertir allí que la Argentina enfrenta el grave peligro de continuar en este proceso, estéticamente legal, de ahorcamiento de las libertades individuales a partir del avasallamiento de la división de poderes y que el PRO, como parte importante de la oposición, debe hacer todos los esfuerzos posibles para evitarlo. Por ahora, la interna es el todo y eso, para la ciudadanía, es más de lo mismo.

jueves, 12 de febrero de 2015

Mi intervención en el Senado


Texto de lo que dije en la Audiencia Pública convocada por el Consenso Parlamentario el jueves 12 de febrero (conformado por todos los bloques no K de ambas cámaras legislativas)

Dos comentarios sintéticos antes de ir al tema que nos reúne: primero, que voy a ser breve y luego, quiero agradecer esta invitación a compartir con ustedes mis reflexiones. No lo tomen como un cumplido porque no lo es; lo valoro sinceramente; y tal sea ésta la única frase amable que tenga para con los dueños de casa.

Ayer hablaba con mi hijo sobre esta reunión. Mi hijo que vive muy lejos gracias a este país ingrato que expulsa a nuestros jóvenes profesionales a buscar afuera mejores condiciones laborales, desafíos profesionales y mayor calidad de vida. Y él me dijo: “Traten de ver que se trata de un punto de inflexión, que el episodio Nisman es un antes y un después en la vida de nuestro país”. Y tomé su sugerencia. Pensé que, por su edad y por la perspectiva sobre los temas que le otorga la distancia, nos devolvía una mirada que nosotros podemos no tener.

Y reconocí que en verdad lo sucedido es un punto de inflexión. Pero quiero plantear en este debate “que sea” un punto de inflexión, no vaya a ser cosa que en poco tiempo también esta atrocidad termine cubierta por la siguiente atrocidad.

La luz de esperanza es esta convocatoria. Que los diputados y senadores hayan convocado a la sociedad civil es el reconocimiento explícito del fracaso del sistema de representación formal. Porque de otro modo, ninguno de nosotros estaría acá. No es tiempo de reclamos pero si vamos a empezar a hacer las cosas de otra manera, es importante reconocer las responsabilidades.

Pero como acabo de decir, no es momento de planteos. No pueden solos y han pedido el respaldo de la sociedad civil. Pues acá estamos. Como estaremos, en similares circunstancias, el miércoles próximo respaldando al Poder Judicial, que también ha pedido la presencia ciudadana. No será el momento de preguntarle a los hombres de la justicia qué hicieron hasta el día anterior a la muerte de Alberto Nisman, ni con cuánta firmeza defendieron la independencia de la justicia ante el 
avance del poder político. Vamos a estar. 

El periodismo juega un rol curioso en esta familia disfuncional en que se ha transformado la sociedad argentina.  Cuando fallan los canales de representación, el público nos utiliza como tales. Y aún cuando no fuimos elegidos para representar, representamos. Aceptamos esa mochila adicional y pagamos el costo, porque nos cuesta caro. Y nosotros no tenemos fueros pero igual lo hacemos. Y hoy levantamos la apuesta y nos comprometemos a eso y a no dejar caer esta causa en el olvido, ni a 
permitir que nos la tapen con otras cuestiones.

La sociedad comprometida, el periodismo comprometido; faltan ustedes. Queremos saber si esta vez va a ser en serio, sin van a ir a fondo, sin contemplaciones con este poder politico arbitrario que se ha cansado de erosionar las libertades individuales y las instituciones republicanas.

Queremos la respuesta por mi hijo que está lejos, por los padres de muchos otros jóvenes que tambien se fueron y muy en especial por los miles de padres que, en virtud de la inseguridad sumada a la falta de justicia, no pueden esperar la vuelta de sus hijos.

Por todos ellos necesitamos el compromiso de ustedes. 

Aunque hagamos todo bien de ahora en más no podremos devolverle la vida a Alberto Nisman. Pero al menos estamos a tiempo de devolverle la vida plena a nuestra república, que hoy languidece frente a nuestros ojos.

