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2da Edición

sábado, 24 de septiembre de 2016

Menos de lo mismo



Crecí escuchando que “somos un país rico” mientras la realidad se empeñaba en desmentirlo. Algo raro pasa porque ese mensaje repetido hasta hoy nos describe como reyes pero el espejo nos devuelve la imagen de unos zaparrastrosos que viven a subsidios. Porque si es cierto que estamos llenos de recursos naturales también es cierto que, mientras permanecen en estado natural, no son recursos.

A través de las ultimas décadas hemos apilado beneficencia estatal hasta convertirnos en un destacado miembro del lote de naciones tercermundistas del planeta. Peleamos los peores lugares en la pruebas PISA con países tan remotos que hasta desconocemos su ubicación en el mapa. Cada año aumentamos la cantidad de planes sociales y, lejos de preocuparnos, nos enorgullece. Millones de habitantes reciben asistencia social para alimentar a sus familias, millones que tampoco pagan sus consumos de servicios públicos y a la mayoría de los millones que sí los pagan les parece bien. Podría deducirse que a todos los involucrados: asistidos, estado y pagadores les resulta menos gravoso mantenerlos económicamente que sacarlos de la indigencia. 

Recientemente se ha comunicado con satisfacción el “boleto estudiantil” . Hace unos cuantos años que los chicos van al colegio, principalmente, a comer. Suprimidos los aplazos y sin posibilidad de repetir grado, la escuela pública fue mutando hasta llegar a ser el engendro que es hoy. Ahora los chicos podrán trasladarse gratis a un lugar donde les regalan la     comida y las notas. En el fondo es lógico. Si el padre no paga la luz no hay razón para que el hijo pague el transporte y el  almuerzo. La asistencia estatal se ha vuelto cultura. O incultura porque, paradójicamente, quienes se empujan por entrar en el circuito de la dádiva oficial no salen más de pobres. Las consignas culturales de moda han sepultado la noción de dignidad y que el estado provea lo que cada individuo no puede alcanzar con el propio esfuerzo, ahora es un derecho. 

Nótese que las villas “miseria”, inolvidable legado de Perón que trasladó gente del interior a la capital y el conurbano para.    alterar el resultado de las elecciones en su favor, solían denominarse villas de “emergencia”. El concepto indica  excepcionalidad y durante varias décadas, así fue. El poblador de esos asentamientos estaba de paso hacia algo mejor. Mi madre, docente, censó durante años algunos de esos barrios marginales. Su recuerdo habla de familias humildes y prolijas que la recibían con amabilidad y algún bocadito casero. No iba acompañada por gendarmería, nadie le robaba ni la hostigaba; vio muchos manteles de hule, mucho tejido a mano y la expectativa de no volverse a encontrar en el siguiente censo.

Hoy no son más “villas de emergencia” porque no son más de paso. Los cartones y el adobe fueron reemplazados por materiales de construcción que los diferentes gobiernos, desde el peronismo a Cambiemos, reparten “gratis”. El proyecto pasó de erradicarlas a urbanizarlas, como si fuera posible urbanizar el espanto. El poder político ha decidido sepultar a sus pobladores sellando su suerte. Con cada bolsa de cemento que aceptan, esos “beneficiados” están firmando su declaración de pobreza permanente. 

El peronismo institucionalizó la demagogia. La Argentina tomó el veneno con las dos manos a partir de los ’50 pero setenta años después no es serio seguir lamentándose de aquella catástrofe. Los no peronistas estamos utilizando la misma paupérrima excusa de los que señalan al gobierno militar de los ’70 como responsables de los males actuales, cuarenta años después. Un día hay que madurar, hacerse cargo de la mochila que nos ha tocado y dejar de mirar para atrás. Sin exculpar a nadie, es hora de terminar con la descripción de los problemas y pasar a resolverlos. ¿Qué día hicimos de la miseria una virtud y cómo ninguna fuerza política opuso resistencia a semejante falacia? 

