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sábado, 2 de junio de 2018

El liberalismo también dice NO

“Noto que todos los militantes del aborto han nacido” dijo Ronald Reagan para sintetizar su opinión sobre quienes resuelven drásticamente el embarazo no querido. 

Muchos intentan descalificar la lucha por la vida con el falso argumento de que el rechazo del aborto tiene una raíz religiosa. Para un liberal clásico el aborto es inadmisible porque vulnera los derechos de otro ser humano y eso no tiene nada que ver con creencia religiosa alguna; por el contrario, en general, los liberales somos, por lo menos, anticlericales. No nos inspira, ni en éste ni en ningún caso, el temor al castigo divino sino al de nuestra propia conciencia que nos impide decidir quién vive y quién muere. 

El liberalismo es la única filosofía basada en el respeto irrestricto de los derechos individuales, los propios y los del prójimo y de su proyecto de vida. Todas las corrientes políticas dirán lo mismo pero cada vez que subordinan lo individual a lo social arrasan con los derechos individuales, pilar indiscutido de la filosofía liberal y el derecho a la vida encabeza la lista. Es absurdo, cuando no perverso, delirar por la contaminación ambiental, la preservación de los bosques o la extinción de la ballena azul y militar por la interrupción de la vida humana. Es hipócrita marchar por “los más vulnerables” y “los que menos tienen” y negar que el ser humano no nacido es la criatura más indefensa de toda la cadena de seres vivos. Es contradictorio bregar por el cuidado integral de la mujer y, en simultáneo, reclamar para ella el derecho a suprimir una vida sin más trámite.

De la extrema debilidad del niño por nacer se aprovechan las ideologías autoritarias que se arrogan el derecho de decidir por él. En cambio el liberalismo, porque pone al individuo por encima de cualquier otro interés, lo defiende; lo reconoce como objeto de derecho aún en su extrema indefensión; defiende su derecho a vivir, a nacer, a elegir y a tener un proyecto de vida, porque decidir por los demás es una actitud fascista. 

En la actualidad, un delincuente (el que roba una gaseosa o el que mata un policía) es considerado menor hasta los 18 años. También hay que cumplir 18 años para abrir una caja de ahorro en un banco y 17 para manejar un auto. Sin embargo, los mismos legisladores que se niegan a modificar la edad de imputabilidad están dispuestos a votar que una criatura de 13 años está madurativamente apta para decidir la interrupción de un embarazo sin siquiera la intervención de un mayor e ignorando el derecho a opinar del padre de ese ser humano por nacer.

El liberalismo no se termina ahí; hace una religión de la responsabilidad sobre los actos propios y este proyecto de ley es la contratara de ese principio. El populismo se sigue colando en la vida cotidiana de la Argentina haciendo estragos. En el fondo del reclamo, lo que persiguen las abortistas es la gratuidad de la práctica. Quieren tener relaciones sexuales, no evitar embarazarse y luego exigir que la sociedad cargue con el costo del procedimiento. Y suben la apuesta. En un éxtasis de autoritarismo y como si aquello no fuera suficiente, pretenden negarle a los médicos la objeción de conciencia; están dispuestas a obligar a practicar abortos a quien estudió para salvar vidas. 

Al respecto, podrían mencionarse argumentos de la Academia Nacional de Medicina: “el niño por nacer, científica y biológicamente es un ser humano cuya existencia comienza al momento de su concepción… destruir un embrión humano significa impedir el nacimiento de un ser humano… el pensamiento médico a partir de la ética hipocrática ha defendido la vida humana como condición inalienable desde la concepción. Por lo que la Academia Nacional de Medicina hace un llamado a todos los médicos del país a mantener la fidelidad a la que un día se comprometieron bajo juramento” 

Si no bastara con el elemental principio humanitario de reconocer el derecho del más débil, también está la ley. “Esta Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires… estima oportuno recordar que el derecho a la vida desde el momento de la concepción se encuentra implícitamente protegido en el artículo 33 de la Constitución Nacional y ha sido consagrado de modo explícito en varias constituciones provinciales… Ese derecho está protegido por el artículo 4.1 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José de Costa Rica) aprobada por la Argentina por la ley 23.054, en el que se reconoce que “persona es todo ser humano a partir del momento de la concepción con derecho a la vida”

Sorprende que haya sido el Poder Ejecutivo y los principales referentes del macrismo quienes pusieran sobre la mesa esta discusión. Ellos sí, producto de la formación religiosa, no pueden desconocer que la Iglesia Católica castiga con la excomunión inmediata a quien promueva la interrupción de la vida. Hay quienes dicen que se trató de una estrategia distractiva para sumergir a la sociedad en un debate acalorado y sacar el foco de los problemas crecientes y acuciantes. Queremos creer que no fue esa la intención porque, de serlo, estaríamos frente a un gobernante para quien el fin justifica los medios. Y eso sería una tragedia de una envergadura similar a la de un aborto.