martes, 10 de febrero de 2015

Que la muerte de Nisman no sea en vano





María Zaldívar
Es muy difícil retomar la rutina después de la muerte de Alberto Nisman. Los análisis y las especulaciones electorales suenan inoportunas o intrascendentes. O quizá ambas. En lo personal, se sienten casi como una falta de respeto para quien perdió la vida buscando la verdad. Pero hay que seguir, hasta por él mismo. Esta columna rinde un sentido homenaje a su coraje y compromiso, y hace votos para que la justicia divina compense el bache que está dejando la de los hombres.
Primero que nada, sugiero no dar crédito a ningún trascendido respecto de su muerte porque el aparato de propaganda oficial está trabajando sin descanso para instalar decenas de versiones y trascendidos con el objetivo central, histórico y genético del kirchnerismo: confundir para ocultar.
Con el dolor por la desaparición de un hombre valiente y la desazón de sentir que lo que hacemos a diario no sirve o no alcanza, tratemos de darle sentido a esta muerte injusta. Que Nisman nos arranque del sopor que nos tuvo inmóviles o indiferentes. Hagamos algo útil: decidamos en este instante poner fin al kirchnerismo. Decidámoslo en nuestro corazón primero para que, una vez digerida la idea, la llevemos al plano de la acción. Y la acción puede ir desde elegir ya el candidato que apoyaremos en las próximas elecciones hasta participar en política de manera activa. Entre ambos extremos, todas las opciones intermedias de colaboración valen. Pero es preciso hacer foco en el objetivo y el objetivo es lograr que el FPV abandone el poder, si es que aún estamos a tiempo.
La decadencia a la que hemos llegado debiera alarmarnos: en el Poder Ejecutivo, una mujer acusada de usurpar títulos, acumular una fortuna mal habida y encubrir un atentado terrorista mayúsculo; una persona que nos avergüenza por sus desplantes y sus modales, incapaz de conmoverse con el dolor ajeno.El legislativo, dividido en dos grupos: una tropa de levanta manos sin dignidad, vergüenza ni límite versus un lote de mediocres que, sin querer o queriendo, les hace seguidismo. Y un Poder Judicial infectado de “zafaronianos” dedicados a defender a los delincuentes y, consecuentemente, abandonar a las victimas, celebrando la erosión del principio de justicia.
En esencia, esa es la foto del día.
Esta columna adhiere a la marcha del silencio convocada por los fiscales de todo el país para el próximo 18 de febrero porque es en homenaje al Doctor Nisman y es de buena gente estar en las malas. Hay que recordar al hombre probo que murió buscando la verdad  y hay que acompañar a sus pares. No es tiempo de preguntarle a los hombres de la Justicia qué hicieron antes de la muerte del fiscal, con cuánta decisión resistieron los atropellos de la política o si alguna vez pudieron defender con más firmeza la independencia judicial y no lo hicieron. Hoy hay que estar. La causa de los fiscales es la causa de cualquier argentino y frente al reclamo de que alguien haga algo, parece que uno de los poderes del estado se ha puesto de pie.
Asi lo entendió el foro Usina de Justicia que, a través de un comunicado, adhirió a la movilizacion del 18. “No podriamos estar en ningún otro lugar mientras se honra la memoria de Aberto Nisman” dijeron sus integrantes. Interesante reflexión para quienes dudan entre asistir o no. Pero además, sugieren la instancia internacional como garantía de imparcialidad.
Tras el fracaso rotundo del Poder Legislativo que a lo largo de treinta años no ha representado a nadie más que a sus propios intereses de cuerpo, las circunstancias hacen que la representación provenga de quienes no son elegidos por la gente, y cuya función tampoco es la de representarnos. Pero lo están haciendo en estos dias trágicos de la Argentina y bienvenidos ellos.
Sin embargo, es importante señalar la diferencia entre las marchas y esta marcha. Si la resistencia general a tanto desmadre se percibiera contundente, no habría que descartar que el Gobierno apelara a la “conmoción interna” como excusa constitucional para pegar un tirón a la cuerda. Próximo a las elecciones, el desorden urbano sería un escenario casi deseable para el kirchnerismo. Si la gente todavía no ha entendido que salir a la calle no le sirve políticamente más que al poder instalado, tiene el espejo de Venezuela donde mirarse. Hace años que sus habitantes salen por millares y, aún más bravíos que los argentinos pues se enfrentan al chavismo con un coraje que los lleva presos, no consiguieron limar a la dictadura. 
Entonces, es imprescindible no darle motivos al kirchnerismo para ninguna reacción porque son realmente hábiles levantando la apuesta. Que no tengan de qué quejarse; que deban inventarlo pero no le hagamos el juego porque, a pesar de los optimistas que los ven de salida, siguen teniendo la sartén por el mango. Si el desorden ganara la calle estarían encantados de declarar estado de sitio. Hay que acompañarlos a la puerta pero, ahora sí, con la inmerecida paciencia que supimos tenerles todos estos años.
En este momento crítico del país, en el que se necesita con desesperación estrechar filas y curar las heridas que nos hemos hecho unos a otros, una fuerza emerge tras la consigna de representar el antiperonismo. Con ese planteo ¿hacia dónde está empujando al voto peronista?  ¿Quién necesita otra expresión sectaria en la sociedad? ¿Qué suma de novedoso al sectarismo K? La Argentina no necesita un sectarismo de distinto signo al presente sino una convocatoria amplia, con grandeza para aceptar a todos los que estén dispuestos a volver al estricto cumplimiento de la ley. 
Que la perplejidad, por completo razonable frente a la atrocidad, se transforme en convicción profunda y nos despierte. Necesitamos argentinos avergonzados por lo que nos pasa, lúcidos para ver las trampas del kirchnerismo y sus aliados, maduros para elegir lo que nos conviene a todos más que lo que preferimos en casa y decididos a abandonar el pozo.