El punto de discrepancia es el diagnóstico. ¿Cuál es nuestro problema? ¿Qué hay que cambiar para que el país se encamine? ¿Es una cuestión de personas o hay algo más? El PRO entiende que son las personas. Ese es el diagnóstico
sencillo: se cambian las personas equivocadas por las correctas y listo, la cosa se arregla. Los que sostenemos que el
problema es el sistema entendemos que, cuando el sistema funciona, las personas son casi lo de menos pero que la tarea de cambiar el sistema es titánica y que para eso sí es preciso un puñado de titanes. 

Cambiar las personas es reemplazar a Kicillof por Prat Gay. Cambiar el sistema es pensar y aplicar una política que tenga como objetivo reducir los subsidios y el asistencialismo y es trabajar sobre una población empalagada de populismo. Es explicarle que cuando se reclama que de algo se haga cargo “el estado”, un asalariado estará haciendo el esfuerzo económico. Es aclararle a la opinión pública que “el estado” son los que trabajan y pagan impuestos, que “el estado” reparte el dinero ajeno porque “el estado” solo genera gasto. Cambiar el sistema es abandonar el tramposo paradigma colectivista de la igualdad que abrazamos hace décadas y dejar de temerle a la libertad.

Cambiar las personas es reemplazar a Garré por Patricia Bullrich o a Parrilli por Majdalani. Cambiar el sistema es degollar
 la connivencia entre la política y el delito. Es decidirse a no tener contemplaciones ni complicidades con la delincuencia. Es desarmar las mafias en Ezeiza, en la Aduana y en el futbol. Es arrastrar ante el Consejo de la Magistratura a cada juez y a cada fiscal que no se muestre implacable contra la corrupción, aunque se pierda una votación, o varias. Cambiar el sistema es animarse a hacer algo diferente a lo que se vino haciendo. Cambiar las personas es “infiltrar” agentes de seguridad en las fiestas para detectar narcotráfico o uso ilegal de armas. Cambiar el sistema es disponer de las fuerzas de seguridad en franca defensa de los ciudadanos y arremeter contra el delito sin complejos, sin “buenismo” ni tibieza respaldados en el Código Penal que manda “reprimir” la conducta antisocial. 

Cambiar las personas es reemplazar a Braga Menéndez por Durán Barba. Cambiar el sistema es decir a la población lo que tiene que saber esencialmente la verdad, con independencia de lo que marquen las encuestas. Es respetar a la  política porque es una ciencia y no instalar falazmente que venir de otro sector sin experiencia en la cosa pública es una cualidad en sí misma. 

Cambiar las personas es reemplazar a Lopérfido por Jorge Pititto. Cambiar el sistema es sostener al funcionario que dice la verdad, cueste lo que cueste ya que los principios no tienen precio. Es ser fuerte ante el embate de los que distorsionan la historia porque defender las causas justas nunca es gratis pero sería deseable que acá, como en algunas sociedades, valiera la pena. Porque la Conadep dice que los desaparecidos fueron 8600 y la diferencia entre la verdad y la mentira no es un número sino una forma de encarar la vida. Es la diferencia entre ser Fernández Meijide o ser Bonafini; es la diferencia entre ser una persona de bien o no serlo y porque ceder a la mentira es de cobardes, es vergonzoso y es imperdonable. 

Cambiar el sistema es dejar de vociferar contra la corrupción casi como una muletilla y luchar contra la impunidad que es lo que realmente nos destroza como sociedad y que sigue gozando de excelente salud a pesar del cambio de personas. 

La Argentina está grave. El peronismo la ha devastado pero el radicalismo no viene haciendo demasiado por modificar el rumbo y ahora, asociado al PRO, tampoco se vislumbra la intención de barajar y dar de nuevo. 



miércoles, 13 de julio de 2016

La Argentina maleducada


Por estos días, la Argentina muestra una intolerancia novedosa a la corrupción tras decenas de años conviviendo con ella y votando, inclusive con alegría, a políticos cuyo crecimiento patrimonial es imposible de explicar. Hay una reflexión que aún, por extremadamente escéptica, no es para descartar: lo que realmente molesta no es que roben sino que roben otros, dicen quienes sostienen que la indecencia es un cromosoma fuerte del ADN nacional. 