domingo, 27 de mayo de 2018

Error de Diagnóstico


Aún en medio de la crisis cambiaría de las últimas semanas el mayor problema que enfrenta la actual administración sigue siendo político. Mauricio Macri se asomó a la acción pública apoyado en dos slogan: “somos jóvenes” y “nunca militamos”. La falacia de transformarlos en virtudes corrió por cuenta del marketing. Pasada más de una década de aquel desembarco, la mayoría de ellos ya peina canas y, aunque resistan el paso del tiempo con vestimenta “casual”, evitando la corbata, abusando de las zapatillas y hasta echando mano a alguna que otra tintura, la cualidad de la juventud no se puede seguir esgrimiendo. Algo parecido pasa con la otra máxima. Tras dos gestiones en la jefatura de gobierno, más de una docena de elecciones y medio mandato presidencial, ya pueden considerarse clase política. 

Sin embargo, los PRO puros no terminan de asumir que la política no es genéticamente “mala” y la siguen cuestionando como si fuese la clave y el motivo de nuestros problemas. No es cuestión de prohibir los autos para evitar los choques. Hay que conducir responsablemente. Con la política pasa lo mismo aunque la solución es infinitamente más compleja: es cierto que la sociedad está harta de los burócratas; es cierto que los burócratas vienen dando motivos para tal rechazo; es cierto que hay una relación inversa entre la eficiencia de la política para la resolución de problemas y el crecimiento del estado y es cierto, también, que el material humano que aterriza en la función pública se deteriora año tras año. Todos estos argumentos, poderosos y absolutamente reales, no alcanzan para probar que sin política y sin políticos, las cosas mejoran. 

Ahí reside el error de diagnóstico, esencialmente del PRO ya que la opinión de los radicales y los peronistas que integran la coalición de gobierno, hasta ahora, ha tenido poco y nada de peso. Ellos tienen una mirada algo “naive” y por supuesto equivocada, del hombre. Creen que el género humano se divide en buenos y malos y toman decisiones a partir de esa visión. Todas las ideologías que piensan un hombre ideal y no aceptan que es lo que es, con sus matices , sus cualidades y sus mezquindades, siempre terminan errando el diagnóstico y las alternativas posteriores para enderezar los conflictos. 

Desde esa perspectiva errada, el macrismo apostó a las personas “correctas” para cada función. Si cambiaba a Timermann por Malcorra, a Garré por Patricia Bullrich y a Aníbal Fernández por Marcos Peña, por ejemplo, la solución estaba en camino. En economía hicieron lo mismo. Humanamente claro que reemplazar a Kiccillof por Prat Gay y a Alejandro Vanoli por Federico Sturzeneger fue agradable, pero no suficiente. No llovieron las inversiones, ni cambió nada por el solo cambio de gobierno. Pasados más de dos años, la realidad demostró que las cosas no son tan sencillas y que las personas correctas en el sistema incorrecto terminan fagocitadas y/o neutralizadas. Entonces, lo que tiene postrado a nuestro país hace décadas es el sistema que, para mantenerse firme, elige las personas que le garantizan larga vida. 

Instituciones débiles, justicia paupérrima, partidos políticos arcaicos con dirigentes eternos que se reciclan hasta la muerte, una universidad que no aporta pensamiento crítico, una intelectualidad empobrecida que ofrece más enfrentamiento que ideas, medios de comunicación oligopólicos que dificultan el debate amplio y desinteresado, gremialistas profesionales, ricos en dinero y obesos de chicana política y empresarios prebendarios atados a los negocios con el estado impiden la renovación del marco de convivencia argentino. 

La lista sábana por la cual los partidos nos imponen candidatos impresentables mezclados con históricos que se los conoce más por su permanencia  que por sus obras, la agremiación compulsiva a sindicatos monopólicos, las cámaras empresarias defendiendo privilegios sectoriales y políticos dedicados a mejorar la calidad de sus vidas y no las de sus votantes y un estado elefantiásico e ineficiente con la consecuencia inevitable de la corrupción hacen el combo perfecto para mantenernos en esta decadencia. 

Por eso el cambio de personas no alcanza. Es peor. La maquinaria perversa que empezó a gestarse en la Argentina a mediados del siglo XX y que ya tiene vida propia se come la esperanza que la sociedad deposita en sus representantes. El remedio para eso no es esquivar la política sino curarla. Es educar al soberano. Es imprescindible arrasar con la Argentina corporativa y volver a la Argentina liberal de la Constitución de 1853; la que nos hizo grandes, la que miró al futuro y puso al país en la senda del crecimiento. 

El debate peronismo-antiperonismo en el que algunos siguen enredados, quedó viejo. Es, en todo caso, el dilema del siglo pasado. Porque, luego de 1955, todos regaron las raíces del populismo. La tarea es erradicarlo; cuando eso suceda, qué persona ocupa qué cargo será anecdótico porque el ordenador será un sistema institucional sólido que es el que pone en armonía los esfuerzos individuales para que imparten en lo colectivo.  Hoy la corporación política-empresaria-sindical es un lastre que es preciso desactivar. 

Mientras no se apunte a ese cambio de paradigma, seguirá vigente la frase de Mariano Moreno: “Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía”. 

jueves, 2 de noviembre de 2017

El post kirchnerismo


La derrota del kirchnerismo en 2015 causó a buena parte de la sociedad argentina un atendible alivio que pronto se transformó en euforia. Habían sido muchos años de desquicio, de maltrato por parte del estado (mayor al habitual) y de deterioro general. El alejamiento de los vándalos era motivo suficiente para el festejo. 

Sin embargo, a diferencia de lo que el PRO había instalado, el recambio en sí mismo no determinó un florecimiento espontáneo e instantáneo. Para cambiar los efectos hay que cambiar los incentivos y, si bien el discurso viró casi de inmediato de manera sustancial, en los hechos había que desmantelar un aparato perverso que ahoga y esquilma. A juzgar por las reacciones, esa parte práctica parece no haberse alterado, o no con la velocidad esperada. El gobierno no introdujo grandes modificaciones a la estructura del estado elefantiásico, no suprimió regulaciones que mantienen atadas muchas transacciones económicas ni propuso reformas profundas en plano alguno. El aparato kirchnerista seguía en pie. El empresariado nacional y el extranjero en particular, que llena de elogios a la nueva administración, tampoco varió demasiado su postura en términos de apuesta al mediano plazo. Para decirlo en criollo, nadie abrió la billetera.

Dos años después, Mauricio Macri fortalece su perfil político tras batir a Cristina Kirchner en las elecciones de medio término, esas que servían de excusa a sus seguidores para explicar por qué se demoraba en arrancar con las reformas de fondo. Ahora ya no quedan motivos para dilatar más las transformaciones.   

Y no se trata solamente del tamaño del estado. El déficit fiscal, la acumulación de deuda externa, la inflación, el crecimiento exponencial de los empleados públicos, la falta de independencia de los poderes y la corrupción son males endémicos de la sociedad argentina que responden a una cultura que es preciso erradicar. Pero también existe un falla en el sistema político que no ha podido sanarse aún tras la debacle peronista y la aparición de este nuevo espacio político llamado PRO. 

La reciente convocatoria cursada a todos los sectores para escuchar un monólogo presidencial en un recinto tan imponente como innombrable, fue más de lo mismo. No se trató, aunque los explicadores se esfuercen por contorsionar las palabras, de un gobierno que finalmente se abre a la discusión de los grandes temas. Fue una administración que convocó a acompañarla, que es muy distinto. El diálogo no es un preferido del macrismo. 

Los argentinos necesitamos aprender a darle más importancia a los hechos que a las palabras porque el inmenso éxito de los sucesivos relatos responde a ese fallido. El PRO dice. Pero es preciso mirar lo que hace. 

Los memoriosos recuerdan la manera poco elegante con la que Mauricio Macri se deshizo de Ricardo López Murphy cuando el macrismo era apenas una intención y Recrear, una estructura política en pie. Con la inestimable colaboración de su flamante senador electo Esteban Bullrich, se quedó con el partido y con sus glóbulos rojos: las miles de fichas de afiliación con las que robusteció su, hasta entonces, humilde armado. 

Con Lopez Murphy fuera de la cancha (los fiscales de entonces recuerdan a Jorge Macri recomendando cortar boleta y descartar la del “bull dog” senador) anduvo tranquilo hasta el surgimiento de Martín Lousteau y de Sergio Massa. Desde dos orígenes distintos, ambos disputan un electorado muy preciso: anti K-no macrista, casualmente el mismo segmento del que se nutre Cambiemos. 

El ex-ministro de economía de Cristina Kirchner le hizo pegar un buen susto cuando su caudal de votos se acercó peligrosamente al de su pollo, Horacio Rodríguez Larreta. Tal fue el impacto que pergeñaron neutralizarlo distinguiéndolo con la, luego supimos, inmerecida confianza de representarnos ante el gobierno norteamericano. 

Más tarde, cuando lo rechazaron para integrar la alianza “Cambiemos” nos enteramos de que era apto para ser nuestra voz frente en el país más importante del planeta pero no para disputar una interna en las filas del oficialismo. En el clima que plantó el kirchnerismo en donde si no sos mi amigo, sos mi enemigo (y que Cambiemos no alteró ni un poquito) Lousteau quedó del otro lado del Jordán. No alcanzó las mieles del bautismo macrista. 

Así devaluado y sumados los buenos oficios de Elisa Carrió destratando verbalmente a quien fuera su candidato en la elección anterior, Lousteau vio mermadas sus posibilidades electorales. 