Exagerado o no, cierto es que se cuentan con los dedos de una mano quienes pudiendo participar de algún negocio de esos que a uno lo vuelven millonario de la noche a la mañana, han preferido rechazarlo. Y para confirmar esta versión está el empresariado argentino, partícipe necesario del escandaloso latrocinio perpetrado por los Kirchner y sus cómplices a través de una década. 

Ahora los ex funcionarios no pueden circular por la calle porque la gente los insulta. Poco rigurosos como somos los argentinos y políticamente correctos hasta la hipocresía, se le da en llamar “escrache” a eso que no es más que una reacción aislada y espontánea de personas que, sin proponérselo, se cruzan por la calle con las caras de la estafa. Los que insultan no se ponen de acuerdo, no van a buscar a nadie a la casa ni utilizan la fuerza colectiva en contra de nadie. Coinciden con otros en el repudio. 

El ex secretario general de la presidencia y el ex jefe de gabinete de Cristina Kirchner y más recientemente los hijos del detenido “empresario” K Lázaro Báez implicados todos en lavado de dinero, fueron insultados por gente que se los encontró en aviones y aeropuertos.
¿Es legítimo el enojo del público? Definitivamente sí. Esos responsables del descalabro se desplazan impúdicamente ignorando la responsabilidad que tienen sobre cada hambriento por la pobreza extrema a la que nos arrastraron y sobre cada muerto por la inseguridad que también ayudaron a instalar.    

Ahora bien, vamos más profundo. ¿Por qué ocurren esos episodios del todo desagradables? La respuesta tiene dos patas: faltan educación y justicia. No es más riguroso en las convicciones y en la moral quien exterioriza la indignación a los gritos pero, sin duda, es más maleducado. Los argentinos hemos perdido el don de gentes y nos hemos transformado en vulgares. Hemos caído realmente bajo. Hacemos cosas que la urbanidad prohíbe. 

La justicia es la otra gran deuda nacional. Porque lo peor que nos pasa como sociedad no es la corrupción sino la impunidad. Hace décadas que prácticamente nadie paga por lo que hace mal en la Argentina. Llevamos muchos años de un poder judicial politizado y si bien ahora parece decidido a encarar la atención de causas dormidas, todavía no hay una respuesta contundente desde ese poder del estado ante el reclamo generalizado de justicia.

La mayoría de jueces y fiscales argentinos están severamente cuestionados. Su independencia es ficción. Hoy, a pesar de las indagatorias, los procesamientos y las detenciones de un puñado de personas, no hay mucho más. Cada uno de los que arrumbó expedientes, ignoró pruebas y alargó procesos debe hacerse cargo de la cuota de responsabilidad que le compete en esta reacción popular de hacer justicia por mano propia porque son aquellos los que no proceden sobre quienes delinquen. 

El desafío de la nueva administración es inmenso: rescatar a un importante segmento de la población de una escolaridad insuficiente y deficiente, y devolver solidez al sistema republicano de la división de poderes para que la justicia retome el papel central que perdió enchastrándose en el barro de la política.