El otro adversario incómodo es Sergio Massa, del que bastó recordar y recordar su pertenencia al kirchnerismo para descalificarlo. Aunque fuera el que se le paró de manos a la propia Cristina en pleno auge K, allá por 2013 y truncó el sueño reeleccionista de la entonces Presidente. A Massa se le reclamó que criticara a un gobierno que estaba tratando de enderezar los dislates heredados y su independencia indignó a la dirigencia cambista; la misma que se negó a que el massismo se integrara a una alianza amplia como sugería Gerardo Morales. O sea, el macrismo que puso a Massa en la vereda de enfrente se indignaba cuando Massa hablaba, desde la vereda de enfrente. 

La grieta, intacta, mientras tanto hizo el resto fidelizando votos para los dos antagónicos y no dejando espacio a los grises. 

Así llegó la Argentina a las elecciones legislativas de 2017. De un lado, los representantes del peor gobierno de la historia, inmorales, mendaces, corruptos hasta la paranoia y del otro, Cambiemos, una mezcla de macristas sin tradición política, radicales, peronistas menemistas, peronistas ex massistas y hasta un nutrido lote de peronistas ex kirchneristas diseminados entre el gobierno nacional, local y provincial. 

El día después, medio país festeja el retroceso del kirchnerismo cuya pérdida de poder aleja sus posibilidades de volver. La otra mitad está fragmentada y algo desorientada pero es la mitad del país y quien conduce el barco no puede seguir alentando esa dispersión para su particular beneficio. El sistema político argentino cruje porque tiene memoria emotiva de los efectos adversos para la sociedad de la figura de partido dominante (no lo digo yo, lo explica magistralmente Giovanni Sartori). 

Qué quiere el PRO en materia política? Cambiemos se convirtió, en poco tiempo, en una aspiradora. Pero es iluso pensar que la diáspora de los que no son absorbidos va a mantenerse inactiva. Si el plan es “los sanos se vienen con nosotros” van a dejar a la sociedad sin opciones. El post-kirchnerismo tiene que ser más que el anti-kirchnerismo amontonado: Carrió más Cariglino más Ritondo más Angelici más Ocaña más Santili más Suarez Lastra.

“El líder tiene que decirle al público la verdad” recomienda Rudolph Giuliani. Mucho antes, Maquiavelo concluyó que las crisis democráticas tienen dos orígenes: el sectarismo extremo y las desigualdades extremas. “Las demandas de los fanáticos empujan a dividir a la gente en dos bandos enemigos. Quienes creen que así se puede unir la República” dice Maquiavelo, “están muy engañados”.



viernes, 28 de abril de 2017

La villa - barrio




Una de las áreas que le quita el sueño al PRO es la comunicación. Tal vez movidos por eso, los vecinos de la ciudad de Buenos Aires somos ametrallados con mails, encuestas y llamados. “Conocé tu policía”, “Decinos qué opinas de esto”, “Vení a ver aquello”. Respondí afirmativamente a “Queremos saber qué pensás del Proyecto de urbanización de los barrios 31 y 31 bis”. 

Me recibió “Sole”. “Sole ¿qué?” pregunté descubriendo mi pertenencia a una generación en la que las personas teníamos apellido. Tan joven como amable, Sole me comunicó que “Agustín” estaba por llegar. No por nada son muchachos 3.0; “Sole” sabía porque, efectivamente, a los pocos minutos apareció un simpático “Agustín” quien, me vine a enterar, reemplaza a “Facu” al frente de la Comuna 2. 

Pasadas las presentaciones, Agustín nos dijo que la verdadera responsable de explicar el proyecto, Belén, estaba en camino. Y así fue. Sole y otros tres jóvenes observaban el desenvolvimiento de la reunión desde una mesa vecina. Uno sacaba fotos, otro tipeaba en una computadora y los cuatro lucían pendientes de sus respectivos teléfonos celulares. Hasta ahí, todo muy PRO. 

Mi planteo inicial fue “cambiar”, no simplemente las palabras ni maquillar la realidad; les dije algo así como “desde que tengo memoria en Retiro hay una villa de emergencia; hoy, una tremenda villa que me acabo de enterar de que son dos. Si me convocan para hablar de los barrios 31 y 31 bis me predisponen a creer que vamos a ser engañados por la política otra vez. Votamos cambiar y entre los cambios que debemos encarar los argentinos está aceptar la realidad por dura que sea. Si el plan es “Hagamos de la villa un barrio”, cuenten conmigo; mientras arranquen con la demagogia de cambiarle la denominación, empezamos torcido”.

Durante el transcurso de la reunión mencionaron muchas veces a Diego (primero creí que se referían a Santilli pero después descubrí que se trataba del jefe de Belén, Diego Fernández, subsecretario de Integración Social y Urbana de la Ciudad) a quien, veinticuatro horas después, escuché por radio repitiendo el mismo libreto que desarrolló Belén, con los mismos ejemplos y las mismas palabras, haciendo énfasis y callando en los mismos ítems.

A lo largo de las dos horas y media que estuve allí, noté lo “coacheados” que estaban Agustín y Belén: no se engancharon nunca en las críticas y objeciones que se plantearon y jamás perdieron el hilo de lo que fueron a decir. Esperaban con educación que terminaran las interrupciones y retomaban su discurso exactamente donde había quedado. 

Nos contaron del terreno que la ciudad le compró a YPF donde está en marcha la construcción de 1200 viviendas para la gente que en la actualidad se aloja debajo de la autopista que se suma al plan de mejoramiento de las casillas ya construidas; nos contaron que el cambio de la traza de la Autopista Illia viene con la construcción de un edificio que albergará al ministerio de educación de la ciudad más la construcción de centros de salud, escuelas y hasta un polo de generación de trabajo y nos contaron también que la finalización de las obras, cuyo costo ronda los 450 millones de dólares, está calculada para dentro de seis años por lo menos. Por si lo descripto fuera poco, nos contaron que está previsto un parque lineal de 800 metros en el tramo de la actual autopista que deje de servir cuando se construya la nueva. Buenos Aires tendrá su “high line” al mejor estilo de Manhattan con la única diferencia de que, allá, uno baja y se encuentra con el icónico Chelsea Market y acá nuestro “high line” telúrico desembocará en una villa de cada lado. 

Nos contaron sobre la alta tasa de mortalidad infantil que registra la villa por, entre otros motivos, las escaleras de caracol que los padres de los pequeños construyen para alojarse en pisos superiores y también nos transmitieron la preocupación que tiene el gobierno de la ciudad por integrarnos a todos.
Respondieron preguntas, algunas con más detalle que otras; estaban decididos (aunque Agustín nos adelantó que “no queremos convencerlos de nada”) a mostrarnos una villa amable, llena de gente ansiosa por abandonar la ilegalidad en la que viven y empezar a pagar por todo aquello que reciben gratis desde hace años. Evitaron cualquier referencia a índices de criminalidad, robo de autos, secuestros express, droga, indocumentados y la ilegalidad comercial que alberga ese enorme predio, preocupación por completo legítima que transmitimos sus vecinos más próximos. Tampoco hubo mención del millón de dólares que se le pagó, vía contratación directa, a un prestigioso estudio de arquitectura de origen danés para el desarrollo de un plan que incluye el área comercial de la villa 31 y la “urbanización” integral de Retiro-Puerto.

“Los mismos prejuicios que tienen uds respecto de ellos los tienen ellos respecto de Uds” nos aclaró de entrada Belén, claramente ubicada del “bando” de “ellos”. Se le escapó al coach de la joven evitar semejante sincericidio que desnudó el concepto marco del emprendimiento: que “ellos” están ahí por falta de oportunidades, porque la población en general les dio la espalda, porque el interior los expulsó y porque la sociedad es por completo indiferente a sus problemas. Eugenio Zaffaroni no lo hubiese explicado distinto. Sin embargo, la verdad es otra, más amplia y más compleja y contiene datos históricos que resisten la descripción romántica de los jóvenes PRO. La industrialización desordenada que impulsó el peronismo atrajo a la población rural hacia los primeros cordones de la provincia y la ciudad de Buenos Aires, población que más tarde fue utilizada para modificar a su favor los resultados de los comicios, en tanto alteraron el peso histórico de las preferencias políticas de los habitantes de los centros urbanos, naturalmente antiperonistas. 

Entonces, el responsable de esos asentamientos no es la indiferencia del vecino sino el peronismo; en primer término el de los años ´50 y luego el kirchnerismo, alentando el ingreso indiscriminado de población ilegal proveniente de países vecinos, que tomó las villas como enclaves de concentración familiar. Dicho esto y asumido que las villas son otra herencia peronista, la política tiene la obligación de resolver el problema. Mientras tanto, se rechaza la mirada sesgada y errónea que le imprime esta administración. 

La noche había caído sobre Buenos Aires. Consideré que ya sabía suficiente del tema. Sabía más que cuando había llegado: para empezar, ahora sabía que el proyecto no era un proyecto sino un plan en ejecución. Sin embargo, eso no fue lo principal; ni siquiera el endeudamiento con el Banco Mundial al que se someterá por no sabemos cuántos años al vecino de la ciudad de Buenos Aires para llevar adelante la faraónica obra; lo inquietante es el enfoque, profundamente socialista, injusto, desigual y errado del proyecto. 

Por lo general la juventud es inconformista e interpela al poder. En este caso, el poder se las volvió a ingeniar para ser el “dador” de privilegios pagados por una población a la cual, veladamente, acusa de responsable de esa marginalidad; una clase política que se sabe rodear de jóvenes dóciles que acompañan su arbitrariedad, convencidos de estar enderezando una desigualdad a fuerza de más estado mientras ignoran la noción de responsabilidad personal y de esfuerzo individual que le cabe a cada individuo en la construcción de su destino. 