martes, 29 de marzo de 2016

La guerra empezó antes de 1976


Nota publicada en Infobae el 24/3/16

Mientras la sociedad se apresta a recordar un nuevo aniversario del golpe de Estado de 1976, los hechos ocurridos antes y después siguen enfrentándonos. La guerra librada en el país para contrarrestar el ataque subversivo nunca fue debidamente esclarecida. Desde el retorno al sistema democrático de gobierno, mucho se ha intentado por echar luz sobre esos años, por buscar justicia y por contar lo sucedido. Sin embargo, que cuarenta años después el tema nos mantenga divididos indica que la revisión no se hizo del todo bien.
Tras el reciente cambio de gobierno, hubo alguna esperanza en que se caminara hacia una auténtica reconciliación, que no significa entregar banderas, ni siquiera dejar de sufrir. Pero para seguir adelante es imprescindible asumir nuestra historia completa y es lo que no se hizo durante las últimas décadas.
Cuando las Fuerzas Armadas fueron convocadas por el Gobierno constitucional para “aniquilar el accionar subversivo”, el país estaba sumido en el terror, iniciado por el accionar de grupos armados paramilitares extremadamente violentos, entrenados en Cuba para matar. El tiempo transcurrido sirve para mirar con perspectiva los acontecimientos. Hoy se hace evidente que nunca se alcanzó un tratamiento pleno de los hechos.
Los movimientos de derechos humanos, que se multiplicaron en las últimas décadas, se enfocaron en demandas parciales. Desde entonces, sólo los grupos violentos que se armaron contra el Estado y el orden institucional del país tuvieron voz. Se escucharon con exclusividad sus reclamos, sus historias y su versión de nuestro pasado reciente. Sin entrar en la discusión respecto de esos contenidos, la narrativa de los hechos los erigió en víctimas. Y, casi por defecto, a quienes los reprimieron, en victimarios.
Pero la realidad suele ser más compleja que la explicación binaria que se quiso dar a aquella década trágica. Nos hemos cansado de escuchar: “justicia lenta no es justicia”. Pues verdad a medias tampoco es verdad. Que los terroristas se hayan reivindicado subiéndose al colectivo de las víctimas de la represión es una lectura sesgada y caprichosa de los hechos.
Una de las preocupaciones iniciales del presidente Mauricio Macri fue la de diferenciarse de Fernando de la Rúa, quien pasó a la historia como un hombre débil de carácter. En el apremio por generar hechos, Macri se equivoca y, a veces, rectifica. Tras sus primeros meses de gobierno y habiendo aventado aquella sombra al encarar rápidamente varios temas pendientes, corre otro riesgo: parecer improvisado. Hacer y, luego de las críticas, deshacer, puede interpretarse como el producto de decisiones tomadas sin la suficiente elaboración. Sus simpatizantes exaltan la virtud de rectificarse; sus detractores, la carencia de convicción suficiente para defender sus propuestas.
Mientras sus votantes festejan, aún eufóricos, el alejamiento del kirchnerismo y con él el clima de discordia, las cadenas nacionales y la arenga permanente, algunos observadores empiezan a reclamar la existencia de un plan maestro, una proyección más allá de la coyuntura, un catalizador que oficie de marco a las políticas implementadas.
Sin ello, los indicios en materia de derechos humanos no son auspiciosos. Más allá de la firmeza y a propósito del mensaje que pretende enviar, no suma que en el tema de derechos humanos el primer mandatario haya sucumbido al lobby de Abuelas de Plaza de Mayo y del presidente de los Estados Unidos, ya que ambos responden a intereses particulares que en nada coinciden con los de la sociedad argentina. Unas quieren mantener el peso político obtenido en la década anterior; el otro, construir un líder latinoamericano con epicentro en la temática de los derechos humanos, mientras que todos nosotros necesitamos trabajar sobre esa herida aún abierta.
Los actos previstos por la administración de Mauricio Macri alrededor del 24 de marzo, haciendo lugar a los reclamos de los organismos de derechos humanos para que no se escuche a las víctimas del terrorismo y tomando el año 1976 como fecha de inicio de la tragedia, hacen pensar en que tampoco ha llegado la hora de la verdad completa.
Del kirchnerismo no puede esperarse sino mala fe, pues fue una gestión signada por la mala fe, la trampa y el doble discurso. Pero en Cambiemos había depositada una expectativa distinta. No podremos superar nuestras diferencias mientras se siga consumiendo una versión falaz de nuestra historia reciente.
¿Qué tiene de memoria, de verdadero y de justo un acto que invisibiliza a gremialistas, empresarios, militares y civiles que el terrorismo asesinó? ¿Hay muertos de primera y muertos “kelpers”? A Augusto Timoteo Vandor lo mataron en 1969. ¿Qué les decimos como sociedad a sus familiares y a los de los sindicalistas José Ignacio Rucci (asesinado en 1973) y José Alonso (asesinado en 1970)? ¿A los del empresario italiano Oberdan Sallustro (asesinado en 1972)? ¿A los de los militares Jorge Ibarzábal (secuestrado en enero de 1974 y asesinado diez meses después) y de Argentino del Valle Larrabure (secuestrado en 1974 y asesinado en 1975)? ¿A los del juez Jorge Quiroga (asesinado en 1974) o a los del profesor Carlos Sacheri (asesinado en 1974)? ¿Son menos condenables los asesinatos de Paula Lambruschini, Francisco Soldati y los de miles de víctimas de ese terrorismo que sin piedad sembró de sangre y muerte la historia del siglo XX?
¿Cómo se puede adherir a la mentira de una historia mal contada? ¿Cómo se construye concordia sobre la falsedad? Un llamado a la unidad a partir de una injusticia está vaciado de contenido; es sólo un eslogan de campaña. Es puro marketing.
La ausencia de justicia ha sido tal durante estos años que, agotada esa vía, algunos presos se han dirigido directamente al presidente Macri para ponerlo en antecedentes de las irregularidades a las que están sometidos. Tal es caso de un suboficial principal que en 1973, con 17 años, ingresaba a la Escuela de la Fuerza Aérea, hoy detenido en Mendoza y cuyo proceso engrosa la lista de los que esperan, presos, que alguien resuelva sus situaciones. La respetuosa carta que Julio Escudero le envió a Mauricio Macri en diciembre pasado es la expresión afónica y desesperada de una situación insostenible para una sociedad que votó un cambio porque parece decidida a abandonar la anarquía y la adolescencia. Ahora falta que la dirigencia política también se anime.