Jóvenes que ignoran el principio de la igualdad ante la ley cuando le otorgan una vivienda a quien usurpó terrenos públicos, casi como un premio, mientras quienes hace décadas trabajan y tampoco han accedido al techo propio son discriminados por la varita mágica del estado distribucionista. Eva Perón inventó aquello de “la necesidad crea derechos”. Esta camada de burócratas lo pone en práctica a favor de sus pobres elegidos en desmedro de otros pobres, los que no se atrevieron a violar la ley. Se sienta, otra vez, un mal precedente en una sociedad repleta de malos precedentes. 

La buena fe de sus ejecutores no compensa los errores que envuelven el emprendimiento. La idea de la sociedad culpable se suma a otra horrible falacia: la convicción de que con las leyes (a las que aludieron repetidamente) y las obras en marcha y futuras habrán de “integrar” a los pobladores de Recoleta y la villa. Así de simple. O de simplista. 

viernes, 16 de diciembre de 2016

Política de agravios



El kirchnerismo, peronismo políticamente puro, en la práctica marcó una gran diferencia con las otras variedades de la especie: no practicó la inclusión que fuera bandera de su gestión; eligió y descartó con precisión los pasajeros de su colectivo. No era jerarca kirchnerista quien quería sino a quien se lo permitían. Esa práctica les granjeó enemigos que, de haber sido más inclusivos,, no hubieran estado en otro lugar sino en sus filas. Muchos peronistas e inclusive muchos periodistas, inicialmente simpatizantes de los modales autoritarios de Nestor Kirchner, quedaron descolocados y, sin elegirlo, aparecieron en la vereda de enfrente. Esta característica dista mucho del resto de los peronismos, en esencia ecuménicos. 

El PRO comparte con el kirchnerismo esa suerte de elitismo a la hora de sumar dirigencia a sus filas: porque predican el horror al peronismo aunque, en la práctica, el único peronismo inadmisible para ellos es el que no se pone la remera amarilla. Pero a su vez, no se pone la remera amarilla el peronista que quiere sino el que el PRO decide. No cansaremos haciendo la larga lista de peronistas históricos que son funcionarios de este gobierno pero cierto es que a algunos no los dejan subirse. El caso emblemático es el de Sergio Massa quien, según transcendió allá por 2015 cuando sus fuerzas  electorales mermaban, estaba dispuesto a acompañar a Cambiemos en una alianza con tal de batir al kirchnerismo. 

Cuando Macri, Peña, Carrió y Durán Barba (en ese punto la diputada coincidió con “el ordinario”) se negaron, tendrían que haber supuesto que un Massa “líbero” sería un hueso difícil de roer. Pero ellos tuvieron la opción. Habrán evaluado que pesaría más en la mochila propia y lo prefirieron enfrente. Es amateur soñar con que se quede esperando los tiempos del oficialismo. El PRO tiene que entender que la política no es una foto ni una película en la que solo ellos tienen movimiento.   

Tras meses de calma y colaboración massista en el Congreso Nacional y en la provincia de Buenos Aires garantizándole a María Eugenia Vidal una convivencia más que armoniosa, sobrevino el primer desacuerdo. Sergio Massa impulsó el tratamiento de uno de sus proyectos de campaña y consiguió su sanción vía negociación legislativa (para eso está el Congreso). Entonces, ¿es Massa ”impostor y traidor” (agravios personales que ni la propia Cristina Kirchner, afecta al destrato verbal, se atrevió a dedicar a un adversario)? O los epítetos hablan más del Presidente que del insultado? 

El presidente Macri llegó a esa conclusión porque su adversario político forzó al oficialismo a cumplir una promesa de campaña: tratar este año la reducción del impuesto a las ganancias y el reacomodamiento de las escalas. La cantinela de Cambiemos sobre que lo tenían previsto para extraordinarias no la cree ni Papá Noel: el proyecto del PRO se confeccionó a las apuradas y el que lo portaba aterrizó con la lengua afuera en la Mesa de Entradas de Diputados como Claudia cuando están bajando las persianas de los locales del shopping. 

Tan fríamente calculada estaba la maniobra que fueron derecho a los anales de la historia del Congreso como el primer caso de un proyecto de ley del Ejecutivo que fracasa en la sesión convocada al efecto por el propio Ejecutivo.

El engendro votado se arreglará, se vetará o irá a engrosar la maraña de engendros que nuestro Congreso no ha tenido empacho en votar a través de las últimas décadas. La ira y la carencia de templanza del Presidente ante un revés más publicitario que grave es inquietante. “Lo llevé a Davos” dijo Mauricio Macri refiriéndose a Massa como si se hubiese tratado de un favor personal. Los argentinos creímos que aquella invitación fue parte de una estrategia de largo alcance que intentaba transmitir varios mensajes: un estilo decididamente diferente de hacer política y un liderazgo personal también distinto, que incluía la presencia de un líder de la oposición en su comitiva . Además creímos que eso era beneficioso para él en lo personal por la imagen del país que quiso transmitir y que ese combo favorecería las gestiones que pretendía encarar la nueva administración. Ahora nos enteramos que lo llevó para ventaja exclusiva de Massa. 

Hasta hoy, no se escuchó ni la más tímida autocrítica de parte del oficialismo sobre su incumplimiento a una promesa de campaña, a la resistencia a dialogar el tema con la oposición y, por sobre todo, a la miopía política. La falta de destreza del macrismo devolvió protagonismo político a las figuras  más deleznables de la administración anterior. Que Recalde y Kicilloff volvieran al centro del ring es imputable al oficialismo, no a Sergio Massa, por ahora un actor de reparto que estaba, él sí, cumpliendo con su promesa de campaña. La experiencia se ve en las situaciones complejas y el kirchnerismo aprovechó la indolencia con la que el PRO mira a la política. 

Tras la aprobación de la ley Massa declaró que el episodio no debía leerse como la derrota del oficialismo. Massa sabe que este es el primer round de una pelea larga que va mucho más allá del tema Ganancias. Macri atacó como si se tratara de una situación terminal. Cuando Sergio Massa se perfilaba favorito para las elecciones de 2015 y comenzó a perder terreno hasta quedar tercero supo controlar los sentimientos y seguir adelante cuando todos, hasta muchos de los propios, creían que su carrera política estaba agotada. Ambos ejemplos son mucho más que dos estilos. Se trata de la forma de reacción ante la adversidad. 

Vienen tiempos difíciles para nuestro país. La economía se resiste a tomar el camino del crecimiento. La pobreza no nos da tregua. El delito goza de buena salud.  La educación no acompaña la desesperante necesidad de modificar la conducta social. La noción de autoridad brilla por su ausencia. La justicia no es una solución sino un problema. La gente mala percibe que la fiesta continua y no afloja ni en reclamos ni en excesos. La gente buena también percibe que la fiesta sigue y está cansada. 

 Ojalá que los recientes dichos del Presidente sean un lamentable exabrupto porque si se tratara de su forma de reaccionar ante situaciones adversas,tendríamos otro para sumar a la larga lista de problemas que nos aquejan.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Menos de lo mismo



Crecí escuchando que “somos un país rico” mientras la realidad se empeñaba en desmentirlo. Algo raro pasa porque ese mensaje repetido hasta hoy nos describe como reyes pero el espejo nos devuelve la imagen de unos zaparrastrosos que viven a subsidios. Porque si es cierto que estamos llenos de recursos naturales también es cierto que, mientras permanecen en estado natural, no son recursos.

A través de las ultimas décadas hemos apilado beneficencia estatal hasta convertirnos en un destacado miembro del lote de naciones tercermundistas del planeta. Peleamos los peores lugares en la pruebas PISA con países tan remotos que hasta desconocemos su ubicación en el mapa. Cada año aumentamos la cantidad de planes sociales y, lejos de preocuparnos, nos enorgullece. Millones de habitantes reciben asistencia social para alimentar a sus familias, millones que tampoco pagan sus consumos de servicios públicos y a la mayoría de los millones que sí los pagan les parece bien. Podría deducirse que a todos los involucrados: asistidos, estado y pagadores les resulta menos gravoso mantenerlos económicamente que sacarlos de la indigencia. 

Recientemente se ha comunicado con satisfacción el “boleto estudiantil” . Hace unos cuantos años que los chicos van al colegio, principalmente, a comer. Suprimidos los aplazos y sin posibilidad de repetir grado, la escuela pública fue mutando hasta llegar a ser el engendro que es hoy. Ahora los chicos podrán trasladarse gratis a un lugar donde les regalan la     comida y las notas. En el fondo es lógico. Si el padre no paga la luz no hay razón para que el hijo pague el transporte y el  almuerzo. La asistencia estatal se ha vuelto cultura. O incultura porque, paradójicamente, quienes se empujan por entrar en el circuito de la dádiva oficial no salen más de pobres. Las consignas culturales de moda han sepultado la noción de dignidad y que el estado provea lo que cada individuo no puede alcanzar con el propio esfuerzo, ahora es un derecho. 

Nótese que las villas “miseria”, inolvidable legado de Perón que trasladó gente del interior a la capital y el conurbano para.    alterar el resultado de las elecciones en su favor, solían denominarse villas de “emergencia”. El concepto indica  excepcionalidad y durante varias décadas, así fue. El poblador de esos asentamientos estaba de paso hacia algo mejor. Mi madre, docente, censó durante años algunos de esos barrios marginales. Su recuerdo habla de familias humildes y prolijas que la recibían con amabilidad y algún bocadito casero. No iba acompañada por gendarmería, nadie le robaba ni la hostigaba; vio muchos manteles de hule, mucho tejido a mano y la expectativa de no volverse a encontrar en el siguiente censo.