viernes, 2 de octubre de 2015

Batir al Kirchnerismo



Nota publicada en INFOBAE el miércoles 30 de septiembre de 2015

Los argentinos no aprendemos más. Cuando Néstor Kirchner resultó el elegido de Eduardo Duhalde y Carlos Menem se alzaba como su principal amenaza, el oficialismo fogoneó al tercero, Ricardo López Murphy, y lo arrastró a confrontar de lleno con Menem. La estrategia era neutralizar a su auténtico adversario y obligarlo a un desgaste innecesario. En ese momento, López Murphy entró en el juego que solo le convenía a Kirchner. Trece años después, el kirchnerismo repite la receta y la oposición vuelve a caer en la misma trampa. El Gobierno entero le mete fichas a Cambiemos y, mientras los seguidores de Mauricio Macri se entretienen descalificando a Sergio Massa acusándolo de todo tipo de componendas, el kirchnerismo consolida la continuidad.
Alguien debería decirles que el adversario a batir no es él, sino el modelo encarnado en las figuras de los elegidos Daniel Scioli y Carlos Zannini. En esa dirección tendrían que estar concentrados los esfuerzos de Cambiemos y, como complemento, reconociendo la responsabilidad de ser la segunda fuerza, encabezar un acercamiento a todos los sectores que compartan el objetivo de no tener más kirchnerismo, al menos, al frente del Ejecutivo nacional.
Sin embargo, los últimos días de campaña no parecen llevar esa dirección. No tanto los voceros oficiales del macrismo, pero sí los contratados, y mucho más los oficiosos, repiten, con y sin convicción, que el affaire Niembro y el amesetamiento de Cambiemos son operaciones políticas en su contra, mientras políticos allegados, de profesión funcionarios y de tan largo como sinuoso recorrido, siembran dudas sobre la existencia de un acuerdo entre Massa y el kirchnerismo.
Este episodio, por absurdo, se parece al pacto militar-sindical denunciado por Raúl Alfonsín meses antes de la elección de 1983. Burdo aquello y burdo esto, sin embargo, no faltaron adeptos para ambos rumores. La Argentina manifiesta cierta inclinación, algo patológica, por las teorías conspirativas. Pareciera más afecta a los relatos que a la realidad: Compraron el de Alfonsín (“Con la democracia se come, se cura y se educa”), compraron el de Menem (“La revolución productiva”) y compraron el de Kirchner&Kirchner (“Minga con el Fondo”).
Lo cierto es que, mientras tanto, el kirchnerismo sigue adelante con su plan de continuar en el ejercicio del poder. Y está cerca de conseguirlo. Ellos saben que los recientes escándalos denunciados en ocasión de las elecciones provinciales en Tucumán, por ejemplo, no les restan votos: Quienes los señalan por tamañas salvajadas no son sus votantes, son, por el contrario, los mismos que se indignan por la corrupción, ya ni siquiera encubierta, que envuelve a la mayoría de los funcionarios, y son también los que denuncian hace años la distorsión de los números de la economía. Tampoco son votantes K los que objetan la familiaridad, por no decir la simpatía o la connivencia, del oficialismo con el narcotráfico y el lavado de dinero.
Ninguno de ellos vota el Frente para la Victoria, que, cabe recordar, se levantó con 40 puntos en las PASO de la provincia de Buenos Aires aún en medio de la inundación. La gente que “arreglan” con un bolsón o una bolsita de provisiones, con un par de billetes o con un subsidio no está preocupada por quién va a reemplazar al doctor Carlos Fayt en la Corte Suprema. Muchos de ellos ni siquiera saben que existe la Corte Suprema y menos aún su significado institucional. Esos millones están preocupados por comer y por reponer el colchón que se llevó la tormenta esa noche en que Daniel Scioli viajaba a Italia en compañía de Karina y un grupo de amigos.
Frente a ese escenario, agotar la expectativa propia en que se caiga el voto oficialista es jugar con fuego. Ya se vio en Tucumán y en Chaco de lo que son capaces los K cuando de ganar y retener se trata. En el deporte, los mejores directores técnicos señalan que la victoria se persigue perfeccionando el equipo, achicando las debilidades y fortaleciéndose para adentro más que especulando con los errores del contrincante.
El problema de los proyectos sin demasiado contenido es que hay que comprarlos a libro cerrado. Por la cara. Eso fue Cambiemos: un eslogan y la suma de muchas almas con más buena voluntad que definiciones. Hoy hasta se duda de su íntima decisión de batir al kirchnerismo. El PRO puede aducir falta de experiencia política, pero ¿cómo se le perdona tamaño error al radicalismo? Es imposible olvidar que se trata de personajes repetidos del escenario político nacional que necesitaban del partido joven para sobrevivir y que lo empujaron a decidir cerrarse en un mundo que da muestras permanentes de que el progreso viene de la mano de la diversidad, el diálogo y la complementación.
No se le pase, entonces, la factura entera de la probable derrota del 61,6 % de la población a la trilogía Macri, Marcos Peña y Durán Barba, aunque en un principio, bajo la obsesión de un purismo más deseado que real, el PRO pretendió ser cabeza de ratón y también cola de león del acuerdo sellado con el radicalismo tras la convención partidaria de Gualeguaychú. Cada uno de los que se opusieron a una interna amplia con participación todos los sectores opuestos al kirchnerismo tiene que hacerse cargo hoy de su cuota-parte de responsabilidad en las consecuencias.
Distintos dirigentes del PRO se han cansado de comparar el proceso político argentino con el de Venezuela y viajan desde hace varios años de manera sistemática a apoyar a Henrique Capriles, el emergente de la gran coalición que intenta horadar el poder omnímodo del chavismo, acompañan sus reclamos y participan de sus marchas a pesar de las diferencias conceptuales que mantienen los aliados entre sí, pero reconociendo que el objetivo primordial es terminar con un régimen que de democrático tiene poco y de republicano menos. Sin embargo, no replican esa conducta en la Argentina. Hay que concluir, entonces, que el objetivo primordial del macrismo y del radicalismo no es remover al kirchnerismo del poder. Es válido, pero tal vez sea hora de meditar cuáles son las prioridades políticas de Cambiemos.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Scioli y la Violencia

Nota publicada por "El País", de Madrid - 8 / 9 / 2015



Los argentinos tenemos mucho más afecto por mirar hacia atrás que por proyectar nuestro propio futuro. No estaría del todo mal si esa nostalgia por el pasado nos ayudara a no repetir errores; eso, en política al menos, no es el caso.

Así como hemos permitido que la demagogia, el intervencionismo estatal y el populismo se transformaran en práctica habitual de cualquier administración, no estamos prestando merecida atención al feroz y latente enfrentamiento en la fórmula presidencial que, hasta hoy, tiene más intención de voto: Scioli-Zannini. Las diferencias que ambos encarnan, por conocidas, no debieran parecernos menos peligrosas.