Hoy no son más “villas de emergencia” porque no son más de paso. Los cartones y el adobe fueron reemplazados por materiales de construcción que los diferentes gobiernos, desde el peronismo a Cambiemos, reparten “gratis”. El proyecto pasó de erradicarlas a urbanizarlas, como si fuera posible urbanizar el espanto. El poder político ha decidido sepultar a sus pobladores sellando su suerte. Con cada bolsa de cemento que aceptan, esos “beneficiados” están firmando su declaración de pobreza permanente. 

El peronismo institucionalizó la demagogia. La Argentina tomó el veneno con las dos manos a partir de los ’50 pero setenta años después no es serio seguir lamentándose de aquella catástrofe. Los no peronistas estamos utilizando la misma paupérrima excusa de los que señalan al gobierno militar de los ’70 como responsables de los males actuales, cuarenta años después. Un día hay que madurar, hacerse cargo de la mochila que nos ha tocado y dejar de mirar para atrás. Sin exculpar a nadie, es hora de terminar con la descripción de los problemas y pasar a resolverlos. ¿Qué día hicimos de la miseria una virtud y cómo ninguna fuerza política opuso resistencia a semejante falacia? 

El punto de discrepancia es el diagnóstico. ¿Cuál es nuestro problema? ¿Qué hay que cambiar para que el país se encamine? ¿Es una cuestión de personas o hay algo más? El PRO entiende que son las personas. Ese es el diagnóstico
sencillo: se cambian las personas equivocadas por las correctas y listo, la cosa se arregla. Los que sostenemos que el
problema es el sistema entendemos que, cuando el sistema funciona, las personas son casi lo de menos pero que la tarea de cambiar el sistema es titánica y que para eso sí es preciso un puñado de titanes. 

Cambiar las personas es reemplazar a Kicillof por Prat Gay. Cambiar el sistema es pensar y aplicar una política que tenga como objetivo reducir los subsidios y el asistencialismo y es trabajar sobre una población empalagada de populismo. Es explicarle que cuando se reclama que de algo se haga cargo “el estado”, un asalariado estará haciendo el esfuerzo económico. Es aclararle a la opinión pública que “el estado” son los que trabajan y pagan impuestos, que “el estado” reparte el dinero ajeno porque “el estado” solo genera gasto. Cambiar el sistema es abandonar el tramposo paradigma colectivista de la igualdad que abrazamos hace décadas y dejar de temerle a la libertad.

Cambiar las personas es reemplazar a Garré por Patricia Bullrich o a Parrilli por Majdalani. Cambiar el sistema es degollar
 la connivencia entre la política y el delito. Es decidirse a no tener contemplaciones ni complicidades con la delincuencia. Es desarmar las mafias en Ezeiza, en la Aduana y en el futbol. Es arrastrar ante el Consejo de la Magistratura a cada juez y a cada fiscal que no se muestre implacable contra la corrupción, aunque se pierda una votación, o varias. Cambiar el sistema es animarse a hacer algo diferente a lo que se vino haciendo. Cambiar las personas es “infiltrar” agentes de seguridad en las fiestas para detectar narcotráfico o uso ilegal de armas. Cambiar el sistema es disponer de las fuerzas de seguridad en franca defensa de los ciudadanos y arremeter contra el delito sin complejos, sin “buenismo” ni tibieza respaldados en el Código Penal que manda “reprimir” la conducta antisocial. 

Cambiar las personas es reemplazar a Braga Menéndez por Durán Barba. Cambiar el sistema es decir a la población lo que tiene que saber esencialmente la verdad, con independencia de lo que marquen las encuestas. Es respetar a la  política porque es una ciencia y no instalar falazmente que venir de otro sector sin experiencia en la cosa pública es una cualidad en sí misma. 

Cambiar las personas es reemplazar a Lopérfido por Jorge Pititto. Cambiar el sistema es sostener al funcionario que dice la verdad, cueste lo que cueste ya que los principios no tienen precio. Es ser fuerte ante el embate de los que distorsionan la historia porque defender las causas justas nunca es gratis pero sería deseable que acá, como en algunas sociedades, valiera la pena. Porque la Conadep dice que los desaparecidos fueron 8600 y la diferencia entre la verdad y la mentira no es un número sino una forma de encarar la vida. Es la diferencia entre ser Fernández Meijide o ser Bonafini; es la diferencia entre ser una persona de bien o no serlo y porque ceder a la mentira es de cobardes, es vergonzoso y es imperdonable. 

Cambiar el sistema es dejar de vociferar contra la corrupción casi como una muletilla y luchar contra la impunidad que es lo que realmente nos destroza como sociedad y que sigue gozando de excelente salud a pesar del cambio de personas. 

La Argentina está grave. El peronismo la ha devastado pero el radicalismo no viene haciendo demasiado por modificar el rumbo y ahora, asociado al PRO, tampoco se vislumbra la intención de barajar y dar de nuevo.