En 1972, la violencia que anidaba en la sociedad argentina se hizo explícita cuando el general Perón decidió volver al país tras su largo exilio. En un hecho de vandalismo inusitado, el aeropuerto de Ezeiza se convirtió en un campo de batalla y marcó el inicio de una época a la que el adjetivo de “sangrienta” le queda chico. Dos vertientes del peronismo se enfrentaron entonces y ese episodio marcó el destino nacional del siglo.

Hubo terrorismo y represión; hubo muertos, sangre y dolor por décadas. Luego la política intentó componer los estragos en una sociedad que no supo aceptar que de ciertas catástrofes nadie sale indemne y que el concepto de “justicia” nunca es absoluto porque la pacificación implica resignación y perdón de ambos lados.

Y vino el kirchnerismo a azuzar rencores. Y a aprovecharse de ellos. Y alimentaron viejos y nuevos enfrentamientos; los que ahora conviven en el oficialismo que, cuando reconoció su incapacidad para mantenerse en el poder tras la salida de Cristina Fernández, no dudó en apelar a la popularidad de quien nunca fue considerado uno de los suyos: Daniel Scioli.

Por eso en este punto de la historia sería útil identificar semejanzas y reconocer que el kirchnerismo puro conserva muchos de los violentos del ’70 entre sus huestes. Justo los que no responden a Scioli, sino a Zannini. Porque quienes acompañaron hasta acá al actual Gobernador de la Provincia de Buenos Aires son, en su gran mayoría, peronistas equivocados pero calmos y, vaya coincidencia, no cuentan con la simpatía de “los otros”. Dos bandos, dos estilos, dos objetivos y un solo espacio: el poder.

Los jóvenes y no tan jóvenes de “La Cámpora”, agrupación nacida alrededor del hijo de la actual presidente y futuro diputado nacional, se han hecho fuertes en la cancillería, los juzgados nacionales, el Congreso y organismos claves como el registro de armas o la Inspección de Justicia, organismo que controla la totalidad de las sociedades que se forman en el país.

De triunfar en las elecciones del próximo 25 de octubre, las huestes del gobernador Scioli, a quien dieron escasísima participación en el armado de las listas de legisladores de modo que tendrá pocos aliados en ambas cámaras, estarán atrincheradas en el Ejecutivo Nacional. Se comenta que también le dejarían el manejo el ministerio de Economía lo cual, ante el legado kirchnerista traducido en déficit, cepo, inflación, pobreza y desempleo, no se sabe si es una concesión o una trampa.

Esta es la foto de lo que puede ser un futuro gobierno de Daniel Scioli. Con final abierto, por supuesto, pero con una certeza: el kirchnerismo no negocia ni retrocede. Aprovecharon la figura del gobernador, simplemente; se juntaron exclusivamente por el objetivo: quedarse. De ellos debiera aprender la oposición si está dispuesta a honrar esa mayoría popular que no quiere la continuidad K.


Tal vez no sea función del ciudadano común reparar en lo que puede venir pero sin duda es exigencia de la oposición que, misteriosamente, omite cualquier referencia a este peligro. No se trata simplemente de la recurrente mención del “país que nos merecemos” y de la necesidad o la voluntad de “un cambio” que no terminan de definir en qué consistiría. Es mucho peor que eso si continúa el kirchnerismo. Nos espera no solamente el atraso económico que ya es endémico; no solamente el maltrato a quien disiente, que también es endémico. Nos espera el atropello institucional de Venezuela más la violencia narco de México. Y nos espera el enfrentamiento interno con los violentos detentando los resortes del poder y la justicia. 

miércoles, 19 de agosto de 2015

Ecuación electoral argentina

Nota publicada el Jueves 13 de agosto de 2015 en "El País" de Madrid



De 70 años, entre 1945, fecha en que Juan Domingo Perón asumió la primera magistratura de la República Argentina y el presente, el peronismo gobernó 37, esto es más de la mitad del tramo. Su responsabilidad, entonces, sobre la decadencia actual no requiere de mayores precisiones.

A las puertas de una elección presidencial y en su rol de principal rival del oficialismo, la necesidad de diferenciarse de quienes han sumergido a la Argentina en los niveles actuales alentó a Mauricio Macri a intentar en los últimos meses un discurso de fuerte contenido antiperonista. Ese atrevimiento fidelizó a un impreciso número de simpatizantes que coinciden con su explicación histórica de la postración argentina. Pero resulta ser que la vida no es una foto y lo que fue, hoy puede no ser. Peronistas versus antiperonistas es la foto del siglo XX.

Si bien el peronismo es exclusivo responsable de haber Introducido conductas tan reprochables como inadmisibles en la vida política nacional, cierto es también que las mismas fueron notablemente contagiosas, al punto de que, en la actualidad, la corrupción no reconoce color partidario, salvo escasísimas excepciones. El hacer y dejar hacer se ha transformado en una modalidad de las clases dirigentes argentinas que, entre guiños y acuerdos, se entienden a las mil maravillas, por lo general, en desmedro del conjunto. En la Argentina, los beneficios de ejercer el poder en cualquiera de sus estamentos son tales que los que llegan conforman un formato muy parecido a la omertá. O tal vez al revés, no suele llegar quien no está dispuesto a hacer o a permitir que se haga.

Ese modelo de captación salvaje del estado para beneficio de unos pocos (lo que en el derecho penal  configura el delito de asociación ilícita) está agotado y hay quienes lo reconocen, aún entre los privilegiados miembros de las dirigencias política y empresarial. Ahora falta comprobar quién está dispuesto a cambiarlo. Porque no se trata de un mero reemplazo de autoridades sino de un cambio de paradigma. 

Así las cosas, si la confrontación peronismo-antiperonismo fue válida en el siglo pasado, en éste ha dejado de serlo. Primero porque el antiperonismo no es garantía de nada especial ni tiene patente de superioridad moral y luego porque el peronismo ha traspasado el tejido social de manera transversal y hoy sobrevive en todos partidos políticos sin excepción.

Plantear la próxima opción presidencial a partir de este antagonismo es poner a la población ante una disyuntiva sin salida pero, además, falaz. Porque hay peronistas en el Frente para la Victoria, pero también los hay en las filas de la coalición de Mauricio Macri con los radicales. Sin profundizar siquiera, el jefe de gobierno electo para el próximo mandato (quien fuera mano derecha de Macri) y uno de los dos senadores del PRO por la capital federal son de extracción peronista. 

La ley electoral argentina prevé un sistema original que se aparta del mundialmente consagrado 50% más uno. Pícaramente cincelada a medida del peronismo, la nuestra dice que el candidato que obtenga el 40% de los votos y una diferencia mayor a diez puntos porcentuales sobre la fórmula que le sigue en número de votos, resulta electo. Scioli está a menos de dos puntos de ese porcentaje: lo votó el 38,4% de los argentinos. El que le sigue es Mauricio Macri, con el 24,3.

El candidato presidencial  Mauricio Macri parece dispuesto a ignorar las ventajas que implica el dicho popular que aconseja “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” y especula con que va a ganar la carrera en el “ballotage”. El miedo de los precavidos es que el Frente para la Victoria consiga evitar esa segunda vuelta y cierre la disputa el próximo 25 de octubre, en la elección general.

La apuesta de Daniel Scioli, su competidor y garante de la continuidad de las políticas y las personas fieles a Cristina Kirchner, es audaz pero no imposible. En las recientes elecciones primarias fue el candidato más votado. Ambos deben salir a buscar más votos de los obtenidos el pasado domingo: Scioli, para llegar por lo menos al 40%. Esa posibilidad que pone al Frente para la Victoria ganando en primera vuelta le exige a Macri hacer todos los esfuerzos posibles para impedirlo.
 
Ahora bien. Un rápido recorrido de los demás candidatos donde deberán abrevar los dos principales contendientes arroja el siguiente escenario: el peronismo no kirchnerrista con distintas etiquetas obtuvo el  22,7% del total de votos en las personas de Sergio Massa (14,2), José Manuel de la Sota (6,4) y Adolfo Rodríguez Saa (2,1). El radicalismo, aliado de Macri, el 5,8.


Esta cuenta básica desmorona el ideal purista del PRO. Despreciar el aporte de ese casi 23% es suicida. Si Mauricio Macri pretende representar al 61,6% de los argentinos que no votó a Daniel Scioli y sueña con el final del kirchnerismo, la coalición electoral amplia se impone.